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jueves, 16 de agosto de 2012

Crítica: ARREBATO (1980) -Última Parte-

IVÁN ZULUETA







Helena Fernán Gómez (doblada por Almodóvar), interpreta a una amiga de Pedro, Gloria, a la que pedirá que vigile su sueño. Mientras lo hace leerá un libro infantil, como no podía ser de otra manera, y oiremos sonar por 3ª vez la sirena que presagiará la estupidez de la mencionada amiga, que cambiará el encuadre de la cámara. La vinculación entre el tomavistas y Pedro es máxima, al no haber podido filmarse lo que nuestro protagonista pretendía por la torpeza de su amiga se levantará angustiado, con síndrome de abstinencia. La dependencia y adicción total a esa cámara. Agredirá a su amiga, perdiendo el control, y le hará sangre en el labio, nueva referencia al mundo vampírico y al color rojo, ante la satisfacción de ella.

Esto hará caer en una orgía de excesos a Pedro, aquí aparece el mundo de la movida madrileña, en boga en aquella época, de forma evidente, algo que también se aprecia en la estética general de la película, pero aquí más claramente.

Nuevas sirenas anuncian desgracias y ese paso de víctima a vampiro, buscará víctimas en la noche. Una elección errónea, como siempre que suena una sirena. Una espiral de sexo y violencia. La escena del ascensor con su víctima se relacionará con el cine en ese plano de la rueda que lo eleva, que se asemeja a una película en un proyector. El lenguaje corporal y los hechos lo relacionan todo con el vampirismo, la huida de la víctima y el descenso persecutorio de Pedro, con detalles expresionistas a lo “Nosferatu” (F. W. Murnau, 1922),  también se relacionan con el cine en un encadenado sobre las películas de los fotogramas rojos. Todo es un puzle, un diálogo de caleidoscópicas realidades.


Volvemos a ver el picado inicial, ese escenario de suicidio nunca consumado y, ahora de nuevo, evitado por el tomavistas en última instancia. La entrega máxima, el cine como salvador, literalmente, de su “presa”. Un vampiro que no consiente perder a su víctima entregada. Volverá a someterse a los mandatos de su cámara, su barba volverá a caer y asumirá su rendición incondicional, como si de una redención se tratara. Se deja hacer para agradecer su salvación. El paso hacia el otro lado está dado.

Pedro lo considera su plenitud cinematográfica, incluso verá películas de otros, se convertirá en espectador, una actitud pasiva que le llevará donde busca. Cuando la cámara lo llame se dormirá, cogerá su osito y oiremos la música infantil recurrente que ha sonado en otras ocasiones, una regresión total.

La invasión roja de fotogramas deja tan solo 20 de ellos sin manchar en la película, dos días. El miedo a lo desconocido. Mientras el clímax de Pedro se acerca, Ana distraerá con sexo a José, un sexo frustrado con el que acabó la droga.



Pedro recurrirá a su prima Marta para contarle lo que sucede, también velará sus sueños aunque le apelará cariñosamente a ser “realista”, la idea de los vampiros chupasangre, que se lo plantee, le parece peligroso. La insinuación de la esquizofrenia, un trastorno que puede resultar clave para eliminar los límites de la llamada realidad. Durante la vigilancia del sueño de Pedro el globo luminoso se apagará ante el contacto de Marta, un mal presagio. Justo después el tomavistas se tomará una venganza, por lo que hizo la amiga de Pedro, Gloria, sobre ella y la eliminará. Este aspecto que puede entenderse de forma literal en una trama fantástica que reflexiona sobre las adicciones, como he comentado, también puede ser entendido como una forma de mostrar el autismo de Pedro hacia su entorno, una desaparición de Marta de su vida, sin más. Hay que tener en cuenta que nosotros lo vemos desde el punto de vista tanto de la cámara como de Marta, ya que Pedro, el que creíamos nuestro narrador, ha quedado fuera de combate. Un punto de vista que se hace objetivo al salir reflejada su desaparición en la proyección que ve el propio José.

