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domingo, 7 de enero de 2018

GENEROSIDAD

RELATO










No era así de pequeño. Me encantaba la idea de familia, de intimidad, de celebrar las cosas con los míos y desvivirme por ellos. Quería que no les faltara nada por amor y poder darles a veces algunas sorpresas bonitas que sintieran y disfrutaran, que valorasen de verdad. Cada matiz, cada sonrisa, en mis padres o mis abuelos, lo captaba y me lo bebía satisfecho, eran premios de incalculable valor que se sellaban a fuego en mi memoria.

Ahora ese recuerdo, aunque presente, siento que se desvanece, que le he puesto un velo apabullándome a mi mismo con otros muchos recuerdos que poco tienen de importantes y verdaderos.

Ese mismo propósito, anhelo, se me ha ido yendo de las manos compulsivamente, en una obsesión que se fue expandiendo sin control hasta superarme. Y que no puedo parar.

La aspiración de hacer feliz a los demás, de vivir las cosas lo más intensamente posible con la gente que quiero, de mi entorno, de valorar los gestos que tenían conmigo y desvivirme por tener detalles especiales para que ellos los valoraran, fue perdiendo su valor cuando comencé a hacerlo sin control.

Primero era con los míos, agobiándolos a todas horas, pero luego fui ampliando el círculo paulatinamente, entre familiares que ya no eran tan cercanos, amigos que ya no eran tan íntimos… y así.

Sí, necesito la aceptación y aprobación de la gente. La necesito. Necesito que se sientan bien conmigo, que me aprecien y manifiesten su aprecio, que elogien lo que hago, que lo valoren, que sientan mi complacencia y entrega.

Me convertí en pura y absurda generosidad, entrega, sacrificio, devoción, dadivosidad y derroche. Sin medida. Soy consciente de la injusticia al no distinguir, ya me da igual que sean mis seres queridos o desconocidos con los que me acabo de cruzar. Mi necesidad de caer simpático, de parecer útil, necesario, abnegado, es superior a mí…

Mi altruismo, mi desprendimiento, no es justo, o quizá lo sea en exceso. Soy capaz de perder el oremus por complacer a alguien que no conozco buscando la integración en un grupo, ignorando a alguien cercano, simplemente porque ya lo tengo conquistado, con lo que una especie de prioridad salvaje me conduce sin frenos ni reflexión. ¿Por qué si no iba a ofrecerme a compromisos absurdos que ni siquiera me piden? ¿Por qué si no me entrego al que no conozco, cuando no hace falta ni es momento?

Si llega un compañero nuevo al trabajo, tiene mi regalo en un tiempo récord. Si veo a alguien tenso, me ofrezco inmediatamente a proporcionarle algo. Parezco el repartidor de cafés, porque así es imposible que me miren mal… No me limito a agasajar a mi novia, sino que también lo hago con las amigas de mi novia, o las amigas de las amigas de mi novia. O a los amigos de los amigos de mi mejor amigo… Soy la pura comprensión, el aliento de todo aquel que llega a cualquiera de los grupos en los que estoy, mi equipo de fútbol, mi grupo de cine, mis excursiones… Y aún así hay gente a la que no le caigo bien. Ese exceso de complacencia, de generosidad, lo ven impostado por ilógico. Falso, estrafalario.

Quizá tengan un punto de razón, pero aseguro que lo hago porque lo siento, simplemente me cuesta conducirlo como lo hacía, metido en una espiral absurda de desprendimiento.

He llegado a gastarme lo que no tenía porque lo primero era complacer a alguien, lo necesitara o no. He llegado a perder el foco de lo que le ocurría a mi familia, porque ya los tenía “en el saco”, porque ya eran de los “archivados”. Me he venido abajo al darme cuenta, he entendido que la generosidad sin mesura no tiene sentido, que es un defecto como otro cualquiera, una idiotez. Pero da igual. No puedo evitarlo.

Esa desviación, esos dos caminos, son genuinos, pero el segundo me hizo perder la conciencia de lo importante, de lo verdadero. Es irrefrenable. Soy dos personas, como un Jeckyll y Hyde altruista. Vivo un infierno en el que trato de congeniar a las dos personas que viven en mí.

Sigo recordando el candor primigenio, el amor por los míos. Aquello es el catalizador de todo, pero aunque me propongo el control, siempre se me termina yendo todo de las manos. Nunca es suficiente, siempre tengo que dar más, que consumir mi propia generosidad, que dar porque sí, que pagar porque sí, que regalar porque sí. Entre la melancolía y el frenesí.


La Navidad me tiene poseído… todo el año.


ELOCUENCIA

RELATO











Era un hombre de pocas palabras, era un hombre gris. Es lo que recuerdo, o al menos es la perspectiva que se me quedó siendo niño.

Su gesto severo y ceñudo, su aire taciturno, su escueta brusquedad, su eterna melancolía, creaban una tácita distancia sobre nosotros que respetábamos fielmente. Él parecía estar cómodo así, si bien es cierto que si en alguna ocasión me tomaba algunas libertades inconscientes por aquello de mi edad, nunca recibía queja ni reprimenda.

Yo pasaba solo gran parte del día, él casi nunca estaba en casa. Tenía dos trabajos. Suponía que aquello le vendría estupendamente para no tener que pasar por el suplicio de andar por casa. Cuando nos veíamos obligados a estar juntos todo era un poco violento. Al principio yo sólo esperaba que él dijera o hiciera algo, luego dejé de esperarlo.

No tenía aficiones, cuando llegaba de trabajar prefería tumbarse, ver algo en la televisión o aislarse con algún periódico o revista que pudiera conseguir. Le gustaba leer. A veces garabateaba cosas en un cuaderno, pero dejó de hacerlo.

Casi nunca me hablaba, sólo para lo imprescindible y funcional, pero nunca me negaba la palabra y siempre contestaba cualquier cuestión que le planteara con frases cortas y la información precisa.

Sólo en cumpleaños o Navidades me regalaba algo. No eran grandes regalos, podían ser regalos ridículos incluso, hasta que decidió preguntar qué quería. Si era muy caro buscaba un remedo, casi siempre insatisfactorio, si no lo encontraba, no había regalo.

La adolescencia nos separó definitivamente. A su carácter se sumó mi edad difícil. Le despreciaba. Sus torpes intentos por compensar lo que fuera me resultaban tan patéticos que ni siquiera me ofendían. Todo aquello que era incapaz de dar o mostrar, o que se negaba a hacer, era un buen motivo para ridiculizarle íntimamente o a la cara. Su vulgaridad sí me ofendía, la comparación con los padres de mis amigos me avergonzaba. Me rebelaba ante aquella falta de cariño o interés, lo que veía como desdén o desprecio. Sentía que estaba allí porque no le quedaba más remedio, por un sentido de la responsabilidad o algo así. Me agobiaba que me tratara como una carga.

Supongo que cuando murió mi madre, todo cambió para él. De repente me había convertido en un estorbo, una carga con la que estaba obligado a lidiar…

Se tarda en comprender. De niño ves a los adultos como el súmmum de la sabiduría y la seguridad, piensas que cada uno de sus comportamientos o gestos tienen un motivo y que si hay una culpa tiene que ser necesariamente tuya. Si además no te hablan, esa culpa se hace más honda e íntima, es una culpa secreta e inconsciente y ante la que poco se puede hacer porque debe provenir de cómo es uno, de su forma de ser. Nace el rencor. De pequeño intentaba complacerle siempre, quizá también como consecuencia de la culpa, como consecuencia de un dolor que compartíamos en la pérdida inconscientemente, luego pasé a la repulsa.

Siempre fue serio, pero un prometedor escritor, por lo que decían. Estudió literatura, pero una incierta carrera de profesor y escritor se hacía incompatible con cuidarme y mantenerme. De hecho, era mi madre la que llevaba el dinero a casa.

Era evidente que no sabía qué hacer cuando nos quedábamos a solas. Recuerdo que buscaba algo con lo que pudiera entretenerme entre mis escasos juguetes, pero su impotencia era manifiesta, así que se evadía como podía.

Es verdad que nunca tuve lujos, pero pocas veces me negó nada. No fui consciente hasta mucho tiempo después de lo poco que me había faltado. Siempre fui bien vestido, siempre tuve el material adecuado en el colegio y si mostraba interés por algo no tardaba en apoyarlo con una discreción que me pasó mucho tiempo desapercibida. Sutiles regalos que aparecían como en secreto, que parecía que habían estado en casa siempre. Una caja de lápices de colores si me veía pintando, un disco si mostraba interés por la música, un libro…

Tras perder a mi madre, y mientras encontraba trabajo, tuvo que vender su preciada colección de libros. Era un lector voraz como correspondía a su dedicación. Luego, sin comerlo ni beberlo, se encontró en una situación que le superó.

Simplemente no sabía cómo tratarme, cómo hablarme, no sabía lo que debía darme. Vivía en el desconcierto. Aquel desprecio, aquella falta de interés o cariño, era la pura inexperiencia de un chico tímido que ni siquiera ha aprendido a desenvolverse, un niño más grande que yo. No era el súmmum de la sabiduría y la seguridad que yo daba por sentado. Vi muchas más veces su rostro avergonzado de las que yo sentí vergüenza. Al menos pude decírselo antes de que se fuera, cuando se me cayó el egoísmo adolescente por entre las piernas.

