No me gusta el fútbol, ese juego tosco, donde muchos van
persiguiendo absurdamente una pelota como si les fuera la vida en ello. No
quiero parecer intolerante, sé que no debería cerrarme atrás para defender mis
postulados, ni poner el autobús para impedir los ataques rivales, pero es que
no lo aguanto, yo prefiero salir a disfrutar, a divertirme, a vivir la vida con
un juego vistoso, sacándole todo el partido, cambiando el juego.
Mi renuncia e indiferencia hacia el fútbol y los futboleros
me han costado más de una desgracia, por lo que coloqué una barrera para evitar
el lanzamiento de improperios y desprecios. No hacía falta, pero esas actitudes
antideportivas me reafirmaron en mi decisión de dejar mi interés por el fútbol
en el banquillo. No paraban de insistirme para que jugara. Me hacían ofertas,
los equipos de chavales que se reunían en los aledaños de mi casa siempre
parecían necesitar gente, pero no cedí… Y aun así nadie me creía, me acusaban de
simulador, de piscinero, sostenían que el fútbol me encantaba.
Lo que es cierto es que tanta obsesión, tanta insistencia,
tanto acoso futbolero, de alguna forma me hizo sentir como un extracomunitario.
En fuera de juego.
A mí lo que me va es el jogo bonito. Mi hermano es mi
cómplice en ello, lo fue siempre, desde pequeño. Nos entendemos sin mirarnos.
De niños éramos bastante asilvestrados, dedicados a corretear y hacer el bestia
con cargas legales y codazos malintencionados. Mi querido hermano era bastante intenso,
hacía unas entradas escalofriantes y daba a sus golpeos un efecto mortal, claro
que yo no me quedaba corto, acudiendo como un kamikaze a cualquier balón suelto
en el área o colgado a la olla. A menudo todo esto era castigado por mi madre
con alguna tarjeta.
Mi madre era bastante estricta y sería, y aunque yo no soy
de hablar de los árbitros, creo que era excesivamente rigurosa conmigo. Era una
mujer recia y firme, con las ideas claras, que sudó la camiseta para superar
todas las adversidades, yendo partido a partido. Eso fue lo que la impulsó a
fichar a mi padre, un buen hombre algo pendenciero y golfo. Cuando empezó a
dejarse querer por otros clubes mi madre le rescindió el contrato.
Mi abuela vivía con nosotros y ocupaba casi toda la
casa.En su silla de ruedas, no paraba
de moverse y bascular de un lado a otro. Vigilante concienzuda, era casi
imposible ganarle la espalda. Lanzaba desmarques e intentaba el regate, pero no
era nada fácil zafarse de su marcaje. No había manera de engañarla, era un
férreo defensor, siempre alerta ante cualquier fisura en el mediocampo, atenta
a cualquier desmán que a mi hermano o a mí se nos ocurriera, presta para
achicar el peligro.
Nuestra casa era pequeña, apenas había lugar para la
intimidad. Mi familia me sometía a una presión asfixiante, achicando espacios,
aunque yo procuraba abrir el campo para tener margen de maniobra.
Cuando mi padre se fue, las dificultades aumentaron y
nuestra humilde casa se resintió. Tanto la lluvia como los animalillos
penetraban por todas las zonas del campo sin apenas oposición, por culpa de las
grandes lagunas que tenía nuestro sistema defensivo en puertas, ventanas,
paredes y tejado.
La cosa es que yo salí a mi padre, al menos cuando era
jovencito. Y en lo que respecta a las mujeres. Me encantaban... Me gustaban
todas, sobre todo Isabella, una chilena muy guapa. Siempre tuve la aspiración
de ser un pichichi, pero la mayoría se me resistía, especialmente ella. Aunque
era cortés conmigo, parecía preferir a Gabriel. Gabriel era feo y no jugaba a
nada, pero siempre fui consciente de que no hay rival pequeño. Siempre me
mostré tenaz y nunca me rendí, sabedor de que los partidos duran noventa
minutos y hay que darlo todo. Con ella probé el tiquitaca y el contraataque,
analicé su juego y planteé las más sofisticadas tácticas ofensivas, pero no
hubo forma de llevar el balón al fondo de las mallas. Hay veces que no quiere
entrar. No sé cómo pudo pasar, porque tuve la posesión la mayor parte del
tiempo… En cualquier caso, es lo que sucedió, y aunque no soy de poner excusas,
el estado del césped y el tiempo me perjudicaron claramente.
He tenido un hijo pasados los cuarenta. Llegó en la prórroga
y de penalti, pero desde luego fue un gol por toda la escuadra. Ahora todo el
mundo está pendiente de él, se siente la estrella, le jalean desde las gradas
hasta por tomarse un potito u orinar entre los tres palos…
Han pasado muchos años, pero no me quito el sambenito, mi
entorno no me cree, dicen que no entienden por qué finjo, por qué exagero mis
quejas y me retuerzo sobre el césped insistiendo en que no me gusta el fútbol.
Sinceramente, no entiendo nada, ¿de dónde sacarán que a mí me pueda gustar ese
deporte?
Desde el principio fue consciente. Nació así. Desde el
inicio se adaptó a ser diferente y a vivir alejado de casi todo. Desde el mismo
origen vivió anclado a las limitaciones. No hacía falta que se lo dijeran, lo
notaba en cada gesto, en cada resignación. Él no podía hacer lo que hacían los
demás, no podía llegar ni alcanzar. Él tenía que esperar, que pedir, que ceder…
Sus padres le daban todo su amor, pero no hacían que se
sintiera mejor. Ellos confirmaban todo aquello aunque no lo pretendieran. Un
pez protegido fuera de la pecera, a la que sólo podía mirar. Alguien a
resguardar, alguien que no podía.
