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miércoles, 29 de octubre de 2014

Crítica: TRANSCENDENCE (2014) -Última Parte-

WALLY PFISTER













Grandes reflexiones, preguntas e ideas para terminar decepcionando.

Como he avanzado, “Transcendence” plantea estimulantes cuestiones filosóficas e ideas que podrían dar para agudas reflexiones, pero sus conclusiones y forma de desarrollar sus ideas hacen agua tanto a nivel conceptual como dramático. Ideas interesantes que cuando llevas hora y cuarto de película no se ven plasmadas ni desarrolladas, a las que se saca nulo partido.


-Ideas como la mencionada de la hipocresía social, planteando, de manera inteligente, que la tecnología es un acto voluntario, que podemos usar si queremos porque nos beneficia, por lo que despreciarla o criticarla mientras te vales de ella no hace más que retratarnos. Tú eliges qué haces y cuánto lo haces con ella. El conflicto e impacto que produciría en la sociedad la ausencia de tecnología, la necesidad y dependencia que tenemos de ella, el peligro que puede suponer para la individualidad la búsqueda de la perfección… Son otras de las ideas esbozadas.

-¿La tecnología como un medio para el avance y la mejora, para salvar vidas y depurar el mundo, o un objetivo en sí mismo que lo gobierne todo? 

-La idea de alma, ¿dónde reside? ¿Existe? ¿Aristóteles tenía razón? ¿Qué define al ser humano? ¿Puede una máquina replicar una mente humana? Estas ideas que se van lanzando sin solución de continuidad acaban convirtiendo la película en pretenciosa y un tanto pedante.

-Más preguntas, ¿dónde está la identidad? ¿Qué puede hacerla cambiar o variar?

-Crear un dios, la tecnología como dios, es un planteamiento que también se especifica de forma evidente, en una de las más clásicas moralejas y reflexiones de la ciencia ficción. Muy manida. Los peligros de la tecnología, de la ciencia, parecen llevarnos a conclusiones simplistas y moralistas, muy vistas. En este caso es el proceso de una inteligencia sin freno que busca la optimización del mundo y el ser humano, trascendiendo lo que es y somos. Expandirse, evolucionar, fluir…


-¿Lleva la inteligencia a la deshumanización? ¿Una inteligencia sin límites lleva a una total deshumanización?  ¿Hay que poner límites a la inteligencia? ¿Buscar la optimización y la lógica va en contra de la naturaleza humana en muchos momentos? Se verbalizará explícitamente, que los conflictos ilógicos son el signo inequívoco de la humanidad, algo a la que una máquina no tiene acceso.




La relación de Johnny Depp y Rebecca Hall a partir de ese momento tendrá muchos paralelismos con la que vimos en “Her” (Spike Jonze, 2013), desde un reverso oscuro. La idea de la muerte del cónyuge es un tema muy usado por Christopher Nolan, un Nolan que es productor ejecutivo de la cinta. Aquí también lo tenemos para dar desarrollo a la trama. Una chica enamorada que comparte su vida con la consciencia de su pareja. La intimidad romántica está aceptablemente mostrada, siempre con la frialdad habitual, aunque aquí funciona algo mejor por el contraste que supone y lo que se pretende transmitir. Una intimidad romántica poco física. Sillas vacías fundiéndose en esta ocasión en códigos, la supuesta humanidad de la máquina. El mismo rostro de Will (Johnny Depp) en la pantalla, se transformará en códigos.





Podríamos citar alguna referencia cinéfila más, como “2001: Una odisea del espacio" (Stanley Kubrick, 1968), con un H.A.L todopoderoso, o “Psicosis” (Alfred Hitchcock, 1960), especialmente en esa estúpida escena donde vemos huir a Evelyn en coche bajo la lluvia y llegar a un motel. Una escena que se supone tensa y que se acaba descubriendo como inmejorable ejemplo del desastrado trabajo de guión, con su secuestro repentino una vez descansa por parte de los buenos entrando por las bravas en su habitación para capturarla… ¿Qué se pretende? ¿Impacto? ¿Sorpresa? ¿A qué viene ese arranque de supuesta acción que no lleva a nada?




