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sábado, 22 de abril de 2017

EN BUSCA

RELATO










Había sido una auténtica odisea llegar hasta allí. Muchos gustaban de desmitificar la figura del arqueólogo, profesión paciente, aburrida incluso, detallista, concienzuda… Él sabía que no era así, al menos no en su caso.

Él practicaba la arqueología como un héroe ávido de saber y descubrir. Un perseguidor de tesoros y reliquias. Una pasión que le había llevado a vivir las más grandiosas aventuras hasta esta última, a ese momento, el cénit de todas ellas.

Había tenido que viajar en globo, sumergirse a 20.000 leguas en un viaje submarino, visitar las catacumbas de San Calixto por pasajes secretos, seguir mapas hasta una supuesta isla con un tesoro… Había estado preso injustamente en el castillo de If; se había infiltrado en sociedades secretas masónicas; participado en tiroteos y duelos a espada; había explorado la selva utilizando lianas; navegado en una pequeña barcaza junto a un viejo y un pez espada; luchado contra piratas que pretendían abordar su barco; inspeccionado minas que escondían tesoros de un rey legendario; realizado tantos viajes como para dar la vuelta al mundo en mucho menos que 80 días…

Todas esas peripecias habían conducido a ese preciso momento, a ese instante, a doscientos metros de su gran tesoro, el más anhelado, el que justificaría su vida.

Dos distraídos guardias lo protegían en el interior de la cueva. Estaban en una de las puertas que daba al pasadizo, de espaldas a este, que conducía a la cámara del tesoro, de la gran reliquia. Él había abierto otro camino, oculto para sus vigilantes. El bochorno era insoportable, el ala de su sombrero estaba empapada y goteaba sobre su cara. Acarició su látigo y se movió con sigilo. Era ducho en estas acciones, pero siempre había que tener máxima precaución y mucho cuidado. Se movía con lentitud, como en una moviola, con la misma cautela y el mismo mimo con los que sus compañeros desempolvaban con su cepillo de dientes restos de huesos.

Los dos guardias comenzaron a charlar de sus cosas, dando paseos de un lado a otro, distendidos, fumando. Él agarró su látigo y, con suma delicadeza, lo lanzó hacia la madera que atravesaba el lugar. Una vez agarrado a ella esperó a que los guardias se alejaran o emitieran algún ruido más estruendoso que ocultara su propósito a sus espaldas.

Pasados unos minutos, uno de ellos, afortunadamente, debió decir algo ocurrente, por lo que el otro estalló en una carcajada que le llevó a la tos. Ese fue el momento elegido para impulsarse y usar su látigo de liana, volando silenciosamente a espadas de los guardias hasta el otro lado del pasadizo, sorteando el abismo que se hundía bajo sus pies, a un paso de donde se encontraba la cámara con el preciado tesoro.

Tenía el camino libre. En pequeños pasos se fue acercando hasta la cámara. Allí estaba.


El crío se adentró en su habitación dejando caer en el suelo un cinturón que hacía las veces de látigo. Se quitó su gorra de Nike para secarse su acalorada frente mientras se acercaba con tiento a una montaña de ropa en medio de la estancia. Oía el rumor distraído de la charla de sus padres detrás de él.


Levantó la ropa y encontró el libro, la gran reliquia y tesoro, ese que muchos años después leería a su hijo y le despertaría su imaginación, tal como hizo con él en su niñez.


viernes, 6 de mayo de 2016

HENNING MANKELL: Huesos En El Jardín

LITERATURA











Tristemente fallecido hace escasos meses, el 5 de octubre de 2015, el magnífico Henning Mankell siempre ha sido una especie de visionario que parecía advertir determinados cambios y acontecimientos sociales con sus novelas.

En “Huesos en el jardín” viajamos al pasado para resolver una intriga de unos refugiados en la 2ª Guerra Mundial”, un tema, precisamente, de plena actualidad, en la que cronológicamente sería la penúltima entrega de la serie Wallander.

Lo cotidiano es uno de los ingredientes indispensables en las novelas de la saga Wallander, el rasgo diferencial que lo aleja de otros detectives de su estilo. La mezcla de una intriga y la vida cotidiana del detective, un hombre normal, que envejece, que enferma, que sufre en sus carnes el paso del tiempo, la decepción y el aburrimiento de la rutina… Un detective que evoluciona mental y físicamente, como cualquiera de nosotros, como llegó a explicar el propio Mankell para dar sentido a su tremendo éxito.

