miércoles, 31 de enero de 2018

Crítica CALL ME BY YOUR NAME (2017) -Parte 1/2-

LUCA GUADAGNINO












El primer amor y sus infinitas y contrapuestas emociones, la iniciación, el descubrimiento y el verano, temas que el cine ha tocado muchas veces y de múltiples maneras, brillantemente en muchas ocasiones, y que aquí tiene un nuevo y extraordinario ejemplo.




La expectativa, los miedos, las inseguridades, las capas de protección, el gozo, la ilusión, la energía vital, la plenitud, la felicidad extrema, la decepción, el vacío, la ausencia, el caos, el derrumbamiento… el calor del amor vivido, el frío del amor apagado. Todo ello pegando en un inexperto y joven rostro que empieza a vivirlo todo, maravillosamente retratado en ese plano final que se ha hecho eterno, donde el reflejo del fuego de la chimenea impacta en el rostro de Elio (Timothèe Chalamet) decorando su llanto y su flujo de sentimientos sin freno, y la nieve cae cadenciosa en el espeso manto que vemos por la ventana a su espalda mientras una fugaz sonrisa se escapa en ese paradójico y lógico contraste. La gélida tristeza y el cálido recuerdo de lo que fue. Todo ello sostenido por una familia, soporte imprescindible, que pone la mesa distraídamente en el desenfocado. La vida, las emociones incontrolables, a veces contradictorias, que tanto refulgen en verano. Un plano que alberga una vida, que casi todos hemos vivido, para terminar la película. Un paisaje congelado, la nieve, en radical contraste con la calidez veraniega que vivimos las dos horas antes.




Es el plano de la película, compendio de todo en la rúbrica, pero seguramente la mejor escena la encontremos en otro lado, en la conversación de padre e hijo también en la parte final, repleta de tolerancia, amor y vida. Una preciosa conversación que se inicia en un solo plano para pasar al plano-contraplano en el momento en el que el padre desvela su conocimiento. Negarnos a sentir nos lleva a dar cada vez menos al resto y a nosotros mismos, a morir, por tanto. Aprovechar el momento, la juventud. De haber concluido la película en esta escena lo habría hecho por todo lo alto, pero Guadagnino tenía aún un as en la manga. Hay algunas más que bien podrían ser candidatas a la mejor escena o mejor momento, siempre repletas de sutileza, pero indiscutiblemente estos dos instantes que aquí subrayo están entre lo más destacado del año.





La película rezuma naturalidad en cada encuadre, en cada actuación, en cada momento. Son una colección de escenas que captan pedazos de vida, que se alargan y sólo acaban cuando tienen que acabar, como cualquier momento especial de aquellos veranos de infancia y adolescencia que queríamos alargar eternamente. Todos recordamos veranos parecidos al que Elio comparte con nosotros en las dos horas y pico que dura el film.

El verano de 1983 en algún lugar del norte de Italia (muy Quijote), en la casa de campo paterna, disfrutando y vagueando. El nuevo ayudante del padre de Elio llega a la villa para poner del revés la vida de Elio, un joven de 17 años inexperto y culto. Oliver es todo aquello que Elio no es: seguro, encantador, sociable… pero pronto empezará a descubrir puntos de encuentro más allá de sus compartidas raíces judías. Lo que al principio es frialdad pronto se convertirá en una bella y profunda relación.

Es difícil no sentirse identificado con el chico en su derrumbamiento emocional en la estación de tren, tras el silencioso adiós en el andén, ese que no se puede contener ni esconder, que sólo busca cobijo y consuelo materno.


Todo permanece igual para cambiar, o todo cambia para seguir igual. Eso ocurre en esta película, donde los mitos griegos se encarnan en chicos de los años 80, o lo hacen en los de nuestra época, donde las emociones y las sensaciones varían de vestimenta y entornos para permanecer vigentes, inalterables.

Unos 80 bien retratados, porque es realmente divertido ver el bueno de Armie Hammer con su camisa, pantalón corto y playeras bailando con desenfreno la música ochentera, los walkman que usa Elio, las bicicletas, que son para el verano…



Son muchas las películas que han mostrado el verano y su hedonismo, especialmente en Italia, a las que “Call me by your name” se suma para colocarse en un lugar de prestigio entre ellas, así como en el género gay.

Estamos en una película de miradas, a veces semifurtivas, de tentaciones, de sutilezas, de personalidades en formación, de detalles en un lugar tranquilo donde no pasa nada en apariencia… salvo la vida. Da gusto estar rodeado de naturaleza, en una película amplia, oxigenada, y donde la naturalidad al aire libre lo envuelve todo.



Una relación que va creciendo entre dos personas con rasgos muy definidos. Elio, con ese toque taciturno y algo disperso que es muy “de músico”. Oliver, del que vemos cambiar sus características según Elio lo va conociendo. Y es que el retrato de ese jovencito, Elio, su comportamiento infantil, adolescente, juvenil, del que está pasando a otra edad, está muy logrado.

Dos jóvenes que se encuentran y descubren, aunque uno sea mayor y más experimentado que el otro. Y la amistad, como la de Elio con Marzia (Esther Garrel), tras falsedades y traiciones que tienen algo de incontenibles.




Y ahí refulge el fetichismo, ese que aplica Elio, primero con el bañador de Oliver, colocándoselo en la cabeza, luego pidiéndole la camisa con la que llegó a la casa una vez se marche. El recuerdo, el apego necesario.



El verano, perfectamente retratado, su hedonismo, su libertad, su silencio y el sonido de la naturaleza, el sonido del verano, de los lugareños del pueblo, con señoras trabajando a la fresca o abanicándose, o ese pescador observador, definen el perfecto entorno donde se resuelven las más intensas historias de amor.




