miércoles, 25 de marzo de 2015

Crítica: DE REPENTE (1954)

LEWIS ALLEN












La decepción hecha película. Actores, director, trama, parecían conducir a algo interesante y aprovechable, pero la apatía y falta de entusiasmo, de elaboración, porque el talento debía presuponerse, lleva a que todo confluya hacia la torpeza y el absurdo. Si a veces los astros se unen para lograr una genialidad, aquí debían estar de vacaciones o de baja…

El director Lewis Allen, autor de correctos títulos dentro del género de terror, “Los intrusos” (1944) por ejemplo, y, sobre todo, en el thriller, se muestra incapaz de sostener una situación atractiva pero con un guión mediocre.





El gran problema de “De repente” es que todos los momentos complicados, a nivel de trama, se solucionan de la peor manera posible, quedando un conjunto lleno de incoherencias, gratuidades e ilógicas. Los comportamientos de los personajes, sus reacciones, la omisión en sus reacciones... todo va encaminado de forma torticera para que primero no se pille a los malos y luego se salven lo buenos. 
 
Es lamentable que esto suceda porque con un poco más de elaboración la cosa podría haber sido solucionada y haber dejado un proyector apreciable, ya que mimbres había.

Un modesto pueblo donde nunca pasa nada recibirá un gran acontecimiento, la visita del presidente de los Estados Unidos, lo que llevará la excitación al lugar y sus gentes. Aprovechando la ilustre visita, unos gángster planean asesinar el presidente, ocultándose en la casa donde vive un ex agente del servicio secreto y su familia, ya que es el lugar más adecuado para cometer el crimen.





Un viuda y su hijo, un policía que aspira a conquistarla interpretado por Sterling Hayden, escenas costumbristas en un supermercado o en el telégrafo y el impacto de la gran noticia, la visita del presidente, inician este corto relato de hora y cuarto. Un visita sin preparación alguna en un pueblo de mala muerte del presidente de los Estados Unidos, resulta extraño, pero nuestro protagonista organizará la seguridad como buenamente pueda en las pocas horas de margen que le dejan.




La convencionalidad lo sobrevuela todo, conoceremos a la desgraciada familia que recibirá la visita de los villanos para que les cojamos cariño y así la empatía sea mayor, nos afecte lo que les sucede y suframos por ellos. Una madre sobreprotectora, traumatizada por la muerte de su marido en la guerra, un abuelo sensato y defensor de los valores que defendía su hijo militar, un niño travieso...









Los villanos aparecen al cuarto de hora de función y llegarán a la casa de los Benson haciéndose pasar por agentes del FBI. Unos villanos liderados por Frank Sinatra. Unos falsos protectores de unos posibles asesinos que, en realidad, son ellos mismos. El engaño a la infausta familia.

La fachada no tardará en descubrirse y lo hará de forma seca y violenta, con un Sinatra de sádica sonrisa. En este esquematismo obligado por el poco metraje, la supuesta inteligencia y el plan de los villanos empieza a ser dudoso. Aunque les sirve para entrar en la casa no pueden presumir de haber atado todos los cabos ni de sutileza, disparando sus armas a pesar de estar rodeados de policías que quieren proteger al presidente, matando al encargado de dicha seguridad, es del servicio secreto, e hiriendo al protagonista, el sheriff Tod Shaw (Sterling Hayden). La excusa de que “el tren ahogo el ruido” resulta ridícula, ya que nosotros oímos el tren varios segundo después de la escandalera, e incluso aunque fuera así resultaría de un oportunismo muy forzado.

Repentinamente, nunca mejor dicho, a los villanos y los desgraciados protagonistas les entrará la preocupación por el ruido tras haber pegado varios tiros sin anestesia. No debería, ya que nadie parece haberse enterado, pero desde luego menos que nadie debería preocuparle a dicha familia, ya que llamar la atención del exterior sin que se note les beneficia.