Aquellos dos trabajos no lo mantenían a duras penas. Daban para más. Sus estrecheces eran voluntarias, gastaba lo necesario e imprescindible, y sólo lo gastaba en mí. Una generosidad y un amor que yo interpreté como falta de aficiones o intereses…

Cuando cumplí la mayoría de edad, descubrí la cuenta que había estado inflando con sus ahorros. Tuve toda la carrera pagada, con gastos moderados incluidos… y más.

Ese hombre al que apenas conocí se había negado la poca vida que le había quedado tras la muerte de mi madre para que yo tuviera un futuro que él no vería. Jamás se arrepintió de nada.

Era un hombre de pocas palabras, era un hombre gris. Sus actos hablaban por él, y ¡joder, cómo brillaba esa elocuencia!


Ahora soy profesor de literatura.

sábado, 6 de enero de 2018

EL VECINO

RELATO










Siempre estuve convencido de que mi vecino era Papá Noel.

Es uno de los recuerdos más intensos y hondos de mis vacaciones navideñas en la infancia. No sé cómo surgió la idea, el pensamiento. Supongo que el influjo de las fechas, el deseo. El caso es que me quedaba embelesado, hipnotizado, viéndole trabajar, cuando salía en soleadas mañanas a rastrillar su jardín o cortar el césped, a quitar la nieve acumulada en la puerta del garaje o a podar su pequeño abeto… Su movimientos eran pausados, pero seguros y firmes, poderosos. Siempre con su abundante y perfectamente recortada barba blanca y su abrigo rojo para resguardarse del frío que siempre hace aquí en invierno.

Es cierto que su aspecto ayudaba a que mi imaginación infantil se disparara, pero no fue eso lo que reafirmó mi convicción sobre su verdadera identidad. Aquello sólo aumentó las sospechas. Nada más. Era todo lo que le rodeaba, ese aura de misterio, su comportamiento y todos aquellos sucesos que se agolpaban cuando se acercaba la Navidad.

Nunca miró hacía mi ventana, al menos nunca me percaté de ello, por eso se me hacía una obviedad que tenía poderes. Parecía saber perfectamente cuando le observaba, y bromeaba conmigo poniendo mensajes en la nieve, para que los leyera. Siempre el mismo: Hola, chaval. Su sonrisa posterior le delataba.

Los niños no paraban de acudir a su puerta, lo que era un misterio para mí. Entraban en lo que debía ser un paraíso de juguetes o fantasía, y al cabo de un tiempo volvían a salir como si tal cosa.

Muchos camiones paraban frente a su jardín, cargando y descargando paquetes grandes y pequeños, algo que era más frecuente cuando se aproximaba la Navidad. Tenía un trineo magnífico que siempre estaba por el jardín, salvo cuando llegaba la Nochebuena.

Todo encajaba de una forma sutil, cotidiana, perfectamente secreta y natural, que evidentemente pasaba desapercibida para la mayoría, pero que yo veía claramente.

Nunca se fue de mi memoria aquel vecino tan cercano, ni siquiera cuando dejamos de ir allí en vacaciones. Lo recordaba en cada Navidad, sabía que me visitaría, aunque no lo viera. Con los años mi certeza no mermó, sólo se convirtió en un eco. Una idea bonita.

Evidentemente, siendo adulto, mi cabeza sabía que aquello no era así, no por las coherentes explicaciones que me dieron de todos esos misterios, sino porque la inocencia se va desvaneciendo sin darnos cuenta, va cediendo su sitio, gota a gota, al cinismo. A pesar de ello, más allá de la lógica de la cabeza, yo mantuve el rescoldo de la ilógica caótica del sentir, un sentir que era igual de firme que en mi infancia. La vulgar realidad no iba a destruir ni desmitificar aquellos recuerdos e ideas, ni a explicar la imaginación, lo único que logró fue acrecentar mi curiosidad por aquel hombre.

El anciano de barba nevada y abrigo rojo que trabajaba en el jardín era un prestigioso experto en seguridad casi retirado que no pudo evitar la muerte de su hijo en un accidente. Aquellas circunstancias que tan extrañas me parecían de pequeño tenían sencillas explicaciones. El hombre barbado daba clases en su casa, de ahí que acudieran tantos chavales a llamar a su puerta. Aquellos camiones que iban y venían con paquetes de todos los tamaños, eran los envíos y encargos que pequeñas empresas mandaban para que revisara la seguridad de sus productos. Muebles, piezas de cocina, incluso juguetes, que él testaba esporádicamente… En la época navideña simplemente había más demanda. La víspera de Nochebuena se ausentaba junto a su mujer para pasar un par de días en la casa de los padres de ella, como una especie de tradición o ritual que hacían todos los años. Guardaba el trineo en el garaje cuando marchaban…

No había misterio. Todo era muy lógico, muy sensato, poco mágico. Pero todo eso sólo era el mediocre envoltorio. Aquel relato convencional sólo parecía existir para intentar negar lo excepcional. Siguiendo aquellas huellas en la nieve, rascando en el hielo del recuerdo, descubrí la magia de aquel señor, de aquel Papá Noel.

Todos los años, aquel hombre pasaba la Navidad con los padres de su mujer junto a su familia en una casa ahora desierta. Ahora el hombre iba ocasionalmente para mantenerla lo más limpia y decente posible, porque la mujer parecía recobrar la vitalidad en el hogar de su infancia cuando la llevaba por esas fechas. Iban allí porque es lo que hacían cuando su hijo vivía. Aquel ritual simplemente era la devoción a un recuerdo, un homenaje al hijo que falleció una Nochebuena.

Un accidente en aquel espléndido trineo que guardaba en el garaje. Una presencia que se fue, pero que él lucharía por conservar.

Cuando su mujer quedó incapacitada apenas salía de su habitación, tan solo el recuerdo de su hijo lograba darle sosiego. Por ello, aquel hombre decidió agarrarse a la vida, no dejarse ir. Las clases que daba a los chicos eran de piano. Había cultivado su afición a la música en su hijo, al que comenzó a dar clases desde bien pequeño, germinando en el chico una vocación que le encauzó hacia la carrera musical. Era un prometedor pianista. Convirtió su afición y talento en una dedicación más. En la sala acondicionada e insonorizada para el resto del vecindario, sus alumnos tomaban lecciones deleitando a su esposa, haciéndola rememorar lejanos tiempos infantiles que creía presentes. La música la hacía feliz.

Los fogonazos de lucidez de su mujer eran cada vez menos. Siempre recordaba cómo ella bromeaba acerca de lo diferentes que eran. Ella, como una estación de provincias, paciente y tranquila, él, en cambio, un torbellino, como la Gran Vía. Cuando su memoria se ausentaba, aquel hombre sólo deseaba que saliera algún tren desde aquella estación hasta la Gran Vía.


Y fue hermoso entender que aquellos mensajes que el hombre escribía en la nieve no iban dirigidos a mí, fue hermoso saber que aquel hombre era aún mejor que Papá Noel.


jueves, 4 de enero de 2018

EL COCHE ROJO

RELATO











Dibujaba coches rojos compulsivamente. De todos los tamaños, de distintos modelos, con múltiples accesorios, pero siempre rojos. Coches rojos por todas partes.

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El niño hacía que lloraba en la soleada mañana invernal, ese llanto falso de los críos cuando no se salen con la suya o no reciben lo que esperan, en su desesperada impotencia, como último recurso para ver si pueden dar la vuelta a algo que se antoja irremediable.

¡Yo quería el coche azul!— sollozaba quejumbroso a su madre, que miraba hacia todos lados avergonzada ante el berrinche del niño, intentando a su vez hacerle ver las bondades de ese coche teledirigido último modelo.

Aquel niño no entendía cómo los Reyes Magos habían podido confundir el color del coche que había pedido a pesar del énfasis que puso en su carta, con mayúsculas y subrayado... A esa edad la estética lo es todo, y en muchos casos no deja de serlo nunca.

Los infructuosos intentos de la madre por captar la atención de su hijo y calmar sus quejas y chillidos no hacían más que caldear el ambiente. El coche era una virguería, se manejaba con suma facilidad, como demostraba la buena mujer intentando que su hijo se sumara al juego y olvidara el detallito del color por lo que de verdad importaba: la cantidad de cosas espectaculares que se podían hacer con aquel coche teledirigido.

Era inútil. El chico era del tipo obstinado, ese tipo que debe demostrar al padre su enfado culpándole de todo aquello que no le gusta porque, al fin y al cabo, son los únicos que podrían rectificarlo. Se cruzó de brazos en plan mohíno, puso su rostro de desprecio y contestó con agónica apatía a las apelaciones de su madre.

En su desesperación, la madre lo dio por imposible, dejó el mando del coche en el banco y el coche a poca distancia del mismo, donde se sentó a juguetear con su móvil. Su airado hijo daba la espalda a toda esa escena centrado en escenificar su pataleta. Así pasaron al menos 15 minutos, hasta que llegó la hora de irse. Fue el momento en el que los dos se dieron cuenta de que el coche había desaparecido.

