martes, 14 de febrero de 2017

Crítica MANCHESTER FRENTE AL MAR (2016) -Última Parte-

KENNETH LONERGAN











Los flashbacks son significativos. Generalmente exponen estampas cotidianas, aspecto esencial del film, pero también muestran la anterior felicidad de Lee, en entornos más abiertos, felices, como esos viajes en barco junto a su pequeño sobrino Patrick y su hermano, la pesca… Así se inicia la película, en un pasado feliz, entre bromas, felicidad familiar, competencia sana por el cariño del pequeño… y como la vida cambiará. Una escena sin corte.






Felicidad que también muestra en el flashback que retrata su anterior vida cotidiana, con su mujer y sus tres hijos, una mujer a la que no olvida ya que sigue llamándola mujer, como vimos en el hospital, no ex mujer. Una bonita escena de amor, cariño, complicidad, naturalidad, catarros y algo de borrachera. Una estampa cotidiana plena de naturalidad.





Es ahí, enmarcado por la naturaleza, al aire libre, donde vemos al Lee (Casey Affleck) más feliz, ya sea en los flashback en el barco o en ese viaje una vez han logrado el motor de segunda mano junto a Patrick (Lucas Hedges) y su novia, que le despierta una de las pocas sonrisas que le vemos en la película.


El mar y ese barco, el Claudia Marie, que al final descubriremos como el nombre de su madre, que resultarán simbólicos. Un barco que se plantean vender, algo a lo que se opone Patrick, porque de alguna forma acaba significando la conservación del legado familiar, del espíritu de su padre. La venta de unas armas posibilitará la compra de un motor de segunda mano que haga viable su sostenibilidad. Lee se opondrá de entrada, pero en su evolución será el que encontrará las soluciones. George (C. J. Wilson), el entrañable amigo de la familia, intentará ayudar en todo lo posible, será el que acabe adoptando a Patrick, haciendo las veces de tutor.



Es un camino de redención, pero huye de los pasos tópicos y transitados, incluso en su conclusión.

El flashback vertebral se planteará con un montaje alterno, yendo del pasado al presente en la reunión de Lee con el abogado. Un testamento, el del hermano, que lo deja como tutor de su hijo hasta que cumpla los 18 para perplejidad de Lee, que se vería obligado a mudarse allí, a Manchester, New Hampshire. Esa responsabilidad lo llevará al pasado, al flashback en el que perdió a sus hijos, a aquellos momentos de inmadurez, juergas con amigos hasta las dos de la mañana e irresponsabilidad… un pasado que le aplasta, una responsabilidad para la que no se siente preparado, pero que el hermano consideraba necesaria tanto para él como para su hijo.


Flashbacks que no sólo se limitan a la vida de Lee, aunque se basan en su punto de vista, también lo serán de su hermano, Joe, con su mujer borracha…

Un pasado que atormenta, que siempre se menciona, que además va creando un aura especial sobre Lee, ya que varios mencionan ese pasado antes de que se nos informe qué ocurrió.

Curiosamente, en uno de esos flashbacks, también con un aspecto dramático, lo veremos al margen. Es cuando le dan la noticia de su enfermedad a Joe (Kyle Chandler). Intervendrá para protestar ligeramente por comentarios de su cuñada, pero lo veremos casi de espaldas, aparte. Una escena retratada con panorámicas. Lo mismo cuando los amigos consuelen a Patrick tras el fallecimiento de su padre, charlando sobre Star Trek o Matrix… Ahí, Lee se mantendrá al margen, en la cocina, comiendo su pizza…




Patrick tiene la vida opuesta a Lee. Tiene muchos amigos, actividades, dos novias. Lee se va dando cuenta de ello, y de que no lo quiere arrastrar a su mundo. Ve esa luminosa vida, la que él tuvo en un lejano pasado, y no quiere que la pierda. Cuando se ve obligado a ser su tutor cambiará su actitud en cierta forma, adquiriendo más responsabilidad: lo que era aceptación (dejando a la novia dormir en casa), pasará a ser un mayor control (no dejará que se quede en la segunda intentona porque esa novia no acaba de gustarle, ya que lo cierto es que es una entrometida algo controladora). No tienen nada en común, ni la música que Patrick quiere enseñarle.

-Lee: ¿Esas también son tus novias?

-Patrick: Les gustaría.



