Amelia (Essie Davis) anhela a su marido en todas las facetas de su vida,
en el cuidado de su hijo, pero también en el sexo, como en esa escena donde
intenta masturbarse con un vibrador y su hijo la interrumpe, un hijo que ve
como castrador.
Del mismo modo anhela el amor, el sentirse acompañada y
protegida por la figura que añora, así queda retratado en esas ansiosas y
nostálgicas miradas a parejas de enamorados.
La atmósfera enfermiza, la tensión y el terror se procuran
de forma creciente, con imágenes extrañas, inquietantes, que son a la vez
ejemplo de la mirada perturbada de los protagonistas, expresión exterior de su
tumultuoso y traumatizado interior. Un ejemplo, la puerta cerrada que rasca el
perro, marcando un cebo que tendrá interesantes ecos en la trama. Rasca la
puerta del desván, que descubriremos como un santuario a la memoria del padre.
De hecho, la figura de Babadook se va relacionando cada vez más con la del
padre, una figura que se aparece de distintas maneras, como las prendas
colgadas en el sótano que calcan la figura del monstruo que les atormenta y que
pertenecen al padre. También apreciará la figura en la comisaría, al verla
saldrá huyendo, es un mecanismo de defensa propio.
Cristales en la sopa, fotos pintadas tachando la figura
paterna, gotas de agua creando atmósferas, luces intermitentes que parecen
insinuar cada aparición de ese coco, de Babadook, armarios caídos… De todo
acusará Samuel a Babadook. La llamada de Babadook es tan siniestra como
impactante…
Un aspecto esencial en esa creación de atmósfera lo tenemos
con el color de la película, escenarios caseros solitarios y llenos de grises,
nocturnos a menudo, es una película sin apenas color, que bien podría haberse
rodado en blanco y negro. Esto contrastará con la escena final en el jardín,
floreciente, colorido y de aspecto vital.
Amelia sobrelleva su insomnio y falta de descanso viendo la
televisión, películas y noticias de todo tipo, que acentúan su estado anímico. Su falta de
descanso en el sueño queda maravillosamente retratada con las elipsis que
muestran ese sueño en tiempo acelerado.
Esta paulatina desvirtuación se retrata con reflejos donde
se distorsiona su rostro, un camino hasta el fondo del abismo.
Samuel (Noah Wiseman), por su parte, también va dando muestras de
desequilibrio constante, algo que mejorará cuando su madre tenga que medicarle.
Los niños, como siempre, en contacto directo con el más allá. Sus
conversaciones con Babadook son poco edificantes. El pobre chico da mal rollo
en muchas ocasiones. Sus grandes ojos, su mirada aterrada en ocasiones,
perturban sobremanera. A veces parece poseído o deseoso de que algo lo posea…
“¿Quieres morir?”
“Es mi padre, no es tuyo solo, ¿sabes?"
Samuel siente que su madre se apodera de la figura de ese
padre que no conoció, pero al que quiere y anhela de igual manera. Si bien en
un principio Samuel parece amenazante, una actitud ambigua que no sabemos si se
aliará a ese monstruo llamado Babadook, lo iremos descubriendo como una víctima
de ese entorno enfermizo, donde todos le acusan y atacan, donde se siente
completamente solo y asustado. Pasará de supuesto conspirador contra la madre a
su protector sin fisuras para ayudarla a pasar página.
El contenido del libro que Samuel encuentra no puede
resultar más macabro. Es aterrador. Un libro que es una simple metáfora, una
manifestación del tormento y la oscuridad interior, la maldad que surge de la
madre por su depresión. Una expresión que busca salida. Aunque lo esconda
volverá a aparecer, aunque lo destruya el libro regresará, como sus tormentos.
Un recurso narrativo. Podría interpretarse que lo escribe la propia madre,
pero esto resulta indiferente, la idea es mostrar su vínculo con ella y sus
pulsiones interiores.
Es por ello que aparecerá a pesar de haber sido destruido,
porque el trauma no está curado ni enfrentado, pretende ocultarse, pero es
inevitable que se escape por las fisuras de la psique, ya que se va haciendo
cada vez más grande y poderoso.
Jamás le enseñará el libro a nadie, lo destruirá, pero nunca
intentará pedir ayuda o empatía a alguien. Quizá se deba a la frialdad de su
hermana o viceversa…
El libro marcará las pautas que luego veremos seguir a
Amelia, la amenaza, la muerte del perro, la del hijo y el propio suicidio,
consecuencia lógica del tormento y trauma psicológico interior. Expresión de
Amelia, de su psique perturbada.
Amelia no puede llevar todo adelante, está cansada, no puede
con su trabajo, lo que dará pie a la entrada, fugaz, de otro personaje, un
compañero solícito y generoso que extenderá toda su amabilidad ante ella
buscando una relación que no conseguirá. Curiosamente, aunque parece hastiada
de su trabajo, su mirada será tierna cuando se dirija a algunos de los ancianos
que cuida.