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Era un adolescente que ya se ocupaba de todo. Su padre había fallecido y su madre estaba convaleciente. Era él el que traía el escaso sustento a su humilde casa recogiendo cartones y repartiendo productos de todo tipo.

En realidad tenía mucho tiempo libre. Conocía toda la ciudad, le gustaba frecuentar los parques, ver en los demás aquello que parecía estarle vetado, esa felicidad, esas comodidades. Lo típico.

Le gustaba la Navidad, a pesar de que resaltaba sus carencias, aquello que no tenía, como la ilusión por los regalos. Quería aparentar escepticismo porque era lo más práctico, pero el atractivo de aquel ambiente, de aquella atmósfera, lo embriagaba.

El día de Reyes paseaba por su parque favorito. Era un día especial. Los padres iban con sus hijos pequeños a disfrutar de los nuevos juguetes. Todo eran risas, alegría y amor familiar. Fue allí donde escuchó las quejas de un chavalín. Protestaba por el color de su coche.

Se quedó prendado. Su vida había girado en torno a los coches rojos, se convirtieron casi en una obsesión, jugaba a contar cuantos coches rojos encontraba por la calle en su vagar despreocupado, recopilaba las revistas de motor que encontraba en la basura con la esperanza de que hubiera alguna foto dentro. Eran una angustia y un anhelo…

No entendía cómo era posible que aquel niño despreciara un juguete tan bonito y perfecto, ¡que no le gustara que fuera rojo, precisamente! Lo que al principio era curiosidad, se convirtió en perplejidad, para terminar en sentida ofensa. ¡Aquel chaval despreciaba un juguete por el que él daría lo que fuera!

Se solidarizaba con la madre, que parecía tan perpleja como él y luego tan enfadada. Se sentía impotente y frustrado, tenía que irse de allí, pero algo le agarraba los pies al suelo. Aquel coche rojo, abandonado, ignorado por todos, parecía desamparado, necesitado de atención, de cariño. No fue consciente de los pocos pasos que dio hasta situarse frente al juguete, ni cuando lo recogió del suelo, ni cuando se dio la vuelta llevándolo en las manos mientras se alejaba de allí. Sólo reaccionó cuando salió del parque. Ni siquiera corrió, se fue lentamente, como en sus lúdicos paseos.

Cuando miró al coche que tenía en sus manos, lejos de sentir culpa, le inundó una enorme alegría. Sonrió.

Entró en casa, besó a su madre, que estaba tendida en su cama, mintió explicándole que había tenido la fortuna de encontrarse aquel coche tirado en un contenedor, que en cuanto lo vio no pudo resistirse… No había cogido el mando a distancia, por lo que el coche no funcionaba, pero él sabía que valdría igual.

Se acercó a su hermano, que como siempre estaba inclinado sobre la mesa de la salita, dibujando coches rojos. Coches rojos de todos los tamaños, de distintos modelos, con múltiples accesorios, pero siempre rojos. Coches rojos por todas partes.

Puso el coche sobre la mesa y llamó su atención. Esta vez no haría falta hablar, contarle a su hermano los coches rojos que había visto en la calle, traerle revistas donde pudiera verlos él mismo.

Al principio su hermano mantuvo la mirada fija en su labor, perdido en su mundo como casi siempre, hasta que finalmente atendió a su dulce requerimiento. Se quedó parado mirando aquel coche rojo nuevo, verdadero, que era suyo, que podía tocar. Lo tocó. Y levantó la mirada.

Aquella mirada que parecía siempre perdida dentro de sí misma, se fijó en su rostro y sonrió. Vio el reconocimiento y la felicidad en los ojos de su hermano. Aquel fue el mejor regalo que la Navidad podía dar.




ALUNIZAJE

RELATO











Me fijé en ella enseguida. La vi pasar ante mí y quedé prendado. Las primeras veces tan solo la seguí con la mirada en su paso distinguido, indiferente a todo, cruzando el parque donde, sentado en mi banco predilecto, daba rienda suelta a mis preocupaciones. Era puntual como un reloj.

Rubia, siempre con un abrigo negro muy elegante que estilizaba su figura, de rostro fino, fría mirada marina. Estaba seguro de que su ropa no tenía nada que ver con la que utilizaba en el trabajo y que se cambiaría allí mismo.

Poco después me animé a seguirla también con mis cansados zapatos. Todas las mañanas la misma rutina. Desayunaba en el mismo bar todos los días, iba con bastante tiempo antes de su turno de trabajo. Comenzaba a las nueve y salía a las dos. Comía también siempre en el mismo lugar, a dos calles de allí, para volver a las tres y terminar a las seis.

Era agradable con los clientes, con una sonrisa bella y sincera, de esas que parecen reconocer a alguien querido en la persona que tiene enfrente. No me sorprendió lo más mínimo que trabajara en una joyería, era un entorno que le iba que ni pintado…

Me hice el encontradizo con ella en varias ocasiones hasta que la terminé convenciendo de que tomara un café conmigo. Por supuesto, no dije ni una sola verdad en nuestra entrevista, no podía. Ni soy arquitecto, ni cuido de mi madre enferma y, por supuesto, no perdí a ningún hijo en un accidente provocando mi posterior separación matrimonial.

Hago de la escasez virtud, mi buena planta, mi buen gusto, me dan un aspecto seductor y atractivo. La imagen lo es casi todo, con ella se puede enmascarar la realidad con pasmosa facilidad, convencer de casi cualquier cosa… al menos al principio.

Así fuimos intimando poco a poco. Ella me contaba su convencional y sincero día a día con detalle, sus cosas en el trabajo, su azarosa vida sentimental, sus pequeños conflictos y alegrías, mientras yo relataba una sacrificada e inventada existencia sin darme importancia alguna.

Me gustaba mucho esta chica, me sentía afortunado por el sorprendente hecho de que no tuviera pareja, por tener alguna opción con ella. Por desgracia, mi vida distaba mucho de ser plácida o solvente, lamentaba no estar en disposición de ofrecer algo estable y fidedigno más allá de una historia inventada y unas mentiras bien envueltas. Sentí mucho no poder ser sincero. No sé si de haber podido hubiera dado el paso, si no hubiera sido un cobarde, pero eso ya es lo de menos. Fue una bella ilusión.

Sí, debo reconocer que me enternecí, quizá por las fechas navideñas, que irremediablemente me llevan a la niñez, a cierto recuerdo materno. Son fechas que sacan lo mejor de mí, pero hay momentos y circunstancias en los que no se puede ser débil, hay prioridades que se deben obedecer.

Pasadas unas semanas conocíamos lo suficiente el uno del otro. Había llegado el momento de alejarme. Sin traumas ni llantos. Me despedí de ella desde la distancia porque, al fin y al cabo, soy un romántico.

El día del adiós estaba preciosa, más guapa que nunca. Estaba haciendo horas extra y la nocturna iluminación navideña daba un halo especial a todo. Cuando cerraron estaba radiante, la neblina provocada por el vaho que exhalaba al hablar hacía que todo pareciera una ensoñación. Su dulce risa resonaba en la calle silenciosa, alejándose con el repiqueteo de los tacones junto a sus compañeras. Me quedé allí taciturno, con la extraña sensación de que una posible vida se alejaba. Susurré un adiós.


Pensé mucho aquellas horas allí sentado, medité sobre las prioridades, me sentí mejor. Habían sido muchas navidades tristes, muchas navidades precarias. Arranqué el coche y lo estrellé contra la cristalera de la joyería, sabía dónde estaba cada cosa, lo más valioso, lo de más fácil acceso. Desde luego, aquella Navidad no iba a ser como las otras.


EN MI OFICINA

RELATO













Sentado aquí, en mi oficina, veo pasar los días, uno tras otro, exactamente iguales. Es fácil caer en el abatimiento, el sopor y el aburrimiento viendo el mismo paisaje, la misma gente, la misma luz. A mí me pasó en los primeros meses, cuando elegí este lugar de trabajo, pero aprendí a remediarlo, descubrí las infinitas diferencias que alberga cada igualdad, los infinitos matices en ese entorno aparentemente inamovible y estático.

Figuras indefinidas transportadas por ruedas o piernas en un marco fijo que los abrigaba, como una estampa fotográfica de sutiles movimientos que terminaban por permanecer quietos. Todos con los mismos colores, los mismos comportamientos, los mismos procederes, los mismos movimientos, las mismas costumbres… que poco a poco fueron definiéndose, distinguiéndose, diferenciándose, dibujándose. Individualizándose.

La gente se fue convirtiendo en individuos distinguibles, en rostros concretos. Aquellas personas que parecían la misma dejaron de serlo para cobrar vida, obligándome a fijarme en ellas, hasta que fui convirtiéndolos en viejos conocidos ante la insistente fuerza de la costumbre que los hacía pasar ante mis mustios ojos.

