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jueves, 30 de octubre de 2014

Crítica: THE WICKER MAN (2006)

NEIL LABUTE








El terror psicológico con final sorpresa asoló las carteleras del mundo tras el éxito de "El Sexto sentido” (M. Night Shyamalan, 1999). Innumerables títulos con finales supuestamente impactantes e inmersos en el género del terror a ser posible empezaron a sucederse, cada uno más mediocre que el anterior, hasta el punto que los finales sorpresa ya se veían venir a los 5 minutos de metraje… Las modas y el cine de éxito, lo de siempre. 




Dentro de esta vertiente llega este remake de una película que ya era discreta, “El hombre de mimbre” (Robin Hardy, 1973), dirigida por Neil LaBute, director de “En compañía de hombres” (1997) y “Amigos y vecinos”, cintas discretas pero que le dieron cierto renombre, y mediocridades como “Persiguiendo a Betty” (2000) o el remake de “Un funeral de muerte” (2010) … LaBute se maneja mejor en los guiones que en la dirección, aunque tampoco está para presumir en esta faceta aquí, por ejemplo…

Cage interpreta a un policía que sufre un accidente, mientras está convaleciente recibe una carta de su ex-prometida, que le abandonó sin dar explicaciones, contándole que su hija ha desaparecido, hija que también es de él. Cage decide ayudarla y viaja a una extraña isla aislada donde vive una no menos extraña comunidad matriarcal pagana. Bastante peor que la película original de 1973.

El guión, la historia en sí, es un desastre porque desde que Cage llega a esa matriarcal isla todo lo que sucede a continuación nos lo podríamos ahorrar, una espera estúpida con escenas efectistas, falta de atmósfera y situaciones absurdas hasta que a las damas les dé por cogerle en sacrificio. Una espera que cuando acaba la película deja perplejo pero no por la sorpresa sino por haberte tragado hora y cuarto de tonterías.

De guión absurdo, "pelín" misógina, mal dirigida, con escenas que no se sabe muy bien para qué sirven, como la inicial que pretende impactar, con niña siniestra de comportamientos absurdos, o su llegada a la isla y el misterioso saco que portan dos hombres forzando un suspense ridículo; recurriendo en reiteradas ocasiones al efectismo más cutre, sustos gratuitos presumiendo de vulgaridad estilística y tópicos de género; elementos intrigantes sin fundamento ni desarrollo; mal interpretada… pocas cosas buenas se pueden sacar. 



Momentos como la pelea entre Leelee Sobieski y Nicolas Cage o el rescate de Cage a una niña y la persecución a éste hacia el final de la película son tan bochornosos que duele… Esto por no citar la película entera. Ahorro tormentos al lector, para que no se diga…




Momentos como ver a Ellen Burstyn maquillada a lo “Braveheart” (Mel Gibson, 1995) o a Nicolas Cage con cara de flipado en esa isla repleta de gente de lo más acogedora y normal sin posibilidad de comunicación, con mujeres medio locas y psicópatas, una ex paranoica con cara de ida a punto de llorar constantemente y hombres con la lengua cortada sin plantearse huir o pedir ayuda, son otros impagables momentos de la cinta.

Que la niña buscada se apellide Woodward supone un homenaje al protagonista de la cinta original, Edward Woodward.





Cage no parará de ver niñas parecidas a la que vio en su accidente o que se parecen a la que es supuestamente la suya y ha desaparecido, porque sí, para escenificar un supuesto trauma que no queda claro.

LaBute intenta indagar en la relación entre personajes, pero esto acaba suponiendo un lastre ya que la película viene viciada desde su planteamiento, por lo que profundizar en ello supone profundizar en el error.







The wicker man” es un paradigma de película tramposa, repleta de miradas de sospecha, malintencionadas, de recriminación, que al final sólo tienen la intención de engañar al espectador en exclusiva, porque engañar a Cage, no se sabe muy bien con qué función y de esa manera estando en una isla sin salida, es directamente ridículo.
A esto se suman los engaños de la protagonista, Willow (Kate Beahan), planteando sospechas sobre sus compañeras de isla y una situación siniestra en ese lugar en un juego tan absurdo como esperpéntico, más que nada porque la intención última de ello es nula, vacua.

