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martes, 17 de enero de 2012

Crítica: DRIVE (2011) -Última Parte-

NICOLAS WINDING REFN






Drive” tiene un gran número de escenas brillantes, de momentos extraordinarios, uno de los mejores lo tenemos en la escena donde finaliza la fantasía familiar de “El conductor”. Él está en casa de Irene, esperándola, mientras ésta se prepara para salir. El sonido del teléfono entra en escena mientras vemos a la chica acicalándose ante el espejo, el teléfono suena unos segundos mientras se mantiene el plano. Refn corta y pasamos al automóvil de “El conductor”, donde vemos a la pareja. Él intenta llamar la atención de Irene con miradas constantes, nerviosas, en un maravilloso ejemplo de ese idioma personal e intransferible de la pareja, basado en miradas. Miradas inquietas de él que pretenden una respuesta ante la evasiva de ella, sin palabras, es la forma que tienen de comunicarse, sobre todo él. Intuye que algo pasa, por eso insiste en mirarla sonriente buscando sus ojos. Ella en un principio no se da por aludida hasta que cede y nos explica el contenido de la llamada que oímos en la escena anterior. El marido vuelve a casa. La escena concluye de forma magistral con Gosling mirando al frente, a una carretera eterna que no se dirige a ningún sitio, a una carretera perdida que nos recordará a David Lynch, a una carretera que lo aleja de su fantasía y dirige a su vagar de inestabilidad de nuevo, sin destino. Una mirada perdida y decepcionada.
Una escena magistral resuelta de forma maestra.
Dorados y azules, un mundo gélido y solitario, sólo cálido para nuestro protagonista junto a Irene y su hijo.


El personaje de Gosling tenía dos opciones, desaparecer y renunciar a ese vínculo con la familia de Irene, que le facilitaba o saciaba sus ansias de raigambre, o aceptar la nueva situación. Elegirá la segunda opción y adoptará a esa familia en su desarraigo para protegerla y vengarla.
La aparición del padre del chico crea cierta tensión, no sabemos por donde va a desembocar la relación entre ambos hombres ni la de Gosling con Irene y su hijo hasta que un suceso imprevisto, servidumbres que trae Standard, (Oscar Isaac), el marido de Irene, de la cárcel hacen tomar una decisión a “El conductor”. Intentará ayudarle a resolver sus problemas con los mafiosos que le chantajean.





El conductor” se ofrece a ayudar a Standard en el atraco para conseguir el dinero que el marido adeuda a los mafiosos y que luego le dejen en paz a él y su familia, la de ambos. Pero el atraco no sale como se esperaba.
La película da un giro imprevisto y se convierte en una exagerada espiral de violencia, la contención de la primera parte estalla por los aires.
Carey Mulligan, Irene, tiene un aire frágil, vulnerable e inocente, transmite esa necesidad de protección que el personaje de Gosling tiene a bien darle, un acierto de casting para un papel en el que ella está extraordinaria.




Christina Hendricks, famosa por su papel en la serie “Mad Men”, era la compinche que iba a ayudar a Standard en el atraco frustrado, además de “El conductor”. Ellos dos logran huir pero Standard es abatido por el dueño de la tienda que pretendían robar. Se ocultan en un hotel y en esa escena Hendricks es encuadrada sobre un enorme espejo, otra vez un espejo presente, que representa la doblez de la mujer, su mentira y falsedad.


La violencia se desata.

El conductor” más que moverse por un código de honor se mueve por el deseo de lo que nunca tuvo, que además cree que es un ideal. Jamás quiere hablar de su delictiva dedicación, le hace sentir mezquino, sucio. Con la familia de “adopción” siente que integra y forma parte de algo puro que merece la pena, algo a conservar, un paraíso, un unicornio, como en Blade Runner, algo mítico que da sentido no ya a su vida, sino a la vida en general. La idea de poder aferrarse a la familia, por esa idea hará lo que sea, es lo que le impulsa a seguir… conduciendo.
Como inicio de su protección “El conductor” se dirige a ajustar cuentas con el chantajista. La escena de la bala y el martillo, la bala que el mafiosillo de tres al cuarto dejó al hijo de Standard, está llena de contrastes. Refn sitúa la escena en una habitación repleta de espejos, otra vez espejos, con la mirada y actitud fría, casi gélida, de las chicas desnudas que allí trabajan, que no se inmutan ante la situación y la amenaza de “El conductor” de hincar la bala en la cabeza de su jefe. Todo lleno de dorados.


