Se oyeron algunas críticas al estreno de la primera parte de la saga de Piratas del Caribe que decían que, bueno, era entretenida, pero básicamente la película era lo que era el personaje de Johnny Depp. Esto, que es totalmente falso ya que se trata de un más que sano y brillante entretenimiento, se ha convertido en la pura verdad en sus secuelas.
Ésta que nos ocupa y que dura la friolera de 2 horitas y algo más de 40 minutitos, se puede llegar a hacer tremendamente aburrida y su conclusión, con ese cruel final para la pareja protagonista, realmente infumable.
Depp, una vez más notable, y alguna escena que resulta divertida, son las cosas más destacables que podemos mencionar junto con la aparición de lo más parecido a un pirata que tenemos entre el famoseo, el bueno de Keith Richards. Y Keira Knightley.
El resto se acaba inundando, como ese barco pirata que ejerce de submarino, en un mar de efectos especiales y, sobre todo, de chorradas a tutiplén.
Exuberante, exótica y vacía, una lucha constante por superar la chorrada anterior, la desnudez exhibicionista en la que queda el que no es gracioso pero pretende serlo o parecerlo.
Es curioso como cuando en una saga no hay una preparación las tramas son cada vez más desquiciadas. Lo de esta tercera parte tiene mérito ya que se ensimisman tanto en su desquiciamiento que parecen no querer acabar la película, imagino que alguien con una repentina lucidez les dijo: “mejor acabamos ya, que va para las 3 horas”. Mi eterna gratitud a esta lúcida persona y a los que le hicieron caso.
Casi se me olvida, Orlando Bloom nos deleita con otra memorable interpretación. Lo de este chico no tiene precio, no llega a la profundidad casi shakespeariana de “El reino de los cielos” (Ridley Scott, 2005), una de las peores interpretaciones que he visto nunca, pero el chico lo intenta. El mono Amedio vuelve a superarle otra vez.