De esta manera llegamos al inicio de la cinta, una estructura circular muy del gusto de Zulueta.

Un Pedro pálido y consumido se dispone a darse en sacrificio. Un sacrifico que es uno de los momentos más brillantes e inolvidables de la película, muy emotivo además. Una mirada por su habitación, al cuadro que tiene en la pared, al resto de objetos, una mirada de despedida, la música sube, la emoción también y el tomavistas comenzará a disparar sus fotogramas rojos al que será el último sueño de Pedro (con osito y blandiblup). Un excepcional clímax.


El cuadro que mira Pedro se asemeja enormemente a la habitación del final de "2001: Una odisea del espacio" (Stanley Kubrick, 1968).

José decide ir por el último rollo y comprobar si ha sucedido lo que Pedro temía, ante esto Ana mirará con ansia los instrumentos para un chute, a su adicción. Será lo último que veamos de ella, abocada a la perdición también.


Las lámparas que vimos al inicio en picado ahora vistas en contrapicado desde el punto de vista de Poncela, una vez más contrastes, polos opuestos que se atraen.

El suspense crece, el misterio. José entra en el apartamento de Pedro, no sabemos si estará en su cama… no hay nadie. Ansioso irá raudo a revelar los fotogramas, logrará que se los tengan en menos de los 4 días habituales.

José pasa el tiempo como puede, mirará un álbum de “Quo Vadis”, película que apareció al inicio del film en su paseo por la Gran Vía. Tras una mirada a la cámara sonará la sirena de nuevo. La idea que ronda la cabeza de José, de someterse a esa cámara, no es buena.

Veremos el transcurrir de los días en formato video, como ya sucedió antes, y que resalta esa forma de ver el mundo alterada del cineasta. Una vez pasado el plazo la música infantil parece impulsar, por fin, a José, que irá a buscar su película ante la atenta mirada de la cámara, aterradora mirada.


Lo que ve en la película no deja de ser sorprendente, toda la película parece velada, los fotogramas rojos lo han inundado todo… todo menos un solitario y seductor fotograma de Pedro que lo invita a dejarse llevar y unirse a él, como la llamada seductora de la droga o el sexo.

Concluyendo.

José no logrará pasar al otro lado, como sí hizo Pedro, José es acribillado por esa cámara a la que ya no ama. Pedro logró pasar al otro lado, pasó a formar parte de la película, logró fundirse en el clímax del fotograma perfecto, el fotograma eterno que pausa el tiempo. Un fotograma, un orgasmo, un momento que queremos detener como Fausto, pero que se nos va de las manos en seguida convirtiéndose en recuerdo. Pedro logra fundirse, convertirse en “eso”.

¿Por qué a José no le es permitido explorar el otro lado? Simple y llanamente porque José no siente como Pedro, no tiene ni la pureza de la mirada ni la vinculación con la infancia necesaria para ello. Recordemos como al inicio dijo que él no amaba al cine, sino que era el cine el que lo amaba a él. Se equivocaba. También Pedro advirtió que se le veía mayor y que estaba destinado a odiar intensamente al cine. La mirada cínica de José es la que le impide la entrada en el puro universo del clímax cinematográfico. No es digno de ser vampirizado. Sus pasiones, obsesiones… son el vampirismo que José eligió, al contrario que Pedro.

El cine es un vampiro, chupa vidas, sentimientos, trata de extraer la verdad, el meollo de todo, de sus personajes, de sus actores. Esto lo entendía Pedro desde su vínculo con la infancia, la mirada pura, pero no José para el que el cine se había convertido en una rutina, un negocio.

José también aparecerá en el fotograma, pero para advertir que no lo haga, José se enfrenta a la cámara con miedo, es lo opuesto a Pedro en todo, él lo hacía entregado. Cuando José resulte acribillado veremos su imagen en video, concluyendo Zulueta su juego metalingüístico en el que se confunde realidad y ficción.