Todo iba demasiado rápido, todo estaba demasiado alto, todo
parecía en exceso dinámico, todo quedaba demasiado lejos. Y él permanecía en la
frontera, detrás del cristal, al borde de aquello que nunca alcanzaría, esperando
lo que nunca emprendería… siempre a escasos centímetros de la vida, sólo al
alcance de la indiferencia o mirada compasiva, como una fotografía, estática, impotente por no ser película.
Criarse mecido por la compasión, la condescendencia, la
burla, la repulsa o el desprecio forja un carácter, un carácter que podía
llevarle por caminos antagónicos: el que lo convirtiera en un débil acomplejado
aplastado por el entorno y su circunstancia, porque es fácil sucumbir a la
culpa, el complejo y la resignación, o alguien endurecido por su propia
rebelión ante todo eso, fortalecido en la lucha y el sacrificio. Él terminó
cogiendo el segundo desvío.
Todo esto lo aprendió pronto, desde que tuvo consciencia,
como aprendió que para vivir debía dejar a un lado buena parte de la realidad,
o le aplastaría.
Ver aquellos partidos que jugaban los chavales en el parque
cercano a su casa era una pequeña evasión, pero un gozo amargo, como ese dolor
que a la vez nos provoca placer o viceversa. Le encantaba aquello, le encantaba
el fútbol, pero no podía practicarlo, no podía alcanzarlo, tenía que mantenerse
al margen, soñando en lo que nunca iba a ser.
Aquellos partidos… por los que entrenaba en secreto, en solitario,
como si tuviera que ocultar una vergüenza más que la que todos veían. Un crío
insaciable, constante, nervioso, activo, que construía puentes en el aire para
atravesar aquella frontera incorpórea, que no aceptaba la señal de prohibido y
pujaba en silencio por incorporarse al tráfico de la vida.
Fortaleció su cuerpo, pero sobre todo su mente. Jugaba esos
partidos en sus sueños, en sus distracciones. Mientras veía o hacía cualquier
otra cosa, él los jugaba. Hacía los regates, los remates, se tiraba en plancha,
robaba el balón, hacía entradas… Se ensimismaba tanto en su ficción que sentía
los golpes, el impacto del balón, ese objeto deseado que sólo era su amigo en
la intimidad.
Y aún tenía miedo, el miedo atenazador fuera de la burbuja
íntima, paralizador, que le impedía sumarse, dejar de ser aquel guardia de un
faro invisible. Nadie daría ese paso por él, porque todos daban por sentado que
no se podía. Sólo su voluntad conseguiría cambiar aquello. Y él sabía que lo
lograría en algún momento.
Cuando ese día apareció, ni siquiera lo había pensado.
Surgió, como cualquier amanecer, por pura inercia. Agazapado en la banda, una
vez más, en aquella trinchera en la que había construido su hogar, veía de
nuevo pasar el balón de un lado a otro, travieso y tentador, con su descaro
habitual, pero aquellas cadenas de las que nunca logró desasirse se rompieron
sin darse cuenta. Simplemente pasó. Al inclinarse hacia delante no hubo nada
que lo retuviera, sencillamente avanzó. Cuando impactó con aquel esférico que
se había acercado hacia él, cuando lo condujo como poseído zigzagueando entre
las piernas de los chavales perplejos, esas que a él le faltaban,impulsado por aquellos brazos fortalecidos
que las sustituían, se liberó, fluyó… sintió que volaba.
Desprendía carisma por cada poro. Una fiesta no estaba
completa sin él, de hecho sin él no había fiesta realmente. Era ingenioso,
dicharachero, divertido, ocurrente, lograba que el foco siempre estuviera
pendiente de él, pero también era duro, soez incluso, excesivo, desfasado.
Había un evidente ego que manifestaba de aquella manera, que casi nadie captaba
disfrutando de su encanto arrebatador, en el que parecía incluir a todos. Casi
se peleaban por una atención suya, cuando la realidad es que los consideraba
mero público. Únicamente estaba allí y hacía aquello porque le satisfacían
aquellas atenciones, elogios y risas que provocaba. Necesitaba todo eso, pero
aquel vínculo era puro fuego de artificio, pura superficialidad, nada auténtico
o genuino, algo que se desinflaba en cuanto se iba, aunque sólo él era
consciente de ello.
No se perdía ninguna celebración, y cada vez que podía estaba
en el bar dejándose la vida con su ingenio y energía. Sobre todo bajaba los
fines de semana, cuando tenía libre y ponían los partidos, o los días de
Champions. En esos días se explayaba, sacaba todo su arsenal, ese que dejaba
sin resuello y casi sin posibilidad de réplica. Sólo estaba él.
Siempre parecía feliz, contento, satisfecho, tranquilo con
una vida que le permitía ser extrovertido, amigo de todos, y a la vez celoso de
su intimidad, íntimo de nadie. Aunque pasábamos mucho tiempo de ocio con él, en
realidad le conocíamos muy poco, más allá de circunstancias superficiales, su
dedicación y algún hobby. La gran mayoría de esas cosas ni siquiera salían de
su boca. Su madre había fallecido, trabajaba en un mercado, no tenía pareja, aunque
tenía éxito con las mujeres, y se llevaba muy mal con su padre. Por eso me
sorprendió tanto cuando su viejo fue a vivir con él.
No me caía bien. Era una de esas personas que parecen
necesitadas de esa notoriedad, que tienen que eclipsarlo todo para constatar
que existen. Siempre me dio la impresión de que esas personas escondían algo
turbio, quizá su propia insustancialidad. Él escondía algo, desde luego.
No lo eché en falta cuando comenzó a aparecer menos por
allí. Era como un ligero alivio, un permiso en el que los demás podíamos ser
alguien al fin, donde podíamos dejarnos oír o simplemente relajarnos sin tener
que reír gracias. No me pregunté siquiera a qué se debían sus ausencias, sólo
las disfrutaba.
