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viernes, 25 de enero de 2013

Crítica: DEJAD PASO AL MAÑANA (1937) -Última Parte-

LEO McCAREY











La escena donde Lucy descubre la carta del asilo no puede tener una dirección más perfecta y precisa. Plano de Rhoda bailando y travelling de acercamiento hacia la abuela. Inserto de la carta del asilo cuando Lucy revisa el correo y el posterior plano de reacción. Ejemplar forma de mostrar la marginación del personaje y a su vez la solidaridad que el director tiene con él. La cámara acompañará a discreta distancia a Lucy en su decepción hasta la mecedora, poniéndose a su lado cuando el matrimonio entre. En ese momento volvemos a ver a Lucy en un lado y al resto de la familia en otro, una distancia evidente. Es absolutamente magistral.


Otro inserto de la carta será utilizado para cuando la vea el matrimonio. Es maravilloso el enorme y generoso gesto de la madre con su hijo en la conversación que acontece a continuación. George explicará que Addie ha accedido a quedarse con Barkley en California, pero Lucy le ahorrará el trago, la plena lucidez y amor por su hijo de Lucy, de tener que decirle lo del asilo, anticipándose y ofreciéndose a ir ella por propia voluntad. Una madre que hacía cosas molestas para la familia de su hijo que hacían comprensibles sus quejas e incomodidades, pero todo lo hacía sin mala voluntad, y cuando fue consciente del problema no dudó en demostrar la máxima generosidad, esa de la que sólo una madre parece ser capaz.



La tremenda dignidad de la madre se contrapone a un arrugado, avergonzado y excelente Thomas Mitchell. Ella no quiere que su marido se entere de que irá al asilo porque sabe que le parecen unos sitios horribles, momento en el que el espectador recordará, con un escalofrío por la columna, la carta que Max leyó a Barkley y donde era la propia Lucy la que lo decía. Aquel cebo que dejó McCarey en la escena anterior.

Será la primera cosa que Lucy oculte a su marido, todo provocado por sus hijos, que son lo que más quiere en el mundo. Esa es la ironía. Es otra de esas bellas mentiras que nos regala el cine. Una confesión que Lucy dice a su hijo favorito, algo que se le debe clavar en el corazón de igual forma que sucede al espectador. La escena concluye con un abrazo tremendamente emocionante.



Magnífico plano, ante un simbólico espejo que devuelve la verdadera imagen, de Mitchell y su mujer sintiéndose despreciables por mandar a su madre al asilo.

Otro plano magnífico, que inicia la última parte del film, expone nuevamente el talento de McCarey. Un enorme picado retrata el vértigo de la gran ciudad, que de alguna manera se emparenta a los hijos y la juventud, y con una panorámica la cámara nos lleva sin corte a un parque, que se emparenta con nuestros dos veteranos protagonistas, de hecho los veremos acto seguido paseando por allí. Un entorno en el que se sienten más confortados.



Esta parte final McCarey la dedicará a sus protagonistas casi en exclusiva, un homenaje precioso y entrañable donde los veremos disfrutar de verdad, el único momento en la película, y casi en su vida, donde los veremos dedicarse tiempo a sí mismos sin pensar en nada más. Leo McCarey no podía renunciar a esto. Un homenaje que comenzará con un paseo por el parque y reflexiones de ellos acerca de la felicidad y los objetivos frustrados, todo ello trufado de los habituales y sutiles gestos que añade McCarey en ese talento y sensibilidad sin igual, como los continuos amagos del marido para mirar el reloj y las recriminaciones de su mujer, Lucy, por ese mismo hecho. Lo que provoca esa tensión en Barkley es la cita que tienen con sus hijos, pero Lucy le advertirá de que tienen hasta 5 horas de margen para estar en tensión y pendientes del reloj. Como no podía ser de otra forma esta mini historia dentro de la narración tendrá una vuelta de tuerca y, finalmente, cuando Lucy cree conveniente irse de su placentera velada porque se acerca la hora convenida, será Barkley el que se niegue, dando plantón a sus hijos sin el menor problema. Un precioso y magnífico detalle.



