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viernes, 6 de julio de 2018

LA HERENCIA

RELATO










A mi abuelo le encantaba el fútbol. Disfrutaba contándome sus historias, sus recuerdos, hablándome de equipos, partidos, alineaciones, jugadores y sucesos. Aquello me entusiasmaba de pequeño, me sumergía en un mundo que apenas conocía, obnubilado por aquella pasión y la fuerza de su relato.

Desde que dejó España ver partidos se convirtió en una quimera, por lo que recordar y contar era una salida y un bálsamo. Era una forma de recuperar algo que se le había robado. Allí, en los Estados Unidos, el soccer no era un deporte muy popular, apenas llegaban partidos, por lo que relatar aquellas vivencias recuperaban esa parte hurtada que echaba de menos. Yo me bebía sus relatos embelesado cuando dejaba vagar su memoria, y él sabía que me gustaban aquellas historias.

Pero si algo le gustaba más aún a mi abuelo, era sentarse en su porche con su mecedora y observar a la gente de su calle. Personas normales haciendo cosas de personas normales, con sus mismas rutinas día tras día.

Gozaba viendo cómo sus amigos fruteros descargaban la mercancía, especialmente esas enormes y esféricas sandías de las que luego daría buena cuenta, cómo se las pasaban de unos a otros e introducían en enrejados carros.

Reía a mandíbula batiente con la pareja de dentistas, irremediable y temido destino de todos y cada uno de los vecinos, mientras discutían señalándose con el dedo, dándose pechadas y gesticulando exageradamente.

Allí, como siempre en días de descarga o a la hora de la salida de los niños del colegio, estaba Miller, el agente que cuidaba del tráfico haciendo trinar su silbato rítmicamente, poniendo orden y un poco de musicalidad al conjunto.

Le entusiasmaba ver a los chicos corretear por las calles y aceras, o reunirse para vitorear y jalear una pelea de escarabajos. Esa algarabía parecía hacerle sentir más vivo.

Allí sentado se embebía de aquel ambiente, de todas las sensaciones que le transmitían, recuerdos que evocaba, pensamientos que surgían. Así iba adormeciéndose en los atardeceres, entre ese barullo, con una sonrisa en la cara, acunado por el calor menguante de un sol menos enrabietado e impotente ante el techado porche ensombrecido y el sonido de los insectos y los aspersores que regaban los jardines vecinos.

Nunca entendí bien de donde provenía esa pasión, ese goce que se irradiaba desde su rostro. Lo miraba curioso en su plácido éxtasis, preguntándome qué me perdía en aquellas estampas.

Ahora el abuelo soy yo. Hace muchos años que regresé a España y convertí en realidades aquellas ilusiones e imaginaciones que mi abuelo construyó en mi cabeza. En esos días en los que acude mi familia a pasar el día, siempre invito a mi abuelo desde la ensoñación. En mi modesto jardincito de húmedo césped, contemplo las carreras que dan mis nietos persiguiendo el balón que les regalé, mientras charlo con mi hijo, que es policía, sobre lo divino y lo humano, cada uno en su hamaca, tomando fruta o cualquier otra cosa. Y comentamos el partido que vamos a ver o que hemos visto, citamos jugadores y alineaciones, criticamos y nos quejamos, rememoramos otros encuentros que vimos hace tiempo… recuerdo a mi abuelo como quizá me recuerden a mí en herencia.

Tardé muchos años y necesité muchas experiencias, pero ahora creo entender qué es lo que veía mi abuelo sentado en su mecedora. Mientras, el balón de mis nietos sigue rodando.



jueves, 5 de julio de 2018

ES LA GUERRA

RELATO










El general había diseñado la táctica que debía llevarles a la gloria, la había meditado y pensado concienzudamente, cada movimiento propio y del rival, sin dejar nada al azar. Se preparaba, serio y taciturno, para hacer el discurso motivador antes de que se disparasen las hostilidades.

Sus hombres estaban nerviosos, tensos en esa insufrible calma antes de comenzar que tan bien conocían. Sus rostros crispados, su mentón apretado, su sudor… pero también había determinación en la mirada. Los soldados se acomodaban sus uniformes, comprobaban sus protecciones, dejaban cada prenda a su gusto en gestos que buscaban relajación, olvidarse de todo en esos segundos de espera con aquel rival enfrente.

El general miró orgulloso a esos hombres, firmes con sus impolutos uniformes, prestos y dispuestos a lanzarse a la batalla. Las banderas ondeaban al viento, el escudo en todo lo alto. Por aquello debían vencer, aquello lo significaba todo. Miró aquellos símbolos y se regocijó. Era el momento.

Allí estaba el ejército rival, igualmente uniformado, con sus símbolos erguidos, orgullosos, desafiándolos… Empezó a hablar, primero con calma, luego subiendo la intensidad, para terminar en una arenga enfatizada que enardeció a todos los presentes, deseosos de lanzarse al campo de batalla.

Salieron en tromba, las líneas muy juntas adelantando la parte central de las tropas para enfrentarse a las legiones rivales, más poderosas y físicas, que afrontaron el choque con energía. Aquellos lanzaron ataques aéreos, con flechas y catapultas, que fueron frenando sus avances, hasta que llegó un punto en el que tuvieron que parar para defenderse. Con orden y calma, fueron retrocediendo, movimientos coordinados y perfectamente planificados, dejando que el rival avanzara mientras la línea defensiva se combaba. Las legiones rivales progresaban con decisión, en formación tortuga, sin pausa.

En aquel momento, el general, que había mantenido los flancos en calma, ordenó su avance, que atacaran los costados del enemigo, para aprovechar la superioridad y fortaleza que tenían en esa zona con su caballería.

Mientras aquellas recias tropas a las que se enfrentaban embestían con determinación por el centro, hundiéndoles por esa zona, la caballería lanzaba contraataques vigorosos y decididos por los flancos, mermando los costados del ejército contrario. Aunque la retaguardia se veía exigida, se mantenía con firmeza. La lucha táctica estaba dejando la contienda en un equilibrio muy inestable, ya que si algunas de las legiones desfallecían podía conducir al fracaso.

El enemigo parecía tenerlo todo controlado en su avance por el medio, con una oposición discreta, que iba retrocediendo, consintiendo el dominio de la zona, pero no se percataban de lo que estaba sucediendo por izquierda y derecha, donde la caballería les estaba minando.   

Comenzó la lluvia, los cuerpos se apilaban en el terreno, pero otros venían a cubrir sus huecos. Todo era confuso y embarullado, era una lucha de poder a poder donde ningún ejército parecía imponerse sobre el otro ni desnivelar la contienda. El barro cubría rostros y trajes, provocaba resbalones y ralentizaba los movimientos.

Cuando los enemigos quisieron darse cuenta estaban rodeados. Intentaron desviar soldados para apoyar a los agonizantes flancos, por lo que secciones traseras de las legiones recibieron órdenes de reforzar ambos costados, dirigiéndose desde el centro hacía allí para hacer la cobertura de apoyo. Aquello terminó por desequilibrar aún más la situación, ya que facilitó la contención por el centro mientras los flancos izquierdo y derecho siguieron siendo masacrados.

El enemigo, poco a poco, quedó cercado. Al mandar retrasar el general intencionadamente la parte central formando una C, la caballería iba sellando el círculo por los costados y la parte trasera, dejando al ejército rival en el centro y sin posibilidad de salida.

El avance se hizo incontrolable, los cuerpos caían, superaban línea tras línea, aquel territorio estaba conquistado… y así llegó el GOL.


domingo, 1 de julio de 2018

VIVIR RODANDO

RELATO










No me gusta el fútbol, ese juego tosco, donde muchos van persiguiendo absurdamente una pelota como si les fuera la vida en ello. No quiero parecer intolerante, sé que no debería cerrarme atrás para defender mis postulados, ni poner el autobús para impedir los ataques rivales, pero es que no lo aguanto, yo prefiero salir a disfrutar, a divertirme, a vivir la vida con un juego vistoso, sacándole todo el partido, cambiando el juego.

Mi renuncia e indiferencia hacia el fútbol y los futboleros me han costado más de una desgracia, por lo que coloqué una barrera para evitar el lanzamiento de improperios y desprecios. No hacía falta, pero esas actitudes antideportivas me reafirmaron en mi decisión de dejar mi interés por el fútbol en el banquillo. No paraban de insistirme para que jugara. Me hacían ofertas, los equipos de chavales que se reunían en los aledaños de mi casa siempre parecían necesitar gente, pero no cedí… Y aun así nadie me creía, me acusaban de simulador, de piscinero, sostenían que el fútbol me encantaba.

Lo que es cierto es que tanta obsesión, tanta insistencia, tanto acoso futbolero, de alguna forma me hizo sentir como un extracomunitario. En fuera de juego.

A mí lo que me va es el jogo bonito. Mi hermano es mi cómplice en ello, lo fue siempre, desde pequeño. Nos entendemos sin mirarnos. De niños éramos bastante asilvestrados, dedicados a corretear y hacer el bestia con cargas legales y codazos malintencionados. Mi querido hermano era bastante intenso, hacía unas entradas escalofriantes y daba a sus golpeos un efecto mortal, claro que yo no me quedaba corto, acudiendo como un kamikaze a cualquier balón suelto en el área o colgado a la olla. A menudo todo esto era castigado por mi madre con alguna tarjeta.