Observar aquel marco desde mi oficina, inventar historias, esperar presencias, fueron convirtiéndose en los principales alicientes de mis aburridos amaneceres y monótonos atardeceres. Aquellos fantasmas cotidianos fueron adquiriendo corporeidad hasta convertirse en una oronda señora de raído y deshilachado abrigo negro que siempre va cargada con bolsas y debe pararse cada poco tiempo a tomar resuello, en la delgaducha chica morena que mira fijamente al suelo sin apenas cambiar el gesto escuchando a su dicharachero novio, en el nervioso señor de pelo ralo, gafas y maletín que siempre va apresurado tras la jornada laboral, como si temiera llegar tarde a casa con su mujer… Gloria, Laura, José. Dudo que se llamen así, pero ya han quedado bautizados.

Sentado aquí fui notando casi físicamente cómo el ego más radical se iba diluyendo, sin darme cuenta fui sintiendo la necesidad de encontrar las enormes diferencias en los paisajes que ese marco fijo ofrecía cada día, de individualizar a toda aquella gente que poco antes me era indiferente, pequeños elementos de una masa indefinida. Sentía aquello porque era yo el que necesitaba dejar de ser invisible para alguien, aunque en aquel momento ni siquiera era consciente de por qué me estaba sucediendo. Simplemente era injusto, me quejaba de ellos cuando yo hacía lo mismo en ese mismo momento. Aquí se acaba pensando mucho, quieras o no, por lo que no tardé en comprender mi contradicción una vez fui perdiendo ese ego, que de alguna manera aparecía con otro cuerpo. Hasta no hace mucho era igual que ellos, pasaba indiferente ante todo, y ahora, desde el otro lado, suplicaba y mendigaba en lo más íntimo cierta atención.

En mi carácter positivo vivía en la ambivalencia. En la asunción de la realidad, en la que todo indicaba que no protagonizaría ninguna de esas historias que inventaba al paso de los demás, y en la esperanza de que algo mágico o extraño sucediera para negar aquello. Y a veces pasaba.

Recuerdo a la chica de los ojos azules. Aunque luego hubo más, ella fue la primera que me miró de verdad estando aquí. No sólo me miraba, me consideraba, incluso creo que me ha cogido afecto. Su mirada no era de compromiso, de esas que se lanzan por descuido, porque no hay más remedio o por quedar bien. Me miraba como si no fuera invisible, sin esa mirada esquiva, avergonzada o que me atravesaba para situarse en un lugar indeterminado detrás de mí, como si no estuviera realmente allí, que me dedicaba la gente que al menos tenía el detalle de levantar la vista. Sí, luego hubo más, pero ella fue la primera.

Inventé todas las historias habidas y por haber sobre ella, con los dos juntos. Aventuras románticas, intrépidas, imposibles, más grandes que la vida… que sabía sin ningún fundamento. Hasta que un día llegó, me miró y habló como siempre antes de presentarme a su novio…

Tardó mucho en llegar la chica de los ojos azules, o más bien se me hizo eterno, porque el tiempo se hace más lento cuando esperas, pero una vez apareció todo fue distinto y tomó un mejor color, y aunque siga siendo invisible para la mayoría, olvidado de inmediato, incluso para los que me lanzan alguna moneda, fui alguien para ella, aún lo soy. No está tan mal.

Fue ella la que apartó aquel velo que me impedía verlo todo con nitidez, la que definió las figuras, los paisajes, las personas. Un pequeño e íntimo cambio en este mundo donde nada parece cambiar… o donde todo cambia.


Con la Navidad en su apogeo, desde mi oficina vuelvo a mirar el mismo paisaje, con infinitas luces distintas, donde Gloria ahora lleva un abrigo rojo nuevo recién estrenado muy elegante y pasea jacarandosa con bolsas de marcas caras; la joven Laura pasea sin su novio con una desenvuelta sonrisa en su erguido y orgulloso rostro, reuniéndose con sus amigas ataviadas con vestuario navideño; y José ya no va apresurado, sino que pasea con mimo con una mujer que parece recobrarse de algún mal, disfrutando de la iluminación que engalana las calles en estos días… Será la época, que hace verlo todo distinto, será que eso mágico o extraño sí que pasa algunas veces a algunas personas...


miércoles, 3 de enero de 2018

SUPERHÉROE

RELATO










Al despertarme vi al mismísimo Capitán América a los pies de mi cama.

Con tranquilidad, me desperecé, froté los ojos y parpadeé varias veces, porque esa no es la visión habitual que suelo tener a las 8 de la mañana… pero ahí seguía. Tenía su malla pegada a su musculoso cuerpo, su casco y su escudo. Levantó un dedo señalando al fondo de la habitación y dijo: “Actúa en consecuencia”.

Sí, ya sé que como sueño suena realmente friki, pero no os puedo mentir.

No quise darle mucha importancia, pero una semilla comenzó a geminar en mi cabeza. No paraba de darle vueltas a aquello, porque la imagen fue completamente real y vívida, demasiado para ser un sueño. Quizá mi subconsciente estuviera diciéndome algo...

Aquel lugar hacia el que señalaba era el que tenía destinado a mi colección de cómics. Yo era un friki algo solitario con una vida bastante desahogada, económicamente acomodado gracias a las viñetas que dibujaba. Era feliz en mi moderada soledad, en mi absoluta libertad ajena a responsabilidades, pero tras la aparición de Steve Rogers empecé a escuchar el eco lejano de una insatisfacción, de un vacío. Relacioné aquella aparición con todo eso, como la manifestación de un sentimiento de culpa, como la necesidad de aportar algo más, dar algo al resto. Quizá tenía que parecerme a un superhéroe, quizá debía aplicar a mi vida ciertos valores de esos personajes que me fascinaban…

De entrada era lo opuesto a un superhéroe. Desde luego no tengo nada que se parezca a un súper poder, ni siquiera una habilidad especial, más allá de lo de las viñetas. No soy alto, no soy musculoso, soy más bien torpón, de hecho el deporte es algo que me da bastante alergia, en el traje ajustado sólo destacaría mi cuidado y fláccido michelín, que es una desgracia como otra cualquiera, es decir, que no destaca ni como michelín en sí mismo, y tirando a feo… bueno, soy feo. Aunque simpático.

Pasaron los meses y fui planificando y pensando cómo hacerlo, y opté por lo más sencillo para desde ahí llegar a algo que mereciera la pena. Al terminar el verano me lancé a las calles, me fijé en mi prójimo y opté por frecuentar los supermercados que quedaban cerca de mi casa. Allí trataba de ayudar a los ancianos, a las personas con dificultades para llevar la carga de su compra, pero mi torpeza en el trato hacía que aquello no siempre terminara bien. Al verme con las manos extendidas y el rostro ansioso en mi voluntarioso propósito, muchos salían despavoridos, convirtiendo su renqueante transitar con las pesadas bolsas en un vigoroso y enérgico (además de sorprendente, debo añadir), paso que era capaz de dejarme atrás. Otros pedían auxilio en su huida y alguna señora me atacó con gas pimienta. Me consolaba pensando que con los que salían corriendo cumplía mi propósito en cierta medida, al ahorrarles tiempo, aunque la idea era ahorrarles también el peso. Al practicar esto en los hospitales las consecuencias fueron aún peores…

No siempre iba mal, cuando aceptaban mi ayuda casi siempre trataban de recompensarme en un sincero agradecimiento. Una taza de café, un vaso de agua, un bizcocho... de señoras, señores y ancianos. Una anciana me propuso resignadamente sexo. Dijo: Supongo que después de esto tendremos que acostarnos. Salí de allí corriendo… una vez consumado el acto.

Niños marginados, enfermos, personas mayores o solitarios… eran mi particular clientela pasado cierto tiempo. Descubrí que la soledad era una de las claves, que tenía la capacidad de aliviar ese pesar, que quizá ese fuera mi poder. Como a los escritores inquietos, las ideas me asaltaban en la cama y me obligaban a salir de ella para anotar nuevas formas de ayuda que se me ocurrían, porque aquello parecía que me hacía sentir mejor, que acallaba aquel eco de aquel vacío, de aquella culpa, de aquella insatisfacción. Eso que no quería reconocer.

Mi ambición fue frustrante. Con los meses, mis propósitos eran cada vez más ambiciosos, quería ayudar a gente cada vez más necesitada, con lo que los fracasos se sucedían. Los enfermos morían o no recordarían jamás, los depresivos no mejoraban. Desde luego no iba a ponerme a estudiar medicina o psicología, porque de hacerlo nada cambiaría, aquello seguiría pasando. Convertí la primigenia idea de ayudar y aliviar en la necesidad de ser una especie de deidad infalible. Ese malestar acabó escenificando una sorda realidad. Aquello era otra huida. Buscaba los imposibles, y si por casualidad los alcanzará, buscaría otros más inalcanzables para poder seguir huyendo.

Mi reflejo era bien intencionado, pero patético. No era un héroe, jamás me quedaría bien ese traje tan ajustado. Era un cobarde, un Peter Pan que huía.

Con diciembre recién comenzado y la Navidad a las puertas, decidí tomarme un tiempo, pensar un poco en mí. Y me fui a una tienda a comprar la última figura del Capitán América.

Se llama Marta. Tiene un hijo con el que hacía buenas migas. Estuvimos saliendo dos años. Busqué excusas por las que enfadarme cuando propuso un compromiso mayor. La abandoné cuando su hijo enfermó, una enfermedad algo rara. Aquello me superó. Una historia poco heroica.


