lunes, 23 de mayo de 2016

Crítica CAPITÁN AMÉRICA: CIVIL WAR (2016) -Parte 1/2-

ANTHONY RUSSO,  JOE RUSSO











La mejor saga de superhéroes tras los Batman de Nolan. La mejor de Marvel, como es lógico. Esta tercera entrega sobre el Capitán América, que incluye a otros muchos superhéroes además, corrobora la calidad de una saga que desde su inicio se distinguió por su profundidad, capacidad simbólica y alegórica y categoría reflexiva y filosófica.





En la primera entrega, denostada por muchos y sólo defendida por unos pocos entre los que orgullosamente me encuentro, “Capitán América: El primer vengador” (Joe Johnston, 2011), tuvimos una magnífica muestra de narrativa clásica que desconcertó a muchos porque renunciaba casi voluntariamente a su vertiente de espectáculo, dejándola en segundo plano para centrarse en la presentación, descripción y desarrollo de su protagonista y su carácter alegórico, reduciéndola a meros momentos de transición o escenas de acción cortas y no excesivamente espectaculares. Ese fue el gran error de la película, que como espectáculo no funcionaba bien, cuando debe ser uno de sus fundamentos.


Allí teníamos la mejor presentación y definición de un personaje Marvel, la perfecta alegoría de los grandes valores americanos. La personificación de la honestidad, el idealismo, la heroicidad, la intrepidez, el valor y la justicia, dispuesto a todo para defender esos grandes valores. La personificación de un país idealista, inocente, ingenuo, puro, joven y de valores definidos y claros, irrenunciables.

Con “El soldado de invierno” (Anthony y Joe Russo, 2014) tuvimos su magistral continuación conceptual y filosófica, la evolución perfecta del personaje y su concepción alegórica y simbólica unida a la evolución de América, además de corregir los errores de su predecesora, ya que es también un extraordinario espectáculo que la convirtió por derecho propio en uno de los mejores títulos Marvel.

Tras su largo sueño, como un bello durmiente, Steve Rogers comprueba que los Estados Unidos de los grandes valores e ideales, de los principios puros, que aquel inocente e ingenuo país en el que creía, ya no existe, que el bien y el mal ahora son ideas difusas de líneas borrosas. El impacto que provoca la pérdida de inocencia de un país es el que vemos reflejado en el propio protagonista. Steve Rogers descubre un país sustentado en la mentira, el engaño, la desconfianza, la ambigüedad (moral y de todo tipo), donde los enemigos son difusos, compartiendo espacio con los héroes sin poder distinguirlos. Así, el Capitán América queda perdido, desubicado, desorientado y desarraigado, sin saber muy bien a donde pertenece, como solitario paradigma de los grandes valores americanos, obsoleto, desfasado en sus idealistas valores, como quedaron los viejos pistoleros con la llegada del ferrocarril. Así es él, el verdadero contenedor de esos valores, un héroe solitario, como los viejos pistoleros del lejano oeste. Y es que el western y su evolución no son ajenos a esta saga.



No estamos tan lejos de Liberty Valance y sus reflexiones sobre la ley, la justicia, la libertad, sus límites y peligros, el ideal y las servidumbres, la democracia y sus ambigüedades… Guardando las distancias, pero para una saga de superhéroes no está nada mal.

Libertad e independencia. Democracia y ambigüedad. Control gubernamental e intervencionismo.

Y así llegamos a esta tercera parte, que se adentra en los complejos límites y aspectos de la libertad, la democracia y la independencia.

La independencia es siempre un objetivo a conseguir, pero es un aspecto complicado. Ser independiente es difícil y duro, especialmente porque da miedo a los que no lo son. Para estos, el independiente es alguien que no pueden catalogar, etiquetar, que no pueden sumar al gregarismo generalizado. No es de confianza porque en cualquier momento puede llevarte la contraria en función de su coherencia personal o criterio propio. 