Estoy convencido de que gozó con mi perpleja cara cuando me
pidió aquello. Quedé desconcertado y en fuera de juego. Aquel era el verdadero motivo por
el cual había dejado de ir al bar. El motivo por el que casi desapareció, por
el que las mujeres ya no aparecían a su lado. Aquel fin de semana no podía
cuidar de su padre porque la enfermera libraba y él tenía que ausentarse para
resolver ciertas gestiones en la ciudad, por lo que necesitaba mi ayuda.
¿Por qué a mí? De alguna manera, mi actitud distante, mi
desconfianza, llamaron su atención. Yo era el que no le seguía el juego ni reía
todas las gracias, el que se mantenía al margen… el único que le gustó. Fue una
sorpresa, un impacto, que acepté sumido por completo en el desconcierto.
Su padre estaba impedido, postrado en cama, de la que no se
levantaba nunca, con algunas lagunas mentales. Se le veía decaído, abstraído,
deprimido. Su hijo me dio instrucciones y trató de facilitarme la situación con
todo lujo de detalles y un exhaustivo informe sobre las circunstancias que
podrían acontecer y cómo resolverlas.
Una vez allí, el padre no me dirigió la mirada en ningún
momento. Estaba sumido en su mundo. Preparé la comida que me habían dejado, acomodé
al hombre en su cama, le ahuequé la almohada, pregunté en vano si necesitaba
algo... Intenté darle conversación, aunque fui perdiendo fuelle con las horas. Mantuvo
la mirada perdida y lejos de la televisión encendida. Me pareció que aquel
hombre estaba muy lejos de allí, en la autista resignación del que lo ha
perdido todo, especialmente la esperanza.
Él llegó antes de cenar, me saludó afable y comenzó a hablar
con su padre. Éste pareció reaccionar vagamente, contestándole con monosílabos.
La escena me fascinó, ir viendo cómo iba seduciendo a aquel anciano que parecía
anclado y abstraído en su oculto universo. Me ofreció quedarme a cenar, y
aunque en circunstancias normales no habría aceptado, la curiosidad que me
produjo aquella escena me impulsó a hacerlo.
De repente, y ante mis ojos, aquel tipo carismático y
blindado pareció convertirse en otro hombre. Se le había derramado la carcasa
que exhibía en público en la misma puerta de su casa. Ahora sí había una voluntad
de generar un vínculo. Estaba a gusto y relajado, no necesitaba ser el centro
de atención, aunque lo fuera, ni estar en posesión de la palabra
constantemente, dirigiendo el debate.
Cambió de canal y puso el partido que se jugaba esa noche. Vi
un destello en los ojos del anciano cuando lo hizo. Su hijo también lo vio,
aunque él sabía que lo vería. Quería removerlo para sacarlo de su encierro
psicológico y su pesadumbre. Se convirtió en pura ternura. La manera en la que lo
hablaba, la forma en la que lo tocaba y cuidaba, su mirada, me presentaba a una
persona completamente distinta. Rescató en pocos minutos a su padre del pozo
depresivo y disperso en el que estaba, logrando que participara en las bromas,
que se metiera con los jugadores y el árbitro, siguiera sus ocurrencias y,
sobre todo, lanzara las suyas propias. Me vi envuelto por todo aquello, hasta el
punto de verme participando y aportando mi granito de arena a ese ambiente
lúdico, agradable y desenfadado.
No sé cómo sucedió, simplemente y de forma natural era uno
más, como de la familia, aceptado por ambos. No recuerdo el resultado de aquel
partido, ni siquiera los equipos que jugaban, pero fue el partido más bello de
cuantos he visto.
Aquí no tenemos de nada salvo toda la libertad del mundo.
Podemos hacer de todo, nos divertimos, pero ese todo tiene poco que ver con el
de los que no viven aquí.
Podemos correr arriba y abajo, sin límites ni fronteras que
nos paren, sin impedimentos ni ataduras, pero en nuestros descalzos pies y
nuestras manos sólo hay arena y algún palo o roca con los que distraer nuestras
ocurrencias.
Aquí no hay guarros porque todos olemos igual. Nos pasamos
el día metidos en el río, aunque casi no hay agua corriente ni caliente.
Tampoco hay gordos, salvo Dakarai, mi mejor amigo, que está rollizo aunque no
sabemos por qué, ya que los alimentos escasean y desde luego no son buenos.
Tenemos bastante imaginación, ciertamente se nos ocurren
muchas cosas, pero no tenemos con qué hacerlas realidad. Las utilidades que a
los palos de madera y las piedras se pueden dar son limitadas... De todas las
distracciones, la que más nos gusta es el fútbol. Jugamos con frutas o con
algún balón que hacemos nosotros mismos con trapos. Las porterías se marcan con
palos o piedras y no hay reglas ni faltas, corriendo descalzos sobre la arena
de punta a punta de un campo indeterminado.
Todos son del mismo equipo menos yo. Todos se hicieron del
Manchester United cuando uno de sus jugadores vino en viaje humanitario, pero
yo soy del Real Madrid.
Cuando apenas tenía uso de razón, mi padre me llevó a la
ciudad. Ha sido la única vez que he ido. En un bar estaban poniendo un partido.
Era del Real Madrid. Desde aquel día me hice fanático de ese juego y de ese
equipo. Un jugador del Manchester United regalando camisetas no me iba a
convencer.
Siempre me sentí diferente por ello, lo que me encantaba,
por otra parte. Los chicos de mi edad se pavoneaban delante de mí con su
camiseta del Manchester, lo hicieron durante años, incluso cuando ya tenían más
agujeros que tela.