Al crío le hizo ilusión verme cuando ella me dejó entrar. Estaba muy recuperado. Le di la caja con la figura del Capitán América, que era su superhéroe favorito, como regalo de Reyes… y espere por si tenía la suerte de recibir mi perdón.


NACIMIENTO

RELATO











Sus Navidades eran sórdidas. Y esperpénticas. A su tierna edad no sabía el significado de esos términos, pero ya era consciente de muchas cosas. Sabía que eran fechas especiales, que algo distinto rondaba en el ambiente, algo festivo y a la vez desolador.

La casa estaba decorada con vistosas guirnaldas colocadas aquí y allá sin excesivo esmero; había un árbol de parpadeantes luces, que le gustaba mucho; había un Belén, que ayudaba a colocar junto a su madre cuando estaba lúcida; había más comida y sus padres hacían un esforzado intento por parecer más elegantes la noche del 24. Todo eso eran cosas que le gustaban, pero no parecían alegrar demasiado el cargado ambiente, se hacían como rutina, porque tocaba, y lo que gobernaba era el silencio.

Sus padres no se comunicaban mucho, ni con él ni entre ellos, pero compartían ciertas actividades y gustos. Por ejemplo, una vez terminada la cena y tras mirar hacia la nada durante un rato ignorando cariñosamente los intentos del pequeño por jugar, la madre bebería en su habitación y el padrastro lo haría en el salón, cada uno con su botella de whisky. Esa era una estampa que no distaba en exceso de la de cualquier otro día, salvo por las desfiguradas y tenebrosas imágenes que de su padrastro formaban las sombras al impacto de la televisión silenciada y el luminoso tartamudeo del engalanado árbol sobre su cuerpo en la penumbra. Un padre cariñoso cuando estaba sobrio, que ahora parecía un vampiro, la sombra de un vampiro.

El niño tenía los rasgos y el carácter del que sabe demasiado pronto que tiene que ocuparse de sí mismo, que, de hecho, está destinado o condenado a hacerlo. Fiel a los sonidos de su casa, el pequeño daba las buenas noches en silencio, yendo con sigilo de una habitación a otra, comprobando que todo estaba bien, que ellos estaban bien. Y mientras apuraban sus botellas, él se bebía ávidamente la aparente felicidad que rezumaban las brillantes casas vecinas, que le susurraban atenuados villancicos para adormecerle.

Le despertó el agradable sonido del fuego, su calidez, que había sustituido al de los villancicos. Parecía que se había hecho de día, pero al mirar por la ventana la paz nocturna seguía gobernando orgullosa, aunque matizada por un esplendor de oro.

Salió de su habitación y vio el fulgurante resplandor en el salón enmarcando a su padrastro, que estaba tendido en el suelo del pasillo, a donde había llegado arrastrándose. Olía a quemado por todas partes. El humo era como un pudoroso velo que convertía la escena en algo onírico. Su madre dormía profundamente en su habitación. Intentó despertarlos en balde, tan solo logró agónicos movimientos de sus lánguidos miembros. Gritó, lloró, los zarandeó, yendo de uno a otro desesperadamente… Los ojos le picaban. Entre sollozos y haciendo acopio de una entereza sorprendente en un crío de su edad, se dirigió al teléfono, marcó el número de emergencias y chapurreó con su escaso vocabulario lo que ocurría, tal como le habían enseñado sus padres tras el accidente que la madre sufrió al caer por la escalera. Colgó. Intentó arrastrarlos hacia la puerta.

Los bomberos no tardaron en llegar, la casa iluminaba toda la manzana, como una estrella que marcara el camino. Entraron por el jardín y derribaron la puerta de madera de la casa que el padrastro había levantado con sus propias manos. Buscaron por las estancias. Un niño pequeño parecía querer guiarlos. Encontraron los cuerpos enseguida. Cargaron con ellos, mientras desde fuera regaban las llamaradas intentando tranquilizarlas.

El crio salió por su propio pie protegido por uno de los bomberos. Observaba fascinado la bella iluminación del incendio, provocado por las luces del árbol de Navidad, escrutaba las labores de sus salvadores, atendiendo a sus padres, usando las mangueras, recorriendo el jardín de un lado para otro, con las sirenas luciendo en perfecta comunión con la estética navideña. Una casa que se iba apagando, que había abandonado su discreción para ser el objeto de atención del resto del vecindario. La humildad se había convertido en lo excepcional.

Tres bomberos rodeaban a sus padres casi inconscientes, como adorándolos. Uno de ellos los obsequiaba con agua, otro los protegía con mantas y el tercero les ponía la mascarilla del oxígeno para ayudarles a respirar. Velando a esas dos personas a las que ese pequeño había dado la vida. Sería un nuevo comienzo. El mejor regalo.




martes, 2 de enero de 2018

EL MUEBLE

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Comenzó a sacar todas las piezas de sus cajas. Maderas, estantes, tornillos, tuercas y demás cachivaches que debía montar de forma sencilla siguiendo el manual de instrucciones. Eso decía la teoría. Sacó también sus herramientas.

No se le daban mal esas cosas, aunque tampoco era un experimentado carpintero y no se prodigaba mucho en estos trabajos caseros. Quizá no era el mejor momento para ponerse a construir una estantería, el día de Nochebuena, pero se aburría y lo había ido postergando innecesariamente por unas cosas u otras, por lo que se lanzó decididamente a concluirla antes de la tarde. No podía costar mucho.

El trabajo le permitiría relajarse. Sus padres habían fallecido a principios de año, uno siguió a otro, como esos caballitos de mar que no pueden vivir sin su pareja. Su hermano mayor vivía en Francia desde hacía dos años por cuestiones de trabajo, y aunque el año anterior pudo venir, este no era posible.

La estantería iba cogiendo forma, tenía la base y el armazón casi completos. Colocó con su destornillador los tornillos de sujeción en las maderas largas que servirían de sostén, de marco, introdujo los tacos de madera en los agujeros que venían formados para las baldas más fuertes arriba y abajo de la estantería. Los pasos parecían sencillos, el manual estaba bastante bien explicado, sólo había que seguir las instrucciones.

Desde luego ese año no le hubiera importado desplazarse a donde fuera, a Francia, con su hermano, por ejemplo, pero también a él el trabajo se lo impedía. Desde hacía cinco años él se ocupaba de la cena familiar por pura pasión, por lo que aquello era un claro síntoma depresivo.

Con los pilares firmemente asentados, la estantería tenía una imagen robusta. Estaba quedando bastante bien, toda la estructura era fuerte y sólida, con maderas bastante buenas y gruesas, aunque contrastaban con los estantes, que, por el contrario, parecían algo delgados y endebles. El sudor le caía por el rostro, los martillazos le tonificaban. Se sentía mejor.

Aunque el trabajo le relajaba, le carcomía por dentro que la vida no fuera tan fácil de seguir como aquel manual, con sus imprevistos y cambios repentinos de opinión, llena de infidelidades y compromisos incumplidos. Su novia le había dejado dos meses antes tras varios años de compromiso. Todo se había ido acumulando, todo se le vino encima, por ello su estado de ánimo era taciturno y tenía tanta ilusión puesta en aquella reunión que tendría tantas bajas. Necesitaba recomponer su vida desde la base.

Una vez colocada toda la estructura, con las maderas superiores e inferiores y las baldas laterales bien agarradas con sus respectivos tornillos, decidió tomarse una cerveza. Miraba distraídamente la foto familiar que tenía al lado del televisor, dejando volar los recuerdos, con la vista puesta más allá del propio retrato. Sus padres, los tres hermanos con sus parejas y los seis sobrinos. Todos reunidos, perfectamente colocados en un plano muy equilibrado por el fotógrafo.

Con un martillo clavó las puntas en la parte trasera para fijar la madera allí, el fondo de la estantería, que impediría fugas inconvenientes de lo que decidiera colocar. Miraba sus discos. Dos de los Beatles, dos de los Rolling Stones, uno de One Direction y otro de villancicos… No tenía ni idea de música, pero quedarían bien, junto a su colección de clásicos literarios, y servirían para probar su nuevo equipo musical de 3000 euros.

Cogió los pequeños soportes sobre los que colocaría las baldas horizontales sobre las que iría poniendo las cosas. Eran modulables, se podían colocar a cualquier altura, podían cambiarse de posición, sustituirlas por otras, colocar más o colocar menos, según le conviniera. Era la parte menos fiable de la estantería, la que más le incomodaba.

Sonó su móvil, era su otra hermana. Se disculpaba porque tampoco podría ir con sus sobrinos y su cuñado, el pequeño de ellos se había puesto malo y habían tenido que ir al hospital… Quizá su cuñado se pasara en algún momento. Él adoraba a sus sobrinos y a su hermana, aunque no soportaba a su cuñado... Los pequeños, tanto los tres de su hermano que estaba en Francia, como los tres de su hermana, eran su gran amor y lo que había hecho que esas fechas le volvieran a apasionar.

Se sentó en el sofá y miró alternativamente a la foto y a su estantería, que estaba casi terminada. Paseó su mirada perdida pensando en la ingente cantidad de comida que tenía en la cocina por hacer, en el silencio que sus sobrinos no romperían.