Más ejemplos de talento, los hay a raudales, y de la suma sutileza de este director tocado por la varita. El momento en el que Barkley decide entrar, fingiendo que quiere comprarse algo de ropa, en una tienda donde hay un cartel en el que se busca un trabajador… No hay el más mínimo subrayado, la cámara los sigue, el cartel está en segundo plano y Barkley entrará y saldrá inmediatamente diciendo que lo que buscaba no lo había de su talla. Barkley, incluso en esos momentos, no se rinde. Es uno de esos momentos mágicos que da el cine y del que sólo son capaces directores verdaderamente grandes.


Si alguien quiere saber qué es la sutileza en el cine que vea la obra de Leo McCarey y saldrá de dudas, que vea esta cinta.

Ahorre mientras es joven”.

George: “A buenas horas nos lo dicen”.

Al paseo por el parque y por las calles de la ciudad le seguirá un paseo en un cochazo, momento que aprovechará la pareja para rememorar sus pequeños grandes momentos y hacerse algunas autorecriminaciones. Este viaje les llevará al hotel donde disfrutaron de su luna de miel. Un momento y un escenario únicos que nos dejará magistrales detalles.



Allí la encantadora pareja, están soberbios y entrañables ambos, se achisparán, recitarán trabalenguas para demostrarlo, contarán anécdotas, harán disfrutar a los que los rodean, se reirán, se divertirán, bailarán y por unos breve instantes sólo pensarán en ellos mismos y lo bien que lo están pasando. Una pequeña pausa de felicidad.


Los padres siempre esperan, pasan mucho tiempo de sus vidas esperando a los hijos… Hoy le tocará esperar a ellos.

 
Confío en que lo que le dice el padre, cuando se tapa para que no lo oigamos, a Nellie, en la conversación telefónica donde avisa de que no acudirán a la cena, fuera los suficientemente contundente y revelador que merece ese odioso personaje. Que la retratara. Esto lo hará con alguna copita de más, que a veces ayuda a soltarse un poco para estas cosas.


McCarey hará lujosas panorámicas por el hotel mostrando su belleza y grandeza, además nuestros protagonistas serán atendidos por un agradabilísimo director de hotel que disfrutará mucho de las anécdotas de la pareja.

La pareja en soledad rodeada de ese lujo tendrá tiempo para ponerse muy romántica, Lucy recitará un bello poema y Barkley le dirá hermosas palabras, el matrimonio se declarará su amor y… en ese momento McCarey y su increíble talento y humor volverá a hacer acto de presencia. Lucy, en el momento justo en el que se van a besar, girará la cabeza hacia nosotros, el plano está tomado a su espalda, como si espiásemos esa intimidad, y con una sonrisa vergonzosa se arrepentirá y corregirá su movimiento. Un detalle de maestro, un guiño metalingüístico en el que la tradicional pareja se muestra discreta y pudorosa ante nuestra curiosa mirada de espectador. Es pura magia. Hipnotizados.




Baile y más humor. La pareja se lanzará a la pista de baile a bailar un vals pero a los pocos compases la música cambiará a un ritmo mucho más vivo, ante el desconcierto de la pareja. El director de la orquesta, atento, se percatará de esto y volverá a retomar los ritmos más suaves del vals.

Observen las miradas que se echa la pareja, por ejemplo cuando Lucy recita el poema. Desprenden amor sincero.



Un matrimonio disfrutando un poco de la vida, antes de separarse seguramente para siempre. McCarey muestra la vejez como una edad en la que disfrutar de las cosas como cualquier otra, una edad de la que los más jóvenes podrían sacar todo el partido del mundo por su experiencia, pero la prepotencia de la juventud, que cree que todo lo sabe, tiende a despreciarla.

En la emotiva y triste despedida del matrimonio, esperanzada por parte de él, sí que habrá un beso y unas hermosas palabras de cariño y amor ante la posibilidad de no volver a verse. De esos momentos que se clavan en el corazón, con sinceridad, sin cursilería. Los hijos, por su parte, esperando, serán conscientes de su condición. El único que muestra algo de dignidad es George (Thomas Mitchell). Nellie seguirá obsesionada con las apariencias.