Aquí Zulueta se posicionaría ante el cine como algo artístico, como algo a lo que entregarse en cuerpo y alma pero que pide la misma entrega, que te chupará la vida. Distingue entre el cineasta artista, puro, inocente, ilusionado, representado en Pedro, del cineasta, hastiado, cínico, funcionarial, comercial, que lo ve como algo de lo que vivir. Dos opciones legítimas pero sólo la primera plenamente llena para Zulueta.

Arrebato” supone también un magnífico retrato del final de los 70 e inicio de los 80, la movida y todos los excesos, las drogas, el sexo, la música, la estética andrógina…

Pedro logrará el clímax de la infancia, capturar el momento eterno de Fausto, convertirse en Peter Pan, la realidad desapareció para él, derribo sus muros, pasó al otro lado del espejo de Alicia, logrando el placer que la vida cotidiana no lograba darle. Para lograr el arrebato de esa infancia que se perdió en recuerdos debe romper con la realidad, lo que logrará ayudado por la vampírica cámara, convirtiéndose en su arrebato, su instante eterno y detenido en forma de fotograma.

Todo esto es incomprensible para la gente que vea el cine como algo superfluo, como esta película será incomprensible para quien se centre, como dije, en los mediocres aspectos formales, el exceso de algunas interpretaciones, la irregularidad de otras, el mal sonido, que la historia entre Ana y José moleste e interrumpa excesivamente la verdadera esencia de lo que se pretende contar (aquí se aprecia que la película estaba prevista de inicio como un corto), en esta relación es donde más se ve la influencia de un Cassavetes, por ejemplo… Incomprensible. No les culpo.

Pero si te gusta el arte, dale una oportunidad a esta película única de nuestra filmografía.


Dedicada a Percival. Concluido el reto.








miércoles, 15 de agosto de 2012

Crítica: ARREBATO (1980) -Parte 3/4-

IVÁN ZULUETA







Volvemos del flashback, encadenando con la televisión con nieve en casa de José de nuevo, ante la que aparece Ana también encadenadamente, un plano muy lynchiano que parece querer decir que la confusión de José, simbolizada en esa televisión con nieve, es producida por esa mujer que aparece, Ana. Ella hablará de su pintalabios rojo, el rojo de nuevo, mientras se pinta con él. Ella es una dependiente también, colgada de José, que fue el que la introdujo en el mundo de las drogas. Ahora el sexo y las drogas la tienen absorbida, son una obsesión, su forma de escape, de lograr pequeños arrebatos, casi siempre insuficiente.

Arrebato. Pico. Orgasmo.

La voz de Ana irá desapareciendo para imponerse la de Pedro en el magnetófono. De ahí pasaremos, otra vez con una breve transición en video, como cuando vimos el coche estrellándose, a otro flashback, esta vez de la vida de José y Ana. En el video se ve el rostro de ella y especialmente su boca, sus labios, el símbolo de la sensualidad. Lo primero que vemos al entrar en el flashback, ya con imagen “real”, es un orgasmo, esa otra forma de arrebato, de la pareja. También seremos testigos de la iniciación de Ana en las drogas. Ella es de carácter dependiente, cualquier cosa hace de ella una adicta, la droga, el sexo y sobre todo José, que fue quien la introdujo en ese mundo.


En la escena de intimidad de la pareja José oirá y verá un reloj, el tiempo, lo que le llevará a pensar en Pedro, lógicamente, teniendo presente todo lo hablado, la obsesión del chico por detenerlo. José se da cuenta de lo que comentó Pedro acerca de las drogas y el envejecimiento.

Para calmar su mala conciencia por su marcha sin despedida del chico, le regalará un pulsador temporal que colmará las expectativas de Pedro, una forma de “calmar, domar…” el tiempo. Una revelación.

Ana y José preparan “La maldición del hombre lobo”, van a ver a Pedro de nuevo. Las frases de la tía Carmen son realmente divertidas y brillantes, un personaje muy simpático.

