miércoles, 2 de diciembre de 2015

Crítica: DEL INFIERNO A TEXAS (1958)

HENRY HATHAWAY










"Del infierno a Hathaway" solían decir algunos actores al recordar la experiencia de rodar con Henry Hathaway. Uno de los realizadores más tiránicos del cine clásico, según comentaban, pero de un talento indiscutible.

Aquí tenemos un estupendo western del director, uno de sus géneros predilectos, aunque le daba a todo con brillantez, como bien saben los lectores del blog y los cinéfilos. Un western de interesantes tintes religiosos perfectamente integrados sin necesidad de subterfugios ni simbolismos.



Hathaway nos cuenta la historia de un falso culpable. Un bondadoso y religioso vaquero que es acusado de un crimen que no cometió y perseguido por el padre de la víctima. 

Del infierno a Texas” sería una especie de reverso de “Valor de ley” (1969), donde Hathaway se fija aquí en el perseguido, mientras que en la que protagoniza John Wayne lo hacía en los perseguidores.



El brillante director vuelve a dar una exhibición de cómo se rueda en exteriores, del uso del color y del plano general. La primera secuencia, seca, árida, contundente, con el intento de asesinato de una banda a nuestro protagonista, Tod Lohman, y el accidente de uno ellos, está magníficamente rodada y planificada, desde la táctica de los villanos hasta la confusión con la manada de caballos que pretendían usar de protección.





Un uso de los exteriores, amenazantes, imprevisibles, que lo asemejan al de Anthony Mann con un reluciente Cinemascope. Era un maestro en exteriores.  Lo resalto cada vez que puedo.

Es interesante esa escena inicial porque no se plantea un inicio, sino que es un episodio más de una historia que viene del pasado (un asesinato), de una persecución que comenzó antes que la narración y que Lohman desmentirá poco después, en una escena nocturna, ante el hermano de la víctima, interpretado por Dennis Hopper. Allí mostrará su competencia, inteligencia, habilidad y pacifismo, ya que expondrá su filosofía de no matar y dejará huir a su perseguidor… Tan solo matará a su caballo para que no sufra.



Será en la guarida de Hunter Boyd (R. G. Armstrong) donde entenderemos lo que ocurre. El padre de familia mandó un grupo para acabar con Lohman porque cree que mató a uno de sus hijos. En su intento de venganza, la escena inicial, otro de sus hijos caerá abatido por accidente quedando paralítico y entre la vida y la muerte… Se gesta así un ansia de venganza y un miedo al ver su legado y apellido amenazado. Los interiores de la casa, con tonos rojizos, escenifican ese entorno “demoníaco” lleno de ira, odio y sed de venganza.





El infierno del desierto, los áridos amarillos y los exteriores en plano general, son un deleite con la persecución que se reanuda.


Un simbólico río será el punto de encuentro de Lohman (Don Murray) con Juanita (Diane Varsi) y su padre, Amos (Chill Wills). El río, lugar de tránsito, de ciclo vital continuo, es como un renacimiento favorecido por ese encuentro.



El retrato de Lohman no tiene desperdicio: Pacifista, religioso, no bebe (bueno sí, agua), no fuma, no va con malas mujeres, ni siquiera sabe bailar… Más puro y levita… El chico contará la historia de la confusión que provocó que los Boyd creyeran que había matado a uno de los suyos y el inicio de la persecución a Amos y Juanita también a la orilla del río.





Soy incapaz de matar a nadie, aunque me obliguen a ello”.

Él duda, siempre entre dos ideas: la de respetar sus principios y a la que le llevan las circunstancias de forma inevitable. Una obligada confrontación del destino. Una duda escéptica que Lohman congracia como puede siendo fiel a sí mismo. Un héroe cristiano al que casi siempre veremos en espacios abiertos y vestido de blanco, como desprotegido ante ese destino amenazante, quizá sólo cuidado por sus ideas y su Biblia materna. El símbolo de la pureza en un entorno infernal.




Del mismo modo, el relato que hace Amos del líder de los Boyd es todo lo contrario: una mala persona sin muchos matices. Se marca así un conflicto maniqueo, pero que adquiere sentido en ese trasfondo religioso personificado en sus antagonistas, sobre todo nuestro protagonista, Lohman.




La noche encierra sensualidad. La relación entre Lohman y Juanita es encantadora. Esa chica poco femenina en apariencia tiene toda la decisión que parece faltarle a nuestro religioso vaquero. Juanita desnudándose oculta por el vapor que desprende la orilla del río y el fuego es un momento magnífico. Las secretas miradas de ella mientras él lee su Biblia, las sonrisas tontas e íntimas que despiertan los apuros de él por su necesidad de un baño, sus curiosos espionajes ante ese chico nuevo… dejan momentos muy simpáticos de comedia romántica.