Mi madre era bastante estricta y sería, y aunque yo no soy de hablar de los árbitros, creo que era excesivamente rigurosa conmigo. Era una mujer recia y firme, con las ideas claras, que sudó la camiseta para superar todas las adversidades, yendo partido a partido. Eso fue lo que la impulsó a fichar a mi padre, un buen hombre algo pendenciero y golfo. Cuando empezó a dejarse querer por otros clubes mi madre le rescindió el contrato.

Mi abuela vivía con nosotros y ocupaba casi toda la casa.  En su silla de ruedas, no paraba de moverse y bascular de un lado a otro. Vigilante concienzuda, era casi imposible ganarle la espalda. Lanzaba desmarques e intentaba el regate, pero no era nada fácil zafarse de su marcaje. No había manera de engañarla, era un férreo defensor, siempre alerta ante cualquier fisura en el mediocampo, atenta a cualquier desmán que a mi hermano o a mí se nos ocurriera, presta para achicar el peligro.

Nuestra casa era pequeña, apenas había lugar para la intimidad. Mi familia me sometía a una presión asfixiante, achicando espacios, aunque yo procuraba abrir el campo para tener margen de maniobra.

Cuando mi padre se fue, las dificultades aumentaron y nuestra humilde casa se resintió. Tanto la lluvia como los animalillos penetraban por todas las zonas del campo sin apenas oposición, por culpa de las grandes lagunas que tenía nuestro sistema defensivo en puertas, ventanas, paredes y tejado.

La cosa es que yo salí a mi padre, al menos cuando era jovencito. Y en lo que respecta a las mujeres. Me encantaban... Me gustaban todas, sobre todo Isabella, una chilena muy guapa. Siempre tuve la aspiración de ser un pichichi, pero la mayoría se me resistía, especialmente ella. Aunque era cortés conmigo, parecía preferir a Gabriel. Gabriel era feo y no jugaba a nada, pero siempre fui consciente de que no hay rival pequeño. Siempre me mostré tenaz y nunca me rendí, sabedor de que los partidos duran noventa minutos y hay que darlo todo. Con ella probé el tiquitaca y el contraataque, analicé su juego y planteé las más sofisticadas tácticas ofensivas, pero no hubo forma de llevar el balón al fondo de las mallas. Hay veces que no quiere entrar. No sé cómo pudo pasar, porque tuve la posesión la mayor parte del tiempo… En cualquier caso, es lo que sucedió, y aunque no soy de poner excusas, el estado del césped y el tiempo me perjudicaron claramente.

He tenido un hijo pasados los cuarenta. Llegó en la prórroga y de penalti, pero desde luego fue un gol por toda la escuadra. Ahora todo el mundo está pendiente de él, se siente la estrella, le jalean desde las gradas hasta por tomarse un potito u orinar entre los tres palos…

Han pasado muchos años, pero no me quito el sambenito, mi entorno no me cree, dicen que no entienden por qué finjo, por qué exagero mis quejas y me retuerzo sobre el césped insistiendo en que no me gusta el fútbol. Sinceramente, no entiendo nada, ¿de dónde sacarán que a mí me pueda gustar ese deporte?


viernes, 29 de junio de 2018

ALAS INVISIBLES

RELATO










Desde el principio fue consciente. Nació así. Desde el inicio se adaptó a ser diferente y a vivir alejado de casi todo. Desde el mismo origen vivió anclado a las limitaciones. No hacía falta que se lo dijeran, lo notaba en cada gesto, en cada resignación. Él no podía hacer lo que hacían los demás, no podía llegar ni alcanzar. Él tenía que esperar, que pedir, que ceder…

Sus padres le daban todo su amor, pero no hacían que se sintiera mejor. Ellos confirmaban todo aquello aunque no lo pretendieran. Un pez protegido fuera de la pecera, a la que sólo podía mirar. Alguien a resguardar, alguien que no podía.

Todo iba demasiado rápido, todo estaba demasiado alto, todo parecía en exceso dinámico, todo quedaba demasiado lejos. Y él permanecía en la frontera, detrás del cristal, al borde de aquello que nunca alcanzaría, esperando lo que nunca emprendería… siempre a escasos centímetros de la vida, sólo al alcance de la indiferencia o mirada compasiva, como una fotografía, estática, impotente por no ser película.

Criarse mecido por la compasión, la condescendencia, la burla, la repulsa o el desprecio forja un carácter, un carácter que podía llevarle por caminos antagónicos: el que lo convirtiera en un débil acomplejado aplastado por el entorno y su circunstancia, porque es fácil sucumbir a la culpa, el complejo y la resignación, o alguien endurecido por su propia rebelión ante todo eso, fortalecido en la lucha y el sacrificio. Él terminó cogiendo el segundo desvío.

Todo esto lo aprendió pronto, desde que tuvo consciencia, como aprendió que para vivir debía dejar a un lado buena parte de la realidad, o le aplastaría.

Ver aquellos partidos que jugaban los chavales en el parque cercano a su casa era una pequeña evasión, pero un gozo amargo, como ese dolor que a la vez nos provoca placer o viceversa. Le encantaba aquello, le encantaba el fútbol, pero no podía practicarlo, no podía alcanzarlo, tenía que mantenerse al margen, soñando en lo que nunca iba a ser.

Aquellos partidos… por los que entrenaba en secreto, en solitario, como si tuviera que ocultar una vergüenza más que la que todos veían. Un crío insaciable, constante, nervioso, activo, que construía puentes en el aire para atravesar aquella frontera incorpórea, que no aceptaba la señal de prohibido y pujaba en silencio por incorporarse al tráfico de la vida.

Fortaleció su cuerpo, pero sobre todo su mente. Jugaba esos partidos en sus sueños, en sus distracciones. Mientras veía o hacía cualquier otra cosa, él los jugaba. Hacía los regates, los remates, se tiraba en plancha, robaba el balón, hacía entradas… Se ensimismaba tanto en su ficción que sentía los golpes, el impacto del balón, ese objeto deseado que sólo era su amigo en la intimidad.

Y aún tenía miedo, el miedo atenazador fuera de la burbuja íntima, paralizador, que le impedía sumarse, dejar de ser aquel guardia de un faro invisible. Nadie daría ese paso por él, porque todos daban por sentado que no se podía. Sólo su voluntad conseguiría cambiar aquello. Y él sabía que lo lograría en algún momento.

Cuando ese día apareció, ni siquiera lo había pensado. Surgió, como cualquier amanecer, por pura inercia. Agazapado en la banda, una vez más, en aquella trinchera en la que había construido su hogar, veía de nuevo pasar el balón de un lado a otro, travieso y tentador, con su descaro habitual, pero aquellas cadenas de las que nunca logró desasirse se rompieron sin darse cuenta. Simplemente pasó. Al inclinarse hacia delante no hubo nada que lo retuviera, sencillamente avanzó. Cuando impactó con aquel esférico que se había acercado hacia él, cuando lo condujo como poseído zigzagueando entre las piernas de los chavales perplejos, esas que a él le faltaban, impulsado por aquellos brazos fortalecidos que las sustituían, se liberó, fluyó… sintió que volaba.


jueves, 28 de junio de 2018

UNA VIDA FELIZ

RELATO










Desprendía carisma por cada poro. Una fiesta no estaba completa sin él, de hecho sin él no había fiesta realmente. Era ingenioso, dicharachero, divertido, ocurrente, lograba que el foco siempre estuviera pendiente de él, pero también era duro, soez incluso, excesivo, desfasado. Había un evidente ego que manifestaba de aquella manera, que casi nadie captaba disfrutando de su encanto arrebatador, en el que parecía incluir a todos. Casi se peleaban por una atención suya, cuando la realidad es que los consideraba mero público. Únicamente estaba allí y hacía aquello porque le satisfacían aquellas atenciones, elogios y risas que provocaba. Necesitaba todo eso, pero aquel vínculo era puro fuego de artificio, pura superficialidad, nada auténtico o genuino, algo que se desinflaba en cuanto se iba, aunque sólo él era consciente de ello.

No se perdía ninguna celebración, y cada vez que podía estaba en el bar dejándose la vida con su ingenio y energía. Sobre todo bajaba los fines de semana, cuando tenía libre y ponían los partidos, o los días de Champions. En esos días se explayaba, sacaba todo su arsenal, ese que dejaba sin resuello y casi sin posibilidad de réplica. Sólo estaba él.

Siempre parecía feliz, contento, satisfecho, tranquilo con una vida que le permitía ser extrovertido, amigo de todos, y a la vez celoso de su intimidad, íntimo de nadie. Aunque pasábamos mucho tiempo de ocio con él, en realidad le conocíamos muy poco, más allá de circunstancias superficiales, su dedicación y algún hobby. La gran mayoría de esas cosas ni siquiera salían de su boca. Su madre había fallecido, trabajaba en un mercado, no tenía pareja, aunque tenía éxito con las mujeres, y se llevaba muy mal con su padre. Por eso me sorprendió tanto cuando su viejo fue a vivir con él.

