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miércoles, 23 de mayo de 2018

PHILIP ROTH: Pastoral Americana

LITERATURA












Tenía guardado este análisis sobre la excepcional obra de Philip Roth cuando esta mañana me he despertado con la trágica y desoladora noticia de su muerte. Una insuficiencia cardiaca a los 85 años. Se nos va sin el Nobel, que pensé ingenuamente se lo darían… Es por ello que he querido anticipar la publicación del artículo, en homenaje a uno de los más grandes escritores americanos de los últimos tiempos.


Una de las grandes novelas americanas modernas, título de referencia que fusiona con excepcional maestría el realismo, el contexto histórico y el sentido alegórico, y que colocó, si no lo estaba ya, a Philip Roth en la carrera hacia el Nobel, que finalmente no ha logrado…

Philip Roth, multipremiado (Pulitzer, Príncipe de Asturias y otros muchos) y considerado con justicia uno de los mejores escritores vivos, nació y creció en Newark, Nueva Jersey, de origen judío, por lo que esta, como otras de sus novelas, en las que nos guía su alter ego Nathan Zuckerman (personaje que aparece en varios de sus trabajos), se lee en muchos aspectos en clave autobiográfica, ya que pisa terreno bien conocido. Lo cierto es que este aspecto es intrascendente, ya que las intenciones de Roth van por otro camino bien distinto, con una perspectiva infinitamente más amplia que la de plasmar vivencias autobiográficas.

Pastoral americana” (1997) pertenecería a su trilogía americana (se completaría con “Me casé con un comunista” de 1998 y “La mancha humana” de 2000), donde Roth se convierte en un agudo cronista americano, que aquí se centra en las décadas que definiríamos como “de la pérdida de la inocencia”, con todo lo relacionado con el conflicto de Vietnam, los antecedentes, durante el desarrollo y tras él.

Puede pasar desapercibido para el lector de novelas más convencionales, pero Roth va marcando un claro vínculo entre “El Sueco” y el contexto histórico en el que vive, convirtiéndolo en un personaje simbólico, alegórico, iconográfico, al que luego dotará de humanidad. Primero lo veremos relacionado con el contexto de la 2ª Guerra Mundial, luego con la Guerra de Vietnam… Nunca es explícita, y en esa indefinición radica su esencia y virtud alegórica.

Poco a poco se va exponiendo la histeria de una nación en su época más agitada, tras la Guerra Mundial, desde los años 50 pasando por Vietnam, Kennedy, el Watergate… los tensos 60 y 70. Una histeria que provoca un aparatoso y contundente choque de contradicciones en Estados Unidos, contradicciones homologables a las de cualquier otro país, cada uno con las suyas, donde la peculiaridad americana estribaría, quizá, en su apego al ideal en el que creen, que les fundó y define. Un ideal que cuando es contradicho, perturbado, pervertido o negado acaba generando el caos. Del sueño americano a su puesta en duda o rebeldía contra él.

El Sueco” era la admiración en una época de guerra, la evasión en una América que aún no había perdido la inocencia y creaba héroes y se agarraba a iconos que la reafirmaban en sus principios y creencias, que ordenaban el mundo. “El Sueco” es en un principio un ideal, un guía definido, por eso se le define superficialmente, en el puro éxito, para ajustarlo a ese concepto. Ideal físico y moral, el mejor deportista, pero además honesto, sincero, trabajador, íntegro, liberal, comprensivo y capaz de darlo todo por la familia. Un producto perfecto creado por la nación más pujante. El sueño americano.

A “El Sueco” todo el mundo lo admiraba. Personificación del éxito, de origen judío, hijo de un empresario hecho a sí mismo, inmigrante que alcanzó la prosperidad, héroe de los deportes, alivio nacional en Newark.

La positividad, alegría, optimismo del pueblo americano, con todo su eclecticismo, siempre cosmopolita, vertebrado en la inmigración, pero muy arraigado a su propia tierra y valores, que encuentra en sus héroes, en esa facilidad para crearlos, para ensalzarlos, para hacerlos importantes e influyentes, para convertirlos en inspiración, referente y alivio, en ideal, queda plasmado a la perfección en el inicio de la novela, punto de partida con la cuasi legendaria figura de “El Sueco” como piedra angular.