Antes de aparecer Pedro de nuevo ante la vista de José sonará… ¡Exacto! El famoso graznido, una vez más.

Pedro intentará arrebatar a Ana. Veremos un coche y una lámpara roja que pasará a ser el lugar donde nuestro protagonista colocará un pequeño decorado de la obra “El flautista de Hamelin”, que Ana presenció de pequeña, un decorado exactamente igual al que ella vio. Es muy adecuado que se relacione esa obra con Ana, una dependiente enfermiza que se deja seducir casi por cualquier flautista (drogas, sexo…).

José traerá otro regalo a Pedro, un blandiblup que sustituya a lo que él tenía, siguiendo con esa metáfora de manipulación sobre la realidad y el tiempo.

Volvemos al mundo de la infancia en esa búsqueda por el objeto adecuado que pueda arrebatar a Ana. La infancia, el vehículo del arrebato. Pedro vive en su propio mundo y necesita los “polvitos”, la droga, para entrar en el de los demás. Lleva otro ritmo.

Pedro elegirá una Betty Boop para arrebatar a Ana mientras la música infantil, que ya oímos anteriormente, vuelve a hacer acto de presencia. Mientras Ana disfruta de su arrebato José y Pedro parecen tener sexo.


Pedro repite su ritual y mientras toma uvas con alcohol pondrá una de sus películas, tras el arrebato de Ana, a la pareja. Escenas cotidianas, familiares, caballos, juegos de sombras que señalan el paso del tiempo y el correspondiente cambio de iluminación, ritmos alterados, velocidades aumentadas o disminuidas… sin sentido aparente. Pedro queda fascinado por su propia obra y toma la decisión de abrirse al mundo. Antes me referí a “Alicia en el país de las maravillas” y “A través del espejo” y en su speech Pedro dirá lo siguiente: “…miles de ritmos ocultos que yo descubriré, el espejo abrirá sus puertas y veremos… lo otro”. Una nueva referencia al otro lado del espejo.


Venecia, la India, Méjico, Hollywood… un mundo en video. Zulueta vuelve a jugar con el espectador en ese diálogo metalingüístico y así la música que creíamos extradiegética la convierte en diegética, mostrando de nuevo las fisuras de la “realidad”, la naturaleza de la ficción, derrumbando las barreras entre ambas, derrumbando el concepto de lo real. Punto clave de la película.

Zulueta rodará múltiples planos de los actores en camas o compartiendo un sofá para subrayar su cercanía, de igual modo los mostrará alejados para mostrar su distancia. Un ejemplo lo tenemos en la escena donde Ana intenta hablar con José preguntándole por el rodaje, sentados cada uno a un extremo de la habitación. Otro ejemplo lo tenemos en una escena anterior, en el conflicto con la droga entre José y Ana, donde Pedro y el mismo José aparecen sentados en la misma cama y Ana en un sofá distinto.


Esta discusión termina en un “arrebato” de irá, con la droga por el suelo y la reconciliación justo antes del visionado de la bobina que Pedro mandó. Veremos un póster de “Psicosis” (Alfred Hitchcock, 1960).

Pedro parece ser, como los vampiros, capaz de navegar en el tiempo, de ahí que logre localizar los objetos exactos que provocan los arrebatos infantiles. De hecho acaba chupando la vida de José por completo.

José se dispone a ver la película pero otro cúmulo de pequeñas desgracias parece impedirlo, la pantalla se cae, la bobina sale rodando… como si no quisiera mostrarse en aquella situación de tensión entre Ana y José. Juntos esnifarán la reconciliación de la alfombra.

Zulueta sitúa el flashback que vimos con Ana un año antes del momento actual.



Pedro se siente eufórico al salir al mundo y descubrir todo tipo de cosas, ritmos y situaciones, “cerca del arrebato total”. Mientras dice esto Ana hará un número disfrazada de Betty Boop, una bonita declaración de amor, que de alguna manera también aleja de esa infancia buscada a los personajes.