El día que un campamento militar se asentó a pocos
kilómetros de nuestro poblado, la curiosidad y las pocas atracciones me
llevaron allí junto a tres amigos. Ya habíamos crecido, y nos creíamos los más
fuertes, menos Dakarai, que seguía estando gordo.
Allí había otros chicos, hijos de militares, que se divertían como podían. Jugaban partidos de fútbol en sus ratos libres ¡con balones
de verdad en un campo de verdad! Jamás había tocado un balón de fútbol real… o parecido, claro que tampoco
había tenido nunca una camiseta de mi equipo. En realidad nadie tenía nada,
salvo los que cogieron las camisetas de aquel jugador del Manchester, ahora
deshilachadas.
Hicieron buenas migas con nosotros, pero nunca nos dejaban
jugar en sus pachangas, ya que tenían jugadores de sobra. Eso fue lo que me dio
la idea. Formar mi propio equipo para jugar contra ellos y poder tocar un balón
de verdad.
Busqué entre los mejores jugadores del poblado, busqué a
siete para sumarlos a mis tres amigos. Dakarai sería el portero. La verdad es que no
había ninguno bueno, de hecho no podían ser peores, pero eso me daba lo mismo. A
ellos también. Sólo con la idea de poder ponerse su raída camiseta del
Manchester United para jugar contra un equipo y con un balón de verdad era
suficiente aliciente.
El equipo que logré hacer era un cuadro. Un equipo de
inútiles. Cuatro de ellos no habían jugado nunca, aunque tenían su camiseta
oficial del Manchester... más o menos; dos estaban cojos, uno porque se destrozó
la rodilla cuando cayó intentando trepar un peñasco y otro porque se le infectó
un clavo que pisó un día; los demás, salvo dos, no habían tocado nunca un
balón de verdad… Luego estaba Dakarai, que además de orondo estaba medio ciego,
por lo que no confiábamos mucho en que parase alguna.
Todo esto me daba igual, yo no quería ganar el partido, sólo
quería jugarlo. Me pasé dos semanas planteando la táctica, que fue un suplicio,
porque todos querían ser delanteros. ¿Cómo convences a un tipo que no ha jugado
nunca y sólo ha oído hablar de meter goles de que tiene que ser lateral derecho o
central? Al final me di por satisfecho cuando tres de ellos aceptaron quedarse
cerca del portero. Dos eran los cojos, por supuesto, por aquello de correr
menos.
Conforme se acercaba el partido, la idea de jugarlo con la
camiseta de mi equipo se apoderó de mí por culpa de mis amigos, que no hablaban
de otra cosa. Iban a usar la suya por fin para lo que había sido concebida: jugar un
partido de verdad en un campo de verdad. Fue oyendo todas aquellas ilusionadas conversaciones cuando
sentí el anhelo de tener la mía. Todos tenían camiseta menos yo, incluso
Dakarai encontró la forma de tener un atuendo de portero, pero yo me negaba a
jugar mi primer partido con una camiseta que no fuera la del Madrid. O jugaba
con el escudo madridista en el pecho o jugaría desnudo.
Así que hice las dos cosas. El día del partido me presenté
sin camiseta, pero con el torso pintado de blanco. Fue complicado que aquello
quedase bien, pero encontré la forma de hacerlo gracias a la ayuda de la gente de
algunas tribus cercanas. Para hacer el escudo le pedí ayuda a Dakarai, que
aunque está mal del pulso y de la vista hizo lo que pudo.
Así fui a jugar, lleno de orgullo y completamente eufórico,
mirando altanero al resto de mis compañeros, llevando mi camiseta en la piel.
La pintura se fue quitando con el sudor, del escudo sólo
quedó un manchurrón y nos metieron una paliza, pero jamás olvidaré el primer
partido que jugué sudando la camiseta de mi equipo.
Pocos trailers esta semana, de relativa espectacularidad y
relativo interés. No sé qué os parecerán…
THEYELLOW BIRDS
Alden Ehrenreich (Han Solo), Tye Sheridan (Ready Player
One), Toni Collette (El Sexto Sentido) yJennifer Aniston (Friends) protagonizan este drama bélico sobre unos
chicos que son enviados a luchar en Irak, donde sufrirán los horrores de la guerra.
Típico drama bélico que reflexiona sobre los horrores de la
guerra en chicos jóvenes americanos.
ROBIN HOOD
El ganador de un Oscar Jamie Foxx (Ray), Taron Egerton
(Kingsman) y Eve Hewson (El Puente de los Espias) protagonizan otra adaptación
de Robin Hood.
Lo mismo de siempre pero con más efectos y acción, que
recuerda más a superhéroes que a gente que luchó en las cruzadas. Y no es el único Robin Hood que viene este año...
ASIMPLE FAVOR
Basada en la novela homónima de Darcey Bell, cuenta la
historia de una blogger que descubre que su mejor amiga ha desaparecido. Protagonizada
por Anna Kendrick (El Contable) y Blake Lively (Linterna Verde).
KIN
Protagonizada por Jack Reinor, James Franco (Disaster
Movie), Zoë Kravitz (Divergente)… Un chico encuentra una poderosa arma. Su
hermano le ayudará a escapar de un peligroso criminal y su banda de soldados
sobrenaturales, que les persiguen en busca de esa arma.
Una tragicomedia alegre y divertida
en ocasiones, conmovedora y triste en otras, que pasa en segundos de la risa desinhibida
y la calidez de las relaciones al puñetazo seco del dolor. Como la misma vida.
La universidad, tres amigas, los
18 años, la vida que se abre deslumbrando, sentirse poderoso, establecer
alianzas voluntarias más allá de la familia y de su peso, y el progresivo
devenir vital de las tres chicas a lo largo de casi 30 años. Veremos en escena
las sucesivas fases de la relación de tres muchachas primero, tres jóvenes después y tres
mujeres finalmente, acompasadas al crecimiento personal, las vicisitudes
de cada una, la madurez y las distancias, pero, al fin, manteniendo los posos
indelebles de esos primeros años en el pisito de Mossbank Road, donde se paladeó
la primera libertad, se vivió sólo en presente y el futuro se vislumbraba aún
lejano, donde todo parecía posible.