Lo gracioso es que en la cinta se dice literalmente “esta es una historia cuyos capítulos se escribieron con mucho esmero”… y tan panchos… Que nadie saliera a pedir disculpas tras la proyección o al menos tras semejante frase debería ser denunciable.

Un reparto con varios nombres conocidos, por supuesto desaprovechados, Nicolas Cage, Ellen Burstyn, Leelee Sobieski… Hay unos pequeños papeles para Aaron Eckhart y James Franco.

La dirección de LaBute es mediocre, sin poder visual, sus recursos semioníricos y fantasiosos sólo generan desconcierto, nunca interés, tensión o suspense. Todo lo demás resulta convencional, sin algo reseñable en los encuadres o la puesta en escena. Efectismo, sueños artificiosos, look hortera, onirismo barato y sin sentido… Terror de feminismo mal encauzado…

Quizá a los muy amantes del terror psicológico les pueda llamar la atención o la aprecien en cierta medida, aunque sea para pasar el rato. Quizá algún amante de los supuestos finales impactantes le dé un pase, pero lo cierto es que “The wicker man” es una tremenda mediocridad. 

Si te gustan este tipo de películas y no eres nada exigente, puede que saques un rato entretenido, si no es así, te desagradará sobremanera. Tiene algunos momentos realmente irrisorios. Una película que no da para más por la vacuidad de la propuesta y planteamientos de LaBute.






 


martes, 15 de noviembre de 2011

Crítica: LA ÚLTIMA PELÍCULA (1971) -Última Parte-

PETER BOGDANOVICH





Es obligado comentar el carácter transgresor de la película que habla sin complejos, y muestra, del sexo, hay sexo en todo momento, algo lógico en un pueblo sin excesivas diversiones, el sexo adolescente de magreos en los coches donde las novias no dejaban meter mano, de magreos con novias que sí dejaban meter mano, con putas, con mujeres maduras que reverdecen un poco en el adulterio con chavales jóvenes, el sexo de sueños cumplidos que son frustrados, el sexo desfasado, el sexo por cumplimiento, por necesidad, insinuaciones de zoofilia, pederastia… Corre, en ocasiones, la película el peligro de reiterar en exceso, de caer en la línea de películas adolescentes donde las hormonas lo dominan todo, de caer en la ligereza, y aunque un poco de eso hay, la profundidad indiscutible del conjunto supera el obstáculo.



Todo se acaba y se nos muestra con numerosos ejemplos. El cine no es rentable, en gran medida por la gente que se va marchando además de por la televisión, aunque tampoco se muestra un excesivo interés por ésta, y aunque sabemos que el cine no ha muerto el de ese pueblo languidece, también se ejemplifica con la muerte de Sam, con la decadencia de una amistad que parecía indestructible, con la marcha a la guerra de Duane, los amores y esperanzas frustradas, la muerte del hijo de Sam

El plano final de Sonny sin saber que decir, resignado y a la vez necesitado de refugio, lo dice todo, y esa mujer, Ruth (Cloris Leachman), que en un principio se rebela ante él, le recrimina y se desahoga, pero luego le acoge ante la enorme comprensión que siente de lo que le sucede y necesita. Dos personas que se necesitan enormemente. Dos personajes con sueños que aspiraban a otras cosas y que no han recibido más que decepciones… excepto en lo que corresponde a ellos mismo con respecto al otro (aunque él la falló). En ese final Sonny intenta escapar pero la visión de una carretera infinita como símbolo de un futuro incierto, del miedo a arriesgarse, a lo que pasará, le hará volver.

Jóvenes que irán entendiendo los consejos que les dan sus mayores, reseñado en un poema recitado en clase, mayores que pasaron en cierto sentido, como es normal, por lo mismo que ellos.
Ellen Burstyn interpreta a la sensual madre de Jacy, que mantuvo en su juventud una relación con Sam, amargada, se arrepiente de no haberse arriesgado en su momento y apostado por aquella relación, cediendo a conservar su matrimonio. Está magnífica, como todos por otra parte.