Un chaval que quiere disfrutar la vida, que no es consciente de los problemas ajenos en el egoísmo de la juventud, que llega a pensar que su tío quiere deshacerse de él cuando accede a que vea a su madre, en una plena contradicción, ya que poco antes se quejaba de lo contrario. Un tío que se ve sobrepasado por una responsabilidad que lo aterroriza. Ambos confundidos.

La relación tío-sobrino está maravillosamente retratada, en una exposición plena de naturalidad, donde se intuye un amor y cariño de mucho tiempo, donde las trifulcas y pequeñas discusiones o enfados nunca se traducen en rencor o malos modos, siempre comprensivos, con sus egoísmos y manías, pero con su cariño como bandera anteponiéndose a todo.

Y es que Lee sí sufre una evolución. Asume su responsabilidad y a la vez intentará que su sobrino sea feliz. Simplemente se muestra incapaz de quedarse en ese lugar que tantos malos recuerdos le trae. Lee ha tenido demasiadas pérdidas como para recomponerse del todo. Por ello, irá negociando con Patrick plazos, dónde quedarse, hasta cuando… Irá buscando opciones hasta que dé con la clave… Buscará trabajo, pero su pasado lo perseguirá.



Es ahí donde surgirá la opción materna, una madre irresponsable a la que Lee no aguanta, incluso colgará el teléfono. Cuando Lee vea depresivo y sin ganas de ver a sus amigos tras la incómoda comida con su madre a Patrick, planteará la venta de unas armas para conseguir el motor de segunda mano necesario para el barco…




Las fotos de sus hijos serán un elemento importante en la parte final. Volverá a Boston para recuperarlas junto con otras cosas, ya que necesita quedarse más tiempo en Manchester. Unas fotos de las cuales no vemos nada más que los marcos. Habrá un momento, fugaz, como tantos en la película, en el que Patrick suba a la habitación de Lee para buscarlo, y al no encontrarlo allí fije su mirada en esas fotos. En ese momento el sobrino parece adquirir conciencia del dolor de su tío.



Todo desde una estética muy europea, con esa luz blanquecina y muy clara, diáfana.

Una película profundamente detallista en muchos momentos, que sigue paso a paso el periplo para el funeral del hermano, sus gestiones, en lo que parece más un documental que una narración, pero a la vez acaba definiendo una narrativa impresionista en su desarrollo.







Lonergan pretende capturar un pedazo de vida, y para ello recurre a una exposición impresionista, realista, vertebrada en la naturalidad y la digresión, las estampas cotidianas sin narración definida. Esas estampas con Lee trabajando, en el bar, en su casa, en el flashback que muestra a su familia, en el coche cuando debate con su sobrino si entrar o no a ver el cadáver de su padre y arranca el coche en la confusión… Es esto lo que ocupa la mayor parte del metraje, escenas intrascendentes, cotidianas, naturales, sin interés narrativo, pero con sentido para desarrollar lo que bulle en el interior de los personajes y sus relaciones… Errores, confusiones, llaves que se caen, coches que no se recuerda donde se aparcaron… Recalentar una pizza del día anterior, un chico ensayando con su banda (con ese batería que nunca va a ritmo), escenas de humor y sexo interrumpido…

-¿Quieres follarme o no?

-.


Porque la película está llena de sutilezas. Especialmente en esa evolución de Lee, que se opondrá a comprar un motor pero tendrá la idea para hacerlo, que no soporta a la madre de Patrick pero propiciará el encuentro, que no ayuda mucho a su sobrino en casa ajena para tener sexo pero le dejará dos horas en la propia para que se satisfaga, que buscará la mejor opción para que conserve su vida y buscará una casa con una segunda habitación para cuando Patrick guste de visitarlo… Se abrirá e intentará hacer de padre en todo momento. Terminará relacionándose con algunos lugareños del que es su pueblo obligadamente...

Ese final, con esa conversación donde Lee reconoce su incapacidad, donde se reconoce como un ser roto que necesita alejarse de aquel pueblo, y el abrazo entre tío y sobrino, es hermoso. Como lo son las estampas de ambos jugando con una pelota y comiendo helado, que se funden con el plano que cierra la película, compartiendo un día de pesca en el barco, ese barco que lo es casi todo, al aire libre.

No puedo superarlo. Lo siento”.