Amelia Bullmore es una actriz,
guionista y dramaturga londinense de 54 años, que ideó esta pieza en 2009,
aunque se publicó en 2013. La obra ha sido interpretada en distintas ocasiones
con gran acogida, y retrata de una manera fresca, muy real, cómplice, la
vivencia de la amistad (de las amistades concretas), y las improntas que nos
deja. Y cómo la vida (con sus golpes despiadados), también deja marcas en esa
amistad (en esas amistades concretas).
Una obra que se estrenó en
Barcelona y que colgaba, función tras función, el cartel de "No hay entradas". Ha
sido vista por 30.000 espectadores la pasada temporada, con un éxito continuado
en las 13 semanas que estuvo en cartel, lo que ha supuesto el anuncio de su
reposición para el próximo 1 de mayo y hasta el 22 de junio de 2019. Quien no
la haya visto, que se lo apunte y no pierda la oportunidad.
No valdrá lamentarse si os
quedáis sin poder entrar a la sala... ¡Os hemos avisado!
Dátiles con los que sobrevivir
Di, Viv y Rose son tres jóvenes que
se encuentran en la universidad: Di es una chica siempre enfundada en chándales, amante del ejercicio y del deporte, pero frágil, que busca novia, porque es
abiertamente lesbiana; Viv es estudiante de sociología, la más seria de las
tres, intensita en sus manifestaciones, decidida y disciplinada, viste con ropa
de aire militar; Rose es una alocada y promiscua estudiante de arte, la vemos
con mallas de colores, faldas de vuelo, es la alegría, la campanilla de la
casa, la despreocupación y el hedonismo. Di y Rose se encuentran y congenian.
Di es amiga de Viv y, aunque las tres son muy distintas, deciden compartir un
piso de estudiantes en el Manchester de los 80. Ese piso (en el que pasarán dos
años), es un espacio de libertad y de ilusión, en el que las tres jóvenes se complementarán
aportando sus habilidades (dibujar en el suelo a modo de alfombra, cocinar
comida casera, compartir los manjares que vienen de casa de los padres), sintiéndose
felices, unidas, dejando la familia un segundo plano, creando su propia
“familia”, en la que la amistad teje su manto con hilos indestructibles: “dicen que en el desierto se puede sobrevivir
sólo con dátiles… ¡vosotras sois mis dátiles!” dice Rose, una frase que
resume perfectamente esa comunión que sienten… Escuchan música, se cuentan sus
cuitas y penas, se olvidan de limpiar y se riñen, se dan consejos sobre sus
estudios, sobre cómo ligar… viven en armonía, abiertas a la vida y sus
posibilidades…
De repente, una noche todo
cambia drásticamente: Rose llama a la policía para denunciar una violación.
Pero no la ha sufrido ella, como pensamos a bote pronto: la víctima es Di. Alguien
ha forzado la puerta y ha agredido sexualmente a la más frágil, emocionalmente,
de las tres.
Este mazazo hace que las tres
amigas hagan piña y, de alguna manera, marca para siempre su relación.
Asistimos, posteriormente, al
momento inevitable en que deben dejar el piso, la vida ha ido saliendo al
encuentro con las primeras oportunidades laborales. A partir de ahora, su
pisito será, más que un lugar físico, un espacio anímico existente entre las tres.
Pasan los años, cada una ha
encauzado su vida, siendo Viv la que quizá aparece como triunfadora al haber
logrado con creces su objetivo de trabajar con la renombrada profesional a la
que admiraba, tras enviarle su tesis sobre el corsé como instrumento de
dominación de la mujer (algo que, curiosamente, entronca con Barbes de Balena, que también trajimos
a Cinemelodic, siendo Dolors Aleu una médico que, efectivamente, realizó ese
estudio). Rose, por el contrario, ha abandonado sus estudios; un embarazo inesperado
y la decisión de asumir la maternidad y volver con la familia ha truncado sus
planes universitarios. Di pivota entre las dos, como siempre hizo, y organiza
un encuentro rescatando por unas horas, en una estación de tren, a una agotada
Rose que cría a sus gemelos y que se queda dormida sobre el regazo de sus dos
amigas.
Sigue pasando el tiempo y asistimos
al éxito de Viv, que las ha invitado a pasar un fin de año en su lujoso piso de
Manhattan, independizada por fin de su mentora. Allí comentan sus vicisitudes,
recuperando la vieja complicidad. Percibimos cómo sus vidas han tenido caminos
distintos, pero su amistad sigue cálida en los corazones, y se planean futuros
encuentros.
Pero de repente, la vida vuelve
a sacudir a las amigas.Vemos a una Di circunspecta realizando una intervención
en la que conoceremos la repentina pérdida de Rose, que ha muerto atropellada, y
nos damos cuenta de que su intervención es para recordarla en su funeral: menciona
a sus hijos, su vitalidad, y hace un bellísimo panegírico de su amiga y lo que
esa amistad significó para ella. Viv ha acudido también, y se hace cargo de una
destrozada Di, que se ha emborrachado para dejar atrás el desgarro de perder a
la más luminosa y alegre de las tres.
Vuelve a transcurrir el tiempo y
asistimos a un nuevo encuentro de Viv y Di. Di está gravemente enferma y
reprocha a Viv su distanciamiento, pero ese reproche deja paso a un reencuentro
emocional, en el que las dos amigas recuperan el recuerdo de Rose, de su piso
de Mossbank Road y, juntas, se acompañan en este nuevo trecho del camino de sus
vidas.
Valoración
Una maravilla.