No me caía bien. Era una de esas personas que parecen necesitadas de esa notoriedad, que tienen que eclipsarlo todo para constatar que existen. Siempre me dio la impresión de que esas personas escondían algo turbio, quizá su propia insustancialidad. Él escondía algo, desde luego.

No lo eché en falta cuando comenzó a aparecer menos por allí. Era como un ligero alivio, un permiso en el que los demás podíamos ser alguien al fin, donde podíamos dejarnos oír o simplemente relajarnos sin tener que reír gracias. No me pregunté siquiera a qué se debían sus ausencias, sólo las disfrutaba.

Estoy convencido de que gozó con mi perpleja cara cuando me pidió aquello. Quedé desconcertado y en fuera de juego. Aquel era el verdadero motivo por el cual había dejado de ir al bar. El motivo por el que casi desapareció, por el que las mujeres ya no aparecían a su lado. Aquel fin de semana no podía cuidar de su padre porque la enfermera libraba y él tenía que ausentarse para resolver ciertas gestiones en la ciudad, por lo que necesitaba mi ayuda.

¿Por qué a mí? De alguna manera, mi actitud distante, mi desconfianza, llamaron su atención. Yo era el que no le seguía el juego ni reía todas las gracias, el que se mantenía al margen… el único que le gustó. Fue una sorpresa, un impacto, que acepté sumido por completo en el desconcierto.

Su padre estaba impedido, postrado en cama, de la que no se levantaba nunca, con algunas lagunas mentales. Se le veía decaído, abstraído, deprimido. Su hijo me dio instrucciones y trató de facilitarme la situación con todo lujo de detalles y un exhaustivo informe sobre las circunstancias que podrían acontecer y cómo resolverlas.

Una vez allí, el padre no me dirigió la mirada en ningún momento. Estaba sumido en su mundo. Preparé la comida que me habían dejado, acomodé al hombre en su cama, le ahuequé la almohada, pregunté en vano si necesitaba algo... Intenté darle conversación, aunque fui perdiendo fuelle con las horas. Mantuvo la mirada perdida y lejos de la televisión encendida. Me pareció que aquel hombre estaba muy lejos de allí, en la autista resignación del que lo ha perdido todo, especialmente la esperanza.

Él llegó antes de cenar, me saludó afable y comenzó a hablar con su padre. Éste pareció reaccionar vagamente, contestándole con monosílabos. La escena me fascinó, ir viendo cómo iba seduciendo a aquel anciano que parecía anclado y abstraído en su oculto universo. Me ofreció quedarme a cenar, y aunque en circunstancias normales no habría aceptado, la curiosidad que me produjo aquella escena me impulsó a hacerlo.

De repente, y ante mis ojos, aquel tipo carismático y blindado pareció convertirse en otro hombre. Se le había derramado la carcasa que exhibía en público en la misma puerta de su casa. Ahora sí había una voluntad de generar un vínculo. Estaba a gusto y relajado, no necesitaba ser el centro de atención, aunque lo fuera, ni estar en posesión de la palabra constantemente, dirigiendo el debate.

Cambió de canal y puso el partido que se jugaba esa noche. Vi un destello en los ojos del anciano cuando lo hizo. Su hijo también lo vio, aunque él sabía que lo vería. Quería removerlo para sacarlo de su encierro psicológico y su pesadumbre. Se convirtió en pura ternura. La manera en la que lo hablaba, la forma en la que lo tocaba y cuidaba, su mirada, me presentaba a una persona completamente distinta. Rescató en pocos minutos a su padre del pozo depresivo y disperso en el que estaba, logrando que participara en las bromas, que se metiera con los jugadores y el árbitro, siguiera sus ocurrencias y, sobre todo, lanzara las suyas propias. Me vi envuelto por todo aquello, hasta el punto de verme participando y aportando mi granito de arena a ese ambiente lúdico, agradable y desenfadado.

No sé cómo sucedió, simplemente y de forma natural era uno más, como de la familia, aceptado por ambos. No recuerdo el resultado de aquel partido, ni siquiera los equipos que jugaban, pero fue el partido más bello de cuantos he visto.


miércoles, 27 de junio de 2018

MI PIEL

RELATO










Aquí no tenemos de nada salvo toda la libertad del mundo. Podemos hacer de todo, nos divertimos, pero ese todo tiene poco que ver con el de los que no viven aquí.

Podemos correr arriba y abajo, sin límites ni fronteras que nos paren, sin impedimentos ni ataduras, pero en nuestros descalzos pies y nuestras manos sólo hay arena y algún palo o roca con los que distraer nuestras ocurrencias.

Aquí no hay guarros porque todos olemos igual. Nos pasamos el día metidos en el río, aunque casi no hay agua corriente ni caliente. Tampoco hay gordos, salvo Dakarai, mi mejor amigo, que está rollizo aunque no sabemos por qué, ya que los alimentos escasean y desde luego no son buenos.

Tenemos bastante imaginación, ciertamente se nos ocurren muchas cosas, pero no tenemos con qué hacerlas realidad. Las utilidades que a los palos de madera y las piedras se pueden dar son limitadas... De todas las distracciones, la que más nos gusta es el fútbol. Jugamos con frutas o con algún balón que hacemos nosotros mismos con trapos. Las porterías se marcan con palos o piedras y no hay reglas ni faltas, corriendo descalzos sobre la arena de punta a punta de un campo indeterminado.

Todos son del mismo equipo menos yo. Todos se hicieron del Manchester United cuando uno de sus jugadores vino en viaje humanitario, pero yo soy del Real Madrid.

Cuando apenas tenía uso de razón, mi padre me llevó a la ciudad. Ha sido la única vez que he ido. En un bar estaban poniendo un partido. Era del Real Madrid. Desde aquel día me hice fanático de ese juego y de ese equipo. Un jugador del Manchester United regalando camisetas no me iba a convencer.

Siempre me sentí diferente por ello, lo que me encantaba, por otra parte. Los chicos de mi edad se pavoneaban delante de mí con su camiseta del Manchester, lo hicieron durante años, incluso cuando ya tenían más agujeros que tela.

El día que un campamento militar se asentó a pocos kilómetros de nuestro poblado, la curiosidad y las pocas atracciones me llevaron allí junto a tres amigos. Ya habíamos crecido, y nos creíamos los más fuertes, menos Dakarai, que seguía estando gordo.

Allí había otros chicos, hijos de militares, que se divertían como podían. Jugaban partidos de fútbol en sus ratos libres ¡con balones de verdad en un campo de verdad! Jamás había tocado un balón de fútbol real… o parecido, claro que tampoco había tenido nunca una camiseta de mi equipo. En realidad nadie tenía nada, salvo los que cogieron las camisetas de aquel jugador del Manchester, ahora deshilachadas.

Hicieron buenas migas con nosotros, pero nunca nos dejaban jugar en sus pachangas, ya que tenían jugadores de sobra. Eso fue lo que me dio la idea. Formar mi propio equipo para jugar contra ellos y poder tocar un balón de verdad.

Busqué entre los mejores jugadores del poblado, busqué a siete para sumarlos a mis tres amigos. Dakarai sería el portero. La verdad es que no había ninguno bueno, de hecho no podían ser peores, pero eso me daba lo mismo. A ellos también. Sólo con la idea de poder ponerse su raída camiseta del Manchester United para jugar contra un equipo y con un balón de verdad era suficiente aliciente.

El equipo que logré hacer era un cuadro. Un equipo de inútiles. Cuatro de ellos no habían jugado nunca, aunque tenían su camiseta oficial del Manchester... más o menos; dos estaban cojos, uno porque se destrozó la rodilla cuando cayó intentando trepar un peñasco y otro porque se le infectó un clavo que pisó un día; los demás, salvo dos, no habían tocado nunca un balón de verdad… Luego estaba Dakarai, que además de orondo estaba medio ciego, por lo que no confiábamos mucho en que parase alguna.

Todo esto me daba igual, yo no quería ganar el partido, sólo quería jugarlo. Me pasé dos semanas planteando la táctica, que fue un suplicio, porque todos querían ser delanteros. ¿Cómo convences a un tipo que no ha jugado nunca y sólo ha oído hablar de meter goles de que tiene que ser lateral derecho o central? Al final me di por satisfecho cuando tres de ellos aceptaron quedarse cerca del portero. Dos eran los cojos, por supuesto, por aquello de correr menos.

Conforme se acercaba el partido, la idea de jugarlo con la camiseta de mi equipo se apoderó de mí por culpa de mis amigos, que no hablaban de otra cosa. Iban a usar la suya por fin para lo que había sido concebida: jugar un partido de verdad en un campo de verdad. Fue oyendo todas aquellas ilusionadas conversaciones cuando sentí el anhelo de tener la mía. Todos tenían camiseta menos yo, incluso Dakarai encontró la forma de tener un atuendo de portero, pero yo me negaba a jugar mi primer partido con una camiseta que no fuera la del Madrid. O jugaba con el escudo madridista en el pecho o jugaría desnudo.