Los hombres de Will, los “hombres colmena” que comparten su mente con la máquina consciente, acaban pareciéndose a “Terminator” (James Cameron, 1984), para el clímax de supuesta acción.

Will acaba convertido en un dios tecnológico, capaz de crear naturaleza vinculada a él, lluvia…
La solución para combatir a Will pasa por la desconexión de internet, con lo que eso conllevaría.





Defectos lamentables.

-La narración de Pfister no logra atrapar en ningún momento, una frialdad insustancial, inconexa, falta de intensidad y del más mínimo nervio. Sus intentos por generar interés se acaban descubriendo ridículos, en una película repleta de momentos gratuitos y absurdos. Todo planteamiento interesante acaba interrumpido por tediosas conversaciones previsibles y desesperantes. Una incompetencia manifiesta. Es una película tremendamente esquemática y superficial.

-Ver a la líder del grupo antitecnológico sentada entre el público que asiste a la conferencia de Will Carter no genera el más mínimo suspense, tan solo un vago interés porque sabemos, por su cara seria y mal encarada, que no trama nada bueno. Hay cierta extrañeza, pero la frialdad, falta de pulso e intensidad dan como resultado algo flácido, sin la más mínima fuerza, suspense o verdadero interés.


-Las escenas de acción resultan sonrojantes, sin el más mínimo suspense o tensión tampoco. Lo mismo que con algunos de los aspectos dramáticos, por ejemplo la idea al traspasar la “personalidad" del fallecido Depp a la máquina para que sobreviva. Se supone que el olvido de un recuerdo cambiaría la personalidad de Will completamente, pero está mostrado de tal forma que no crea la más mínima angustia ni es una idea que tenga repercusión real en la trama o evolución posterior en el personaje, aunque se sugiere vagamente.

-Toda la mitología y desarrollo de esa inteligencia extraordinaria, su infraestructura y progresos, resulta muy esquemática, con grandes bandazos elípticos de mal narrador.

-Se plantea una gran amenaza en esa máquina que se expande sin límites, pero se siente muy poco, todo resulta esquemático e insulso, resuelto a latigazos.

-A nivel dramático la película es lamentable. Logra intuirse cierta sensación de amenaza, la inquietud de Evelyn, pero Pfister no sabe indagar en ello, resultando todo inane, frío, anticlimático, falto de tensión y tremendamente aburrido. Al final esa sensación de amenaza que pretende plantearse queda en la nada para absoluta y decepcionante, con un par de escenas de acción ridículas, un par de advertencias, como la de Tagger (Morgan Freeman) y Max (Paul Bettany) y poco más. Ella verá vulnerada su intimidad al saber que Will analiza todo lo que hace, la examina por dentro. Se siente desnuda y algo se rompe, pero está mal elaborado, su rebelión resulta repentina, basada en un par de breves escenas de incomodidad, un par de avisos y muchas elipsis. Su rebelión será ante la fantasmal silueta de Will (Johnny Depp). Las emociones, las conversaciones sobre el amor, ligadas a la bioquímica en un desarrollo simplista.




-Todo resulta convencional, también la resolución con un virus para destruir al todopoderoso Will, como en “La guerra de los mundos” o “Independence day” (Roland Emmerich, 1996). El problema es que aquí se filtra con el romanticismo, toda la película está filtrada por el amor de la pareja y el romanticismo, un amor vinculador y traidor. Y ahí radica otro de los grandes problemas del film, que si vinculas tus propuestas a aspectos emocionales y estos no funcionan se cae todo el entramado, y “Transcendence” es fría, gélida y falta de intensidad dramática, además de tener un ritmo exasperantemente lento, con lo que el resultado es desastroso, provoca desapego.