El personaje interpretado por Gosling es el vehículo para mantener la normalidad, la tranquilidad y bienestar de la gente que quiere, de la sociedad en suma, una lucha violenta y oculta que subyace para mantener las cosas que valen la pena de verdad. Es su sacrificio y a lo que decide entregarse. Un ángel guardián, un ángel vengador.



Otra de las escenas cumbres es la del ascensor, una mezcla de romanticismo, estética expresionista new age que desemboca en salvaje violencia, tensión que se masca y nuevo vuelco en las relaciones de los personajes. Una de las escenas definitorias de la película. Pasamos de ver el primer contacto físico de “El conductor” e Irene, rodado de forma expresionista, cambiando la iluminación que aísla a los dos personajes del entorno para, sin solución de continuidad, explotar en la violencia más explícita, mostrando la ambivalencia del protagonista y la lucha que ha llevado hasta ese momento para contener sus impulsos naturales, una violencia contenida que se le intuía, un ser perturbado que se controlaba como podía. Como Travis Bickle en Taxi Driver. Un personaje que encuentra en la conducción y la huida su fórmula de escape pero que al final no puede renunciar a su naturaleza. Es por ello que la conclusión de la escena vuelve a ser excelente con el plano sobre la espalda del protagonista, sobre su cazadora, donde vemos el escorpión que la adorna en primer plano, que nos remite a la fábula de Esopo, mientras la pareja es separada por la puerta que se cierra del ascensor.


Drive” se convierte entonces en una cinta pura Pulp, un Hard-Boiled hiperbólico de violencia desmadrada en esta segunda parte.
Cuando el personaje de Albert Brooks, Bernie, va a ver a Shannon, interpretado por Bryan Cranston, sabemos que le va a matar, especialmente cuando le da la mano, ya que recordamos como le negó el saludo en la escena donde contrató a “El conductor”.
La ausencia de pasado y de nombre que da su carácter mítico al personaje está muy bien enlazado con la metáfora de la careta que usa para acometer el ajuste de cuentas que pretende, una careta sin rostro que define su falta de personalidad. Una metáfora que no por manida es menos interesante.


Redundando en el tema de las apariencias, la superficialidad, los cristales… la navaja que usa Albert Brooks para matar a Shannon es guardada en un lujoso estuche de cristal junto a otras lujosas navajas.
La iluminación mantendrá los mencionados focos de luz dorados hasta el final.


Es una lástima que Gosling acabe refiriéndose explícitamente a la fábula del escorpión que ya había quedado clara, un subrayado innecesario. Lo hace frente a un aparcamiento, como no podía ser de otra manera, y de espaldas, por teléfono a Bernie, dejando en primer plano de nuevo su cazadora con el susodicho escorpión.
Los montajes paralelos mezclando presente y futuro a los que se recurren en algunos momentos pueden recordar a Tarantino, así como la violencia exagerada, pero las intenciones de uno y otro cineasta son muy distintas.




En el final, con el duelo entre Bernie y “El conductor”, donde el primero intenta matar a traición al segundo que de alguna forma se arriesga conscientemente, porque da la espalda de forma inocente a su rival, Refn vuelve a recurrir a una estética expresionista mostrando las sombras de los personajes, sombras de muerte, un recurso muy usado en el cine clásico y que aquí se recupera y ve con agrado.