La familia, que es absolutamente encantadora en el caso que nos ocupa. Pura tolerancia y amor por la libertad y los sentimientos. Hablarán sin prejuicios de sexo, de relaciones, de cultura. Todo esto llega a su punto álgido con la mencionada escena de padre e hijo y sus consejos y confidencias. Eso y esa mezcolanza mencionada por Elio de la procedencia de su familia, mezcla judía, americana, francesa, italiana…

Y no se escatima en humor, como vemos en varios momentos de la cinta, como esa masturbación interrumpida donde Elio debe disimular su erección ante Oliver. Un humor sin enfatizar, pleno de naturalidad.




Uno de los puntos que más me llamó la atención y satisfizo fue encontrar a James Ivory en el guión, director injustamente maltratado que ha entregado auténticas joyas británicas de época (“Regreso a Howards End”, “Lo que queda del día”, “Maurice”, “Una habitación con vistas”…). Esa exquisita sensibilidad que se aprecia en sus mejores títulos, aparece aquí con toda su fuerza, y de la mano del director Luca Guadagnino, que acierta de pleno con el tono y estilo, el cual analizaré a continuación.

La belleza, la fascinación por la misma, el arte, lo platónico, lo carnal, la sensualidad, la juventud… todo lo que forma el verano, la vida, se entremezcla en un guión brillante y una dirección cuidadísima donde no hay nada gratuito, y eso que todo rezuma naturalidad. Miradas, manos, pies, besos, timidez, miedo, deseo…




Uno de los grandes detalles en la dirección del film, es el uso de puntos de inflexión que precipitan evoluciones en los personajes y sus relaciones, con escenas o gestos simbólicos.

Lo platónico y el arte.

El padre de Elio es experto en arte, clasifica obras en el verano, labor para la que contrata un ayudante como Oliver. El arte tendrá vital importancia en la narración, no sólo como fundamento estético y elemento funcional, sino como metáfora dentro de todo el entramado de emociones y relaciones.

Ya desde el mismo inicio, con los títulos de crédito, el arte, las esculturas, los cuerpos idealizados, los ideales griegos, inundan la pantalla, cobrando sentido poco a poco.




-Y es que el arte y las esculturas tendrán una personificación especial y particular: Oliver, el ayudante americano que encarna magníficamente Armie Hammer. Fíjense en cómo durante toda la primera parte del film se le observa desde el punto de vista de Elio, y casi siempre en contrapicado, engrandeciendo su figura, idealizándola, convirtiéndolo en un mito griego. Punto de vista idealizado. Algo que contrasta con el propio Elio en cierto sentido. Bajando las escaleras, bebiendo el zumo de albaricoque, en la cama mientras Elio cedía a una sesión de onanismo, en la pista de baile…




Un punto de inflexión lo tenemos en esa excursión para ver un descubrimiento arqueológico extraído de las aguas. Unas esculturas con las que Elio y Oliver jugarán, tocándolas, dándose simbólicamente la mano con ellas… Desde ese momento, la escultura, el ideal frío y distante, se hace real. Elio pensaba que Oliver lo ignoraba, que no le caía bien, pero se dará cuenta de que no es así por medio del arte, en su caso de la música.





Es importante incidir en el tema del punto de vista, ya que Oliver se nos presenta de inicio como independiente, algo despegado y distante, exactamente como lo ve Elio, que cree no caerle bien. Oliver en ocasiones parece también el arquetipo de América, seductor, atractivo, tomado por tonto, libre, independiente, interpretado en ocasiones como maleducado… aspectos que se irán matizando. Al menos así lo interpreta algún personaje que visita a la familia protagonista. Es desprejuiciado y se integra con gran rapidez.

-El cambio tendrá lugar con otra de esas escenas que suponen un punto de inflexión, si bien el proceso es evolutivo. Será con la escena que analizaré posteriormente en la plaza.




No sólo se limita a esto el arte. La familia protagonista es amante del arte, de las plásticas, pero también de la música y de la literatura. La música, concretamente el piano, servirá a Elio para romper muros con Oliver, para comenzar a afianzar lazos, convirtiéndose en una especie de flautista de Hamelin. Liszt, Bach, menciones y referencias a Heráclito, a Buñuel y su “El fantasma de la libertad” (1974), a Heidegger, a Antonia Pozzi… a Talking Heads o Richard Butler. El “Heptamerón” (Margarita de Angulema), que lee la madre a su hijo y al marido en los días de falta de electricidad...




El diálogo entre el arte y la vida es constante en la película, como cita el señor Perlman, el padre de Elio que encarna Michael Stuhlbarg, mirando las diapositivas con esculturas de cuerpos curvos, perfectos, insinuantes, ante lo que Oliver se sentirá identificado.

Cuerpos curvos, como si te retaran a desearlos”.




Como diálogo es la visita de esa pareja homosexual, que tendrá su eco en el propio Elio.



Un fragmento del “Heptamerón” que se nos lee, se refiere a la valentía y la cobardía en el amor, que tendrá incidencia también en los protagonistas.

-Cuando ese proceso evolucione, lo platónico se convertirá en carnal. Desde ese momento veremos a Oliver en varios picados, la angulación opuesta a la que lo idealizaba. O expresivos primeros planos que marcan ese cambio.








2 comentarios:

  1. En un mundo cinematográfico cada vez más metido en los efectos especiales, hacer una película humana (no nos olvidemos que todos, heteros, gays, transexuales,etc., amamos) es algo extraordinario, y hacerlo como han hecho con esta "Call me by your name" pone los pelos de punta.

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    1. Me alegra que te gustara la cinta, Joan. Un saludo.

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