-La resurrección de Will, hecho cuerpo de nuevo, lo que tiene reminiscencias religiosas y cristianas. Muerte, espíritu y dios todopoderoso, resurrección en carne y hueso, da el pistoletazo de salida a un lamentable clímax. Will, como máquina, puede leer impulsos, datos fisiológicos, pero no interpretar intenciones ni motivaciones, una máquina no puede “creer”, sólo calibrar lógicas, pero si se mezclasen con creencias o sentimientos ilógicos, la inducirían a error e implicarían humanidad. Al principio de esta parte final parece clara la naturaleza inhumana de Will, pero cuando se sacrifique voluntariamente por Evelyn, se convierta en mártir contra la lógica, descubriremos que el alma humana de Will siempre estuvo ahí. Una bella idea que frustra por la nula capacidad y sensibilidad de Pfister para exponerla y expresarla, hacerla sentir. Evelyn también se sacrificará, también será una mártir. “Romeo y Julieta” cibernéticos, los enamorados muriendo a causa de una mala interpretación, de una confusión en sus intenciones, juntos en la cama.

-Del uso de los efectos especiales lo mejor es no hablar, pero no puedo evitar decir algo. Hay momentos de vergüenza ajena, ridículos, no por su calidad, que es una producción potente, sino por su uso. El “soldado” que salta a la escalera vertical para subirla, unos centímetros, es de lo más bochornoso que se ha visto en una producción de esta categoría.



-Una “máquina” enamorada, un hombre mecanizado con capacidades infinitas, capaz de cumplir el sueño de su mujer, o el sueño propio, el más ambicioso sueño, curar el planeta. Grandes ambiciones para una película que suena alarmantemente vacua, con un clímax indescriptiblemente mediocre, un clímax que tiene tela, pobre, falto de intensidad y de interés, que desprecia las grandes ambiciones de las ideas que presenta, banalizándolas y vulgarizándolas escandalosamente. El tráiler, ya de por sí soporífero, tenía más de todo que el clímax, y que toda la cinta en general. Imagínense.


Unas gotas de agua, que reavivan un tulipán en el jardín, el paraíso, creado por Will y que vimos al inicio, que se mantendrá ajeno al apagón general, contendrá a la pareja en lo que debería ser un bello y poético final, pero que sólo provoca indiferencia. Fusión del amor, la humanidad y la tecnología.

El reparto está correcto sin alardes, encarnando a unos personajes intrascendentes, llevando la contraria al título de la cinta. Depp está en un ambiguo rol que podría recordar a su trabajo en “La cara del terror” (Rand Ravich, 1999), junto a Charlize Theron. Como curiosidad debo mencionar que Johnny Depp se va pareciendo cada vez más a Sylvester Stallone, sobre todo con esa perilla y su rostro cada vez más hinchado.

Una película que apuesta por la ciencia ficción filosófica pero a la que le falta densidad, profundidad, capacidad narrativa en las manos de su director y poder visual para resultar verdaderamente perturbadora o desasosegante. Había material, por eso el fracaso es mayúsculo.





martes, 28 de octubre de 2014

Crítica: TRANSCENDENCE (2014) -Parte 1/2-

WALLY PFISTER












Esta película sirve de perfecto ejemplo para explicar lo que es una obra fallida. Ambiciosa, con grandes planteamientos a nivel conceptual, también visual, pero donde nada funciona. Todo el desarrollo conceptual es mediocre, torpe, aburrido, dramática y narrativamente es sorprendentemente incompetente, soporífera, tediosa. No hay conflicto dramático, tensión, suspense… se elige siempre la peor decisión, en una ineptitud cinematográfica desquiciante. Esto no sería problemático si fuera una cinta estúpida, sin nada, pero en su interior alberga interesantes propuestas y, sobre todo, preguntas, por eso resulta tan decepcionante y frustrante el resultado final. Interesantes propuestas y preguntas horrorosamente ejecutadas y desarrolladas, con conclusiones, cuando llega a alguna, tópicas, vulgares y simplistas. Todas las decisiones tomadas parecen las peores posibles.



Johnny Depp interpreta al doctor Will Caster, uno de los más brillantes expertos en el terreno de la inteligencia artificial, aspirante a lograr una máquina con emociones humanas y una inteligencia global, lo que le coloca en el objetivo de un grupo antisistema y antitecnológico. Este grupo atentará contra todos los científicos inmersos en ese campo de la inteligencia artificial, temerosos o conscientes del peligro que dicho desarrollo acarrearía. A partir de aquí Will se convertirá en su propia creación, expandiendo su inteligencia sin límites.