-Lohman: ¿Pero es que se va a desnudar?

-Amos: Ya te dije que era un chicazo.

La Biblia que su madre le deja como único recuerdo a su hijo, Lohman, será el vehículo para fortificar los lazos de esa pareja. Ella lo verá como alguien íntegro y vulnerable, sensible, mientras que a su vez le dota de la fortaleza que él necesita. Es un bello momento cuando, tras leer la pequeña misiva de su madre en la Biblia y sus consejos, Juanita besa al dormido Lohman en un impulso incontrolable, casi infantil.



Lohman visitará posteriormente el convento donde se recluyó su padre, pero sólo podrá velar su sepultura. La religión siempre presente, aunque de una forma muy tangencial.

Igualmente la noche será lugar para la tensión y la amenaza, con los villanos agazapados esperando su oportunidad. Hunter Boyd es un villano peculiar, con un extraño sentido de la justicia, dejando escapar a Lohman y dándole un margen para su huida. Por supuesto vestirá siempre de negro.


Es importante conseguir una buena copia para deleitarse con la calidad visual del film, que en esas escenas nocturnas, con ese vapor de fondo, es maravillosa.



La noche volverá a unir a Lohman con Juanita y Amos, con la familia Bradley al completo, en unas escenas cotidianas y acogedoras donde el vaquero se integrará sin problemas y la relación con la varonil muchacha progresará, declarándose su amor. Una familia religiosa que le ofrecerá trabajo, e incluso a su hija. Será la primera vez que veamos la vertiente femenina de Juanita.



Una noche que terminará en tragedia con el atentado de Hunter a Amos. Una escena seca y sorpresiva. La violencia en Hathaway siempre ha sido un aspecto interesante, brusca y seca, contundente. Hay varios ejemplos en la película, pero este es uno de los momentos más significativos.

Otro ejemplo lo tendremos en el clímax final.

Nunca me cansaría de ver tiroteos entre las rocas en los western, debería ser obligatorio en todas las películas... aunque no sean western. El polvo, el sonido de las balas rebotando en las rocas, los pistoleros ocultándose... tiene un sabor realmente exquisito. Aquí tenemos uno para escenificar la primera muerte a menos de Lohman en defensa propia que es muy bueno. Eso sí, le dará cristiana sepultura.



Un clásico del western, Jay C. Flippen, especialmente destacado en títulos de Anthony Mann, interpreta a Jake Leffertfinger, un generoso comerciante de armas que ayudará a nuestro amigo. Con él asistiremos a una estupenda escena de acción, primero de buen suspense y luego de acción desenfrenada, con tiroteos, indios y caballos al galope para exhibición de los especialistas que se arriesgaban de una forma sorprendente. Hathaway la rueda magistralmente con ese dominio del plano general tan portentoso que tiene.




Como si de un reto se tratara, Hathaway encadena otra escena de suspense, pero ahora en interiores, la del bar. Maravilloso juego con el plano general, usando la geometría del decorado, con los espejos y con la fotografía, en claroscuros.



Tras el atentado a Amos, Lohman enfrentará su destino, dispuesto a batirse con Hunter y los suyos. Un destino que parece fatal e inexorable. Un magnífico clímax con un soberbio tiroteo y momentos dramáticos y visuales sensacionales, como esa cabaña incendiada y el hijo de los Boyd, Tom (Dennis Hopper), quemado por las llamas, enmarcado en la noche…



La piedad de Lohman rendirá a Hunter en un sorprendente final, cuando nuestro héroe sea capaz de lo que no fue su padre, jugarse la vida para salvar al chico, ese que pretendía matarle.

Un final que impacta por su brillantez visual y su inusual y sorprendente resolución, donde el odio no es sinsentido, sino producto de una confusión, que cuando se ve corregida, se atempera y desaparece. Los antagonistas firmando la paz en honor a los valores cristianos personificados por Lohman. Uno vestido de negro y representando buena parte de los pecados capitales, el otro de blanco representando los mejores valores cristianos. La redención y el perdón.



-Hunter: Solamente quiero que pienses, que si te perseguí a muerte fue por vengar a mis hijos. Perdóname. Si lo haces, Dios me perdonará también.

-Lohman: Vaya tranquilo. Le comprendo y le perdono, señor Boyd.        
      






Un western interesante de final feliz y muy sorprendente. Efectivo y acertado. Un western humanista que si bien es cierto que tiene una trama básica y delgada, la maestría de Hathaway y todos los aspectos señalados hacen de él algo que merece la pena.



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