Un recital interpretativo de tres actrices (a dos de ellas, Marta Marco y Clara
Segura, las hemos visto en otros registros en diversos montajes que hemos
traído a este espacio: Vides Privades,
La Treva, Bodas de Sangre,y a Cristina
Genebat la conocíamos por su trabajo de traducción de adaptaciones como la
mencionada Vides Privades), con la
genial dirección de Sílvia Munt (actriz, guionista y premiada directora de cine
y teatro), que es un plus. Munt contaba con el beneficio de haberlas dirigido
en cine con anterioridad y en otros proyectos, lo cual sin duda le ha ayudado a
sacar de sus actrices el máximo partido en el montaje. Pero si una cosa hay que destacar
es la química que se percibe entre las tres intérpretes, y que fluye continuamente
en las casi dos horas que dura la obra. Unas actrices que bordan las distintas
franjas de edad y sus cambios, evolucionando los personajes, que nos comunican
a la vez frescura y verdad, en unas interpretaciones en clave alocada, de
complicidad, de madurez, de melancolía, de dolor…Están perfectas y creíbles en
todas las franjas de edad.
Papel
destacado tiene la música. En la ‘banda sonora’ de la obra tenemos éxitos de los 80
que retrotraen a los espectadores a sus propias vivencias de esa época (cobra
especial protagonismo “I’m so excited” de las Pointer Sisters, pero escuchamos “Kissing
a fool” de George Michael, “Slave to Love” de Bryan Ferry, ”True Blue” de
Madonna, “Comming Around Again” de Carly Simon.…).
Un
escenario muy escueto, porque la riqueza la proporcionan las actrices; oscuro,
con apenas una pequeña estructura de madera que será la cabina telefónica de la
universidad y que se convertirá en mesa, un sofá, una lámpara… poco más. Con estos
pocos elementos y con unas magníficas proyecciones en determinados momentos (la estación, el lujoso
piso), se construirá el entorno en el que no echaremos
de menos nada, pendientes como estamos del paso del tiempo y los
acontecimientos, que se reflejarán en las actitudes y también en el vestuario de
los personajes: Rose lejos de la estética de la primera Madonna o de Cyndi Lauper, aunque llevará un vestido de color; Viv con una estética muy minimalista
y elegante, y Di con una ropa muy masculina. Sobre éste último personaje,
debemos destacar su progresiva relevancia a medida que avanza la obra, pues
además de ser el emulgente entre la divertidísima Rose (Clara Segura juega con
sus faldas, es lenguaraz y construye ese personaje hedonista de tal manera que
no podemos más que encariñarnos… y llorar su pérdida), y la cerebral Viv (que
pese a esa mayor intelectualidad, podemos entrever sus sentimientos), es quien
aporta la intensidad dramática, el mayor desgarro en escena. Y también apuntar que
su marcada delgadez ¡beneficia al tramo final de la obra!
Me divertí
sobremanera en mil momentos (las escenas de Di sin nada deportivo que ponerse y
finalmente engalanada con un vestido de graduación espantoso, regalo de su madre,
para ir al encuentro de la chica que le gusta, es hilarante), me tocó la fibra
nostálgica (tras la violación las amigas construyen un “reducto” para llorar y
apoyarse, muy parecido a las “casitas” que nos montábamos en mi casa, mis
hermanos y yo, con mantas como paredes en las literas para crear nuestro propio
“espacio”), me emocionó hasta tener un nudo en la garganta la muerte de Rose y
el sentido discurso de Di en su funeral, como si me la hubiera arrebatado
también a mí la muerte…
Es una
obra estupenda. Llena de vida, un canto a la juventud desde la calidez de la
madurez plena.
Merece
muchísimo la pena.
Vídeo oficial:
Otro Vídeo:
FICHA TÉCNICA
Les
Noies de Mossbank Road (Di and Viv and
Rose) de Amelia Bullmore (Traducción al catalán de Roser Batalla)
Sala: La Villaroel, primera función el 5 de
diciembre de 2017.
Dirección: Sílvia Munt
Intérpretes: Cristina Genebat, Marta Marco, Clara Segura
Escenografía: Enric Planas
Iluminación: Sam Lee
Espacio sonoro: Jordi Bonet
Producción: Bitó, con la coproducción de La Villarroel
y la colaboración del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Pocas obras hay más
románticas…bueno, mentira. Hay muchísimas; pero pocas hay, para los que nunca
fuimos ni seremos ‘reinas del baile’, que lleguen tan hondo.
Es tan fácil identificarse con
este personaje… posee un alma delicada, poética, llena de belleza, inteligencia
y sensibilidad, pero que habita un cuerpo con una “característica” que le
provoca un complejo neutralizador de todo impulso, el talón de Aquiles que,
para poder seguir viviendo, debe ser ‘agarrado por los cuernos’ y manejado como
arma para afrontar la mirada de los otros… hasta tal punto que esa pantomima es
tan genial que es recogida por los demás como la verdad indiscutible, condenándole
a vivir continuamente un engaño, que le impide mostrar sus verdaderos
sentimientos al objeto de su amor.
“¡PERO DÍSELO, TONTO! ¡Dile a tu Roxanne que la amas, háblale tal como
le escribes y se dará cuenta, te querrá! ¡Es tu sensibilidad la que ama,
Christian sólo es un envoltorio!”. Se piensa eso mil veces viendo las
escenas, hasta se le ve un poco “pagafantas”, pero un “pagafantas”
enternecedor, porque hay que entender que los complejos, por desgracia, pueden
ser paralizantes para quien los sufre…
Cyrano es la fragilidad
disfrazada de fortaleza, la sensibilidad vestida de rudeza, la debilidad
última, la más fuerte, la que hace que hasta la certeza de la muerte parezca
una nimiedad ante la importancia de una promesa realizada a la persona amada
secretamente. Una debilidad que sólo se descubre, se libera y brilla en su
valía cuando ya no hay remedio.