Nellie: “Si no vamos a la estación pensarán que somos horribles”.

George: “¿Acaso no lo somos?”.

Robert (Ray Mayer): “¡Tú lo has dicho, hermano!”

El final es desgarrador, como desgarradora es la despedida de la pareja en el andén, otro andén de cine. Una pareja que seguramente no se volverá a ver y una mujer que guarda un secreto por el bien de su familia, para que el egoísmo de sus hijos quede a salvo y ellos puedan ser felices y para que su marido no sufra con la verdad y pueda marchar tranquilo. Todo esto es expresado con ese plano final de Lucy mirando largamente la partida del tren que lleva a Barkley, en silencio, otro de los míticos silencios de McCarey, especialmente en los finales. Una mujer plenamente consciente de la situación. Sinceridad y sensibilidad desbordada. Una joya. Una obra maestra.


La consciencia de la vejez, de que ya no se es lo que se era, del desprecio, de ver que no se es útil y que tus supuestos seres queridos no ven en ti más que una carga, el tener que sobrellevarlo en silencio y con la mayor dignidad posible, el dolor que supone su desprecio, su abandono, sus peleas para deshacerse de uno, del egoísmo de la gente por la que se dio todo… es desoladora. 

Amor verdadero, crueldad, egoísmo… y todo con exquisita sensibilidad será, entre otras muchas cosas, lo que veremos en este imprescindible título de McCarey.

Es imposible destacar una interpretación, todos están magníficos, por pequeño que sea su papel, pero los dos protagonistas, Victor Moore como Barkley y Beulah Bondi como Lucy, están sublimes. Es obligado destacar también de forma especial a Thomas Mitchell y a Maurice Moscovitch en su pequeño papel de amigo de Barkley, como Max Rubens.

Obra de arte mayúscula de obligado visionado, que defiende valores incontestables y saca lo mejor de nosotros. Al que la vea le será difícil contener las lágrimas. Disfruten de sus padres, de sus abuelos, sáquenles todo el partido, que es mucho. Cuídenles y hónrenles, seguro que lo merecen.

jueves, 24 de enero de 2013

Crítica: DEJAD PASO AL MAÑANA (1937) -Parte 2/3-

LEO McCAREY










La madre de George, Lucy, maravillosamente interpretada por Beulah Bondi, no podrá evitar entrometerse en las cosas de la casa, de su hijo, deformación profesional, la necesidad de sentirse útil. Esto llevará a conflictos con Anita (Fay Bainter), la esposa de George, sobre quién lleva la casa. McCarey también modula a la perfección las situaciones dramáticas, así la tensión y diferencias entre las dos mujeres, o en realidad de Anita con respecto a Lucy, irán creciendo poco a poco. Tendremos una pequeña discusión por una camisa como primer ejemplo de estas diferencias, posteriormente, con el enredo de Rhoda y sus salidas con un maduro desconocido, tendremos el desencadenante final.


Esta tensión entre ambas se va desarrollando y nos ofrecerá otra escena sumamente divertida, que provoca en el espectador la sonrisa del mismo modo que la tensión por la reacción que Anita pudiera tener con respecto a Lucy, por el deterioro de su relación. En plena clase de bridge, Lucy aparecerá con su chirriante silla. Ante un salón repleto de alumnos ella se sentará a contemplar el espectáculo mientras se balancea. El sonido de la mecedora distrae a los allí presentes, que en realidad se muestran comprensivos, pero provoca tensión en Anita y apuro en George. Un chirrido que rompe el silencio en una gran escena. George, en realidad, no ve nada malo en lo que hace porque ve que la gente no se siente molesta, pero siente apuro por las reacciones de su mujer, especialmente cuando la abuela Lucy comienza a hablar con algunos de los allí presentes al ser interpelada por ellos.