La dirección de Allen es académica y clásica, planos generales y otros medios o planos americanos para las conversaciones, especialmente las que se hacen más intimas, siguiendo con panorámicas los movimientos de los actores dentro del encuadre, sin apenas angulaciones y rasgos distintivos, un estilo invisible. Una angulación, contrapicado, la tendremos cuando Sinatra haya amenazado y puesto sus reglas al resto, tras matar al agente del servicio secreto y herir a Shaw, retratando su dominación y mando en la casa.




Tiempos muertos y suspense forzado con Sinatra contando sus aventuras en el ejército mientras lo flipa con el rifle que usarán y deja al sheriff, el abuelo y la mujer buscando balas para una pistola en un cuarto sin vigilancia alguna, porque los otros dos tenían que estar preparando las cosas y escuchando al ególatra asesino…




El niño, un tocanarices, por no decir otra cosa, de manual se dedica a provocar a los villanos y sacar lo peor de Sinatra, que le dará algún que otro bofetón para que el público le crea capaz de cualquier cosa. Lo cierto es que no se nota ni se siente verdadera amenaza en ningún momento, entre otras cosas porque estos comportamientos torpes e infantiles no invitan a tomarse muy en serio a ese grupo de gángsters asesinos.

Hay momentos de puro bochorno recreándose en el artificio. Parece fácil generar suspense, pero no lo es, una buena muestra es esta película. Tras divagar con tonterías, Sinatra mandará a uno de sus matones a vigilar la habitación donde dejó a la familia. Justo antes, el abuelo informó de que había encontrado las balas que buscaba, tras hacerlo durante 5 minutos en un cajón que debía tener un fondo inmenso para que no las encontrara, porque si no es complicado de entender su torpeza…El caso es que el malote llegará justo cuando, por fin, está cargando el arma, y en un juego con el segundo plano el abuelo se verá obligado a fingir que se seca el sudor y dejar el arma dispuesta en dicho cajón, mientras al malote le entran los nervios. Un despropósito que deja perplejo.


Los diálogos son también para darles de comer a parte, con un Sinatra que parece un prepotente filósofo venido a menos, haciendo lo que puede con un texto lamentable.

¿Por qué no los matan y se quitan de problemas? Pues muy buena pregunta… Quizá no sean tan malos. El caso es que ¿por qué no los matan antes si tenían decidido que una vez terminado el trabajo iban a hacerlo? Ahí os he pillado, ¿verdad?

Por si fuera poco, Sinatra manda a uno de sus dos compañeros a darse una vuelta por el pueblo, “para ver que se cuece”… Una utilizad tremenda la de ese plan y reduciendo sus filas en el interior de la casa…

Aunque no pasa de la hora y cuarto la película acaba haciéndose morosa por las largas peroratas en las que Sinatra cuenta sus motivaciones y filosofías sin pausa ni descanso, alargando una trama extraordinariamente sencilla y sin alicientes extras más allá del planteamiento de manera gratuita y forzada.

 

Momentos gratuitos y de supuesto suspense, el policía que interroga al esbirro de Sinatra que fue al pueblo y el posterior tiroteo. En la misma onda tenemos la visita del policía a la casa, su poca esmerada investigación y los bravucones vaciles de Sinatra con la mujer.





Uno de los momentos más lamentables es cuando nos damos cuenta de que la furgoneta en la que vino el chico que pretendía reparar la televisión se ha volatilizado, tanto es así que cuando la policía llegue para preguntar por su jefe, el asesinado, no la verá. Puede que un campo invisible la protegiera de la visión policial, pero hasta ese momento el género de ciencia ficción no había hecho acto de presencia, aunque siendo el chico hábil con los aparatos quizá inventó algo… El caso es que una vez pasa todo eso uno se pregunta: ¿A qué viene esa arista de la trama con el técnico de televisión? Pues a nada, un artificio más para generar un suspense impostado y alargar una trama absurda de una película hecha con prisas y que se podían haber ahorrado. Una chapuza más, olvido de guionista, despropósito del director… Alucinante.