Pedro mantiene sus relaciones sociales a través del cine exclusivamente, mostrará imágenes aceleradas, entre ellas unas líneas de coca, momento en el que José se tocará la nariz. Como si esa relación que Pedro pretende a través del cine se manifestara en José de forma real.


Un pene poniéndose erecto, un cigarrillo consumiéndose, una jeringuilla drogando… imágenes significativas y simbólicas de todo lo comentado. Además tendrá relación con lo que la voz over de Pedro va diciendo en esos momentos.

Quería poseerlo todo”.

Uno de los planos que más recuerdo de la película es el blandiblup atravesando una pantalla con nieve, la antigua manipulación y deseo por alterar la realidad abandonado en la confusión que provoca el desvío de sus intenciones por entregarse a todo tipo de placeres sociales. Consumida su energía, ahora su pulso contra el tiempo está siendo perdido, ha alcanzado su edad, la voz se le volvió grave al comportarse como una persona “normal” y entregarse a sus vicios. Veremos en el video otro pico de heroína con la consiguiente gotita roja.


Hastiado del mundo cree que lo ha visto todo, algo perfectamente reseñado con la frase que Pedro dice: “La última película me salió negra”. Se llega a plantear el suicidio, algo que nos vino a la cabeza al inicio. Si no tiene ese momento eterno, ¿qué le queda?

Pedro relatará su caída al vacío, cómo lloró como nunca. En ese momento José parará el magnetófono, se siente identificado y lo comprende, él también ha perdido esa pasión.

De tocar fondo a resurgir en un fotograma. El fotograma rojo vuelve a situar a Pedro donde quería, el valor de lo nimio, de lo mínimo, de lo no filmado, el comienzo del tránsito hacia el otro lado de la realidad. Ese momento, no discernible e indescifrable, cuando algo nos colma.

Pasamos de la reproducción del proyector a meternos en la pantalla, un flashback que se confunde, un nuevo juego metalingüístico que hace imposible discernir en qué lugar de esa “realidad” estamos, ¿en la proyección que ve José?, ¿en los sucesos y punto de vista de Pedro?, ¿en ambos?

Pedro quiere más fotogramas rojos, ver qué pasa, si vuelve a suceder aquello que lo perturbó y produjo un arrebato, quiere saber qué es lo que la cámara no captó. Vuelve a sus antiguos hábitos, ni come, ni duerme, ni se droga, parece incluso recuperar la voz… Además veremos la vuelta del blandiblup.

Ante el espejo tendremos otra referencia al vampirismo. Pedro se mirará el cuello, sospecha que aquello que la cámara no filma es algo que viene a chuparle la sangre, a consumirle, y extrañamente lo desea porque puede ser la forma del paso, tan deseado, hacia el otro lado, un paso del que no era plenamente consciente. La conversión. Se referirá también a su auténtica infancia como explicación a lo que ocurre y veremos el blandiblup pegado al espejo. Siempre la infancia como ideal.

En este juego de espejos y multiplicación de realidades que vacían de contenido al concepto, tendremos otro plano significativo. Pedro reflejándose en un cristal superponiéndose a un protector para los ojos, que usará para dormir, tras quitarse sus gafas de sol. Una representación de sí mismo. En el escaparate, bajo el protector, veremos unos pequeños labios rojos, como los de Ana.

Cada vez los elementos infantiles están más presentes en su habitación, el caballito de juguete, ositos, peluches, él con una camiseta de Mickey. Reiniciando una regresión.

Ahora son 10 los fotogramas rojos, unos fotogramas que parecen invadir la película y a la vez chupar la vida de Pedro que se siente totalmente identificado con ello. Esas películas acaban siendo él mismo, o parte de él por ahora, lo que supone un paso definitivo para la identificación con la cámara, con su causa final.