Una culpa insoportable, muy en la línea de la condición católica de los protagonistas, que intenta redimirse, pero sólo lo logra a medias. Una película que se convierte en gran testamento sobre esos temas: la culpa, la pérdida, el amor en muchos sentidos…


Mucho metraje se ocupará en intrascendentes charlas sobre las gestiones que el funeral acarreará: llamadas a conocidos, preparar el entierro, contratar con la funeraria, el frío y las dificultades para enterrar el cuerpo, su conservación en un congelador… Esa fugaz visita al cementerio de Patrick, la búsqueda de trabajo de Lee, la escena con la vuelta al trabajo del protagonista y ese anciano que habla de su familia y la muerte, el helado que compra Patrick paseando junto a Lee, el partido de los Celtic o de hockey que ven los personajes…



El uso de la música clásica, buscando aumentar la intensidad de las emociones, no acaba de funcionar bien en esta realista y distante propuesta, ya que es un elemento enfático, artificioso, innecesario, contradictorio con dicha propuesta. Música clásica muy bella, con Händel y Albinioni, pero una decisión que se antoja poco acertada. Esto mismo ocurre en el funeral, con algunos incómodos encuentros y un mayor énfasis aún recurriendo a las cámaras lentas.



Y en medio de ese drama subyace un particular humor, que casi estalla como una risa nerviosa, muy sutil, equilibrado, pero presente, como en la vida misma, en lo que es uno de los grandes detalles del film. El clínex para el amigo, la urticaria mencionada por la doctora…

Tres miembros del reparto están nominados, desvelando el punto fuerte del film.

Casey Affleck, el hermano de Ben, es el principal candidato al Oscar como actor principal. Con su estilo minimalista, hierático (tan criticado en su hermano), afronta un complejo papel donde la vida ha hecho costra y la redención y la superación parecen un trabajo hercúleo, donde la vida le obliga a participar aunque él había elegido dejarse llevar. Deja momentos sobresalientes en su matizado trabajo y, aunque no soy un apologeta de estas cosas, es recomendable disfrutarlo en versión original en esta ocasión, ya que muchos de esos matices corren el riesgo de perderse en el doblaje (quizá, porque no la he escuchado doblada), ya que en su voz, a veces quebrada, se insinúan muchísimas emociones.

Lucas Hedges es la sorpresa del film. También nominado, deja una interpretación fresca y vital.


Michelle Williams ha logrado una nominación al Oscar por su pequeño trabajo en esta película. Nominación exagerada a todas luces, ya que aparece en dos escenas y algún plano más. Destacable es su escena junto a Affleck en su casual encuentro, un hermosísimo y duro momento para la pareja lleno de perdones, malas conciencias, arrepentimientos, amor y deseos… y una barrera de dolor e incapacidad comunicativa que da al traste con todo. El amor y las barreras emocionales. Los dos actores están magníficos. Una escena al aire libre, donde Lee se siente liberado y a la vez inseguro.


La pelea del bar que acontece a continuación es fruto de su incapacidad, de no poder corresponder a sus propios deseos.



Hay curiosas y buenas apariciones en los papeles secundarios, como la de Tate Donovan como entrenador de hockey, el entrañable Matthew Broderick, como el religioso nuevo novio de la madre de Patrick, o Gretchen Mol como la madre de Patrick. El propio Kenneth Lonergan tiene un pequeño papel. Debo reivindicar a Kyle Chandler, un secundario de lujo que lleva tiempo apareciendo en grandes proyectos, muy valorados, especialmente por el trabajo de sus actores, sin recibir reconocimiento (Carol, El lobo de Wall Street, Super 8, Argo…).



Quizá se alarga en demasía, porque es cierto que aquí no podemos decir que no sobren planos, por supuesto que puedes prescindir de muchos en su retrato cotidiano y hacerla más corta, o incluso sustituirlo por otros sin que mermase el mensaje, pero el resultado final funciona, especialmente si entras en su cadencia y sus muchos matices, pero requiere un ligero esfuerzo. Más negativo es el uso de determinados elementos para enfatizar un dramatismo sordo y duro que debería hablar por sí mismo según el planteamiento e intenciones de Lonergan, como el mencionado uso de la música, con Händel y Albinoni como  protagonistas.




Una película honesta, descarnada, que huye del convencionalismo, profunda, auténtica, que ahonda en la tragedia de esas vidas quebradas y en la complejidad de las emociones humanas sin sentimentalismo ni sensiblerías. Un dolor íntimo, un llanto sordo, que entendemos a la perfección sin necesidad de grandes discursos, sino a través de los silencios, como suele ser en la vida. Un mar de tristeza, dudas y desconcierto, denso, lento, en el que flotan esas vidas a la deriva, como si ese barco tan importante en la narración no llevara capitán.







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