Hayden se pasa la película insinuando cosas en voz baja a la familia y en voz alta a Sinatra, pero nada de lo que dice tiene sentido ni intención alguna, aunque se nos haga pensar que sí. Cosas como “se ha puesto nervioso”, “quizá pueda hacer algo”, “hay que hacer que hable mucho”, salen de la boca de Hayden sin que sepamos para qué ni qué quieren decir, porque después de decirlas entra en trance durante unos minutos hasta que despierta con otra de estas revelaciones… Al final, por fin, hará algo y con un “durísimo interrogatorio” deducirá que Sinatra es un fanfarrón, algo que a nosotros nos queda claro al minuto y 38 segundos después de verlo, y le atacará en sus complejos, aunque tampoco sabemos para qué…





La parte final, con repentinas ocurrencias, como el invento del abuelo con la televisión, un chapucero que se convierte en experto mecánico, y su magnífica actuación fingiendo que le duele el corazón, un abuelo polifacético, agente, mecánico, actor… no hacen más que desesperar por su gratuidad y falta de elaboración.

El niño, que descubre la pistola que ocultó su abuelo en el cajón de la cómoda, decide llevársela simulando que es la suya de juguete de forma inteligente, pero cuando la madre le mande por agua antes de poder entregarla la dejará en cualquier lado porque… pues porque sí. Es llamativo y sorprendente el cúmulo de chorradas y comportamientos ilógicos de todos los personajes en la parte final, aglutinando tamaña estupidez que, por supuesto, debía estallar por algún lado… con el cebo de la electrocución con los 500 voltios y el agua…


 


El juego con la pistola, que Hayden enseguida se da cuenta de que es verdadera, unas dotes de observación francamente sorprendentes, va provocando una mayor vergüenza ajena según se estira la escena sin ton ni son, en otro forzado y bochornoso suspense. Cuando el esbirro le dice a Sinatra: “Johnny, déjame verlo una vez”, sabiendo el espectador que el arma está electrificada, no sabes si llorar o patear la televisión. Es el colmo del patetismo en la película. Por supuesto le dará calambre al pobre hombre y delatará su posición.




El clímax con los disparos cruzados es tronchante, y la mujer comprenderá lo bueno que es tener un arma a mano matando al villano junto a Hayden. Esas cosas unen mucho y por fin derrumbarán la barreras de la chica. Disparando unidos jamás serán vencidos. El amor…

Hayden y Sinatra hacen lo que pueden, recayendo el peso en este último, que se las ve y se las desea con un texto demencial. James Gleason, el abuelo, cumple. El resto de interpretaciones van de la corrección a la mediocridad.






Buen planteamiento que hubiera dado para una cinta negra de muy buen nivel y que sin embargo cae en el ridículo en la mayor parte del metraje. Un guión casi desastroso que parece tener la ilógica y las absurdeces por bandera, que acaba hundiendo una historia que prometía. Ni siquiera los competentes protagonistas (Frank Sinatra, Sterling Hayden, James Gleason...) logran salvar la función. 



El planteamiento de reunir a varios personajes contrapuestos en un escenario reducido ha dado grandes obras y momentos, en esta "De repente" no ocurre nada de eso. Uno recuerda cintas como "Horas desesperadas" (1955) de William Wyler, que tenía un planteamiento similar, y la frustración es mayor.

¿En qué estarían pensando Sinatra o Hayden para comprometerse a hacer esta cosa…?

Rodada en 4 semanas y con un presupuesto de risa supongo que no puede esperarse mucho más… ¿o sí?




lunes, 23 de marzo de 2015

Crítica: BLUE RUIN (2013)

JEREMY SAULNIER













Interesante thriller de poderosa dirección y buena atmósfera al que quizá le falta una vuelta de tuerca de guión y que tiene algún problema de ritmo, pero que cumple con su cometido. Un buen título de cine negro moderno en la onda de Jim Thompson y con la venganza como leit motiv esencial de los personajes.