El director de fotografía de Christopher Nolan, Wally Pfister, demuestra que trabajar para un gran talento no te convierte en uno, por lo que visto el resultado debería plantearse seguir por la senda de la dirección de fotografía. De hecho es en el trabajo de fotografía, en encuadres cuidados y metafóricos, donde tenemos los momentos visuales más apreciables, pero desligado del conjunto, torpe desde todo punto de vista.


Así, los iniciales planos cortos de objetos o detalles, gotas de lluvia, luces, semáforos, objetos tecnológicos tirados, inservibles, marcan a la perfección el tono y funcionan como cebo que encontrará su explicación al final de la película. Así se explicita, mediante la voz over del personaje que interpreta Paul Bettany, el conflicto surgido entre la humanidad y la tecnología, una colisión radical con internet como nuestro peor enemigo.





Bettany interpreta a Max Water, otro brillante científico amigo de Will, pero con un sentido más moral en cuanto a las investigaciones. En esta presentación lo veremos en el jardín de Will observando tulipanes y gotas de agua, que también cobrarán sentido al final de la cinta. Un flashback nos llevará a los sucesos acontecidos 5 años antes y que han provocado esa situación casi apocalíptica. Ese jardín, 5 años antes, cobra sentido cuando vemos que es un santuario para Depp y su mujer, un pequeño lugar ajeno a cualquier interferencia, onda o señal tecnológica, sin wifis ni nada que se le parezca, un contraste curioso para un científico que pretende mejorar el mundo en base a la tecnología y la inteligencia artificial. La broma en la que su mujer le explica que con apagar el móvil recibiría muchas menos molestias define casi a toda nuestra sociedad actual, que se queja pero se muestra incapaz de desprenderse de sus aparatitos tecnológicos que les conectan con el mundo. Cierta hipocresía tecnológica en la sociedad.





Pfister dirige con mucha sobriedad, planos generales, sostenidos, que van a plano corto o al revés, de plano corto o detalle a general, como en la escena íntima de la pareja en su habitación. Ella, Evelyn Caster (Rebecca Hall), vestirá de rojo en este inicio y progresivamente irá utilizando colores más sobrios y oscuros.




Will Caster pretende crear un dios tecnológico, una superinteligencia perfecta y capaz de tener emociones humanas para una mayor comprensión de nuestra naturaleza en sus decisiones. La trascendencia.




Un recurso narrativo que ya en este inicio se hace patente, es el marcado uso de cebos, ya vimos los objetos inservibles del inicio y planos concretos que adquirirán sentido posteriormente, y al inicio del flashback veremos tartas de cumpleaños, envenenadas, para la presentación de Joseph Tagger (Morgan Freeman), otro científico amigo de Will contra el que se atentará. Del mismo modo la puesta en escena escindida de Pfister, con planos detalle y de objetos, como resalté al inicio, sirven también de cebos. Auriculares, teclados, un mundo tecnológico que será mortal para muchas personas. Serán el vehículo del que se sirvan los antisistema. Cuando veamos que Tagger no comió de la tarta encontraremos explicación a que fuera el único en no morir.






La tecnología lo inunda todo en la puesta en escena, llena de monitores, computadoras y sofisticados aparatos. Planos significativos al respecto son, por ejemplo, el que va de la pizarra, con fórmulas matemáticas, a la cabeza de Depp, cables mediante, o el de Evelyn (Rebecca Hall) y Max (Paul Betanny) ante pantallas o reflejados en las mismas. Un circuito en un cazador de sueños, la fugaz pregunta en la pantalla antes del apagado de la misma, que implicará el descubrimiento de que el plan funcionó, la resurrección informática… son más detalles visuales interesantes. Depp aparecerá digitalizado a partir de ese momento en su nuevo ser, una nueva forma. Su primera aparición será con el rostro de Evelyn reflejado en la pantalla, distorsionado.