La independencia da miedo por las veleidades del comportamiento humano, del cual esperamos siempre lo peor.

Pero no todo es bueno en el hecho de ser independiente y plantea riesgos y problemas en según qué ámbitos y circunstancias, porque la independencia no implica que se tenga razón ni se hagan bien las cosas. ¿Qué ocurre entonces cuando en coherencia con tus principios y tu independencia de criterio, estando además en lo cierto y lo correcto, chocas con lo que imponen el orden y la mayoría? ¿Hay que resignarse o se debe luchar por ello? De admitirse tu independencia, ¿debemos admitir la de todos, porque sino tiraríamos abajo fundamentos democráticos esenciales y la idea de norma y orden, aunque no tengan razón ni fundamento? Esto generaría un gran problema.

¿Debe admitirse la independencia de un colectivo o una persona porque es superior, se cree superior o tiene categórica y verazmente la razón? ¿En conciencia se debe actuar con independencia y ajeno al criterio mayoritario si tenemos una certeza absoluta?

Sobre todos estos problemas habla “Civil War”. Temas que proceden de la problemática que plantea un grupo de superhéroes, seres superiores pero que no responden ante nadie salvo ante sí mismos, una organización privada e independiente, pero que interviene en otras organizaciones soberanas, en estados. A partir de aquí se fundamenta y desarrolla la tesis de la cinta y del conflicto que vertebrará la relación y la división entre los propios superhéroes. Unos ven lógico y necesario someterse a la voluntad estatal, procedente de la soberanía nacional, del pueblo, mientras que otros ven eso una irresponsabilidad, ya que no actuar por un mandato cuando están capacitados para ello sabiendo que son necesarios, atentaría contra la propia conciencia individual y, por extensión, el bien general…






No actuar, autoculparse por un error que lleve a la inacción, termina por ser injusto con uno mismo, porque ¿de quién es la culpa y el verdadero error, del que está dispuesto a hacer el mal y sembrar el terror sin miramiento alguno o del que pretende evitarlo y falla involuntariamente en una situación de máximo riesgo? No asumir la responsabilidad y que habrá bajas puede llevar a esa inacción, lo que puede desembocar en una masacre de infinitas bajas… Estos argumentos usará Steve Rogers (Chris Evans) con la Bruja Escarlata (Elizabeth Olsen).



Nosotros intentamos salvar vidas. No siempre podemos salvarlos a todos. Si no somos capaces de asumir eso, tal vez la próxima vez no se salve nadie”.

La cuestión está en si esas acciones necesitan un control o el grupo debe mantenerse independiente, gestionándose él solo, conocedores de la situación y sus capacidades.

Esto da miedo al resto. Cuando en esas acciones independientes, en estados soberanos, se producen daños colaterales, la reflexión y la polémica se disparan. Unos superhéroes son activos válidos y positivos, pero sin control dan miedo, porque, ¿y si no son sensatos? ¿Y si su actitud cambia? ¿Y si se corrompen o tienden al mal? ¿Y si cambian?



¿Y si nos envían a donde creemos que no debemos ir? ¿Y si no nos dejan ir allí donde necesitamos actuar?Steve Rogers.

Temas de plena actualidad, donde la propaganda es muy mirada a la hora de actuar, donde un daño colateral puede hundirte ante la opinión pública aunque tu intención fuera buena, donde la lucha contra el terror se juega en muchos y complejos niveles, donde el bien y el mal se van difuminando bochornosamente…

Los vengadores” son un grupo con buenas intenciones y capacidad ilimitada, son incontrolables. Ceder al control gubernamental es sólo dar una apariencia de seguridad que proviene de la voluntad individual y de la resignación del propio grupo, capacitado para obviar cualquier tipo de control. Es una sumisión.

Es muy fácil y rápida la forma en la que se puede pasar de héroe a justiciero (incluso mero esbirro), de pacificador a peligroso, de un bien necesario a una imposición que se salta la soberanía de los países sin rendir cuentas. La ley lo define aunque la esencia y la naturaleza no cambien.