Un pacífico vagabundo se entera de la salida de la cárcel del asesino de sus padres, por lo que emprende una espiral de venganza y violencia que no podrá parar.


El retrato de la vida del vagabundo Dwight (Macon Blair) es magnífico, con breves pinceladas y en pocos minutos. Sus incursiones en casas ajenas para bañarse, su coche como hogar, sus expediciones por los cubos de basura para comer… Un hombre que vive ajeno a la sociedad considerada normal, algo que aparece perfectamente resaltado visualmente con esa huida de la casa cuando llega la familia o esa feria donde todos se divierten a la luz de los neones mientras él en la sombra busca comida en la basura…




Otro ejemplo de esto lo tenemos cuando intenta rompe el seguro de un arma robada y una familia normal y corriente aparca su coche al lado del de nuestro protagonista, la normalidad siempre de manera tangencial hasta desaparecer por completo cuando Dwight y su omnipresente Pontiac se sumerjan en una simbólica niebla.

El aviso de la agente de policía de la liberación de un asesino relacionado con nuestro protagonista desencadenará la trama, donde al principio creeremos que Dwight huye del lugar, pero en realidad va a buscarle para vengarse, ya que mató a sus padres.



La dirección de Jeremy Saulnier es rica en sugerencias y ciertos simbolismos en esta primera parte, y sabe crear atmósferas de manera notable, manteniendo una tensión constante durante todo el metraje y logrando algunas escenas francamente conseguidas con un gran suspense. Un ejemplo de esta sugerencia que sumamos a esa idea de poner en paralelo al protagonista junto a la sociedad que lo ignora, lo tenemos en ese plano del parquímetro que casi oculta a nuestro protagonista, un hombre que parecía en stand by, pero al que le ha llegado la hora de actuar.


Todo parece indicar que pretende huir y protegerse, pero en realidad los movimientos de ese aparentemente inofensivo vagabundo se dirigen hacia la venganza, desde ponerse en camino para seguir los pasos del preso a punto de salir hasta comprar o robar un arma con el que poder matarlo.

La escena de la supuesta venganza muestra todas las virtudes del film y la dirección de Saulnier. Buen pulso para el suspense, la atmósfera y resolución seca y sin concesiones. La desastrada huida de Dwight, perdiendo las llaves de su coche y viéndose obligado a robar la limusina que recogió al ex convicto, debiendo, por tanto, renunciar a las pertenencias que guardaba en su automóvil, es coherente con la falta de experiencia en esas lides, su nerviosismo y temeridad. Entrará en el negocio del supuesto asesino de sus padres a pesar de estar lleno de familiares y amigos suyos, sorprendiéndole en el baño. Violencia explícita y casi como consecuencia lógica de la tensión acumulada en las escenas.





La presencia del chico en la limusina puede parecer una excentricidad, pero también tiene carácter simbólico. Vimos que se negó a salir del vehículo a saludar al preso a la salida de la cárcel y luego descubriremos que es hermanastro del protagonista, hijo del padre de Dwight y la madre de esa familia que acude a recoger. Es decir, al verlo cerca de esa familia pero aparte se nos pretende indicar que no es un miembro de pleno de derecho o que al menos él no se lo considera, dentro de esa familia.

Dwight cambiará de look para enfrentarse a su hermana y las hijas de ésta, para ello entrará en otra casa a acicalarse y coger algo de ropa.




