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miércoles, 17 de agosto de 2011

EL SEÑOR JOHNSON: SEGUNDA PARTE

MAURICE

Pedaleaba velozmente por las calles de la ciudad sin imaginar el desagradable suceso que se produciría instantes después.


Maurice era músico “un buen músico” como él mismo se catalogaba, “pero los buenos músicos no estamos lo suficientemente valorados” pensaba montado en su bicicleta. Llegaba tarde, lo sabía, pero se había entretenido en una entrevista de trabajo como profesor de música, y aunque lo habían escogido, había decidido no aceptarlo “ya habría oportunidades mejores” se convencía a sí mismo mientras se dirigía su casa.

Iba tan rápido que le pareció que eran las calles y no él quienes se movían, imaginando por un instante que en cierta medida así había sido su vida, se había convertido en un mero espectador que había visto pasar por delante de sus narices las ocasiones de convertirse en un gran músico, en un triunfador, e incluso en llegar a aparecer en algún libro, sin que hubiese hecho nada para conseguirlo.

Maurice era un tipo extraño, algo excéntrico, que aunque hacía años había tenido algo de renombre, hoy en día, pocos lo recordaban; y a duras penas podía pagar el aquiler de su apartamento, teniendo que trabajar en una orquesta todos los días y empeñar sus bienes para poder adquirir la causa de su prisa: un flamante piano de cola.
Había soñado con él desde que lo vió por primera vez en el Conservatorio St. James de niño, justo ese día se prometió a sí mismo que se compraría uno; sin embargo, los años fueron pasando, y aunque había tenido muchas oportunidades para adquirirlo sin problemas, siempre lo había pospuesto.

-¡Malditas oportunidades!- dijo mientras agitaba la cabeza.


Sus amigos decían que siempre hablaba de las oportunidades y que aconsejaba no dejarlas nunca escapar, sin embargo, él nunca las aprovechaba. Estaba obsesionado con las opciones que la vida le presentaba y las consecuencias de las decisiones, ¡hasta sus composiciones hablaban de ello!, para Maurice lo más sencillo y lógico era dejarlo todo pasar y ponerse en manos del destino...


Miró el reloj, y aflojó un poco el ritmo, ya estaba cerca, los chicos de la tienda le llevarían el piano a las once, “suerte que Rose estaría en allí y podría abrirles los ventanales para que introdujeran en la casa el enorme piano.”

Aunque no era normal en él, en esta ocasión se había arriesgado, habia decidido, pujar en una subasta por un Welmar de roble y lo había conseguido.

Dobló la esquina, llegó a su calle y vislumbró al fin un piano de cola siendo izado hacia su apartamento, fue entonces cuando pensó, embriagándole una sensación de alegría, aún a riesgo de parecer vulgar “Quién no arriesga no gana”.

Lo que ignoraba Maurice era que esta vez, su vecino también se había arriesgado, pero a pasar por debajo del piano suspendido en el aire, y que no iba a ganar, sino más bien perder, puesto que lo único a lo que alcanzó a ver el músico antes de taparse los ojos como un acto reflejo fue el vuelo de su piano de cola sobre la cabeza del Señor Johnson.



jueves, 4 de agosto de 2011

EL SEÑOR JOHNSON



Salía el señor Johnson del edificio donde residía, radiante, dispuesto a afrontar un nuevo día con la mejor de sus sonrisas cuando ocurrió algo, una de esas cosas que vemos luego en todos los noticiarios, programas radiofónicos y publicado en los periódicos, que no suele verse en la vida real, que se consumen rápido aunque despiertan la curiosidad de todos y son más característicos de una película de humor negro o de terror estrafalario. Un piano de cola iniciaba, en el mismo momento en el que el señor Johnson miraba a los lados de su calle como cada mañana, un enérgico vuelo, como si de un imperial águila en pos de su presa se tratase, con la obstinada misión de demostrar la ley de Newton y posarse en el suelo no sin antes hacerlo en la calva cabeza del señor Johnson.
El señor Johnson tenía fama de testarudo, de cabezota redomado, un cabeza dura, pero en contraposición con la excelente madera de roble macizo en que estaba construido el planeador piano no pudo oponer resistencia en la decidida misión de éste por alcanzar el suelo, y así por tanto, su férrea sesera no logró mantener al resto de su cuerpo en la erguida desenvoltura con la que acostumbraba a posar en el portal de su edificio.
Al contrario que cuando deseamos que nos pase algo que parece imposible pero que nos gustaría o nos vendría de perlas, como encontrar el trabajo de nuestra vida, nuestra media naranja o la lotería y usamos frases como, “es imposible que éso me pase a mí” o “es tan difícil, nunca pasará”, con la intención de convencernos a nosotros mismos para asumir mejor la decepción cuando eso que deseamos no nos suceda y también, por qué no decirlo, por cierta superstición en la que creemos que rebozándonos en la negatividad haremos que el cosmos se ponga a nuestro favor por esa demostración de falsa humildad, uno nunca dice, ni piensa, cuando sale por la mañana de su confortable casa, que una de las cosas más probables que le sucederá es que un piano de madera de roble macizo de color claro y del que dos teclas están desafinadas nos caerá encima de la cabeza.
Bien es cierto que siempre vemos las cosas negativas como más posibles que las positivas, que nos toque la lotería es imposible pero que nos caiga un rayo nos puede pasar en cualquier momento… a fin de cuentas “tenemos tan mala suerte”, “lo que no me pase a mí”…
Estas ideas jamás se le pasaron por la cabeza al señor Johnson, una cabeza, que una vez aplastada por el piano que intentaban introducir en la casa del profesor de música que vivía en el 7º piso tampoco estaba para que pasara nada más por ella, dicho sea de paso. El señor Johnson, como decía, jamás tenía estos pensamientos, era un tipo positivo, que no sólo creía que le podían pasar todas las cosas buenas del mundo, sino que tenía la profunda convicción de que si algo bueno tenía que pasarle a alguien, ése alguien era él. Se lo merecía. Si la ciencia avanzaba lo suficiente se clonaría para poder interactuar con él mismo, incluso se plantearía una versión femenina de sí, ya que sería la única mujer que podría estar a su altura.