A nuestro protagonista no le gusta que le hablen de su fraudulenta y delictiva dedicación, le atormenta y perturba, y eso, junto al conocimiento de la violenta pulsión interna que tiene, le empuja a buscar la redención.
Es evidente que es una cinta llena de virtudes pero ¿qué hay de nuevo viejo? El problema de "Drive" es que es un calco de "Taxi Driver". Sorprende que haya pasado este aspecto bastante desapercibido en las grandes críticas que está recibiendo la película. Un conductor solitario, asocial, inculto, aficionado a la televisión, como Travis Bickle. Que encuentra en lo que él cree puro una forma de redención, una familia o una niña prostituta, y por las que está dispuesto a sacrificarse para protegerlas, aunque tengan ciertos aspectos y motivaciones distintas, igual que Travis Bickle. Una catarsis final, de violencia hiperbólica, que casi lleva a la muerte al protagonista como sacrificio último para proteger a la familia, como Travis Bickle. Que antes de su ajuste de cuentas haga un ritual de cambio de look con la careta que usa, como Travis Bickle y su rapado indio. Que la chica, tras el shock que supone para ella el carácter patológico del personaje después de salir con él, tenga cierta intención de replantearse su decisión y haga un intento por reconciliarse, pero que nuestro protagonista decida marcharse, también lo vimos en la cinta de Martin Scorsese. El uso de retrovisores, espejos, cristales, con distintas intenciones simbólicas para representar la perturbación, escisión de personalidad, la mentira, también lo vimos en Taxi Driver. Nuestro protagonista también sobrevivirá a su sacrificio, como Travis Bickle, su carácter mítico se sublima en su entorno vital, su coche, donde parece recuperarse de sus heridas como por arte de magia.
Todo esto y más hacen de “Drive” una especie de Taxi Driver new age con adornos ochenteros.
Scorsese, Melville, Tarantino, Lynch, Sofia Coppola, Leone, Michael Mann… referentes nada mediocres los que tiene esta cinta. No es la multireferencialidad el problema, sino la copia del fondo y estructura del film de Scorsese lo que desmerece a la película en cierta medida.
Una interesante película, brillantemente dirigida y que podría saludarse como el Taxi Driver del siglo XXI, si no fuera porque es en exceso calcada.

 






lunes, 16 de enero de 2012

Crítica: DRIVE (2011) -Parte 1/2-

NICOLAS WINDING REFN





Drive” es una de las películas que mejor prensa está teniendo este año y que las quinielas sitúan en buena posición de cara a las nominaciones de los Oscar. Nicolas Winding Refn ha construido un sólido thriller brillantemente protagonizado por Ryan Gosling, lo que viene a ser costumbre, pero que no pasa de ser una amalgama de referencias cinéfilas y en su esencia una copia de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976).





Refn es conocido por su saga de “Pusher” y se encuentra muy cómodo en este género, el thriller. En “Drive”, con una estética y referentes muy ochenteros, nos cuenta la historia de un conductor, sin nombre, muy en el estilo Leone, que se dedica, entre otras cosas, a ser guía de ladrones para ponerles a salvo una vez han cometido sus atracos. Además es especialista y mecánico. Su solitaria vida cambiará cuando conozca a Irene, madre de un hijo que tiene a su marido encarcelado.
"El conductor" es un personaje mítico, sin pasado, sin nombre, con un rasgo diferencial en ese mondadientes que siempre lleva y su indumentaria característica, en este caso una chaqueta de hortera de bolera ochentero con un escorpión a la espalda (que se pondrá casi como traje de faena sólo cuando va a dedicarse a “asuntos laborales”), que será simbólico. Esta concepción del personaje lo entronca con el “hombre sin nombre” de la trilogía del dólar de Sergio Leone, donde Clint Eastwood tampoco tenía nombre, su poncho se hizo mítico, así como su cigarro que no fumaba.




Pero “Drive” es una colección de referencias, “El conductor” no sólo remite a Leone sino que también puede recordar al personaje interpretado por Alain Delon en “El silencio de un hombre” (Jean-Pierre Melville, 1967), no en balde Melville es uno de los directores más parecidos a Leone, y sobre todo al que es el referente máximo de la película en cuanto a su fondo y esencia, el Travis Bickle que interpretó Robert De Niro en Taxi Driver. Ya comentaremos más referencias, especialmente las concernientes a la cinta de Scorsese.


El entorno en el que se nos muestra “El conductor” es de absoluta soledad, un personaje extraño, asocial, inculto, con afición por los deportes y la televisión, limitado intelectualmente y con una pulsión violenta que controla como puede. Así le vemos en moteles y lugares sin un solo rasgo que nos muestre algo de su personalidad o su pasado. Un desarraigado. No hay libros, sólo televisores encendidos y poco más. Como el personaje principal de Taxi Driver.
El vagar, la huida es su sentido vital, en el desarraigo encuentra el sentido a su existencia.