Así que hice las dos cosas. El día del partido me presenté sin camiseta, pero con el torso pintado de blanco. Fue complicado que aquello quedase bien, pero encontré la forma de hacerlo gracias a la ayuda de la gente de algunas tribus cercanas. Para hacer el escudo le pedí ayuda a Dakarai, que aunque está mal del pulso y de la vista hizo lo que pudo.

Así fui a jugar, lleno de orgullo y completamente eufórico, mirando altanero al resto de mis compañeros, llevando mi camiseta en la piel.

La pintura se fue quitando con el sudor, del escudo sólo quedó un manchurrón y nos metieron una paliza, pero jamás olvidaré el primer partido que jugué sudando la camiseta de mi equipo.


domingo, 8 de abril de 2018

AMIGOS

CINE








Pasaba toda la semana pensando en el viernes. Poder reunirse con sus amigos, desfasar, olvidarse de todo, de ese trabajo estresante, alienante, encerrada en esa caseta sin poder hablar ni mirar a nadie, pendiente de una pantalla de ordenador, ansiosa, nerviosa, dispersa, con los únicos alivios de sus viajes al baño.

Entrar en Osiris, su discoteca, era su liberación. Era su casa, y allí estaban todos sus amigos, siempre fieles. Se olvidaba de sí misma, se abandonaba con las luces láser que rasgaban la oscuridad de la sala, con la música embriagadora y frenética que servía de catarsis. Daba vueltas sobre sí misma, sudaba, expulsaba su anterior yo funcionarial, bebía, bailaba, charlaba, gritaba… y bebía.

Entregada a la sensualidad le gustaba mirar a los ojos, sugerir con el movimiento de su cuerpo, desprenderse de máscaras, complejos y fachadas de corrección. Palpaba pechos, femeninos y masculinos, susurraba a los oídos complicidades amistosas y eróticas, se los llevaba a la boca anhelante…

Vivía esperando ese momento de reunión y camaradería, donde lo social era capaz de enterrar toda la mierda que tenía en su vida. Gracias a sus amigos podía soportarlo, eran todo lo que tenía, los que la levantaban, la impulsaban a seguir, el motivo por el cual no rendirse… Eran su familia, esa que le había faltado nada más nacer. Huérfana, sin parientes cercanos en los que apoyarse. Seguro los habría, pero no los conocía. Fue sencillamente abandonada en una iglesia.

Pasó muchos años abatida pensando en eso, en aquella soledad, en aquel desamparo, hasta que llegaron ellos, y aunque es un recuerdo que acude ocasionalmente, cada vez es más tímido y fácil de acallar.

Esa noche se suponía que era su cumpleaños, por eso estaba especialmente entusiasta, excitada, en un frenesí histérico de celebración, rabia y rebeldía donde se perdía, chocaba y rozaba en esa sala abarrotada y ensordecedora…

Hasta que todo desapareció… Repentinamente la sala quedó vacía, completamente oscura. Tan solo entraba el leve fulgor lunar de una ciudad silenciosa, en la que sólo susurraba alguna lejana sirena o el rozar de unos neumáticos sobre el asfalto. Quedó desorientada por unos momentos, no entendía lo que pasaba, aturdida en su borrachera…

Poco a poco, lentamente, como le permitían los efluvios alcohólicos, fue percatándose de lo que había sucedido. Era un apagón global, el programa había dejado de funcionar y su discoteca se había vuelto a transformar en una mediocre casa de pocos metros cuadrados, como si fuera una irónica Cenicienta.

Se quitó el mono con los sensores que estimulaban el tacto y sus gafas. Se lo quitó todo hasta quedar en ropa interior. Aquellas formas y cuerpos que podía tocar, a los que hablaba, los que la miraban, se habían marchado sin felicitarla siquiera…

Estuvo a punto de derrumbarse. Los apagones no solían darse, pero a veces ocurrían, y la soledad la golpeaba con fuerza. Afortunadamente una mirada distraída la salvó. Allí estaban ellos, sus verdaderos amigos, brillantes, sensuales, tentadores, mirándola comprensivos. No dejarían que cayera.

Sonrió, se acercó a la bodeguita y cogió una de las botellas. Acarició sus suaves curvas, la abrió lenta y lujuriosamente, con la mirada anhelante, se la llevó a la boca, acariciando su abertura con la lengua. Aquel licor la abrasó por dentro, como el buen amigo que era. La hizo olvidar.

Saciada su sed se abrazó a la botella y se tumbó en la cama. Esa noche también dormiría acompañada.


domingo, 7 de enero de 2018

GENEROSIDAD

RELATO










No era así de pequeño. Me encantaba la idea de familia, de intimidad, de celebrar las cosas con los míos y desvivirme por ellos. Quería que no les faltara nada por amor y poder darles a veces algunas sorpresas bonitas que sintieran y disfrutaran, que valorasen de verdad. Cada matiz, cada sonrisa, en mis padres o mis abuelos, lo captaba y me lo bebía satisfecho, eran premios de incalculable valor que se sellaban a fuego en mi memoria.

Ahora ese recuerdo, aunque presente, siento que se desvanece, que le he puesto un velo apabullándome a mi mismo con otros muchos recuerdos que poco tienen de importantes y verdaderos.

Ese mismo propósito, anhelo, se me ha ido yendo de las manos compulsivamente, en una obsesión que se fue expandiendo sin control hasta superarme. Y que no puedo parar.

La aspiración de hacer feliz a los demás, de vivir las cosas lo más intensamente posible con la gente que quiero, de mi entorno, de valorar los gestos que tenían conmigo y desvivirme por tener detalles especiales para que ellos los valoraran, fue perdiendo su valor cuando comencé a hacerlo sin control.

Primero era con los míos, agobiándolos a todas horas, pero luego fui ampliando el círculo paulatinamente, entre familiares que ya no eran tan cercanos, amigos que ya no eran tan íntimos… y así.

Sí, necesito la aceptación y aprobación de la gente. La necesito. Necesito que se sientan bien conmigo, que me aprecien y manifiesten su aprecio, que elogien lo que hago, que lo valoren, que sientan mi complacencia y entrega.

Me convertí en pura y absurda generosidad, entrega, sacrificio, devoción, dadivosidad y derroche. Sin medida. Soy consciente de la injusticia al no distinguir, ya me da igual que sean mis seres queridos o desconocidos con los que me acabo de cruzar. Mi necesidad de caer simpático, de parecer útil, necesario, abnegado, es superior a mí…

Mi altruismo, mi desprendimiento, no es justo, o quizá lo sea en exceso. Soy capaz de perder el oremus por complacer a alguien que no conozco buscando la integración en un grupo, ignorando a alguien cercano, simplemente porque ya lo tengo conquistado, con lo que una especie de prioridad salvaje me conduce sin frenos ni reflexión. ¿Por qué si no iba a ofrecerme a compromisos absurdos que ni siquiera me piden? ¿Por qué si no me entrego al que no conozco, cuando no hace falta ni es momento?

Si llega un compañero nuevo al trabajo, tiene mi regalo en un tiempo récord. Si veo a alguien tenso, me ofrezco inmediatamente a proporcionarle algo. Parezco el repartidor de cafés, porque así es imposible que me miren mal… No me limito a agasajar a mi novia, sino que también lo hago con las amigas de mi novia, o las amigas de las amigas de mi novia. O a los amigos de los amigos de mi mejor amigo… Soy la pura comprensión, el aliento de todo aquel que llega a cualquiera de los grupos en los que estoy, mi equipo de fútbol, mi grupo de cine, mis excursiones… Y aún así hay gente a la que no le caigo bien. Ese exceso de complacencia, de generosidad, lo ven impostado por ilógico. Falso, estrafalario.

Quizá tengan un punto de razón, pero aseguro que lo hago porque lo siento, simplemente me cuesta conducirlo como lo hacía, metido en una espiral absurda de desprendimiento.

He llegado a gastarme lo que no tenía porque lo primero era complacer a alguien, lo necesitara o no. He llegado a perder el foco de lo que le ocurría a mi familia, porque ya los tenía “en el saco”, porque ya eran de los “archivados”. Me he venido abajo al darme cuenta, he entendido que la generosidad sin mesura no tiene sentido, que es un defecto como otro cualquiera, una idiotez. Pero da igual. No puedo evitarlo.

Esa desviación, esos dos caminos, son genuinos, pero el segundo me hizo perder la conciencia de lo importante, de lo verdadero. Es irrefrenable. Soy dos personas, como un Jeckyll y Hyde altruista. Vivo un infierno en el que trato de congeniar a las dos personas que viven en mí.

Sigo recordando el candor primigenio, el amor por los míos. Aquello es el catalizador de todo, pero aunque me propongo el control, siempre se me termina yendo todo de las manos. Nunca es suficiente, siempre tengo que dar más, que consumir mi propia generosidad, que dar porque sí, que pagar porque sí, que regalar porque sí. Entre la melancolía y el frenesí.


La Navidad me tiene poseído… todo el año.


ELOCUENCIA

RELATO











Era un hombre de pocas palabras, era un hombre gris. Es lo que recuerdo, o al menos es la perspectiva que se me quedó siendo niño.