Nuestra fuerza invita al desafío, el desafío incita al conflicto y el conflicto… genera la catástrofe”. Vision (Paul Bettany).

Aquí no hay que tomar ninguna decisión. Hay que rendir cuentas”. Tony Stark (Robert Downey Jr.).

Si no somos capaces de aceptar limitaciones, no somos mejores que los malos”. Tony Stark.

Uno se rinde si no se responsabiliza de sus actos”. Steve Rogers.

Son múltiples las lecturas que nos llevan hasta las profundidades intrínsecas de la democracia. Desde el liberalismo que pretende menos estado e intervencionismo a las ideologías más socialistas que pretenden un mayor control. De lo privado contra lo público. De la independencia contra el control. De la ley contra la justicia, como mencioné antes en la referencia a “El hombre que mató a Liberty Valance” (John Ford, 1962).

Steve Rogers, el Capitán América, lidera al grupo que se opone al control gubernamental, mientras que Tony Stark, Iron Man, lidera el grupo que ve beneficioso firmar el acuerdo y aceptar controles de un comité de las Naciones Unidas.





Les jubilaremos”.

Al final todo se reduce al individuo, pero el argumentario opuesto recurre a la generalidad. Cuando Stark argumenta a favor de la supervisión, lo hará poniendo como ejemplo un caso individual; en contra se opondría que se salvó a otros muchos. Lo mismo ocurre a la inversa, para argumentar los beneficios de la acción independiente se pueden exponer infinitos casos concretos e individuales, de los cuales la película es buena prueba, pero en contra se expondrán los “daños colaterales”.




La abstracción general es loable, aunque puede resultar fría o manipuladora. La definición y el hecho individual es el generador de emociones, el vinculador. Esto lo reafirma la película apostando por las tesis del Capitán América, como Ford apostaba por John Wayne a pesar de tener que conformarse con James Stewart.  Pero no sólo se queda ahí. Tony Stark, principal defensor de la supervisión de las Naciones Unidas, obviará toda circunstancia y pensamiento anterior cuando descubra que Bucky (Sebastian Stan) fue quién mató a sus padres, sumergiéndose en la rabia vengativa… La trágica historia del villano, que perdió a su familia en una misión de “Los Vengadores”, se moviliza también por la venganza y cómo le afectó ese hecho en lo personal. Uniendo a héroe y villano, que actúan de la misma forma ante el mismo hecho. La película marca muy bien de esa forma dónde están los límites irracionales del individualismo, desde la comprensión, así como se decanta intelectualmente hacia la libertad del individuo desde su sensata gestión.




Lo mismo le ocurre a Black Panther (Chadwick Boseman). Aunque con ciertas reticencias, apoya a su padre en la necesidad de control sobre “Los Vengadores”, pero cuando éste muera en un atentado sólo le movilizará la venganza personal, hasta el punto de unirse a Iron Man no por principios, sino porque El Soldado de Invierno está en el otro bando. De nuevo lo personal se antepone a la abstracción.


-Stark: Cuando vi lo que mis armas podían causar en manos equivocadas, eché el cierre y dejé de fabricarlas.

-Rogers: Tony, eso es algo que decidiste tú. Al firmar esto renunciamos a poder decidir.

Con esa réplica, apología de la libertad individual, Steve Rogers vencerá en su discusión con Tony Stark.

Son realmente buenas e interesantes estas escenas donde los superhéroes discuten y reflexionan sobre estos temas. Un sano debate sobre la sensata individualidad y sus peligros, así como sobre la manipulación que las organizaciones gubernamentales apoyadas en la democracia pueden hacer de esas individualidades…

Comprométete cuando puedas, pero cuando no puedas, no lo hagas”. “Aunque todos a tu alrededor te digan que algo malo es bueno, y aunque el mundo entero insista en que te muevas, tu deber es permanecer firme como un árbol”. Este discurso de Sharon Carter (Emily VanCamp), la sobrina de la amada de Steve, Peggy Carter, en el funeral de aquella, que pasará a sustituirla en su corazoncito (todo queda en familia), reafirmará la decisión de Steve.