Desde luego, Edmond Rostand
escribió "Cyrano de Bergerac", allá por 1897, pensando en esa clave, una
tragicomedia sentimental de la que dudaba la noche de su
estreno, pero que se convirtió en una de las obras más populares del teatro francés, que ha trascendido en todo el mundo como icono del romanticismo.
Cyranos…
Pues resulta que Cyrano existió.
Bueno, para ser más precisos, hubo un Cyrano, autollamado de Bergerac, porque
ese era el nombre de las tierras que compró un abuelo pescatero. Contemporáneo
de Molière, el Cyrano de verdad era un burgués acaudalado, poeta y militar, que
efectivamente participó en el asedio de Arres contra los españoles, donde fue
herido.
Rostand le imaginó con una ‘tocha’
que llegaba antes que él, y perdida y desesperanzadamente enamorado de su prima
Roxanne.
Y esa obra de Rostand, escrita
en verso, tuvo multitud de adaptaciones (teatro, ópera y cine); la más famosa
la interpretó en 1950 José Ferrer (y le valió un Óscar), dirigido por Michael
Gordon, aunque quizá la que recordamos por más próxima es la versión que bordó Gérard
Depardieu en 1990, en una deliciosa película dirigida por Jean-Paul Rappeneau,
donde Christian era Vincent Pérez y Roxanne era Anne Brochet.
Esta adaptación es un proyecto
personal de Homar. Se recupera el mismo equipo humano (aunque ampliado en
tareas de administración y producción) que en 2016 llevó a escena "Terra Baixa" de Àngel Guimerà (adaptación en la que Homar interpretaba todos los personajes,
en un montaje excepcional, y lo decimos porque lo hemos visto). Sobre el montaje, Homar nos dice: “Juntos queremos llenar de sentido un
teatro que tiene como principal objetivo conectar profundamente con la gente,
conscientes de que eso supone comprometernos de veras con nosotros mismos.
Cyrano, a través del amor hacia Roxanne, acabará queriéndose a sí mismo. Seamos
como él y así, quizá, mutaremos en mosqueteros y mosqueteras de una vida más
plena”.
Un Cyrano en clave de superación
Y en esa visión que nos deja
Homar abunda el director de la obra. Esta adaptación de Cyrano quiere ir mucho
más allá de la inmediata carga sentimental de la trama. Apunta a una forma de
afrontar la vida; sobre ello, el mismo Pau Miró nos dice: “Cyrano es un hombre que lucha contra su propia debilidad. Y si bien es
capaz de enfrentarse a cien hombres y vencerlos, no puede hacer lo mismo con su
debilidad. Esa nariz prominente es la imagen más evidente y grotesca de su vulnerabilidad,
la vulnerabilidad de un héroe, la fragilidad de un hombre. Hasta alguien tan
valiente como él se empequeñece ante su miedo más íntimo: expresar que ama y
necesita ser amado sin que necesite la ayuda de ningún intérprete, en este caso
del guapo Christian.
Y es aquí donde centramos nuestra mirada, en las dificultades de vivir
con plenitud aquello que somos. Nuestras imperfecciones, o quizá podríamos
decirlo de otro modo: aquello que nos hace singulares, que casi nunca es bien
recibido por la sociedad.
La diferencia se percibe como un enemigo a combatir y no como un
enriquecimiento de la mirada predominante. Este Cyrano pretende ser un canto
vitalista en esta dirección. Un rescate de la voz que hay detrás de la coraza
que a todos nos acompaña. Todos, mosqueteros y mosqueteras, tenemos un objetivo
común: hacer de este clásico popular un clásico contemporáneo.”
Es decir, que se puede
contemplar este Cyrano en clave de “¿Ves
lo que pasa cuando no te atreves a superar tus miedos? ¡Atrévete, cree en ti! ¡No
pierdas oportunidades! Tu singularidad te hace único y ser único es bueno.
Quiérete, valórate y los demás te verán en plenitud, que es cuando más
atractivo serás". Y sí, claro, es una lectura posible. Viable. Y muy
encomiable.
Sería ir más allá de lo de “la belleza reside en el interior”, cuando
percibimos una “narizota”, porque bajo este prisma, la “belleza” y la
“narizota” son metafóricas. Podría ser cualquier cosa que nos limite, y no
necesariamente física. En esta lectura se va más allá de la, aunque
importante, primera impresión de un aspecto, que no deja de tener su peso
porque, como en un momento dado señala Cyrano a su Roxanne cuando ella se da
cuenta de que las cartas son de su primo y no de Christian: “sí, las palabras son mías, pero la sangre
era la de él, él era el bello”.
Una reflexión interesante, que
debería dar fuerza a quien crea que no es lo suficientemente “X” como para que
ocurra “Y”. Encomiable, y que nunca está de más para quienes van (vamos)
“encogidos” por la vida. Y el seguir el consejo y estar seguro de uno mismo es
una postura sana, aunque no garantice el éxito en todas las acciones que se
emprendan, y esa “garantía”, pese a la actitud, es mucho menos segura en el
amor. Porque… ¡ay el amor!… ¿Qué es lo que provoca ese ‘click’? No se sabe (o sí,
que existen mil explicaciones científicas relacionadas con la química, la
biología y la pervivencia como especie)… porque el Amor tiene razones que la Razón
ignora…
Pero, ¿qué cuenta Cyrano?