En una fiesta la escena donde Jacy camela a Duane dejándose meter mano es una buena descripción de las armas de mujer para la manipulación. En esa misma fiesta vemos aparecer al padre de Sonny y tener una incómoda y fría conversación con su hijo, relaciones familiares difíciles, rotas casi.

La relación entre Ruth y Sonny es emotiva, desesperada, desgarrada incluso, una mujer decepcionada de la vida que vuelve a tener ilusión, un joven ávido de nuevas experiencias que ve la posibilidad de experimentar con la mujer madura, es fácil encontrar en esta historia referencias a “El graduado” (Mike Nichols, 1967). Una relación que irá evolucionando en cierto sentido inverso en los dos personajes, así ella de la resignación vital pasará a la ilusión de una quinceañera, a sumirse en la depresión por el abandono del joven para acabar en la comprensión y aceptación de su vuelta. Un viaje que la hace más fuerte y, parece, conocerse mejor. Sonny por el contrario, pasará del vagabundeo e ilusiones de adolescente a la curiosidad por experimentar, para posteriormente dejarse llevar por las ilusiones de su amor platónico, Jacy, que le hará conocer el sabor de la decepción, un sabor bien conocido por Ruth, y que sumado a la separación de su amigo Duane y a la muerte del chico mudo, que le sirve de catarsis, le llevarán a una mayor madurez y comprensión de la verdad en la que vive, una comprensión que le hará entregarse a Ruth al entender e identificarse con lo que le pasa a ella.
Sorprenden las atrevidas y naturales escenas, con desnudos y sin complejos, muy transgresoras para la época, mítica es la del trampolín en la piscina protagonizada por Cybill Shepherd. Un aspecto éste muy destacado de la película.


Los personajes están muy bien dibujados, todos los detalles, por pequeños que sean, sirven para ello, hecho con talento y sin nada de simplismo, así a Duane, que es delantero del equipo de fútbol y es fuerte y agresivo, le veremos actuar cobardemente después de incitar, con sus amigos, al joven mudo a tener una relación con una prostituta.
Una de las grandes escenas de la película es la del monólogo de Sam acerca de sus vivencias pasadas, planificada desde un plano medio que va en suave movimiento de cámara a un primer plano, que luego volverá a su posición inicial. El personaje de Sam es la columna vertebral del pueblo y casi de la película, esa escena, un día de pesca, ejemplifica muy bien lo que él significaba, no importaba que no se pescara nada o el lugar donde se hacía, lo importante era con quien estabas y la actitud ante ello, lo importante son los sentimientos, no la pesca. Evidentemente, y como expresan explícitamente algunos personajes, su muerte acelera el declive de ese pueblo.
Jacy, siguiendo los consejos de su madre, tendrá la filosofía de que el fin justifica los medios, es manipuladora y fría con respecto a los sentimientos de los demás, será una de las que saldrá del pueblo.


La dirección es notable, clásica, con referencias al western y al estilo fordiano, sutiles movimientos de cámara de aproximación, tempo lento y pausado que también se remarcan en los mencionados movimientos de cámara, que dan el tono perfecto y adecuado. La dirección de actores es magnífica, todos están espléndidos. Jeff Bridges comenzó aquí su prestigiosa carrera recibiendo una nominación al Oscar y siendo considerado uno de los mejores actores de su generación. Ben Johnson y Cloris Leachman lo consiguieron gracias a su extraordinario trabajo.


La fría y desgarrada, árida, escena final es el colofón al declive de un pueblo y unos personajes, que acaba con un plano final de una solitaria calle del pueblo, como si del antiguo oeste se tratara, donde no parece quedar nada, la misma desolación que se veía en la escena anterior entre Sonny y Ruth, no en balde están vinculadas con un fundido encadenado.
Esta falta de esperanza y los mencionados excesos, son el único pero que se puede poner a la cinta, impecable en todo lo demás.



Dedicada a Capaldi.