-Stark: Hago lo que se debe hacer. Intentar evitar algo peor.

-Rogers: Sigue autoconvenciéndote.

Tony Stark lleva una curiosa evolución de ida y vuelta, ambigua y contradictoria. Encontrará en su camino argumentos que le van llevando la contraria, no sólo de Steve Rogers, sino también en aliados que capta, como en su encuentro con ese espléndido Spiderman (Tom Holland) adolescente que lleva seis meses con poderes.


Sí, me encantaría jugar al fútbol, pero si antes no podía ahora no debería”. “Cuando puedes hacer lo que yo puedo hacer, pero no lo haces, y luego pasan cosas malas… la culpa es tuya”.



Todas las réplicas, los argumentos y la propia trama van encaminadas a dar la razón al Capitán América, con lo que como en el caso de John Ford en “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962), las ideas de los directores parecen claras.


La carta final de Steve a Tony deja en el aire la reconciliación y define la filosofía del Capitán América, cuando habla de que los individuos son su fe. Es decir, la libertad individual no es negociable para él, así como su poder es su responsabilidad, no la de otros. Un hombre que no encajó ni encaja en ningún lugar, que debe situarse en lo más alto de los ideales, sincerándose con su amigo.




sábado, 21 de mayo de 2016

IAN McEWAN: Niños En El Tiempo

LITERATURA









El bueno de Ian McEwan es uno de los grandes autores vivos, sin ningún lugar a dudas, un autor profundo y muy inteligente, con un universo obsesivo muy personal, que es firme candidato al Nobel en la actualidad. Uno de los miembros de la llamada “generación Granta”, denominación adjudicada en honor a la publicación del editor Bill Buford, que apostó por ellos y los lanzó al estrellato.

McEwan se hizo más conocido en este país gracias a la adaptación cinematográfica de su novela “Expiación, más allá de la pasión” (Joe Wright, 2007), que obtuvo 7 nominaciones al Oscar. No ha sido la única adaptación a una novela de McEwan: “El jardín de cemento” (Andrew Birkin, 1993); “El placer de los extraños” (Paul Shrader, 1990), que adapta “El placer del viajero”; “El inocente” (John Schlesinger, 1993); “Solid Geometry” (Denis Lawson, 2002), que adapta un relato corto del autor titulado “Primer amor, últimos ritos” o “Amor perdurable” (Roger Mitchell, 2004)... Su novela "Ámsterdam" está considerada una de sus obras maestras, uno de sus trabajos más elogiados, premiados y reputados.

McEwan tiene un universo perturbador, profundo, descarnado en su sencilla autenticidad. Relatos que se adentran sin complacencia en las debilidades humanas, en sus mecanismos de defensa ante la tragedia, sin edulcorantes, pero desde todos los puntos de vista, los positivos y los negativos, los más agradables y consoladores y los más complejos y dolorosos.

Hay temas recurrentes en ese universo personal del autor, muy reconocibles en sus novelas. La pérdida y el sufrimiento que esta supone han vertebrado varias de sus obras más conocidas. Ese tema es, precisamente, la columna vertebral del libro que comento aquí, la pérdida de una hija, secuestrada, y lo que esta supone para un matrimonio, en especial para el padre, Stephen.