Dedicada a Percival, complace que recordase una película tan personal y poco comercial.








martes, 14 de agosto de 2012

Crítica: ARREBATO (1980) -Parte 2/4-

IVÁN ZULUETA








Tras el impacto, José no podrá resistirse a esa tentación y se meterá un chute de heroína que lo relajará en una almohada negra junto a una despechugada Ana. El chute en vena nos vuelve a remitir al vampirismo, la droga como chupadora de vida, el punto de sangre roja como los que dejan los colmillos vampíricos… El rojo.

Se desnudará tras su baño depurador, o antidepurador, y hará lo mismo con Ana, con la que parece querer también caer en otra tentación, la del sexo, al quitarle el albornoz… Pero no será así. Iniciará la escucha de la grabación que se superpondrá a una imagen de un coche chocando contra una roca, otro momento simbólico de lo que será su encuentro con Pedro. Un choque de contrarios aparentemente iguales. Un coche que se convierte en el de José al recordar el día en que conoció a Pedro, lo que reseña el vínculo simbólico del video del choque con lo mencionado. José al oír la grabación se sentará y mirará de nuevo, esta vez divertido, tanto bajo su asiento, donde encontró el paquete anteriormente, como al póster de su película “La maldición del hombre lobo”.


José, soy yo Pedro, esto que te mando es… tú óyelo y míralo, o mejor, devóralo y digiérelo, a poder ser de inmediato…”

Al oír esa frase será cuando José mirará el póster de su película, como rememorando un pasado difuso donde las ilusiones que contenía ya desaparecieron.

Entramos en un flashback, el punto de vista de la película alterna y funde los de José y Pedro en una brillante idea, que además se respeta con rigor.

El primero contacto de José con Pedro será precedido del graznido que siempre avisará de las apariciones de Pedro, como comenté antes.


Pedro graba “documentales” familiares, videos de su entorno cotidiano, siempre tiene frío y parece negarse a crecer. “Es un tío que lleva viviendo 27 años y tiene 12…”, comentará su  prima (Marta Fernández-Muro). También dirá que el cine para Pedro es “una entrega”, que sufre y se espanta de sus propias películas.

Infantilismo y excentricidad definen a Pedro (Will More), en un primer momento.

Como curiosidad vemos el reflejo rojo de un papel en la parte de atrás del coche, aunque en esta ocasión no parece tener importancia…

Pedro dirá que José estaba destinado a odiar al cine intensamente. Esto los diferencia.

José oirá lloros y un proyector frente a otro espejo, se le ve afectado, parece ser Pedro viendo sus películas. Un plano que parece insinuar una ruptura con la realidad, como si del espejo de “Alicia en el país de las maravillas” se tratara, un muro que hay que romper, que Pedro lucha por romper de forma inconsciente y su frustración viene de no lograrlo, entre otras cosas que iré desgranando. Un espejo que parece conectar dos realidades distintas, paralelas.

La escena ante la televisión recuerda de alguna manera la del pollo de “Cabeza borradora” (David Lynch, 1980), diálogos y situaciones cotidianas llenas de surrealismo y toques esperpénticos. Unos diálogos muy divertidos, sobre todo en boca de Carmen Giralt. El cine, Alan Ladd, las películas a color o en blanco y negro… Ven la película “Go west young man”, (Henry Hathaway, 1936), con Mae West.

Mientras esto tiene lugar volverá a sonar el graznido, lo que anticipa el descubrimiento de Pedro por José, un Pedro al que habíamos visto antes casi escondido. José lo verá a través de la pantalla de televisión, en un reflejo, una vez más una realidad desviada.

Este descubrimiento provocará uno de esos “arrebatos” que describe Pedro, y de lo que hablaremos con mayor extensión. El tiempo es manipulado, como en las cintas que veremos de Pedro, donde todo se acelera o pausa. Aquí las imágenes de televisión se acelerarán dejando casi en estado hipnótico a José, que no se percatará del tiempo que ha pasado. Una realidad alterada, como el cine. Esto se inicia cuando Pedro  usa un muñeco luminoso, un instrumento infantil. La infancia es un tema indispensable para entender la película.