La locura se dispara, por lo que Amelia medicará a Samuel y
se zambullirá completamente en el dolor, dejándose “poseer” por Babadook, lo
que se resalta visualmente en una posesión por la boca. El no tener que ocuparse de su hijo y alejarse de su hermana propicia ese estado. Tendrá visiones,
cucarachas que inundan la casa, que salen por agujeros para desaparecer poco después, encontrará desquiciante al perro, cada vez más presente, tendrá
sentimientos homicidas hacia su hijo... Su imagen ante los servicios sociales no
puede ser más desoladora, por supuesto.
Noches en vela, también retratadas con elipsis aceleradas,
donde ve a Babadook cada vez más cerca, en la casa de la anciana vecina de
enfrente, en los propios programas que ve, como un personaje más. Se va
gestando un estado de ánimo homicida frente a su aletargado hijo, víctima de la
medicación. Un comprensible carácter cada vez más irascible por la falta de
descanso. Con esto se confirma que Samuel era el que mantenía a flote a su
madre, la mantenía activa, pensando en otra cosa, evadiéndose en cierta medida,
y aunque no era suficiente para curarla, si evitaba que cayese a ese abismo en
el que se sitúa al quedar Samuel fuera de juego por culpa de las pastillas.
Abrazando la completa depresión y la locura desquiciada.
Amelia se aparece a nosotros cada vez más “ida”, con
visiones constantes, en el coche, con cucarachas y la silueta del monstruo,
ignorando a su anciana vecina, bañándose vestida junto a su hijo, reaccionando airadamente con su hijo al tocar un violín que seguramente perteneció a Oscar, su
difunto marido… Al borde del colapso. Ahora es decididamente Amelia la que
resulta amenazante, terrorífica, sorprendiendo a su hijo intentando pedir ayuda
a la vecina, cortando el hilo telefónico, su juego con el cuchillo, sus
chillidos, obligando a medicarse a su hijo para tenerle a merced, aunque el
listo chico fingirá hacerlo, sus caricias siniestras… Todo su desequilibrio y
trastorno se manifiesta también en sus visionados frente a la televisión,
completamente perturbados, filtrando en las imágenes su psique enferma, lobos
como ella que persiguen a su presa en dibujos animados, madres que apuñalan
niños, fugaces apariciones de Babadook, viéndose a sí misma como asesina de un
hijo de 7 años… hasta llevarla a la visión de su propio hijo asesinado en el
sofá y el perro asustado con sus truculentos mimos.
Uno de los grandes aciertos de la película es la ausencia de
música, provoca un impacto más real y desnudo, más descarnado. También es
interesante el uso de los efectos especiales, rudimentarios, artesanales, que
hacen que el homenaje a Méliès cobre pleno sentido.
La nueva aparición de Babadook, convertido en un falso marido
que pide en tributo a Samuel, desencadena la parte final del film. Así se da un
paso más con el seco asesinato del pobre perro y se sacará su dolorida muela, a
lo “Aflicción” (Paul Schrader, 1997), metáfora del futuro asesinato de su hijo,
una decisión tomada. Poseída, momentos impactantes acentuados con sonidos
insectívoros.
“No te imaginas cuantas veces he deseado que hubieses sido
tú y no él el que murió”. “A veces sólo quiero estamparte la cabeza contra la
pared, hasta que se te salgan los putos sesos”.
Samuel no se achantará y se nos descubrirá plenamente
consciente de lo que le ocurre a su madre, así que dará la cara y se enfrentará
a ella. En esta parte final deja al niño de “Solo en casa” (Chris Columbus,
1990) en completo ridículo, apoyando a su madre en su lucha interna.
Han pasado un par de semanas y los males cesaron. Es el
cumpleaños de Samuel, los servicios sociales comprueban un hogar feliz, el
entorno es colorido y luminoso, Babadook está dominado, controlado, pero
latente. El paso del tiempo también curó la herida de la pierna de Amelia.
Amelia ya no se escandaliza de que su hijo diga lo que se le ocurre sin filtros, al
contrario, le recuerda al padre y lo acepta con cariño.
Tenemos varios homenajes cinéfilos, Mario Bava y su film
“Black Sabbath” (1963), cortos de Georges Méliès; "La maison ensorcelee”
(Segundo de Chomón, 1908), “El extraño amor de Martha Ivers” (Lewis Milestone,
1946)…
Sin duda, “Babadook” es una película inteligente en su
propuesta, muy en la línea de “La semilla del diablo” (Roman Polanski, 1968) en ese subtexto que
contiene, la película que mejor ha retratado los miedos urbanos, pero
lamentablemente aquí no acaba de funcionar como película de género como cabría
esperar. Buenas intenciones que funcionan sólo a medias.
Dedicada a la bella Pearlsbu.

























