Otro cebo, la líder del grupo antitecnológico entre el público de la conferencia de Will Caster, sin que sepamos quién es, y la posterior muerte en montaje paralelo de varios científicos a manos de su grupo. Extrañeza, explosiones, atentados contra investigadores que trabajan con la inteligencia artificial…



El único proyecto que aguantará el ataque conjunto del grupo antisistema será el de Depp, un proyecto potente y que acabará eternizando al protagonista. El disparo que alcanzó a Will (Johnny Depp) estaba envenenado y le llevará a una lenta agonía. Un mes de vida donde los espejos serán testigos de su deterioro físico, un retrato de Depp cada vez más distorsionado, incluso tras plásticos también, aunque su proyecto de inteligencia artificial le rescatará de la muerte. A Johnny Depp siempre le ha gustado jugar con su físico, aquí le veremos demacrado y rapado.



Duplicar la conciencia de Depp como solución para evitar que muera del todo. Tagger (Morgan Freeman) dedicará unas palabras a la muerte de Will, a su mente y a su alma… En principio el nuevo Will sólo querrá hacer el bien, en realidad lo querrá siempre, aunque su ilimitado poder acabe resultando problemático. Enriquecerá a su mujer y al mundo con un acceso ilimitado a la red que le permite maniobrar y llegar a todo. Un pueblo semiderruido y pobre será el lugar elegido por Will para que él y Evelyn comiencen una vida, construyan el inicio de un nuevo mundo, con toda una infraestructura cada vez más novedosa y moderna.






Adelantos tecnológicos desmesurados, curaciones milagrosas, en masa, optimización de las cualidades humanas, haciéndolas sobrehumanas, por ejemplo con el arquitecto, que tras recibir una paliza recibirá las atenciones de Will hasta convertirlo casi en un superhéroe. Él y todo el que pase por sus manos acabará conectado a Will, lo que casi podría suponer tener un ejército propio, un poder ajeno al resto del orden mundial. Will logrará una extraordinaria infraestructura, la evolución expandiéndose, su inteligencia gobernándolo casi todo. Creando una mente colectiva con todos sus súbditos…






Objetos.

Hemos hablado de los aparatos tecnológicos inservibles, que se utilizan para sujetar puertas o aparecen tirados por todos lados en el futuro. Habrá más a los que Pfister pretende dotar de significación, como el tocadiscos que vincula a la pareja. Objetos menos modernos que se identifican con lo auténtico, con los recuerdos, la nostalgia y el vínculo irrompible del amor de la pareja. El tocadiscos es un recuerdo de cuando se conocieron. Una vez establecidos en el pueblo veremos el tocadiscos sonando en una escena íntima, dos años después de la muerte de Will, reducto del pasado, esperanza de normalidad.



El anillo de Evelyn, como símbolo de la fidelidad y la traición a Will, también será un objeto representativo con importancia narrativa, especialmente en la parte final. Es un buen punto que no haya elementos románticos entre Evelyn (Rebecca Hall) y su amigo Max (Paul Betanny).



El secuestro a Max, el científico humanista que interpreta Paul Bettany, será a manos de Bree (Kate Mara), la líder de los antitecnológicos, ahora de rubia. Ella querrá que el científico, gracias a sus postulados más humanistas, cobre conciencia de lo que puede ocurrir si la expansión del Will digital no se frena. Es un punto interesante en la trama ese cambio de tercio, donde los aparentemente malvados, ese grupo antisistema, acaban apareciendo luego como salvadores o no tan malos, precisamente. Es buena la escena donde el encarcelado Max y Bree conversan y se sinceran, con planos cada vez más cortos en travellings de acercamiento para hacer más palpable el vínculo y la sinceridad. También recorremos el viaje opuesto, los aparentemente buenos acaban suponiendo la amenaza.




Pasados los años comprobaremos que Max sigue allí con los antisistema, perfectamente integrado y luchando contra su regenerado amigo Will. Se ve que Max no tenía vida…

No había vuelto a escribir desde que iba al colegio”. Pelín exagerada la cosa.