Cualidades que confluyen en el imprescindible carácter emprendedor americano, en la idea de hacerse a sí mismo, de trabajar para prosperar, el valor del trabajo y el mérito, que elimina prejuicios además, en la competencia enriquecedora para mejorar, manifiesta en los Levov… Valores que unen a una nación en su diversidad… El sueño americano, de nuevo.

Una prosperidad vinculada con la 2ª Guerra Mundial, como también se dio históricamente para la nación.

Un sueño americano amenazado y puesto en duda por la hija de Levov, hija también del conflicto en Vietnam, que viene a perturbar y tirar por tierra todo lo que el protagonista creía seguro y establecido, de nuevo en clara alegoría. Una hija que se convierte en terrorista para traer el caos y la ilógica a su vida tranquila y ordenada, comprensiva y liberal, defensora de los valores que hicieron grande esa nación que ama. Levov entiende repentinamente que no se puede controlar todo, que lo imprevisto, el absurdo o la locura, el salvajismo, son reales y están presentes, despertando de la ilusión de confortable bienestar, como lo hizo la sociedad americana.

No debe entenderse “Pastoral americana” como una crítica al “sueño americano” o un cuestionamiento al mismo, de hecho lo da por válido, por real, por constatable, y lo personifica en Seymour Levov y su familia, gente que son ejemplo paradigmático de ese sueño, que lo lograron y confirmaron, gente que cree en él y lo demostraron. Lo que hace Roth es relativizarlo, reflexionar y cuestionar una infalibilidad, incluso cierta prepotencia, que lo adornaba, exponer sus lados oscuros, que los tiene, dotarlo de más dimensiones y matices, claros y oscuros.

Es aquí, en el paso de la 2ª Guerra Mundial: la prosperidad, la búsqueda de iconos; al conflicto de Vietnam: la pérdida de la inocencia, el escepticismo y la locura, donde se descubre el potentísimo carácter simbólico y alegórico de la obra, que se encamina en el tercio final de la novela al sentido y fundación de la hipocresía en buena parte de la sociedad americana, que fingen de cara al exterior vivir la felicidad de ese sueño americano que en muchas ocasiones no es tan feliz.

Esa evolución de América, de los Estados Unidos, es la que encontramos y descubre “El SuecoLevov.

En “Pastoral americana” la confrontación y el conflicto son una violenta forma creativa y de desarrollo, muy americano.

Una obra que es muchas, una novela que contiene otras muchas, que es muchas cosas, incluso un relato crepuscular y germinal, donde el asesinato de JFK se vincula con la desaparición de la industria guantera, esa que llevó a los Levov a la prosperidad. De nuevo el vínculo de la historia americana con la familia protagonista y el carácter alegórico.

El paso del tiempo, esos cambios sociales y generacionales que nos afectan, cambios en los entornos que creíamos nuestra casa y que se vuelven hostiles y desconocidos, los cambios en la historia, que perturban la perspectiva de todos con respecto a los lugares, respecto al prójimo… Se intuye cierta influencia de Proust y Faulkner en Roth.

El retrato de las distintas generaciones, con sus comportamientos, formas de ver las cosas, evoluciones, es muy lúcido y está perfectamente integrado con esa evolución de los propios Estados Unidos que retrata. Del mismo modo, es interesante cómo desarrolla la idea de cómo afecta viajar a una época que no es la presente: las ilusiones futuras, los recuerdos pasados.

La integración judía en los Estados Unidos, su adaptación, es una de las constantes de Roth en su obra. Aquí también presente con esa familia, los Levov, que crearon una próspera empresa de guantes. En relación a ello, el concepto de familia, de raíces, de pertenencia, tiene un peso esencial en la obra. Lo es todo.

La descripción del proceso de creación y funcionamiento de los guantes es excelente, uno de los alicientes, aunque suene soso, de esta cuidada obra. De ahí ese amor por lo artesanal, por las manos, por la piel, base de esa industria guantera que elevó a la familia Levov.

Presente está el complejo y la contradicción judía, cierto sentimiento de prestado, de no ser un estadounidense de pura cepa, su reticencia y relación con los gentiles y cómo el valor del mérito tiende a eliminar prejuicios también en su caso.

Lo mismo ocurre con el mundo del béisbol, al que se le da importancia con ese protagonista, Seymour Levov, “El Sueco”, una estrella y un talento en todos los deportes que practica (fútbol, baloncesto, béisbol…).