La interpretación de Macon Blair es magnífica. Su cara de bueno, su cansado y hastiado lenguaje corporal, sus dificultades para hablar por la falta de costumbre, su emoción, sus recuerdos, su nula ambición… quedan magníficamente escenificados y explicados en la bella escena junto a su hermana en el bar. El momento donde Dwight relata que vio a su hermana pero no le dijo nada por su desastrado aspecto con lágrimas en los ojos es muy emotivo y Blair está sensacional. Una de las grandes escenas de la película. Dwight es un hombre con pasado pero sin personalidad definida, ha renunciado a ella y con la venganza emprende el viaje final hacia su desaparición. Él ya sólo será su venganza. Hay algo contradictorio en él, su apatía vital contrastada con su radical decisión para la venganza, así como sus cansadas pero decididas ansias protectoras.


Aquí se dará cuenta de que acaba de comenzar una guerra ajena a la sociedad, ya que la familia que atacó no ha comunicado el asesinato a la policía, como comprueba en las noticias. Nos hemos introducido, como mostraba la niebla que mencioné antes, en “El corazón de las tinieblas” de Conrad.


Saulnier nos lleva a un viaje a la América profunda, esa que tan bien retrataba Jim Thompson, donde la venganza y los ajustes de cuentas rurales están a la orden del día. Cuando Dwight confiesa a su hermana que ha ajustado las cuentas al asesino de sus padres será consciente de que la ha puesto en peligro a ella y a sus hijas, por lo que nuestro protagonista ejercerá de protector, quedándose en casa de ellas y obligándolas a alejarse de allí, en lo que es el inicio de una guerra sin posible retorno.




Eres débil”.

La nocturna escena en el piso de la hermana de Dwight, donde el protagonista espera que lleguen los vengativos familiares de Wade Cleland, es el mejor ejemplo de las virtudes de la dirección de Saulnier. Atmósfera, pulso, tensión, suspense, grandes movimientos de cámara y logrados encuadres para sacar el máximo partido a la tensa escena, jugando muy bien con los segundos planos... Sensacional el momento donde primero vemos la calle desierta, luego el coche de Dwight aparcado, el que perdió tras su asesinato, con gente dentro, y por último el coche sin nadie ya en su interior, preludio de la tormenta que se avecina en la casa. Dwight planificará todo con esmero e inteligencia, aunque choca el temperamento cerebral y tranquilo en ese hombre…  Con todo, es la mejor de la película.


Hay un toque casi documental en la película, mostrando concienzudamente toda la planificación y ejecución de los planes y aventura de Dwight, apostando por un punto de vista subjetivo excepcionalmente riguroso, una de las grandes virtudes del film.

Saulnier dedicará muchos encuadres a objetos sin la presencia de los actores o con los personajes usados de manera funcional viéndoseles una parte, sujetando dichos objetos o subordinados a los mismos. Este uso sirve al director para describir y plantear las escenas.

No escatima truculencias Saulnier, a las escenas de violencia seca y explícita citadas, tendremos otros momentos, en esa aspiración casi documental, repulsivos, como la escena donde Dwight intenta quitarse la flecha que tiene hincada en la pierna, además de desinfectarla… La cosa terminará en el hospital, de donde se irá pronto.

El pasado tiene gran presencia en la cinta, un pasado sugerido y al que Dwight se ha propuesto renunciar. Le veremos examinar cajas con fotos y recuerdos en el piso de su hermana y pedir a su amigo, el pistolero, que destruya una foto en la que sale junto a él y una streeper. Dwight revisará cosas del pasado, pero no quiere dejar rastro, renunciar a él para poder acometer su viaje de no retorno, por eso pedirá que se destruya esa foto con la streeper, además de para proteger a su amigo. Un pasado destructor en el presente. Los planos finales de objetos y recuerdos inciden en esa idea, el abandono por un pasado destructor que los convierte en recuerdos olvidados. Una pretendida invisibilidad. Divertido el robo de la batería a la furgoneta del amigo.

Dwight saldrá airoso de la acometida de los dos familiares de Cleland, incluso se llevará a uno en el maletero a pesar de resultar herido por una ballesta.