Su gesto severo y ceñudo, su aire taciturno, su escueta brusquedad, su eterna melancolía, creaban una tácita distancia sobre nosotros que respetábamos fielmente. Él parecía estar cómodo así, si bien es cierto que si en alguna ocasión me tomaba algunas libertades inconscientes por aquello de mi edad, nunca recibía queja ni reprimenda.

Yo pasaba solo gran parte del día, él casi nunca estaba en casa. Tenía dos trabajos. Suponía que aquello le vendría estupendamente para no tener que pasar por el suplicio de andar por casa. Cuando nos veíamos obligados a estar juntos todo era un poco violento. Al principio yo sólo esperaba que él dijera o hiciera algo, luego dejé de esperarlo.

No tenía aficiones, cuando llegaba de trabajar prefería tumbarse, ver algo en la televisión o aislarse con algún periódico o revista que pudiera conseguir. Le gustaba leer. A veces garabateaba cosas en un cuaderno, pero dejó de hacerlo.

Casi nunca me hablaba, sólo para lo imprescindible y funcional, pero nunca me negaba la palabra y siempre contestaba cualquier cuestión que le planteara con frases cortas y la información precisa.

Sólo en cumpleaños o Navidades me regalaba algo. No eran grandes regalos, podían ser regalos ridículos incluso, hasta que decidió preguntar qué quería. Si era muy caro buscaba un remedo, casi siempre insatisfactorio, si no lo encontraba, no había regalo.

La adolescencia nos separó definitivamente. A su carácter se sumó mi edad difícil. Le despreciaba. Sus torpes intentos por compensar lo que fuera me resultaban tan patéticos que ni siquiera me ofendían. Todo aquello que era incapaz de dar o mostrar, o que se negaba a hacer, era un buen motivo para ridiculizarle íntimamente o a la cara. Su vulgaridad sí me ofendía, la comparación con los padres de mis amigos me avergonzaba. Me rebelaba ante aquella falta de cariño o interés, lo que veía como desdén o desprecio. Sentía que estaba allí porque no le quedaba más remedio, por un sentido de la responsabilidad o algo así. Me agobiaba que me tratara como una carga.

Supongo que cuando murió mi madre, todo cambió para él. De repente me había convertido en un estorbo, una carga con la que estaba obligado a lidiar…

Se tarda en comprender. De niño ves a los adultos como el súmmum de la sabiduría y la seguridad, piensas que cada uno de sus comportamientos o gestos tienen un motivo y que si hay una culpa tiene que ser necesariamente tuya. Si además no te hablan, esa culpa se hace más honda e íntima, es una culpa secreta e inconsciente y ante la que poco se puede hacer porque debe provenir de cómo es uno, de su forma de ser. Nace el rencor. De pequeño intentaba complacerle siempre, quizá también como consecuencia de la culpa, como consecuencia de un dolor que compartíamos en la pérdida inconscientemente, luego pasé a la repulsa.

Siempre fue serio, pero un prometedor escritor, por lo que decían. Estudió literatura, pero una incierta carrera de profesor y escritor se hacía incompatible con cuidarme y mantenerme. De hecho, era mi madre la que llevaba el dinero a casa.

Era evidente que no sabía qué hacer cuando nos quedábamos a solas. Recuerdo que buscaba algo con lo que pudiera entretenerme entre mis escasos juguetes, pero su impotencia era manifiesta, así que se evadía como podía.

Es verdad que nunca tuve lujos, pero pocas veces me negó nada. No fui consciente hasta mucho tiempo después de lo poco que me había faltado. Siempre fui bien vestido, siempre tuve el material adecuado en el colegio y si mostraba interés por algo no tardaba en apoyarlo con una discreción que me pasó mucho tiempo desapercibida. Sutiles regalos que aparecían como en secreto, que parecía que habían estado en casa siempre. Una caja de lápices de colores si me veía pintando, un disco si mostraba interés por la música, un libro…

Tras perder a mi madre, y mientras encontraba trabajo, tuvo que vender su preciada colección de libros. Era un lector voraz como correspondía a su dedicación. Luego, sin comerlo ni beberlo, se encontró en una situación que le superó.

Simplemente no sabía cómo tratarme, cómo hablarme, no sabía lo que debía darme. Vivía en el desconcierto. Aquel desprecio, aquella falta de interés o cariño, era la pura inexperiencia de un chico tímido que ni siquiera ha aprendido a desenvolverse, un niño más grande que yo. No era el súmmum de la sabiduría y la seguridad que yo daba por sentado. Vi muchas más veces su rostro avergonzado de las que yo sentí vergüenza. Al menos pude decírselo antes de que se fuera, cuando se me cayó el egoísmo adolescente por entre las piernas.

Aquellos dos trabajos no lo mantenían a duras penas. Daban para más. Sus estrecheces eran voluntarias, gastaba lo necesario e imprescindible, y sólo lo gastaba en mí. Una generosidad y un amor que yo interpreté como falta de aficiones o intereses…

Cuando cumplí la mayoría de edad, descubrí la cuenta que había estado inflando con sus ahorros. Tuve toda la carrera pagada, con gastos moderados incluidos… y más.

Ese hombre al que apenas conocí se había negado la poca vida que le había quedado tras la muerte de mi madre para que yo tuviera un futuro que él no vería. Jamás se arrepintió de nada.

Era un hombre de pocas palabras, era un hombre gris. Sus actos hablaban por él, y ¡joder, cómo brillaba esa elocuencia!


Ahora soy profesor de literatura.

sábado, 6 de enero de 2018

EL VECINO

RELATO










Siempre estuve convencido de que mi vecino era Papá Noel.

Es uno de los recuerdos más intensos y hondos de mis vacaciones navideñas en la infancia. No sé cómo surgió la idea, el pensamiento. Supongo que el influjo de las fechas, el deseo. El caso es que me quedaba embelesado, hipnotizado, viéndole trabajar, cuando salía en soleadas mañanas a rastrillar su jardín o cortar el césped, a quitar la nieve acumulada en la puerta del garaje o a podar su pequeño abeto… Su movimientos eran pausados, pero seguros y firmes, poderosos. Siempre con su abundante y perfectamente recortada barba blanca y su abrigo rojo para resguardarse del frío que siempre hace aquí en invierno.

Es cierto que su aspecto ayudaba a que mi imaginación infantil se disparara, pero no fue eso lo que reafirmó mi convicción sobre su verdadera identidad. Aquello sólo aumentó las sospechas. Nada más. Era todo lo que le rodeaba, ese aura de misterio, su comportamiento y todos aquellos sucesos que se agolpaban cuando se acercaba la Navidad.

Nunca miró hacía mi ventana, al menos nunca me percaté de ello, por eso se me hacía una obviedad que tenía poderes. Parecía saber perfectamente cuando le observaba, y bromeaba conmigo poniendo mensajes en la nieve, para que los leyera. Siempre el mismo: Hola, chaval. Su sonrisa posterior le delataba.

Los niños no paraban de acudir a su puerta, lo que era un misterio para mí. Entraban en lo que debía ser un paraíso de juguetes o fantasía, y al cabo de un tiempo volvían a salir como si tal cosa.

Muchos camiones paraban frente a su jardín, cargando y descargando paquetes grandes y pequeños, algo que era más frecuente cuando se aproximaba la Navidad. Tenía un trineo magnífico que siempre estaba por el jardín, salvo cuando llegaba la Nochebuena.

Todo encajaba de una forma sutil, cotidiana, perfectamente secreta y natural, que evidentemente pasaba desapercibida para la mayoría, pero que yo veía claramente.

Nunca se fue de mi memoria aquel vecino tan cercano, ni siquiera cuando dejamos de ir allí en vacaciones. Lo recordaba en cada Navidad, sabía que me visitaría, aunque no lo viera. Con los años mi certeza no mermó, sólo se convirtió en un eco. Una idea bonita.

Evidentemente, siendo adulto, mi cabeza sabía que aquello no era así, no por las coherentes explicaciones que me dieron de todos esos misterios, sino porque la inocencia se va desvaneciendo sin darnos cuenta, va cediendo su sitio, gota a gota, al cinismo. A pesar de ello, más allá de la lógica de la cabeza, yo mantuve el rescoldo de la ilógica caótica del sentir, un sentir que era igual de firme que en mi infancia. La vulgar realidad no iba a destruir ni desmitificar aquellos recuerdos e ideas, ni a explicar la imaginación, lo único que logró fue acrecentar mi curiosidad por aquel hombre.

El anciano de barba nevada y abrigo rojo que trabajaba en el jardín era un prestigioso experto en seguridad casi retirado que no pudo evitar la muerte de su hijo en un accidente. Aquellas circunstancias que tan extrañas me parecían de pequeño tenían sencillas explicaciones. El hombre barbado daba clases en su casa, de ahí que acudieran tantos chavales a llamar a su puerta. Aquellos camiones que iban y venían con paquetes de todos los tamaños, eran los envíos y encargos que pequeñas empresas mandaban para que revisara la seguridad de sus productos. Muebles, piezas de cocina, incluso juguetes, que él testaba esporádicamente… En la época navideña simplemente había más demanda. La víspera de Nochebuena se ausentaba junto a su mujer para pasar un par de días en la casa de los padres de ella, como una especie de tradición o ritual que hacían todos los años. Guardaba el trineo en el garaje cuando marchaban…

No había misterio. Todo era muy lógico, muy sensato, poco mágico. Pero todo eso sólo era el mediocre envoltorio. Aquel relato convencional sólo parecía existir para intentar negar lo excepcional. Siguiendo aquellas huellas en la nieve, rascando en el hielo del recuerdo, descubrí la magia de aquel señor, de aquel Papá Noel.

