lunes, 12 de marzo de 2012

Crítica: TODOS LOS HERMANOS ERAN VALIENTES (1953)

RICHARD THORPE










Cinta que mezcla drama y aventuras navales dirigida por el correcto y competente Richard Thorpe y protagonizada por Stewart Granger, Robert Taylor y Ann Blyth.

Adaptación de una novela de Ben Ames Williams cuenta la historia de dos hermanos, Joel y Mark Shore. El primero sucede al segundo como capitán al dársele por muerto en el último viaje. Joel se casa con Priscilla antes de embarcarse de nuevo y ella irá con él. Tratará de averiguar qué pasó con su hermano consultando a la tripulación que no le aclarará demasiado. Priscilla era amiga de los dos desde muy pequeños. Inesperadamente, al llegar a una isla tras la caza de una ballena, encuentran a Mark que se incorporará a la tripulación, creándose un conflicto entre los dos hermanos, con Priscilla y unas perlas perdidas como eje central de ellos.



Thorpe demuestra una vez más su competencia para sacar adelante títulos de aventuras con una buena película de género. Dentro de sus indudables virtudes habría que decir que aunque como película de aventuras funciona estupendamente, y como película en general también, titubea en el componente psicológico que tienen los personajes y la trama. Dentro del ámbito del cine de aventuras podríamos reprochar que la escena de la pelea en el barco concluye de forma algo “escapista”, y la huida con la chica de Mark (Stewart Granger) de la isla, perseguidos por los nativos, resulta algo artificial. Por el contrario tenemos un ritmo y tensión excelentes y escenas memorables como la de la caza de la ballena.



El mayor problema de la cinta viene de que la historia tiene un gran componente psicológico y que al tratarse de una cinta de aventuras resulta difícil congeniar ambos registros, así las relaciones entre personajes y su definición acaba resultando simplista y superficial. Conflictos de la infancia entre un hermano dominante que necesitaba ese dominio como autoafirmación, un dominio y prepotencia que se confunde con valentía, y otro hermano más sumiso y sereno y en el que se confunden la discreción y el conformismo con cobardía. Así al pendenciero y extrovertido Mark se le considerará “valiente” sobre todo al imponer su criterio, requisito que necesita para afirmarse, mientras que al sereno y tímido Joel, que nunca busca la confrontación y procurará usar el sentido común en vez de la violencia, si puede evitarlo, se le considerará “cobarde”.



En un momento dado la película planteará la duda de si Mark tiene razón sobre la cobardía de su hermano, algo que la propia película se había molestado en desmentir al principio en la escena del bar, entendiendo “valentía” como enfrentamiento violento.

A estos dos sumamos el personaje de Priscilla (Ann Blyth), inmaduro, superficial, de un infantilismo grave y una inteligencia justa, que no valorará a su marido por lo que es sino por lo que cree que debería ser. Esto la llevará a la confusión y a inclinarse por Mark, aunque la historia acaba antes de empezar. Se intuye cierta inclinación de Priscilla por Mark, pero más por interés en esa personalidad extrovertida y atrayente, en su encanto personal y atenciones que le dedicó de niña, que a un sentimiento profundo. Es algo bastante superficial y que se acaba viendo en la escena en la que “ve la luz”; la buena de Priscilla tiene un sorprendente momento de lucidez para ver la verdadera naturaleza de cada uno de los hermanos que la libera de su breve confusión (unos segundos).



El mayor problema es que parece que Joel al final debe demostrar su valentía a todos, lo que acabaría dando la razón a los que la cuestionaron en su momento, y en especial a su mujer, que arrepentida y en un principio sutilmente ignorada por él, se da cuenta de su error al ver como Joel se enfrenta a todos. Pero Joel muestra esa valentía de cara a todo el mundo, no por él mismo, sino que la expone. Esto da como conclusión una apología de la valentía como rasgo esencial de una persona, ya que Priscilla, que en una época machista se muestra más machista que nadie, parece considerarlo esencial para recibir sus atenciones.


Se da a entender que si no eres de esa determinada forma no vales, y es en este punto donde la tesis se muestra débil. A esto sumamos la excesiva velocidad con que se resuelven los conflictos, entre los esposos por ejemplo, planteados y definidos esquemáticamente, pero resueltos con una enorme y artificial superficialidad. Conflictos entre hermanos, insinuación de infidelidades y muerte de uno de ellos, son temas resueltos en pocos minutos y sin el más mínimo análisis.



Encontramos un conflicto similar en esa obra maestra que es “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958), donde el personaje de Gregory Peck es requerido por su novia continuamente para que demuestre su hombría/valentía, y reprochado cuando considera que no lo hace o no se comporta como ella cree que debe comportarse un hombre, que  generalmente será recurriendo a la violencia. Peck no cree en ello y nunca cederá a esas insinuaciones ni pretenderá ser lo que no es. Cuando Peck pasa a una posición más activa, por ejemplo en la escena de la doma del caballo y la de la pelea con el personaje de Charlton Heston, lo hará en privado, para él mismo y por él mismo, nunca para demostrar nada a nadie, tan solo a él mismo si lo necesita. Su novia nunca se enterará de estas situaciones salvo de forma indirecta, nunca por él. El desenlace de esa relación es totalmente coherente, profundo y lógico, y contrasta con el de la película que nos ocupa, que resulta forzado, artificial y superficial. También tiene algún defectillo de punto de vista.


Pero lo cierto es que a pesar de esos defectos es una película realmente recomendable para los amantes del cine de aventuras, del puro cine. Correctas interpretaciones, buenos personajes, buena dirección, entretenimiento, momentos extraordinarios, espíritu épico, estupenda historia, bien contada, la sensación que lograban las películas clásicas de vivir una aventura real y especial, de estar viendo un mundo casi mágico sin necesidad de grandes alardes. Esa magia está aquí también. Más que digna.







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