En esta novela volvemos a encontrarnos con su hija, Linda, que fue la protagonista de “Antes de que hiele”. Por lo visto, Mankell no quiso escribir más relatos con Linda como protagonista tras el suicidio de la actriz Johanna Sällström, que la encarnó en una serie, aunque él mismo manifestó que no renunciaba por completo a un nuevo caso donde ella llevara las riendas.


Así, lo cotidiano aparece con la vida conjunta de padre e hija, una relación tan fría y complicada como amorosa de dos personas difíciles y parecidas, algo crípticas y poco dadas a expresiones afectuosas. Una relación difícil, algo problemática, pero que llevan bien porque se entienden a la perfección, reconociendo en esas dificultades las de sus propios caracteres.

El detective crepuscular, con barriguita, cansado, hastiado y decepcionado, con ganas de una pequeña casita en el campo con un perro, viendo día a día un mundo que no le gusta y cada vez le es más ajeno junto a su hija, es lo que da sabor al relato. El detective humano y real, de carne y hueso, con el que cualquiera se puede identificar y que cualquiera podría conocer. Que cambia y evoluciona.

Kurt Wallander es un personaje maravilloso, arisco, desagradable, humano, real, del que vemos su declive y envejecimiento, sus fisuras, sus anhelos, su sensibilidad, sus principios y sus contrastes. Un hombre consciente de sus sueños rotos, que le llevan a la decepción y hastío, aunque también a una secreta intención de poner remedio, de matizarlos, dentro de su taciturno carácter.

Hay en Wallander algo de los héroes crepusculares fordianos en una sociedad que le sobrepasa, que le ha adelantado y dejado atrás, que no comprende ni tiene claro que quiera comprender. Un personaje que iría en paralelo al de películas del estilo de “Los valientes andan solos” (David Miller, 1962).

Huesos en el jardín” parece seguir la senda de otra conocida saga de novelas negras nórdicas, las del “Departamento Q”, de Jussi Adler-Olsen, donde los detectives encargados regresan al pasado para cerrar casos sin resolver, como ocurre aquí.

En este sentido, la novela, como el propio personaje, reflexiona sobre el paso del tiempo como un eco que trae esas ventiscas que asolan Escania.

Mankell utiliza las historias de Wallander para recrear la evolución de Suecia y la misma Europa, un retrato social que suele ser intrínseco a la buena novela negra. Y es que el crimen siempre es atractivo y la mejor forma de sacar a la luz las miserias de las sociedades modernas y sus lados oscuros.

Así, los entornos fríos, gélidos e incómodos, donde Mankell juega con los fenómenos climatológicos a la perfección creando magníficas atmósferas, se integran plenamente con los relatos. Aquí el viento, la lluvia, la amenaza de nieve, siempre están presentes. 

No es raro que en los relatos de Mankell aparezcan parejas de asesinados como aspecto narrativo, en ocasiones dando el pistoletazo de salida a la narración, una idea con la que el autor juega de forma acertada.


No piensen que van a encontrar la mejor novela de Mankell, en absoluto, no lo es ni de lejos, pero conserva los atractivos de la historia de su personaje principal y el talento del escritor. Una novela corta y entretenida que se lee fácil, aunque no está entre las destacadas de la saga Wallander ni de la obra de Mankell.


viernes, 4 de diciembre de 2015

PATRICIA HIGHSMITH: Las Dos Caras De Enero

LITERATURA












Figura indispensable de la literatura, Patricia Highsmith es un referente absoluto de la novela negra, de intriga y el thriller.

Highsmith no sólo ha deleitado a los amantes de las letras, los cinéfilos también le estamos muy agradecidos, ya que gracias a sus obras hemos disfrutado de brillantes películas que adaptaban algunas de ellas, no sólo de la mano de Hitchcock con “Extraños en un tren” (1951) sino también en el cine francés con “A pleno sol” (René Clement, 1960), que tuvo su remake en 1999 con “El talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella.

De hecho, “Extraños en un tren” ha tenido varias versiones o variantes, lo mismo que de la saga sobre Mr. Ripley se han realizado varios films.

Esta misma novela, “Las dos caras de enero”, tuvo su adaptación cinematográfica en 2014 dirigida por Hossein Amini y protagonizada por Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac.