McEwan coge ese tema y lo desarrolla y examina con una sensibilidad y profundidad que abarca todo punto de vista, toda perspectiva sobre el mismo, de igual forma que reflexiona sobre otros muchos aspectos derivados de esa tragedia. Sacando partido a todo, máximo partido, con estilo simbólico ocasional y muy sofisticado. El destino y la importancia de cada decisión que tomamos, en cada momento, por intrascendente que parezca, el sentimiento de culpa y el arrepentimiento derivado de él, el tormento pasado, en este caso esa pérdida…



McEwan podría definirse como un autor del arrepentimiento, de ese tormento pasado, de la búsqueda de evasión, de esos mecanismos de defensa que utilizamos para huir de la tragedia, de lo que no podemos asumir, del dolor. Los pasados trágicos son habituales en el inglés. La obsesión y la evasión son temas fundamentales de McEwan.

Los momentos de evasión, de apatía vital, aburrimiento, rendición ante la pérdida, nos remiten en cierta medida a la atmósfera de la literatura de David Foster Wallace. Apreciable sobre todo al inicio de la novela.

McEwan ambienta su novela en un futuro cercano y anacrónico donde la miseria está muy presente.

La infancia, su estudio, sus miedos e ilusiones, sus contrastes, es examinada desde todo punto de vista, incluso perspectiva, en primera persona y como recuerdo pasado, desde la nostalgia, la pena y la alegría, como algo propio y algo ajeno, de la propia y de la de los demás… De su vínculo con el mundo adulto. Un estudio exhaustivo, completo, profundo, fiel al estilo de McEwan. También sobre la educación.

Las referencias a la infancia en el desarrollo conceptual del tema son numerosísimas y de todo tipo: literatura infantil; la pérdida de la niña; profesores infantiles entre los personajes; la dedicación del protagonista, que es novelista infantil; la idea de perpetuar la juventud, de aferrarse a la infancia o a su recuerdo, como referente, ejemplo, ensoñación o lugar donde cobijarse; la inmadurez antes de las responsabilidades; la consciencia antes del nacimiento; la regresión a la infancia del amigo del protagonista; la relatividad del tiempo y la infancia, su presencia y variantes a todas las edades; la infancia y su tiempo, la dificultad y necesidad de acompasar tiempos, de vivir en el que nos corresponde, de compartimentar; la asunción del término, finalización, de su infancia, la de nuestro protagonista, con tres generaciones distintas presentes; las modas y especulaciones variables, en todo orden de cosas, aquí en la educación infantil, absurdas teorías y sus contrarios como dogmas. Salud, educación, hábitos… Todo esto íntimamente relacionado con nuestro protagonista, que nos mostrará su propia infancia, sus recuerdos, incluso.

La madurez, obstinada, la madurez como obligación, como necesaria apariencia en el mundo adulto, una incómoda obligación que se repele, especialmente en la desgracia, cuando fracasamos en su ejecución, en las obligaciones y responsabilidades que nos damos…

Junto a la infancia, el otro gran pilar conceptual es el del tiempo, como bien subraya el título de la novela. El tiempo visto desde todos los puntos de vista también, examinando su contenido y sentido con profundidad, desnudándolo por completo, desbrozándolo, intentando coger cualquier aspecto reseñable para reflexionar e intentar encontrar sentido en su concepto. El tiempo y sus matices, el eterno presente infantil, el apego al pasado conforme nos hacemos adultos, el recuerdo, el tiempo que se escapa aunque sigamos sintiéndonos niños, el tiempo que desaprovechamos, que tiramos voluntariamente, compadeciéndonos, rindiéndonos, el tiempo perdido de Proust

Viajes al pasado, a la infancia de Stephen, el protagonista, exótica, junto a sus padres. Todo es la infancia perdida, el pasado. Viajes incluso a su gestación, antes del nacimiento de Stephen, la relación y noviazgo de sus padres, sus dudas… Los niños y la idealización, o no, de los padres en la infancia, un mundo pequeño, casi perfecto. Los malos momentos recordados como sueños. Y las aventuras y rutinas especiales… El tiempo desde la ciencia, la teoría cuántica, Einstein, la relatividad…