Todos los años, aquel hombre pasaba la Navidad con los padres de su mujer junto a su familia en una casa ahora desierta. Ahora el hombre iba ocasionalmente para mantenerla lo más limpia y decente posible, porque la mujer parecía recobrar la vitalidad en el hogar de su infancia cuando la llevaba por esas fechas. Iban allí porque es lo que hacían cuando su hijo vivía. Aquel ritual simplemente era la devoción a un recuerdo, un homenaje al hijo que falleció una Nochebuena.

Un accidente en aquel espléndido trineo que guardaba en el garaje. Una presencia que se fue, pero que él lucharía por conservar.

Cuando su mujer quedó incapacitada apenas salía de su habitación, tan solo el recuerdo de su hijo lograba darle sosiego. Por ello, aquel hombre decidió agarrarse a la vida, no dejarse ir. Las clases que daba a los chicos eran de piano. Había cultivado su afición a la música en su hijo, al que comenzó a dar clases desde bien pequeño, germinando en el chico una vocación que le encauzó hacia la carrera musical. Era un prometedor pianista. Convirtió su afición y talento en una dedicación más. En la sala acondicionada e insonorizada para el resto del vecindario, sus alumnos tomaban lecciones deleitando a su esposa, haciéndola rememorar lejanos tiempos infantiles que creía presentes. La música la hacía feliz.

Los fogonazos de lucidez de su mujer eran cada vez menos. Siempre recordaba cómo ella bromeaba acerca de lo diferentes que eran. Ella, como una estación de provincias, paciente y tranquila, él, en cambio, un torbellino, como la Gran Vía. Cuando su memoria se ausentaba, aquel hombre sólo deseaba que saliera algún tren desde aquella estación hasta la Gran Vía.


Y fue hermoso entender que aquellos mensajes que el hombre escribía en la nieve no iban dirigidos a mí, fue hermoso saber que aquel hombre era aún mejor que Papá Noel.


jueves, 4 de enero de 2018

EL COCHE ROJO

RELATO











Dibujaba coches rojos compulsivamente. De todos los tamaños, de distintos modelos, con múltiples accesorios, pero siempre rojos. Coches rojos por todas partes.

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El niño hacía que lloraba en la soleada mañana invernal, ese llanto falso de los críos cuando no se salen con la suya o no reciben lo que esperan, en su desesperada impotencia, como último recurso para ver si pueden dar la vuelta a algo que se antoja irremediable.

¡Yo quería el coche azul!— sollozaba quejumbroso a su madre, que miraba hacia todos lados avergonzada ante el berrinche del niño, intentando a su vez hacerle ver las bondades de ese coche teledirigido último modelo.

Aquel niño no entendía cómo los Reyes Magos habían podido confundir el color del coche que había pedido a pesar del énfasis que puso en su carta, con mayúsculas y subrayado... A esa edad la estética lo es todo, y en muchos casos no deja de serlo nunca.

Los infructuosos intentos de la madre por captar la atención de su hijo y calmar sus quejas y chillidos no hacían más que caldear el ambiente. El coche era una virguería, se manejaba con suma facilidad, como demostraba la buena mujer intentando que su hijo se sumara al juego y olvidara el detallito del color por lo que de verdad importaba: la cantidad de cosas espectaculares que se podían hacer con aquel coche teledirigido.

Era inútil. El chico era del tipo obstinado, ese tipo que debe demostrar al padre su enfado culpándole de todo aquello que no le gusta porque, al fin y al cabo, son los únicos que podrían rectificarlo. Se cruzó de brazos en plan mohíno, puso su rostro de desprecio y contestó con agónica apatía a las apelaciones de su madre.

En su desesperación, la madre lo dio por imposible, dejó el mando del coche en el banco y el coche a poca distancia del mismo, donde se sentó a juguetear con su móvil. Su airado hijo daba la espalda a toda esa escena centrado en escenificar su pataleta. Así pasaron al menos 15 minutos, hasta que llegó la hora de irse. Fue el momento en el que los dos se dieron cuenta de que el coche había desaparecido.

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Era un adolescente que ya se ocupaba de todo. Su padre había fallecido y su madre estaba convaleciente. Era él el que traía el escaso sustento a su humilde casa recogiendo cartones y repartiendo productos de todo tipo.

En realidad tenía mucho tiempo libre. Conocía toda la ciudad, le gustaba frecuentar los parques, ver en los demás aquello que parecía estarle vetado, esa felicidad, esas comodidades. Lo típico.

Le gustaba la Navidad, a pesar de que resaltaba sus carencias, aquello que no tenía, como la ilusión por los regalos. Quería aparentar escepticismo porque era lo más práctico, pero el atractivo de aquel ambiente, de aquella atmósfera, lo embriagaba.

El día de Reyes paseaba por su parque favorito. Era un día especial. Los padres iban con sus hijos pequeños a disfrutar de los nuevos juguetes. Todo eran risas, alegría y amor familiar. Fue allí donde escuchó las quejas de un chavalín. Protestaba por el color de su coche.

Se quedó prendado. Su vida había girado en torno a los coches rojos, se convirtieron casi en una obsesión, jugaba a contar cuantos coches rojos encontraba por la calle en su vagar despreocupado, recopilaba las revistas de motor que encontraba en la basura con la esperanza de que hubiera alguna foto dentro. Eran una angustia y un anhelo…

No entendía cómo era posible que aquel niño despreciara un juguete tan bonito y perfecto, ¡que no le gustara que fuera rojo, precisamente! Lo que al principio era curiosidad, se convirtió en perplejidad, para terminar en sentida ofensa. ¡Aquel chaval despreciaba un juguete por el que él daría lo que fuera!

Se solidarizaba con la madre, que parecía tan perpleja como él y luego tan enfadada. Se sentía impotente y frustrado, tenía que irse de allí, pero algo le agarraba los pies al suelo. Aquel coche rojo, abandonado, ignorado por todos, parecía desamparado, necesitado de atención, de cariño. No fue consciente de los pocos pasos que dio hasta situarse frente al juguete, ni cuando lo recogió del suelo, ni cuando se dio la vuelta llevándolo en las manos mientras se alejaba de allí. Sólo reaccionó cuando salió del parque. Ni siquiera corrió, se fue lentamente, como en sus lúdicos paseos.

Cuando miró al coche que tenía en sus manos, lejos de sentir culpa, le inundó una enorme alegría. Sonrió.

Entró en casa, besó a su madre, que estaba tendida en su cama, mintió explicándole que había tenido la fortuna de encontrarse aquel coche tirado en un contenedor, que en cuanto lo vio no pudo resistirse… No había cogido el mando a distancia, por lo que el coche no funcionaba, pero él sabía que valdría igual.

Se acercó a su hermano, que como siempre estaba inclinado sobre la mesa de la salita, dibujando coches rojos. Coches rojos de todos los tamaños, de distintos modelos, con múltiples accesorios, pero siempre rojos. Coches rojos por todas partes.

Puso el coche sobre la mesa y llamó su atención. Esta vez no haría falta hablar, contarle a su hermano los coches rojos que había visto en la calle, traerle revistas donde pudiera verlos él mismo.

Al principio su hermano mantuvo la mirada fija en su labor, perdido en su mundo como casi siempre, hasta que finalmente atendió a su dulce requerimiento. Se quedó parado mirando aquel coche rojo nuevo, verdadero, que era suyo, que podía tocar. Lo tocó. Y levantó la mirada.

Aquella mirada que parecía siempre perdida dentro de sí misma, se fijó en su rostro y sonrió. Vio el reconocimiento y la felicidad en los ojos de su hermano. Aquel fue el mejor regalo que la Navidad podía dar.




ALUNIZAJE

RELATO











Me fijé en ella enseguida. La vi pasar ante mí y quedé prendado. Las primeras veces tan solo la seguí con la mirada en su paso distinguido, indiferente a todo, cruzando el parque donde, sentado en mi banco predilecto, daba rienda suelta a mis preocupaciones. Era puntual como un reloj.

Rubia, siempre con un abrigo negro muy elegante que estilizaba su figura, de rostro fino, fría mirada marina. Estaba seguro de que su ropa no tenía nada que ver con la que utilizaba en el trabajo y que se cambiaría allí mismo.

Poco después me animé a seguirla también con mis cansados zapatos. Todas las mañanas la misma rutina. Desayunaba en el mismo bar todos los días, iba con bastante tiempo antes de su turno de trabajo. Comenzaba a las nueve y salía a las dos. Comía también siempre en el mismo lugar, a dos calles de allí, para volver a las tres y terminar a las seis.