Devin Ratray interpreta a Ben, un amigo de Dwight aficionado al Death Metal y a las armas, que lo ayudará en su desquiciado viaje de venganza y muerte. Actuará de Deus ex machina tras darle un arma, aleccionándole sobre lo que debe ser su proceder. Incluso habrá un homenaje al “Equipo A”. Un amigo majo y con experiencia en esto de matar gente… Siempre es una suerte conocer a alguien así por si ocurren cosas como esta…


La escena donde Ben salva a Dwight deja algunas revelaciones por parte del tipo al que nuestro protagonista pretende matar, la verdadera identidad del asesino, que no fue el que Dwight mató. En su intento de huida estará a punto de matar a Dwight, pero se quedará sin cara gracias a Ben, en otro ejemplo de violencia seca y bestial. No hablar, disparar. Hablar ablanda y hace dudar.





En el clímax se aprecian con claridad esos problemas de ritmo que tiene la película ocasionalmente, ensimismándose en la nada y buscando crear un tono y una atmósfera que, aunque funcionen, le resta fluidez al conjunto. Baches narrativos. Dwight volverá a ser metódico, registrará la casa de sus futuras víctimas en un solo plano, hará desaparecer las armas, aunque es de suponer que si sus enemigos vuelven de cazar tendrán alguna, buscará el mejor sitio para tender la emboscada desde dentro… El problema viene cuando Saulnier nos hace pasar todo un día en esa casa sin que pase nada esperando a que llegue la familia… Crea tensión, se acentúa la enfermiza atmósfera, pero se pierde ritmo, fluidez e intensidad. Es cierto que evita la previsibilidad inicial, pero la resolución es irremediable, con lo que se alarga en balde.




Meadas en la tumba de Wade, el temporizador de la luz dando unos suaves sustos, creando un bunker, llamando por teléfono…

Todo tiene una concepción similar a la escena en la casa de la hermana, aunque tendrá un final trágico. Una oportuna luz antecede la llegada de la familia. El juego con los segundos planos y las divisiones de pantalla con elementos del decorado está muy logrado, y se alterará el punto de vista brevemente para generar el suspense, mostrando al chico que nos presentaron en la limusina que robó Dwight entrar en la casa sin que nuestro protagonista se percate. El chico, William, es hijo del padre del protagonista, por eso dejará a su suerte a todos una vez dispare contra Dwight y lo deje mal herido, pero aún capaz de defenderse.



Conflictos familiares, infidelidades, amores y embarazos mal vistos, asesinatos vengativos… la América más profunda desvelándose dificultosamente al final. El pobre Dwight acaba la cinta hecho una piltrafa. Las hermanastras de William tienen una cara de brujas que no pueden con ella y Dwight acabará con el único hombre del trío que ve aparecer como precaución inicial. Una de las hermanastras conseguirá un arma del único sitio donde Dwight no debió mirar, y que además le pilla justo enfrente, artificio afortunado de puesta en escena, como que la luz se encendiera justo al llegar gracias al temporizador. Nuestro amigo es un poco lento para disparar, pero habrá una matanza en off, donde las tres personas a duelo caen.

La venganza y la fatalidad, un clásico del cine negro, muy en la onda de las historias del gran Jim Thompson en la América profunda, como he comentado. Caminos predestinados de odio y muerte que los protagonistas parecen obligados a seguir, incapaces de renunciar a ellos. Dwight hace cierto amago de abandonar esa senda, pero sabe que sólo existe para llegar al final, que no puede hacer otra cosa. El tema “No regrets” de los títulos de crédito es especialmente simbólico en este sentido.

Blue ruin” es un aceptable thriller, simple, sin vueltas de tuerca ni complejidades, pero eficaz. Le hubiera venido bien algún giro, alguna modificación en su transitar, pero lo apuesta todo a una buena dirección y una estupenda y tensa atmósfera. La interpretación de Macon Blair es digna de elogio, aunque su personaje está algo desdibujado.

Una buena opción, cine negro independiente y competente.