Esto supondrá otro pequeño conflicto, Anita entra en pánico por la posibilidad de que Lucy pueda echar por tierra la clase y tratará de deshacerse de ella, para ello la mandará con su hija al cine con la excusa de que la vigile. La abuela comienza a sospechar, como es lógico, y será mostrado en uno de los imprescindibles silencios de McCarey. La propia nieta se intentará librar de ella en el cine, escapándose una vez la película se ha iniciado…


La abuela, la vejez, como un estorbo. La falta de sensibilidad de la juventud e incluso de la supuesta madurez, más hipócrita. Se la acoge por compasión y se evita y rehúye cuando molesta o no se comporta como queremos. Hubiera sido demagógico la comparativa de "los padres nunca lo harían con sus hijos", como la propia Lucy y el propio George demuestran con su hija Rhoda, como demagógico resulta el argumento de que los hijos no pidieron que los tuvieran etc. El hecho es que los sentimientos ante nuestros padres deberían ser los más intensos y comprendidos por los que nos acompañen en la vida. De eso habla McCarey.



En el conflicto entre padres mayores e hijos, los suegros y nietas tienen un papel sumamente importante. A menudo su presión obliga a los hijos a tomar decisiones en contra de los padres y en otros casos acaban siendo pieza fundamental para que esa relación y convivencia sea positiva y factible. Aquí McCarey vuelve a mostrarse alejado de la demagogia y maniqueísmo, y si bien es cierto que muestra nueras y yernos que no admiten la convivencia con los padres de su pareja, también veremos a otros que incluso están dispuestos a quedarse con los dos. Del mismo modo nos mostrará a hijos más proclives a ayudar a sus padres y a otros que no lo están en absoluto, incluso contradiciendo a sus cónyuges.


También nos mostrará el egoísmo de los nietos, algo que va con la edad, personificado en Rhoda. Al fin y al cabo todos pasamos por todas las edades.

Las molestias que puede ocasionar Lucy, la abuela, por mostrarse de forma natural son, a menudo, ignoradas por ella, que no es consciente de los conflictos que puede crear. En otros casos será la terquedad o las artimañas de veterana, como el chantaje emocional… Nada que no se pueda resolver con diálogo.

Otra bella, tierna y triste escena la tendremos en la llamada del abuelo Cooper, interpretado muy bien también por Victor Moore, a Lucy en medio de la clase de bridge. Una escena donde McCarey nos mostrará sólo las reacciones de ella, su pena por estar lejos de él debido a las circunstancias, algo que dejará apesadumbrados a los allí presentes.


El abuelo, Barkley (Victor Moore), está en una situación parecida. Contento por estar con sus hijos echa mucho de menos a su mujer y siente que molesta. La situación de molestia no sólo es para los hijos, también lo es para los padres, como expresa Barkley a su amigo quiosquero. Él preferiría seguir siendo independiente junto a su mujer, un nuevo aspecto de las circunstancias que toca McCarey en su profunda y aguda reflexión. Para los padres tampoco es fácil amoldarse a las costumbres y rutinas de las familias de sus hijos. Lógico.




Esta preciosa conversación del padre junto a Max Rubens (Maurice Moscovitch), su amigo quiosquero, nos dejará más reflexiones de Barkley, nostálgico, sobre la idea del crecimiento de los hijos, sobre que cuando se disfruta verdaderamente de su relación es cuando éstos son niños. El elemento de la inocencia es vital en esa relación, una inocencia que se pierde irremediablemente.

A veces pienso que los niños no deberían pasar de la edad en que tienes que arroparlos cada noche”.

La descorazonadora sensación de los padres al sentir que sus hijos se avergüenzan de ellos…


Esta escena, con la conversación, la lectura que hace Max de la carta que Lucy mandó a Barkley y el posterior epílogo de Max con su mujer, es uno de los mejores momentos de la película, una película que navega en la excelencia fotograma a fotograma. El amor como ese hogar en el que pasar los años, en el que resguardarse de lo malo. El epílogo con Max llamando a su mujer, sólo para saber que está ahí ante la incredulidad de ella, es otra genialidad del director.