Chester MacFarland es un estafador que recorre Europa junto a su bella y joven mujer, Colette. Tras matar accidentalmente a un policía griego que le seguía los pasos, la vida de la pareja quedará vinculada a la de Rydal Keener, un joven que decide ayudarlos. Esta alianza de difícil equilibrio y relaciones ambiguas en el trío quedará sepultada en manipulaciones, chantajes, deseos y engaños.


Gusta mucho a la Highsmith llevarnos por lugares exóticos, turísticos, europeos, donde poder recrearse en el hedonismo, los entornos lujosos con personajes adinerados, pero siempre en un núcleo cerrado. Si en “El talento de Mr.Ripley” viajábamos por Italia aquí pasaremos una buena temporada en Grecia.

Y es que la novela que nos ocupa es tributaria, de forma evidente, de la saga Ripley, especialmente de “El talento de Mr. Ripley”, su episodio más conocido y reputado. Su atmósfera veraniega, las relaciones ambiguas y turbulentas, la degradación moral paulatina, la diversificación de personalidades, la ocultación de crímenes… El estilo general y pasajes en particular, vinculan ambas novelas de forma inequívoca.

Falsas amistades, crímenes pasionales, escenas con cadáveres cargando… hermanan ambas novelas…

La usurpación de la identidad, la diversificación de la misma, la suplantación de personalidades, son temas muy usados por Highsmith y que lleva a interesantes reflexiones. Una forma de despersonalización emparentada con la inmersión en la inmoralidad.

Los personajes que suplantan y/o diversifican sus identidades tienden a difuminarse, una agónica desaparición a través del cambio de identidad, que se acaba convirtiendo en la única manera de existir… Vivir, existir,  a través de las identidades de otros.

Chester se verá obligado a “comprar” varias identidades nuevas para poder moverse y huir de la justicia, lo mismo que Rydal. Un Rydal que es una especie de Tom Ripley cobarde y blando; quiere ser como él pero no se atreve porque tiene más escrúpulos y no cae en la amoralidad total de aquel.

Las relaciones en las novelas de Highsmith son ambiguas, complejas, difusas, enfermizas incluso. Juegos psicológicos repletos de falsedades, atracciones inconscientes o conscientes y manipulaciones. En muchas de ellas se hace evidente la homosexualidad de los personajes, aunque no es el caso de esta que comento. Aquí, aunque tenemos una relación ambigua y extraña, no llega a sugerirse esto.

La propia homosexualidad de Highsmith ha quedado filtrada en su obra, con algunos relatos muy transgresores para su época tratando ese tema. Incluso en sus novelas de intriga se aprecian tendencias homosexuales, como en Ripley sin ir más lejos.

La relación de Chester y Rydal es ambigua y extraña, muy psicológica, con un enfermizo toque paterno filial, pero no es lo mejor de la obra, ya que muchos comportamientos son complicados de entender o justificar, así como muchas de las motivaciones de ambos. Trucos, comportamientos, actos e inacciones que en ocasiones restan solidez. Una relación que no termina de culminar, dando demasiados rodeos para nada. Poco concluyente.

Con todo, como la gran mayoría de las obras de Patricia Highsmith, “Las dos caras de enero” tiene una gran complejidad psicológica, es detallista al máximo y muy inteligente, retratando dos personajes brillantes, aunque menos de lo que pretenden, desgranando todos los sucesos y pasos con una habilidad, una inteligencia y una facilidad y claridad de exposición encomiables. Sí, Highsmith es muy detallista.

Hay algo enfermizo, obsesivo y perturbado en los tres personajes, especialmente en los masculinos, ya que la chica es un alma frívola y libre. No acaban de caer bien ninguno. El caso más sangrante es con Rydal, supuesto protagonista, lo que dota a la obra de mucho interés.

La mentira y el crimen también son temas básicos en su obra, del mismo modo que el materialismo, el anhelo de lo ajeno y el sentimiento de culpa.

Hay mucha sensualidad en la obra de Highsmith, aquí destaca especialmente en la primera parte de la novela. Una primera parte donde existe cierta morosidad: se desarrollan las relaciones y las distintas personalidades de los personajes, pero una vez planteada la peripecia no ocurre apenas nada.

Un universo de hoteles, whisky, relaciones enfermizas y ambiguas, pasaportes falsos y turismo tenso.

Highsmith lleva su narración en tercera persona cambiando el punto de vista, que nos manda de Rydal a Chester episódicamente.


Sin ser su mejor obra, ni mucho menos, Highsmith siempre es una buena apuesta si te gusta la novela negra o de intriga.