El comienzo es magnífico, nuestro protagonista da las instrucciones sobre lo que hará y en qué consistirá su trabajo y su forma de proceder, vemos una habitación desangelada con el televisor encendido y la ciudad, una ciudad mostrada en innumerables picados, sobre todo nocturnos, que parece someter a los personajes, que parecen a expensas del entorno en exteriores,  al otro lado de la ventana.

La ejecución del robo y la huida están soberbiamente rodadas, vemos el robo desde el exterior, siempre desde la perspectiva de Gosling, que espera que salgan para comenzar la huida. Es un “escabullidor”. Elegirá un coche, por el que irá al taller de su jefe y que será mostrado con un travelling sobre toda la colección de automóviles que allí se encuentran. En su espera escuchará deportes en la radio nuevamente y también la emisora de la policía. Se muestran numerosos objetos electrónicos, relojes, walkies, radio…




Su habilidad para facilitar la huida a ladrones nos es mostrada con virtuosismo, una conducción e inteligencia innata para ello y un conocimiento absoluto de los recovecos de la ciudad, como debía tenerlos el taxista de “Taxi Driver”.
Sin palabras, con gran suspense, un buen trabajo de la banda sonora creando tensión, y un tempo tranquilo y pausado, estirando esa espera con total seguridad como preámbulo para la persecución por las calles de la ciudad, muy bien rodada al estilo clásico y sofisticado, redondea la magnífica presentación del protagonista en una cinta eminentemente urbana.



Look ochentero en los títulos de crédito iniciales, en la música, e incluso el protagonista. Un inicio itinerante con el protagonista deambulando de un lado para otro en una muestra más de su desarraigo y soledad.
La ausencia de pasado, de bagaje, le obliga a vagar, no tiene nada asentado, no tiene raíces, siempre está en lugares de paso, nada afianzado. Su dedicación le incapacita para establecerse, para crear raíces. Nunca veremos libros en su casa o en las habitaciones que usa, pero sí ver u oír deporte y fascinarse con la televisión o programas infantiles, no es precisamente un personaje cultivado, como el protagonista de “Taxi Driver”.
Drive” adapta un libro de James Sallis.





Uno de los temas más importantes de la película es el juego con las apariencias, algo que parece vital en el mundo de sus personajes. Desde la realización se recalca este aspecto brillantemente, con planos y encuadres en retrovisores, a través de espejos o cristales, un mundo que siempre se refleja o que está cubierto por alguno de estos elementos. Además nuestro protagonista usa una cazadora de doble vuelta para que no se le reconozca, o se nos hace pensar por un momento que es policía al verle vestido con el uniforme, para poco después desmentir esa impresión y explicarnos que no es más que el vestuario de la película en la que participa como especialista. Lo falso como elemento predominante en su vida.





Refn recurre a travellings de seguimiento para recalcar su soledad, algo que nos recordará, además del omnipresente Scorsese, a un Tarantino o el estilo ensimismado de Michael Mann. Estos travellings pueden seguir al personaje andando o mientras va conduciendo.
Pronto veremos que nuestro desarraigado protagonista añora unas raíces, una familia que no tiene, algo estable, auténtico, a lo que agarrarse en ese mundo falso que habita. Ahí la película subraya el contraste entre lo auténtico y lo falso, entre lo permanente y lo pasajero. Añora algo que no se puede permitir.




Irene, la chica con un hijo que es vecina suya, hace tambalear todo el mundo de “El conductor”, por un lado siente cierta inseguridad y miedo y por otro deseo de acercarse a ella, su necesidad de algo estable le impulsa, y la sensación de vulnerabilidad de ella más aún. Primero tratará de evitarla pero al verla indefensa y con problemas con su coche, como no podía ser de otra manera, que un coche los uniera, se lanzará a vivir su ficción de autenticidad familiar.
La primera conversación con la chica es de pocas palabras, como acostumbra nuestro protagonista, y como serán todas las que tengan, planificada con un plano-contraplano sencillo, con el uso de un espejo donde lo vemos reflejado a él cuando se enfoca a ella, una vez más el uso de un cristal o espejo, de lo aparente, lo superficial. El rostro del conductor apenas se ve en ese espejo, en una idea de su difusa personalidad, y que tiene en el marco la foto del marido y el hijo de la chica, que está en la cárcel. Una especie de adelanto de la labor sustitutoria que ejercerá desde ese momento.