McCarey usará, mediante la carta de Lucy, un cebo que será desolador para el público y aumentará el impacto emocional al final. Es cuando en la carta Lucy expresa lo que le pareció el asilo al que le llevó su hija Nellie. Le pareció terrible y triste. Posteriormente George y su mujer decidirán llevarla al asilo, algo de lo que Barkley jamás se enterará. La despedida de Barkley de su amigo Max, tras la lectura de la carta, se mostrará con un plano donde vemos las manos del abuelo recoger su bufanda, mencionada en la conversación telefónica que presenciamos con Lucy, y su abrigo. Max les dará una salida en un trabajo como guardas para estar juntos, algo que Barkley no aceptará.

El director también examinará los problemas con los que se enfrenta la gente de más edad en la sociedad, discriminados y despreciados, considerados gente inservible, en una muestra de sutileza y saber hacer. Un plano general con George paseando y deteniéndose ante un cartel que no puede leer, algo que McCarey se anticipó a mostrar con la petición a Max de la lectura de la carta de Lucy, y que al buscar ayuda en un señor que está cerca se verá obligado a reivindicar su condición de persona competente.

Señor: “¿Usted era contable?”.

George: “Soy contable”.

Los niños suelen estar presentes en las cintas de McCarey, uno de esos elementos y constantes del director.

He mencionado las artimañas y ciertos chantajes emocionales que usan los mayores para lograr sus propósitos, tendremos un buen ejemplo de ello en la escena donde Lucy no parará de quejarse, amablemente e insistiendo en que el matrimonio debe salir a divertirse, sobre su soledad, la falta de entretenimiento al haberse estropeado la radio y las molestias que le provoca su dispepsia. La conversación con la nieta además servirá a McCarey para mostrar las enormes diferencias generacionales.


“¿Te importa si sigo fingiendo?”.

El pendoncillo de la hija, Rhoda, saldrá con un hombre de 35 años. La conversación con su abuela, marcando la lejanía de ambas generaciones, es francamente divertida. Este hecho y que la abuela guarde el secreto a su nieta hará estallar el conflicto entre Anita y Lucy, donde saldrán a la luz todas las recriminaciones que la nuera mantenía ocultas y latentes. Rhoda no pasa la noche en su casa.

La fina ironía y el humor matizando la crueldad de los hechos y definiendo el retrato de todos los personajes se mantiene como marca de McCarey. Así veremos a Cora, la hija que tiene a su cuidado al padre, Barkley, más interesada por guardar las apariencias que por el bienestar de él. Lo cambiará de lugar, enfermo de gripe como está, del incómodo sofá donde lo mantiene en su convalecencia lo pasará, a toda prisa, a una confortable cama sólo para dar buena imagen ante el médico que acaba de llegar. Una escena donde el humor y la crueldad se vuelven a dar la mano con un tacto exquisito. Hay que decir que el médico, interpretado por Louis Jean Heydt, parece cualquier cosa menos un médico. El marido de Cora es un buen ejemplo de la profundidad de miras y falta de demagogia del discurso de McCarey, él propondrá a su mujer traerse incluso a Lucy para no ver tan triste al padre, siendo la hija la que se niega. Bien es cierto que no pone mucho énfasis.



Se mencionará a Addie, la hija que parece desentenderse de todo pero que finalmente accederá a quedarse con su padre.

Es doloroso ver como el bueno de Max parece tratar con más cariño y afecto a Barkley que su propia hija. En la despedida McCarey utilizará el humor, un estupendo momento donde Barkley camuflará su incontenible risa en la tos. También es muy brillante el gesto de Max cuando reconoce a Cora por su actitud borde y antipática.

McCarey al inicio de la cinta habla del puente generacional a menudo insalvable, este puente lo vemos retratado en la escena donde George (Thomas Mitchell) y Anita (Fay Bainter), hablan sobre los quebraderos de cabeza que suponen las dos generaciones que los enmarcan, la de la madre de George y la de su hija. Unos quebraderos de cabeza provocados por intentar congeniar a las tres generaciones que deben convivir.






 

A mis padres