Cyrano es un mosquetero bravucón
y poeta, con una prominente nariz de la que nadie se atreve a hacer mofa,
puesto que supondría un inmediato duelo, y es buen espadachín. Cyrano está enamorado de
su prima, la bella Roxanne, pero sin esperanza por avergonzarse de esa característica
física que tiene. Nos lo encontramos buscando pelea en la plaza del teatro porque
no le ha gustado la interpretación de un actor y un noble se mete con él por
esta causa, aludiendo torpemente a la prominente nariz. Cyrano le reta (física
y dialécticamente, a la vez) y le vence, con gran jolgorio de la población
llana, tras lo que se gana un enemigo más entre la nobleza. Cyrano regresa a su
cuartel, donde acaba de llegar Christian de Neuvilette, un bello joven,
intelectualmente justito.
Roxanne visita a su primo Cyrano
para pedirle una cosa y éste, que se ilusiona con la posibilidad de que sea
para decirle que le quiere, se encuentra con que es para pedirle ayuda y
protección para el recién llegado Christian, del que se ha enamorado y que, a
su vez, también se ha enamorado de la belleza de la joven.
Incapaz de negarle nada a su
amor, Cyrano promete protegerle, y Christian, que no le conoce y se extraña,
indaga sobre su protector, recibiendo las explicaciones de Raguenau, un
pastelero con ínfulas de poeta, y el vizconde Valvert, amigos de Cyrano. Christian
le confiesa el amor que siente por Roxanne a su protector a la vez que le
explica su miedo a no poder expresárserlo con las palabras adecuadas. Cyrano,
pese a su dolor, no duda en ayudarle escribiendo para él bellas cartas y
apuntándole unas palabras dulcísimas que Christian le recita a su amada en una
noche que sale a rondarla, y por las que Roxanne cae rendida a sus pies.
Pero a la bella joven también la
pretende el conde de Guiche, con un escalafón más alto sobre los mosqueteros,
acuartelados por estar Francia en guerra con España. Como Christian se ofende y
le reta, venciéndole, el conde en venganza les manda a un duro asedio, Arres,
donde se enfrentan a una muerte casi segura. Sabedores de esta decisión, los
amantes, desesperados, traman una boda secreta, que se lleva a cabo
precipitadamente con la ayuda de Cyrano y, al alba de ese mismo día, apenas
pronunciados los votos matrimoniales, los mosqueteros se encaminan a su
destino. En una de las escaramuzas para defender la posición, de Guiche pierde,
por cobardía, la banda que le confiere la autoridad militar, que es encontrada por
Cyrano, quien se mofa, aunque se la devuelve en un noble gesto. A la vez, Roxanne,
loca de amor por Christian, va a su encuentro en mitad del asedio. Cyrano,
sabedor de que los españoles van a atacar a muerte, encomienda a de Guiche la
seguridad de Roxanne para sacarla de allí, y escribe para Christian una última
carta de amor dirigida a Roxanne, honda y muy lírica, consciente de que puede ser
la última, su despedida. En ese último asalto, Christian muere llevando la
carta, pero Cyrano se salva.
14 años después, Roxanne se ha
recluido en un convento y sigue llevando luto por Christian. Cyrano, muy
envejecido y con muchos enemigos, va a visitarla siempre. Una tarde, en ese
camino hacia el retiro de su prima, sufre una emboscada. Moribundo, emplea sus últimas fuerzas para acudir a la cita con ella. Conversando, Roxanne le
enseña la última carta, manchada de sangre de su amor, y empieza a leerla… Cyrano
sigue las palabras, recitándolas de memoria. En ese momento, Roxanne se da
cuenta de que es Cyrano el autor de todas las palabras que creía eran de
Christian, las que la cautivaron de tal forma que le han hecho recluirse y
guardarle luto durante 14 años, pero Cyrano, herido gravemente, muere en sus
brazos.
Valoración
La obra
me encanta. La conocía por haberla estudiado en el instituto, en las clases de
francés, y por la versión cinematográfica de Depardieu, así que iba muy
predispuesta a dejarme llevar por el romanticismo y por la maestría de Homar,
un grande de la escena, a quien he seguido a lo largo de los años (sin ir más
lejos, el excelente "Ricard III" que trajimos a Cinemelodic no hace mucho).
Y no me
defraudó en absoluto. La puesta en escena, muy esquemática, apenas unos
andamiajes que hacen de cuartel, pastelería, calle…vestidos de blanco
(uniformes de esgrima) los héroes (hasta las escenas finales, donde el tiempo,
la tristeza y el duelo reclaman los tonos oscuros), en contraste con los
“villanos”, vistiendo de oscuro en un escenario también en sombras. Una
iluminación y sonido perfectos, especialmente para la transformación del
escenario inicial en el sitio de Arres, y una mención especial a las
melancólicas melodías de Sílvia Pérez Cruz que acompañan los momentos más
líricos.
La
traducción de los versos al catalán, muy lograda, y la dicción, que es lo mejor de todo, nada chirriante, sin “cantinelas”: perfecta, dulce, acompasada, que
hace casi olvidar el formato versificado.
Desde
luego, Homar es el núcleo y la estrella brillante de esta obra. La intensidad
necesaria para la bravuconería del Cyrano más desafiante, el lirismo y
sensibilidad extremas de ese Cyrano enamorado sin esperanza, amante de su amor
hasta el punto del sacrificio, con el que se puede conectar perfectamente.
Roxanne
es Aina Sánchez, una actriz que presta una gestualidad ‘milennial’ al
personaje, y una gran vitalidad y frescura que nos enamoró.
El resto
del reparto muy bien, mencionando la labor del galán Christian, un joven y
desgarbadote (a posta) Àlex Batllori, que resulta muy natural.
Pero
todos pivotando sobre Homar, eje de una obra que atrapa, y mece, y llega.
FICHA TÉCNICA
Idea original: Lluís Homar
Autor: Edmond Rostand
Traducción: Albert Arribas
Dramaturgia y dirección: Pau Miró
Intérpretes: Lluís Homar, Joan Anguera, Aina Sánchez,
Albert Prat, Àlex Batllori