Era agradable con los clientes, con una sonrisa bella y sincera, de esas que parecen reconocer a alguien querido en la persona que tiene enfrente. No me sorprendió lo más mínimo que trabajara en una joyería, era un entorno que le iba que ni pintado…

Me hice el encontradizo con ella en varias ocasiones hasta que la terminé convenciendo de que tomara un café conmigo. Por supuesto, no dije ni una sola verdad en nuestra entrevista, no podía. Ni soy arquitecto, ni cuido de mi madre enferma y, por supuesto, no perdí a ningún hijo en un accidente provocando mi posterior separación matrimonial.

Hago de la escasez virtud, mi buena planta, mi buen gusto, me dan un aspecto seductor y atractivo. La imagen lo es casi todo, con ella se puede enmascarar la realidad con pasmosa facilidad, convencer de casi cualquier cosa… al menos al principio.

Así fuimos intimando poco a poco. Ella me contaba su convencional y sincero día a día con detalle, sus cosas en el trabajo, su azarosa vida sentimental, sus pequeños conflictos y alegrías, mientras yo relataba una sacrificada e inventada existencia sin darme importancia alguna.

Me gustaba mucho esta chica, me sentía afortunado por el sorprendente hecho de que no tuviera pareja, por tener alguna opción con ella. Por desgracia, mi vida distaba mucho de ser plácida o solvente, lamentaba no estar en disposición de ofrecer algo estable y fidedigno más allá de una historia inventada y unas mentiras bien envueltas. Sentí mucho no poder ser sincero. No sé si de haber podido hubiera dado el paso, si no hubiera sido un cobarde, pero eso ya es lo de menos. Fue una bella ilusión.

Sí, debo reconocer que me enternecí, quizá por las fechas navideñas, que irremediablemente me llevan a la niñez, a cierto recuerdo materno. Son fechas que sacan lo mejor de mí, pero hay momentos y circunstancias en los que no se puede ser débil, hay prioridades que se deben obedecer.

Pasadas unas semanas conocíamos lo suficiente el uno del otro. Había llegado el momento de alejarme. Sin traumas ni llantos. Me despedí de ella desde la distancia porque, al fin y al cabo, soy un romántico.

El día del adiós estaba preciosa, más guapa que nunca. Estaba haciendo horas extra y la nocturna iluminación navideña daba un halo especial a todo. Cuando cerraron estaba radiante, la neblina provocada por el vaho que exhalaba al hablar hacía que todo pareciera una ensoñación. Su dulce risa resonaba en la calle silenciosa, alejándose con el repiqueteo de los tacones junto a sus compañeras. Me quedé allí taciturno, con la extraña sensación de que una posible vida se alejaba. Susurré un adiós.


Pensé mucho aquellas horas allí sentado, medité sobre las prioridades, me sentí mejor. Habían sido muchas navidades tristes, muchas navidades precarias. Arranqué el coche y lo estrellé contra la cristalera de la joyería, sabía dónde estaba cada cosa, lo más valioso, lo de más fácil acceso. Desde luego, aquella Navidad no iba a ser como las otras.


EN MI OFICINA

RELATO













Sentado aquí, en mi oficina, veo pasar los días, uno tras otro, exactamente iguales. Es fácil caer en el abatimiento, el sopor y el aburrimiento viendo el mismo paisaje, la misma gente, la misma luz. A mí me pasó en los primeros meses, cuando elegí este lugar de trabajo, pero aprendí a remediarlo, descubrí las infinitas diferencias que alberga cada igualdad, los infinitos matices en ese entorno aparentemente inamovible y estático.

Figuras indefinidas transportadas por ruedas o piernas en un marco fijo que los abrigaba, como una estampa fotográfica de sutiles movimientos que terminaban por permanecer quietos. Todos con los mismos colores, los mismos comportamientos, los mismos procederes, los mismos movimientos, las mismas costumbres… que poco a poco fueron definiéndose, distinguiéndose, diferenciándose, dibujándose. Individualizándose.

La gente se fue convirtiendo en individuos distinguibles, en rostros concretos. Aquellas personas que parecían la misma dejaron de serlo para cobrar vida, obligándome a fijarme en ellas, hasta que fui convirtiéndolos en viejos conocidos ante la insistente fuerza de la costumbre que los hacía pasar ante mis mustios ojos.

Observar aquel marco desde mi oficina, inventar historias, esperar presencias, fueron convirtiéndose en los principales alicientes de mis aburridos amaneceres y monótonos atardeceres. Aquellos fantasmas cotidianos fueron adquiriendo corporeidad hasta convertirse en una oronda señora de raído y deshilachado abrigo negro que siempre va cargada con bolsas y debe pararse cada poco tiempo a tomar resuello, en la delgaducha chica morena que mira fijamente al suelo sin apenas cambiar el gesto escuchando a su dicharachero novio, en el nervioso señor de pelo ralo, gafas y maletín que siempre va apresurado tras la jornada laboral, como si temiera llegar tarde a casa con su mujer… Gloria, Laura, José. Dudo que se llamen así, pero ya han quedado bautizados.

Sentado aquí fui notando casi físicamente cómo el ego más radical se iba diluyendo, sin darme cuenta fui sintiendo la necesidad de encontrar las enormes diferencias en los paisajes que ese marco fijo ofrecía cada día, de individualizar a toda aquella gente que poco antes me era indiferente, pequeños elementos de una masa indefinida. Sentía aquello porque era yo el que necesitaba dejar de ser invisible para alguien, aunque en aquel momento ni siquiera era consciente de por qué me estaba sucediendo. Simplemente era injusto, me quejaba de ellos cuando yo hacía lo mismo en ese mismo momento. Aquí se acaba pensando mucho, quieras o no, por lo que no tardé en comprender mi contradicción una vez fui perdiendo ese ego, que de alguna manera aparecía con otro cuerpo. Hasta no hace mucho era igual que ellos, pasaba indiferente ante todo, y ahora, desde el otro lado, suplicaba y mendigaba en lo más íntimo cierta atención.

En mi carácter positivo vivía en la ambivalencia. En la asunción de la realidad, en la que todo indicaba que no protagonizaría ninguna de esas historias que inventaba al paso de los demás, y en la esperanza de que algo mágico o extraño sucediera para negar aquello. Y a veces pasaba.

Recuerdo a la chica de los ojos azules. Aunque luego hubo más, ella fue la primera que me miró de verdad estando aquí. No sólo me miraba, me consideraba, incluso creo que me ha cogido afecto. Su mirada no era de compromiso, de esas que se lanzan por descuido, porque no hay más remedio o por quedar bien. Me miraba como si no fuera invisible, sin esa mirada esquiva, avergonzada o que me atravesaba para situarse en un lugar indeterminado detrás de mí, como si no estuviera realmente allí, que me dedicaba la gente que al menos tenía el detalle de levantar la vista. Sí, luego hubo más, pero ella fue la primera.

Inventé todas las historias habidas y por haber sobre ella, con los dos juntos. Aventuras románticas, intrépidas, imposibles, más grandes que la vida… que sabía sin ningún fundamento. Hasta que un día llegó, me miró y habló como siempre antes de presentarme a su novio…

Tardó mucho en llegar la chica de los ojos azules, o más bien se me hizo eterno, porque el tiempo se hace más lento cuando esperas, pero una vez apareció todo fue distinto y tomó un mejor color, y aunque siga siendo invisible para la mayoría, olvidado de inmediato, incluso para los que me lanzan alguna moneda, fui alguien para ella, aún lo soy. No está tan mal.

Fue ella la que apartó aquel velo que me impedía verlo todo con nitidez, la que definió las figuras, los paisajes, las personas. Un pequeño e íntimo cambio en este mundo donde nada parece cambiar… o donde todo cambia.


Con la Navidad en su apogeo, desde mi oficina vuelvo a mirar el mismo paisaje, con infinitas luces distintas, donde Gloria ahora lleva un abrigo rojo nuevo recién estrenado muy elegante y pasea jacarandosa con bolsas de marcas caras; la joven Laura pasea sin su novio con una desenvuelta sonrisa en su erguido y orgulloso rostro, reuniéndose con sus amigas ataviadas con vestuario navideño; y José ya no va apresurado, sino que pasea con mimo con una mujer que parece recobrarse de algún mal, disfrutando de la iluminación que engalana las calles en estos días… Será la época, que hace verlo todo distinto, será que eso mágico o extraño sí que pasa algunas veces a algunas personas...


miércoles, 3 de enero de 2018

SUPERHÉROE

RELATO










Al despertarme vi al mismísimo Capitán América a los pies de mi cama.

Con tranquilidad, me desperecé, froté los ojos y parpadeé varias veces, porque esa no es la visión habitual que suelo tener a las 8 de la mañana… pero ahí seguía. Tenía su malla pegada a su musculoso cuerpo, su casco y su escudo. Levantó un dedo señalando al fondo de la habitación y dijo: “Actúa en consecuencia”.

Sí, ya sé que como sueño suena realmente friki, pero no os puedo mentir.

No quise darle mucha importancia, pero una semilla comenzó a geminar en mi cabeza. No paraba de darle vueltas a aquello, porque la imagen fue completamente real y vívida, demasiado para ser un sueño. Quizá mi subconsciente estuviera diciéndome algo...