El conductorse convierte, además de todo, en un protector.
El tempo de la cinta es magnífico y su director sabe perfectamente lo que hace en cada momento, estilo clásico, buena aplicación de las referencias y talento para el encuadre. Generalmente coge a sus personajes en un ligero contrapicado (acentuando su importancia y la tensión de la escena, la perturbación de los personajes), al contrario de lo que hace en exteriores, donde usa extremos picados por la ciudad, magnificando así a los personajes en interiores y minimizándolos en exteriores. Los personajes son y se sienten importantes en su entorno pero vulnerables y a expensas en el exterior.
Este juego de picados y contrapicados se ve bien ejemplificado en la escena donde contratan a “El conductor” como corredor de coches, se mantendrá al jefazo mafioso en contrapicado recalcando su posición predominante, mientras que al jefe amigo de Gosling y al propio Gosling se les mantendrá en picado, en posición de plegaria.



Gosling demuestra una vez más, y van… que es uno de los mejores actores de su generación. Su manejo del tempo en escena, como aguanta el plano, sus pausas antes de contestar, son buenos ejemplos del inmenso talento de este actor.
El conductor” siente una profunda satisfacción junto a la chica, Irene, y su hijo, es la familia que nunca ha tenido, y le sirven para fingir la estabilidad que le falta, una estabilidad y mentira temporal, que acabará cuando el marido regrese de la cárcel. El dueño del taller, y jefe de nuestro protagonista, actúa como una especie de figura paterna o mentor.


La relación de la pareja es encantadora y casi asexuada, “El conductor”, salvo en la escena del ascensor, en ningún momento busca propasarse o algún tipo de contacto sexual con ella, es una relación de comprensión mutua, de necesidad de sentimientos en apariencia puros, basada en los silencios, magníficas escenas de los dos callados, mirándose y sonriendo, miradas que son formas de comunicación sólo comprensibles para ellos, de confortabilidad y comodidad en esos silencios. Un entendimiento más allá de lo físico, que se romperá, en cierta medida, precisamente en la escena donde tienen un contacto “sexual”, el beso del ascensor.
Banda sonora que remite a los 80, estilo new age, que puede recordar a Sofia Coppola, y no será lo único. Los pasajes románticos nos llevan a cierto mundo onírico, fantástico, de ensoñación, como irreales, por ejemplo en la escena donde Gosling lleva a madre e hijo a un lugar natural, un refugio aislado de lo urbano y rodado con ese tono y también sin palabras, son sonrisas, silencios y miradas. Un contraste con el amenazante mundo urbano.


La música y su uso son excelentes.
Este acercamiento a la pureza, a esa familia, su necesidad de protegerla, es la misma idea que vimos con Travis Bickle en Taxi Driver, aunque haya intenciones y complejidades que difieran.
La vida en familia de “El conductor” es evidentemente irreal, ficticia, esa simulación de estabilidad reincide en el tema mencionado de las apariencias tan básico en la película, una farsa de autenticidad a la que el protagonista se agarra sin pensar en el futuro. Un hombre sin pasado y sin futuro viviendo un presente etéreo, efímero. En este sentido es brillantísimo el plano de Gosling, en la casa de su protegida familia, cómodamente sentado y feliz con una foto del padre con su hijo encuadrada dentro del plano.
El look ochentero y la influencia y referencias a esa década se ven además adornadas con el personaje del villano interpretado por Albert Brooks, que está muy bien en el papel, y que comenta que fue productor de películas en la mencionada década de los 80.


La estética del film está muy trabajada, para bien o para mal, es una película de dorados, abundan por todas partes, y Refn usa los focos de iluminación en los fondos de forma constante. Dorados y azules para una cinta fría. La mencionada estética que mezcla violencia exagerada, expresionismo new age y referencias ochenteras recuerda a los universos de Sofia Coppola, música incluida.



Nuestro protagonista se fascina con los dibujos animados y se relaciona de igual a igual con el hijo de Irene, “El conductor” es una mezcla de ingenuidad e inocencia infantil con brutalidad adulta, un niño grande que nos recuerda, en cierta medida, al personaje que interpretó Jean Reno en “Leon, el profesional” de Luc Besson (1994). La interpretación de Gosling en esos momentos tiene ramalazos de la que hiciera en “Lars y una chica de verdad” (Craig Gillespie).