McEwan incluso utilizará la fragmentación temporal en su narración, como recurso estilístico coherente con el fondo. Flashbacks, recuerdos, saltos adelante y atrás en el tiempo, viajes al pasado, regresiones…

Todo esto nos lleva a la idea de paternidad, nuestra función como hijos, como padres o como ambas cosas a la vez. Ser hijo, ser padre. Las lagunas del conocimiento mutuo, el desconocimiento ante aquellos que tenemos cerca, desconocimiento de nuestros padres, de nuestros hijos a la hora de la verdad, la añoranza de las preguntas no realizadas y las conversaciones no mantenidas, expuestas ante nosotros en la pérdida y la lejanía, muy bien reseñadas en la relación del protagonista con respecto a su hija desaparecida y su mujer. Intentar mantener esas conversaciones ocultas, sacarlas a la luz desde el ostracismo con los que tenemos cerca para no añorarlas más… La idea de la educación está mezclada con la política, escenificando un mundo dirigido, que pretende el control a través de dicha educación, su intención de control.

Niños en el tiempo” es además una grandísima reflexión sobre la naturaleza y debilidades humanas en situaciones límite. Sus mezquindades y ridículos, sus justificaciones.

McEwan busca siempre el contraste, lo bueno y positivo y el giro negativo. Esto se convierte en un estudio de la necesidad de evasión del ser humano, el escapismo para digerir lo negativo, o evitarlo, para huir de la desgracia. McEwan logra una interesante atmósfera y descubre una estructura realmente brillante, inteligente, calculada, donde nada está colocado al azar. Una narración repleta de ecos, paralelismos, que son excelsos y brillantísimos, un juego increíble, excepcional, de repeticiones completamente conscientes, y una capacidad de sugerencia y una inteligencia en la exposición de ideas encomiables. El mencionado juego de ecos y paralelismos merece todo elogio, uno de los sobresalientes en la novela. Fíjense porque merece la pena.

Hay más ideas que salpican la historia que nos cuenta McEwan, breves e inteligentes pinceladas y metáforas. Un ejemplo, la metáfora de una sociedad aborregada simbolizada en el público de concursos televisivos, esperando instrucciones para saber cómo comportarse, cuando aplaudir… Como los votantes. Otro, su agudísima reflexión sobre la inutilidad de tantos y tan grandes y extensos conocimientos sobre cosas y personas, sobre los otros, los demás, que acaban en nada, en la nada.

Hay una interesante relación con la muerte del protagonista, Stephen como un ángel de la guarda en varias ocasiones, con un conductor, con una chica, con su amigo… Una novela que suma a lo mencionado un extraordinario retrato de lo que es el deterioro en una pareja, en este caso por un hecho traumático, con una evolución de dicho retrato realmente ejemplar.

Niños en el tiempo” no es, ni mucho menos, un libro divertido ni entretenido, es difícil, pero tremendamente inteligente y de calidad. Es un libro complejo, difícil, de mucha calidad, inteligente, no apto para todo público, pero que si deseas una experiencia literaria de calidad deberías deleitarte con su lectura en cuanto tengas ocasión. Es una obra magnífica.

Él dirigía mentalmente largos y elocuentes discursos a Julie, que al correr de los meses revisaba y prolongaba. Estaban fundados en la poco provechosa idea de una verdad final, una visión irrefutable que alcanzaba la categoría de veredicto, cuya claridad y evidencia –sólo con que ella las escuchase- por fuerza tendrían que convencer a Julie de que su entendimiento de la situación de ambos, y su comportamiento en respuesta a ello, eran profundamente defectuosos… En cualquier otro asunto aceptaba con resignación el hecho de que la gente entendía las cosas de forma directamente relacionada con su personalidad, su formación y lo que deseaban; los trucos retóricos no podían transformarlos".

La falta de urgencia y la ausencia de cualquier sentido de destino le complacieron”.


El arte del mal gobierno consiste en romper la línea que separa el interés público del sentimiento intimo, el sentido del deber”.