Aquel lugar hacia el que señalaba era el que tenía destinado a mi colección de cómics. Yo era un friki algo solitario con una vida bastante desahogada, económicamente acomodado gracias a las viñetas que dibujaba. Era feliz en mi moderada soledad, en mi absoluta libertad ajena a responsabilidades, pero tras la aparición de Steve Rogers empecé a escuchar el eco lejano de una insatisfacción, de un vacío. Relacioné aquella aparición con todo eso, como la manifestación de un sentimiento de culpa, como la necesidad de aportar algo más, dar algo al resto. Quizá tenía que parecerme a un superhéroe, quizá debía aplicar a mi vida ciertos valores de esos personajes que me fascinaban…

De entrada era lo opuesto a un superhéroe. Desde luego no tengo nada que se parezca a un súper poder, ni siquiera una habilidad especial, más allá de lo de las viñetas. No soy alto, no soy musculoso, soy más bien torpón, de hecho el deporte es algo que me da bastante alergia, en el traje ajustado sólo destacaría mi cuidado y fláccido michelín, que es una desgracia como otra cualquiera, es decir, que no destaca ni como michelín en sí mismo, y tirando a feo… bueno, soy feo. Aunque simpático.

Pasaron los meses y fui planificando y pensando cómo hacerlo, y opté por lo más sencillo para desde ahí llegar a algo que mereciera la pena. Al terminar el verano me lancé a las calles, me fijé en mi prójimo y opté por frecuentar los supermercados que quedaban cerca de mi casa. Allí trataba de ayudar a los ancianos, a las personas con dificultades para llevar la carga de su compra, pero mi torpeza en el trato hacía que aquello no siempre terminara bien. Al verme con las manos extendidas y el rostro ansioso en mi voluntarioso propósito, muchos salían despavoridos, convirtiendo su renqueante transitar con las pesadas bolsas en un vigoroso y enérgico (además de sorprendente, debo añadir), paso que era capaz de dejarme atrás. Otros pedían auxilio en su huida y alguna señora me atacó con gas pimienta. Me consolaba pensando que con los que salían corriendo cumplía mi propósito en cierta medida, al ahorrarles tiempo, aunque la idea era ahorrarles también el peso. Al practicar esto en los hospitales las consecuencias fueron aún peores…

No siempre iba mal, cuando aceptaban mi ayuda casi siempre trataban de recompensarme en un sincero agradecimiento. Una taza de café, un vaso de agua, un bizcocho... de señoras, señores y ancianos. Una anciana me propuso resignadamente sexo. Dijo: Supongo que después de esto tendremos que acostarnos. Salí de allí corriendo… una vez consumado el acto.

Niños marginados, enfermos, personas mayores o solitarios… eran mi particular clientela pasado cierto tiempo. Descubrí que la soledad era una de las claves, que tenía la capacidad de aliviar ese pesar, que quizá ese fuera mi poder. Como a los escritores inquietos, las ideas me asaltaban en la cama y me obligaban a salir de ella para anotar nuevas formas de ayuda que se me ocurrían, porque aquello parecía que me hacía sentir mejor, que acallaba aquel eco de aquel vacío, de aquella culpa, de aquella insatisfacción. Eso que no quería reconocer.

Mi ambición fue frustrante. Con los meses, mis propósitos eran cada vez más ambiciosos, quería ayudar a gente cada vez más necesitada, con lo que los fracasos se sucedían. Los enfermos morían o no recordarían jamás, los depresivos no mejoraban. Desde luego no iba a ponerme a estudiar medicina o psicología, porque de hacerlo nada cambiaría, aquello seguiría pasando. Convertí la primigenia idea de ayudar y aliviar en la necesidad de ser una especie de deidad infalible. Ese malestar acabó escenificando una sorda realidad. Aquello era otra huida. Buscaba los imposibles, y si por casualidad los alcanzará, buscaría otros más inalcanzables para poder seguir huyendo.

Mi reflejo era bien intencionado, pero patético. No era un héroe, jamás me quedaría bien ese traje tan ajustado. Era un cobarde, un Peter Pan que huía.

Con diciembre recién comenzado y la Navidad a las puertas, decidí tomarme un tiempo, pensar un poco en mí. Y me fui a una tienda a comprar la última figura del Capitán América.

Se llama Marta. Tiene un hijo con el que hacía buenas migas. Estuvimos saliendo dos años. Busqué excusas por las que enfadarme cuando propuso un compromiso mayor. La abandoné cuando su hijo enfermó, una enfermedad algo rara. Aquello me superó. Una historia poco heroica.


Al crío le hizo ilusión verme cuando ella me dejó entrar. Estaba muy recuperado. Le di la caja con la figura del Capitán América, que era su superhéroe favorito, como regalo de Reyes… y espere por si tenía la suerte de recibir mi perdón.


NACIMIENTO

RELATO











Sus Navidades eran sórdidas. Y esperpénticas. A su tierna edad no sabía el significado de esos términos, pero ya era consciente de muchas cosas. Sabía que eran fechas especiales, que algo distinto rondaba en el ambiente, algo festivo y a la vez desolador.

La casa estaba decorada con vistosas guirnaldas colocadas aquí y allá sin excesivo esmero; había un árbol de parpadeantes luces, que le gustaba mucho; había un Belén, que ayudaba a colocar junto a su madre cuando estaba lúcida; había más comida y sus padres hacían un esforzado intento por parecer más elegantes la noche del 24. Todo eso eran cosas que le gustaban, pero no parecían alegrar demasiado el cargado ambiente, se hacían como rutina, porque tocaba, y lo que gobernaba era el silencio.

Sus padres no se comunicaban mucho, ni con él ni entre ellos, pero compartían ciertas actividades y gustos. Por ejemplo, una vez terminada la cena y tras mirar hacia la nada durante un rato ignorando cariñosamente los intentos del pequeño por jugar, la madre bebería en su habitación y el padrastro lo haría en el salón, cada uno con su botella de whisky. Esa era una estampa que no distaba en exceso de la de cualquier otro día, salvo por las desfiguradas y tenebrosas imágenes que de su padrastro formaban las sombras al impacto de la televisión silenciada y el luminoso tartamudeo del engalanado árbol sobre su cuerpo en la penumbra. Un padre cariñoso cuando estaba sobrio, que ahora parecía un vampiro, la sombra de un vampiro.

El niño tenía los rasgos y el carácter del que sabe demasiado pronto que tiene que ocuparse de sí mismo, que, de hecho, está destinado o condenado a hacerlo. Fiel a los sonidos de su casa, el pequeño daba las buenas noches en silencio, yendo con sigilo de una habitación a otra, comprobando que todo estaba bien, que ellos estaban bien. Y mientras apuraban sus botellas, él se bebía ávidamente la aparente felicidad que rezumaban las brillantes casas vecinas, que le susurraban atenuados villancicos para adormecerle.

Le despertó el agradable sonido del fuego, su calidez, que había sustituido al de los villancicos. Parecía que se había hecho de día, pero al mirar por la ventana la paz nocturna seguía gobernando orgullosa, aunque matizada por un esplendor de oro.

Salió de su habitación y vio el fulgurante resplandor en el salón enmarcando a su padrastro, que estaba tendido en el suelo del pasillo, a donde había llegado arrastrándose. Olía a quemado por todas partes. El humo era como un pudoroso velo que convertía la escena en algo onírico. Su madre dormía profundamente en su habitación. Intentó despertarlos en balde, tan solo logró agónicos movimientos de sus lánguidos miembros. Gritó, lloró, los zarandeó, yendo de uno a otro desesperadamente… Los ojos le picaban. Entre sollozos y haciendo acopio de una entereza sorprendente en un crío de su edad, se dirigió al teléfono, marcó el número de emergencias y chapurreó con su escaso vocabulario lo que ocurría, tal como le habían enseñado sus padres tras el accidente que la madre sufrió al caer por la escalera. Colgó. Intentó arrastrarlos hacia la puerta.

Los bomberos no tardaron en llegar, la casa iluminaba toda la manzana, como una estrella que marcara el camino. Entraron por el jardín y derribaron la puerta de madera de la casa que el padrastro había levantado con sus propias manos. Buscaron por las estancias. Un niño pequeño parecía querer guiarlos. Encontraron los cuerpos enseguida. Cargaron con ellos, mientras desde fuera regaban las llamaradas intentando tranquilizarlas.

El crio salió por su propio pie protegido por uno de los bomberos. Observaba fascinado la bella iluminación del incendio, provocado por las luces del árbol de Navidad, escrutaba las labores de sus salvadores, atendiendo a sus padres, usando las mangueras, recorriendo el jardín de un lado para otro, con las sirenas luciendo en perfecta comunión con la estética navideña. Una casa que se iba apagando, que había abandonado su discreción para ser el objeto de atención del resto del vecindario. La humildad se había convertido en lo excepcional.

Tres bomberos rodeaban a sus padres casi inconscientes, como adorándolos. Uno de ellos los obsequiaba con agua, otro los protegía con mantas y el tercero les ponía la mascarilla del oxígeno para ayudarles a respirar. Velando a esas dos personas a las que ese pequeño había dado la vida. Sería un nuevo comienzo. El mejor regalo.