La alteración del tiempo, la manipulación de la realidad, es la esencia misma del cine, tanto Pedro como José tienen esa mirada, es algo casi vocacional.

Las drogas vuelven a ser protagonistas, serán clave en la narración, ya que José creerá que su alucine ha sido producto de algo que le han echado.

Llegamos a una de las escenas clave de la película, la primera conversación entre Pedro y José. Por supuesto, antes de que José vea a Pedro en su habitación posado como un cuervo oiremos el graznido habitual.

En esta conversación Pedro hablará de la influencia que la droga tiene en él, al esnifar su actitud y voz cambian, lo sitúan en la edad que le corresponde, por ello procura evitarla. Para Pedro es imprescindible no crecer, afianzarse en la infancia, por ello hará un sutil reproche a José: “Tú deberías tener más cuidado ¿no?, te veo muy mayor”.

Las drogas hacen crecer a Pedro, y al decirle que ve mayor a José, por su consumo, insinúa que corre el peligro de perder la mirada virginal de la infancia, la pasión para buscar el clímax cinematográfico. La pausa.

La droga hace perder la visión pura, infantil. El “arrebato” que produce la droga es falso para Pedro, no tiene que ver con la pureza a la que cree sólo puede llegar a través del cine, una pureza que está conectada con la infancia de manera irremediable.


Por ello pregunta a José cuál es su colección de cromos favorita. “Las minas del rey Salomón".

El blandiblup que maneja constantemente Pedro sirve de símbolo para esa búsqueda y ansia de manipulación de la realidad que le permita captar un momento eterno de placer, el arrebato.

Pedro, un Peter Pan goethiano.

Pedro llevará a José a su mundo infantil, cómics, álbumes, muñecos, caballitos, dibujos para pintar… allí intentará “arrebatarle”.


Toda esta alteración del tiempo vuelve a relacionarse con el mundo vampírico, seres que vagan eternamente por él.
Pedro tendrá permanentemente frío, otro rasgo característico de los vampiros, su baja temperatura.

Cuando se consigue el “arrebato”, pasan años, siglos, eternidades, un éxtasis... “arrebatado”.

Es como el Fausto de Goethe y su “detente, eres tan bello”. La eternidad y el placer máximo en un fotograma.

En ese mundo de la infancia que es la habitación a la que Pedro lleva a José, y cada vez que este tema, la infancia, tenga importancia, sonará una melodía de referencias infantiles con sonido de juguetes. Allí Pedro mostrará el álbum de “Las minas del rey Salomón”, logrando el “arrebato” de José.

Esa sensación que produce en José el recuerdo de su infancia es la que busca en el cine Pedro, se lo muestra para que entienda cual es su propósito y búsqueda, el sentimiento que quiere lograr pero no en base a “recuerditos” sino “allí y ahora”.

Pedro mencionará que deben darse prisa porque el efecto de la droga se le está pasando y entonces “se convertirá en calabaza” en referencia a “Cenicienta”, otro cuento infantil. Sobre las drogas y “Cenicienta” recomiendo el artículo de ”Cenicienta, mito erótico” en el blog.

Una vez José ha entendido a Pedro éste se dispone a enseñarle su obra. Veremos en primera persona el sufrimiento del que Marta nos habló cuando nuestro protagonista veía sus propias películas. Son como un desgarro, se retuerce como en un exorcismo. La búsqueda de la emoción que logró José en un recuerdo se transforma en Pedro, ante la contemplación de su obra, en puro sufrimiento por no poder retener aquello que se escapa, el tiempo, la pausa. Eternizar el presente. Busca un imposible.

El dolor que produce la impotencia de no poder retener lo efímero. Curiosamente esto es algo que el cine sí puede lograr.

Así vamos entendiendo mucho mejor su misión “peterpanera”, ese refugio infantil que se esfuerza por mantener.




Dedicada a Percival, al que confío le esté gustando la cosa.