Se levantó bruscamente y comenzó a meter cosas sin orden alguno entre los estantes, frenéticamente, en ese receptáculo que tan poco le costó formar y reunir, cogiendo todo lo que pillaba, hasta que uno de los estantes cedió. Aquella tara, aquella imperfección, le satisfizo, le sació, le permitió un momento de paz, como si el caótico universo hubiera vuelto a tener cierto sentido, sintiendo una ficticia sensación de control.

Con un buen surtido de botes de cerveza y algo de comida recalentada en el microondas, pasó las horas en el sofá escuchando el disco de villancicos a un volumen suave y viendo cómo la luz del crepúsculo hacía bailar las sombras sobre la foto familiar que tenía siempre a mano yaciendo frente a él.




LA TRASTIENDA

RELATO











Llegar a casa tras el duro día de Navidad siempre resulta algo sensacional. La adrenalina mantiene mi euforia, la satisfacción del deber cumplido, de la felicidad provocada, de la emoción sincera, pero a la vez el cuerpo pide el merecido descanso, la relajación tras el esfuerzo, el reposo necesario. Son emociones puras, pero un elemento de inquietud e incertidumbre me sorprende todos los años antes de abrir la puerta para entrar, aunque esté avisado.

El encuentro con mi mujer siempre es tenso, ausentarme en día tan señalado, aunque me llame el deber, es algo que nunca ha llevado bien, y aunque es cierto suele utilizar una táctica agresivo-pasiva de gestos, silencios y miradas reprobadoras, la sangre nunca ha llegado al río… pero en la última ocasión, al cerrar la puerta a mis espaldas, tuve la seguridad de que iba a ser distinto.

Ella suele esperarme plácidamente sentada ante la chimenea, leyendo alguna revista de moda o de animales, le gustan especialmente las de renos, subiendo y bajando la pierna en un gesto nervioso que estoy seguro comienza nada más oír la llave en la entrada.

Siempre me recibía algo fría, haciéndome notar cierto disgusto, pero sin culpabilizarme directamente, siendo correcta y cortés, hasta que la tensión quedaba engullida por el silencio y la rutina, pero se ve que en esta ocasión esa tensión se sentía exhibicionista y poco pudorosa.

Avancé por el pasillo con un extraño sigilo inconsciente, como si temiendo la tormenta quisiera pasar desapercibido absurdamente, ya que iba justo a su encuentro… Al entrar en la salita no la encontré sentada como esperaba, sino de pie y con la mirada encendida, apoyada en la pierna derecha y con una mano en la cintura, como si hubiera estado ensayando esa pose durante bastante tiempo. Notaba la tensión en la nuca a cada paso que daba, mirándome de reojo, como esperando una señal para desahogarse arrojándose despiadadamente sobre mí.

— ¿Qué tal la nochecita?— fue su primera intervención.

—¡Estupendamente!— contesté lo más jovialmente que pude. —Creo que hicimos un gran trabajo una vez más.

Pronto me quedó claro que mi tono efusivo no fue el más adecuado para la situación.

—Nicolás, esto no puede seguir así. —Cuando utilizaba mi nombre de pila no era buena señal—. Parece que no te das cuenta. Mientras tengas tu baño de masas y tu dosis de gloria te da igual cómo estemos los demás, ¿verdad?

—Eso no es así, cariño —respondí casi escandalizado—. Esto es mérito de todos, ¡siempre os lo digo!

—Lo dices, pero el que se lleva la gloria, los elogios y las satisfacciones sólo eres tú, mientras nos tienes a los demás trabajando para ti.

—Eso no es justo. Sabes bien que te valoro muchísimo y sé lo mucho que hacéis, aunque tenéis que reconocer que mi labor es indispensable y sacrificada.

—¿Sacrificada? —chilló estridentemente, como si no estuviera muy de acuerdo—. Recojo los encargos, me preocupo de la gestión de recursos, superviso el material y a los trabajadores, administro los distintos departamentos, llevo las cuentas, colaboro en el trabajo artesanal… ¡A diario!

—Es una labor magnífica, sin du…

—¡Y tan magnífica! —me interrumpió violentamente—. ¡Como que lo es todo!

—Hombre, todo…

—¡TODO! —me espetó con furia, fuera de sus casillas—. ¡Para que luego tú te dediques a repartirlo en una noche, pongas pose de estrella y te lleves todos los honores!

—Mujer, no sólo hago eso, tamb…

—¡Claro que sólo haces eso! El resto del año te lo pasas echando tripa en el sofá viendo partidos, farfullando quejas sobre tus rivales cuando te has bebido alguna cerveza de más, maldiciendo a la competencia, que si "ellos son más", que si "no tienen tanto carisma", que si "a ellos no les patrocina la Coca-Cola"... hasta que llega el día de lucirse. Entonces te pones tu trajecito rojo, que según dices te queda mejor que el verde, y te dejas agasajar, mientras yo me quedo aquí a verlas venir tras partirme los cuernos.

—Ho ho ho —sólo pude emitir esa risilla nerviosa.

—Sólo tienes ojos para tu trineo. ¡Ni siquiera das de comer a los renos!

—No te enfades mujer, si quieres puedes venir de copiloto el próximo año…

—¿De copiloto? ¿Por qué de copiloto?

—A ver, creo que estaremos de acuerdo en que yo conduzco mejor, es una de esas cosas que se nos dan mejor a los hombres… Bueno, es que de hecho tú no sabes conducir...

—¿¡Cómo?! ¡Ya estamos con los tópicos sobre conductores! ¡Te has convertido en un obsoleto cliché hetero-patriarcal!

—Pero, ¿qué?

—¡Ni "pero" ni "qué" ni nada!

El habitual color rojizo de mi pequeña nariz y mis encantadoras mejillas se fue extendiendo al resto del rostro, un tono como de hierro candente antes de ser golpeado por Hefesto, como pude ver en el espejo mientras mi vista vagaba perdida por la estancia buscando una salida. Era una mezcla de ira, frustración y vergüenza tras ese golpe bajo e inesperado.

—¡Soy un icono, represento la tradición, soy lo que la gente espera ver!

—¿Y eso te impide ayudar en las demás tareas que tenemos que hacer?





Tras unos segundos de desconcierto, intentando reponerme de sus acometidas sin freno, azorado, abochornado y consternado, mi perturbación y desorientación ablandaron a mi mujer, que se apiadó de mí e intentó reconducir la bronca hacia terrenos más amables y de concordia.


El caso es que este año no voy a poder seguir los partidos porque me comprometí a ayudar en las labores de gestión, además de dedicar largas horas a enseñar cómo se conduce el trineo a mi querida esposa. Hay dos renos con magulladuras y Rudolph tiene un esguince en la pata delantera derecha, pero saldremos adelante…  


martes, 3 de enero de 2017

UN ECO CERCANO

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Recuerdo aquellas Navidades como si fueran de ayer mismo, cuando mi hijo era un niño pequeño y yo intentaba evitar que descubriera cómo se disfrutaba en otras casas, que no viera los hermosos paquetes con regalos con los que se regocijarían en otros hogares los niños de su edad, porque yo sólo podía darle unas cuantas chucherías o un modesto juguete que, con todo, era más que lo que tendrían otros muchos.

Pasé varios años así, hasta que se fue con su padre tras aquella Navidad donde miró con desprecio y casi burla mi regalo. No lo hizo con mala intención, simplemente le salió así, aunque se me hincó en lo más profundo de mi ser.

Su padre podía darle todo. Apreció lo que era una Navidad normal y, supongo, soportaba con esfuerzo tener que pasar estos días conmigo para no recibir más que un miserable regalo sin mucho atractivo.

Yo le daba todo el cariño del que era capaz. Eran Navidades algo solitarias, ya que estábamos sólo nosotros dos, pero preparaba una aceptable comida, dentro de mis posibilidades, y creaba un buen ambiente. Él lo disfrutaba, todavía ignorante, porque era algo especial, distinto, al día a día que vivíamos.

Cuando su padre regresó a su vida, que no a la mía, pensé que sería beneficioso para él, que al fin y al cabo es lo que me importa, pero nos fue separando poco a poco, no ya físicamente, que también, sino en ese vínculo que teníamos, que creía irrompible. Pero me quedó claro que esos hilos están a disposición de las Moiras, que yo tenía poco que hacer con respecto a ellos.

Conforme crecía iba abriéndose a las novedades, a ese mundo que su padre le descubría, lleno de facilidades y regalos, pero también de integración y cierta normalidad, que yo me mostraba incapaz de dar. Ni que decir tiene que su padre me ignoraba por completo, era para él un ligero estorbo, un mero procedimiento por el que hay que pasar.

Esa distancia tenía que llegar. Sus tablets, sus consolas, sus videojuegos, sus amigos, su libertad incluso, que sólo podía compensar con mis quehaceres, mi cariño, mis gestos, mis pequeños planes juntos. Mi compañía. Quizá no era mucho, quizá no lo es en el difícil conflicto generacional de padres e hijos, donde ellos buscan aventura y nosotros queremos su seguridad.

Ese exceso de consciencia, esa soledad y distancia, es lo que provoca el dolor en estos días, esa aflicción honda que es difícil de lavar.

Estos días son amargos, no pueden ser de otra manera. Son demasiados recuerdos, que a menudo son buenos, pero la misma fuerza que tienen estos días, esa exaltación de la felicidad y la bondad, de la unión y la familia que hemos gozado, se vuelve en nuestra contra cuando alguna cosa nos falta. A mí me falta todo, me falta él.

No es que me hiciera feos o tuviera gestos desagradables, simplemente cada vez era más frío, más despegado. Venía por amor, por cariño, pero no porque le apeteciera, sino porque lo relacionaba con el deber. El deber de ese amor. Sé que siempre me ha querido, pero no soy interesante para él desde hace mucho.

Nos conformamos con poco las madres, y aunque esto es un sentido esfuerzo de desnudez, porque no deja de ser duro reconocer determinadas cosas, lo cierto es que nos conformamos con poco. Cualquier cosa nos compensa de todo sinsabor si procede de nuestros hijos, al menos en general.

A nadie más que a ellos consentiríamos que nos machacaran sin conmiseración, a nadie más que a ellos perdonaríamos todo desprecio o desplante, y sólo ellos nos compensan el desafecto, el dolor, la congoja con un mínimo gesto de cariño.



Por eso, aquella Navidad que prometía ser de las más dolorosas, cuando se casó y la pasó con su familia política a mucha distancia, y me llamó para decirme que me echaba de menos y que la cena que había tomado no estaba tan rica como la que yo le hacía, logró que todo dolor pareciera difuso, anestesiado, lejano. Solamente eso. Sencillo, ¿verdad? Algo que dijo sin darle importancia, distraídamente, que para él parecía que caía por su propio peso, para mí supuso el mejor de los regalos, la mejor compañía en esa llorosa Navidad sin nadie. Todo complejo regado a conciencia con gotas de tiempo se desvanecía con una frase.

Hoy vuelve a ser Nochebuena. Están al llegar. Tras muchos años volveré a pasar estos días con mi hijo y, por primera vez en esta casa, lo celebraremos más de dos personas, porque viene con su esposa y su hija recién nacida. Y todo el pasado, la acostumbrada soledad, la rutina del desconsuelo, se esfumará como el vaho que sale de la boca en un gélido día, porque las madres somos así, tenemos poca retentiva para el rencor y muchos recursos para el perdón con respecto a nuestros hijos.


Ni que decir tiene que le he preparado lo que más le gusta. Es mi niño…

lunes, 2 de enero de 2017

EL REGALO

RELATO










Me había costado Dios y ayuda encontrarlo, el último coche de la colección que le faltaba a mi hijo. Unas maquetas perfectas, de diseño, ejecutadas artesanalmente, que le había ido regalando regularmente en cada fecha señalada. Este era el último, un espectacular Camaro de color amarillo, que observaba con detenimiento sentado en un banco de la calle, satisfecho conmigo mismo. El regalo ideal para el día de Navidad.

Entré en una cafetería para hacer tiempo antes de volver a casa, con la ilusión de un niño. Pensé si en realidad no me haría más ilusión a mí que a mi hijo el regalo, pero lo cierto es que él parecía disfrutar, jugaba con esos coches y los tenía muy bien expuestos en su habitación. Las ideas brincaban con la ligereza y el entusiasmo de una nueva ilusión en mi cabeza cuando, al buscar la caja con el coche una vez más, me percaté de que no estaba…

Lo busqué desesperadamente por la mesa, por el suelo, miré en la barra donde había pedido el café, pero no había rastro. Entré en pánico.

Mis pensamientos volaron raudos fuera de la cafetería. Se me debía haber caído por el camino o, lo que era peor, que me lo hubiera dejado en el banco donde estuve sentado. Salí corriendo sin probar el café siquiera, retrocediendo por la calle por la que vine, mirando con ansiedad el suelo en busca de la caja, temiendo no encontrarlo o encontrarlo roto…

Llegué hasta el banco donde estaba sentado y por fin lo encontré, pero había un pequeño problema… Un niño lo tenía en sus manos y lo había sacado de su caja. Un niño andrajoso y manchado de barro que amenazaba con destrozarlo jugando en el banco sin cuidado alguno.

Sin pensarlo pegué un grito histérico que paralizó al crío, que no debía tener más de siete u ocho años, y salí corriendo en su dirección. Cuando llegué a su lado, arranqué el coche de sus manos airadamente y le espeté un “esto es mío” que dejó perplejo y asustado el pobre chaval, que no se resistió lo más mínimo.

Intenté introducir el coche en su caja tras limpiarlo como buenamente pude, mientras imprecaba y reconvenía a aquel niño que me miraba de hito en hito, entre curioso y atemorizado, algo entristecido. Había tenido un objeto que seguramente no había visto en su vida o que de verlo se le hacía imposible tenerlo, obtuvo el deseo en el acto, verlo y disfrutarlo, para perderlo inmediatamente, como una cruel jugarreta del destino.

El niño comenzó a mirar hacia su lado derecho, un poco a su espalda. Yo acompañe aquella mirada y vi a una mujer con un carro repleto de cosas. Sus cosas, imaginé. Estaba sentándose, como fatigada, debía haberse dado un carrera. Debía ser la madre, que debió acudir alarmada ante mis recriminaciones a su hijo.

Su rostro traslucía circunspección, tenía la boca tapada con una bufanda y sólo se le veían los ojos y la nariz. Su cuerpo lo cubrían harapos y, poco a poco, en aquella mirada vi su tristeza y resignación.

El dichoso coche no entraba y mis nervios comenzaban a jugarme una mala pasada. Aparté la vista para dedicar más atención al juguete, pero poco a poco me iba sintiendo cada vez más ridículo. Allí de pie me vi indigno, patético, abochornado.

Por fin, logré introducir el coche en su caja. Respiré profundo. Miré avergonzadamente al crío y luego a la caja, que quedaba casi oculta a mi vista con el propio vaho que emitía en mi agitación.



Me fui acercando con titubeante e indeciso paso a la mujer que se sentaba en el banco de enfrente. Tras una breve pausa rompí el silencio con cuidado:

-Me equivoqué, este juguete no es mío –dije a la mujer, mientras le entregaba el cochecito extendiendo mi brazo.

Podía haberme tirado el juguete a la cara, pensé que lo haría, pero ella miró a su hijo, que permanecía expectante a distancia. Volvió unos duros ojos que me petrificaron, cogió el coche y asintió con la cabeza.

Me quedé mirándola durante unos instantes, mientras ella hacía lo propio con la caja, y luego me volví y me fui de allí sin querer mirar atrás, deseando que se formara un muro de piedra a mis espaldas para que no llegaran las inocentes miradas que seguro me lanzaba aquel crío.


Llegué al bar de nuevo, el camarero me miró con resquemor. Allí seguían mis cosas y mi café, ya frío. Me senté a la mesa y comencé a mover el contenido de la taza con la cucharilla distraídamente, sin ser muy consciente de lo que hacía, dejando vagar mis pensamientos y escapar los minutos. Me quedé allí sentado durante mucho tiempo, sin probar siquiera el café, moviendo incesantemente la cucharilla. No tenía ganas de llegar a casa.


domingo, 1 de enero de 2017

DE PADRES E HIJOS

RELATO









Cuesta la verdad, joder, cuesta mucho...

Hace frío y cae una suave aguanieve, pero él está ahí en su jardín atendiendo y arreglando sus arbustos y su césped con las podadoras, con su chubasquero puesto, abstraído de todo, robusto y firme sin atender al mal tiempo.

Me he anticipado. La cita es dentro de una hora, pero me ha podido el ansia. Entablé contacto con él hace unos meses. Le venía vigilando hace bastante tiempo y me aprendí sus rutinas, por lo que elegí el gimnasio como punto de encuentro.

Allí, en la cinta mecánica y demás aparatos de tortura, me puse a hacer deporte, algo que no practicaba hace años, para poder acercarme a él. Charlábamos al trote, cogimos confianza, nos caímos bien y logramos una pequeña amistad muy pronto que fue creciendo en las siguientes semanas.

Es soltero, como yo, tiene 72 años, yo 46, vive solo y no tiene hijos. Casi almas gemelas.

Ante esta perspectiva me invitó a su casa a comer en Navidad, así al menos no pasaríamos tan señalado día solos.

Y aquí estoy yo, presto y dispuesto a pasar el día con él. Me doy cuenta de que llevo aquí de pie mojándome un buen rato, observando a aquel hombre que era un completo desconocido hace poco, por lo que me acerco y lo saludo.

-¡Te has adelantado, buen hombre! –me dice sonriente. –Anda, ayúdame un poco con esto.

La verdad es que me apetece seguir mojándome, refrescándome la cara con esa aguanieve que cae en diagonal, antes de entrar en casa. Hablamos poco y sigo sus instrucciones con obediencia.

Al entrar en casa veo que lo tiene casi todo preparado, me satisface comprobar que también esperaba con entusiasmo esa comida. El olor que sale de la cocina es rico y la mesa está muy bien arreglada dentro de su modestia.

Tras enseñarme su casa nos sentamos a la mesa. No es mal cocinero y lo cierto es que hay de casi todo. Tomamos vino y cerveza. Conversamos de muchos temas, sobre el porqué de nuestra soltería, el no haber tenido hijos...

Estamos cómodos, hay confianza, es el momento de decírselo. Estoy delante de mi padre, he venido a esto, a decirle que soy su hijo, a encontrar alguna respuesta, pero una vez lo tengo todo a mano, me da vértigo. Empiezo contándole que soy adoptado, que mi madre biológica murió y a mi padre no había podido encontrarlo hasta ahora, que mis padres adoptivos eran magníficos, aunque también habían muerto desgraciadamente… pero no sé decirle la verdad.

Al oír estas cosas noto que sus labios y sus manos comienzan a temblar, le cuesta pelar el marisco y mantener la compostura. Recuerda algo, algo le ha tocado, pero se mantiene firme, por lo que cambio de tema lanzando alguna broma para destensar el ambiente. Tengo que reconocer que le tenía cierto rencor, pero verle así me despierta una extraña ternura e incomodidad.

Empezamos a hablar de trivialidades, de deporte y cosas así. Sabía que podía pasarme esto, de hecho, en el fondo, sabía que me pasaría, por eso tengo un plan B. No puedo irme de aquí sin decirle de alguna forma lo que quiero que sepa, aunque mi cobardía me impulsa a hacerlo de tal forma que no me obligue a estar presente cuando tome su decisión o reaccione.

Aprovechando una de sus idas al baño dejo una carta con una foto en un estante. Por escrito me expreso mejor y puedo ocultar mis sentimientos, prepararme con calma para el impacto que sin duda vendrá. Le diré lo que le tengo que decir cuando esté fuera para despedirme. Me temo que no he madurado todo lo que esperaba a mis años… Iba a dar un vuelco a su vida, es verdad que estoy en mi derecho de saberlo, o quizá no, no lo sé, pero iba a perturbar la vida de ese hombre a traición y la mía propia.



Llega el momento, pero justo cuando voy a salir por la puerta me detiene y trastoca todo lo planeado.

-Tuve un hijo, ¿sabes? Fue hace mucho tiempo. No estábamos casados, ni siquiera nos amábamos, y, desde luego, no teníamos nada. Nos pudo el miedo, pero con el tiempo creo que nos pudo más el amor. No teníamos nada que darle, nada que ofrecerle, no podíamos cuidarlo. Lo rechazamos, lo rechacé, para que tuviera una buena vida, una buena familia. Es una certeza que no lo habríamos criado juntos, la relación con su madre no iba a durar, pero me he arrepentido toda la vida. Hoy sería su cumpleaños, nació el día de Navidad, y todos los años iba a verle desde la distancia este día. Sí, sabía qué familia lo había adoptado y todas las navidades las pasaba con él en la distancia al menos un rato, cuando salía a jugar en la nieve o con sus padres, y después cuando las pasaba solo, cuando se hizo adulto. Todas, no falté ninguna, salvo esta, porque jamás pensé que él vendría a pasarlas conmigo… Feliz Navidad, David, feliz cumpleaños, hijo.


viernes, 30 de diciembre de 2016

POR LA CIUDAD

RELATO










Soy un irredento solitario. Siempre lo fui, incluso cuando desarrollaba algún talento olvidado ya, cuando me las daba de artista o creía serlo, cuando decían que escribía bien. Ya nadie se acuerda de aquel talento… ni yo mismo. Sí, yo iba para intelectual, pero de aquello sólo me queda el escepticismo.

Estas fechas son buenas para practicar ese escepticismo, muy valorado por los intelectuales, y yo lo gozo ejerciéndolo desde mi atalaya “underground”.

Ahora soy un “tirao”, vivo en la calle y estoy solo, no tengo familia ni falta que me hace, me las apaño como puedo y no me va mal. Bebo bastante y me drogo moderadamente para pasar algunos buenos ratos. Me entretengo vagabundeando, rateando aquí y allá, pidiendo o sacando unos cuartos con cualquier mercancía que se puede vender, pero mi actividad favorita es sentarme a observar el teatro, el mundo ante mis ojos, desde un banco en un parque, en una calle o en mis vagabundeos.

Observo cómo me miran, sé que me desprecian tanto como yo a ellos, pero lo disimulan mejor. Fingen que han pasado la mirada como si tal cosa sobre mí, continuando la conversación con su pareja como si no pasara nada, pero un escalofrío les recorre la columna cuando nuestros ojos se cruzan. Hoy he estado paseando por el centro, viendo a la muchedumbre en su orgiástico frenesí consumista, sus muestras de cariño babosas y edulcoradas que no han ejercitado en todo el año. Está bien, algo es algo… supongo. Se sienten bien con sus regalos y sus paquetes envueltos para llevarlos a casa, abrigados y tranquilos, dispuestos a comer y beber bien tras dar un par de limosnas aquí y allá. Y así se sienten aún mejor. Hacen bien, yo hacía lo mismo, pero no se me ocurriría volver a aquello aunque pudiera.

Miran sin ver, nos miráis sin ver, pero mi desprecio hacia ellos, hacia la mayoría de vosotros, es por puro hartazgo, no lo toméis como algo personal.

Aquel de allí es Carlos. Un pobre desgraciado. Solitario, como yo, pero distinto a mí. Él añora a su familia, se quedó en la calle tras un divorcio desastroso. Hace mucho que no ve a sus hijos. No sé quién se avergüenza más, si ellos o él. Tan solo habla conmigo y vive en su coche. Es tímido, le cuesta relacionarse, aunque le gustaría. Sobre todo con Lorena.

Es un tipo muy honrado, jamás se mete en líos ni ha robado nada nunca, que yo sepa. Allí está pidiendo y algunos, llenos de paquetes de El Corte Inglés, le darán 20 céntimos por aquello del espíritu navideño… En eso tampoco es como yo. Aquí tengo unos guantes y una bufanda que he mangado de una tienda al pasar. Y una manzana que me estoy comiendo y que me está sabiendo a gloria, porque tengo hambre. No echarán nada en falta... Seguro.

Yo duermo donde puedo, no me gusta ir a albergues ni esos sitios, aunque me paso de vez en cuando y mantengo alguna relación superficial con algunos, por pasar el rato, ya saben, por variar la rutina.

No tengo amigos porque no quiero, no me apetece la compañía, aunque hay una chica que es bastante maja con la que me gusta hablar cuando voy al albergue.

No aguanto estas fiestas ni esas luces ni sus típicos olores, no aguanto esa felicidad reinante ni esta cantidad de gente que me atosiga. No puedo ir por ningún sitio en paz. ¡No tengo intimidad en esta gran ciudad!

Hoy es más insoportable que de costumbre, evidentemente. Es Nochebuena, por tanto más regalos, más paseos, más ociosos y más felicidad. Ha tocado pasar el suplicio de estos “papanoeles urbanitas” y su transitar como zombis cargados hasta que ha llegado la hora de ir a atiborrarse a sus cálidas casas con sus suculentos manjares.

Al menos ahora hay tranquilidad en las calles. Voy a convencer a Carlos para que venga al albergue, le convendrá estar acompañado y esas cosas, por aquello de la soledad y la nostalgia, que algunos no llevan bien estos días.





De camino al albergue ya no se ven niños que “se lo piden todo” ni abuelos que han debido venir a pasar las fiestas a vagabundear como yo, buscando obras que mirar o palomas que alimentar. Puros estereotipos sentados frente a mí en el parque. Le digo a Carlos que no se preocupe, que yo le presentaré a la gente, que es maja, porque él estaba un poco reticente. Una vez entramos vemos un ambiente festivo en un recinto abarrotado. En la puerta le doy a Carlos los guantes que había robado.

-Dáselos a Lorena.

-¿No serán robados?

-¡Para nada! Son muy baratos. Le gustarán.

-Me da vergüenza.

-No seas capullo. Felicítale las fiestas, dale ese regalo, un par de besos y empezáis a hablar. ¡No es difícil, joder, has debido hacerlo antes!

-Hace mucho…

Aún así, cogió los guantes y se adentró en la marea de gente en busca de su objetivo con paso decidido.

Yo, por mi parte, saludo aquí y allá en busca de la chica que os comenté, por aquello de la educación, ya sabéis. Tras un buen rato alcanzo la otra esquina de la estancia, no sin esfuerzo, que es donde suele estar ella con su padre, al que cuidaba con esmero ya que ahora tiene catarro.

-¡Hola, Miriam! 
              
-¡Hombre, que alegría verte! ¿Qué tal estás? ¡Menudo día!

-Sí, ya sabes cómo son estos días. Toma, he traído esto para tu padre… por lo del catarro...

-¡Muchísimas gracias! Con este frío no sé cómo no cogemos todos una pulmonía ¿No será robada?

-¡No, para nada! Estaba barata.

-Es una bufanda muy bonita. ¿Te sientas conmigo?

-Claro.

Es maja. Y allí sentado veo como mi amigo Carlos sonríe tímidamente ante la gratitud de Lorena, que acababa de recibir su regalo, mientras me acurruco al lado de Miriam, esperando la cena y las bebidas.

En fin, que odio la Navidad...