No se limita a la grandilocuencia. La obra es tan brillante desde esa perspectiva como desde el prisma más minimalista, humano, reflexivo y filosófico, desarrollando innumerables ideas y conceptos para la reflexión, como el de prejuicio y el exceso, demasiado intelectualizados, y la focalización de nuestro “yo” en los demás, relacionado con la mencionada idea de descontextualización, cierto desarraigo en la comunidad judía en los Estados Unidos, pero llevada, por extensión, a reflexión general.

La imagen y su importancia, que imposta la realidad en muchas ocasiones, que fomenta prejuicios, pero que también crea ideales, resulta inspiradora, genera esperanza y sirve de base a concepciones filosóficas o incluso espirituales que nos elevan o ayudan. La imagen y su importancia, la imagen y sus defectos. “El Sueco” tendrá una imagen para sus vecinos que luego no se corresponderá con su infierno familiar. Su mujer fue Miss Nueva Jersey, pero renegará de aquello; la hija de Levov parece una cosa, pero se descubrirá otra muy distinta… Una obsesión por la imagen contradictoria, ambigua…

Esa importancia de la imagen, de la apariencia, se relaciona también con la de trascendencia e intrascendencia, donde los pensamientos interiorizados no se corresponden y contrastan con la frivolidad aparente y externa.

Su concepción vital. La vida como un error continuo vertebrado en el prejuicio. La vida como una sucesión de errores sostenidos por el prejuicio y la comodidad. Una vida que solamente así parece posible.

Pastoral americana” es una perfecta reflexión sobre una idea que me resulta muy personal. La impotencia que genera la imposibilidad de conocer al otro. Es de esto de lo que va el libro en gran medida, de la imposibilidad de conocer realmente al otro, entre otras cosas porque ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos. Es lo que le ocurre a Seymour Levov, “El Sueco”, ese hombre intachable, tan intachable como el que más, con todos los que le rodean, con todos a los que quiere (su hija, su esposa, amigos…). Descubre que no los conoce, que nunca los conoció del todo. Ni siquiera a sí mismo, cuando se descubre haciendo según qué cosas. Y la imprevisibilidad de nuestros cambios, cuando somos incapaces de verlos venir hasta que estamos inmersos en ellos.

No somos capaces de conocer al otro porque cambiamos, porque somos universos enteros y, en muchas ocasiones, porque sólo miramos nuestro ombligo, focalizando nuestro propio ser en los demás, en vez de escucharlos y comprenderlos. O al menos intentarlo.

La esencia de la desmitificación. Nos habla de la idealizada imagen externa, especialmente una vez se genera el mito, el icono, el ideal, en base a unos méritos concretos, al mismo ritmo que se forma el prejuicio, sin conocimiento de los cotidianos e imprevisibles infiernos íntimos de esos iconos, en los que profundizará la novela.

El humor de Roth es sutil, casi con sordina, semi oculto, extraño dentro de la naturalidad y el realismo. Un humor que se acentúa en el último tercio de la obra. Me divierte especialmente la repentina epidemia de cáncer de próstata que padecen varios de los personajes.

Su estilo es depurado y reflexivo, analítico, cuando desarrolla un tema o reflexión, alguna línea narrativa, la exprime al máximo, sacando todos los puntos de vista y opciones, llevándola al límite sin dejar nada por escrutar, concienzudamente, como entomólogo de las letras. Mezcla estilos y recursos, en gran riqueza, haciendo de la metaficción, el metalingüismo, algo trascendente, no gratuito o esteticista.

El metalingüismo es uno de sus grandes recursos de estilo. Personajes que se repiten y aparecen de una novela a otra, la confusión entre realidad y ficción, entre relato novelado, creación artística y realidad dentro del texto y su universo… Aquí, rememorando lejanamente a “El Quijote” como novela revolucionaria, Roth recoge el apreciado metalingüismo americano posmoderno con ese narrador, Nathan Zuckerman, y la forma en la que deconstruye la vida de “El SuecoLevov, donde la creación artística de ese alter ego de Roth se funde y confunde con la supuesta vida real del personaje, sumando valoraciones y reflexiones personales sin que nunca sepamos a quién pertenecen verdaderamente, exponiendo los supuestos errores, las rectificaciones y los aciertos en una voz interior que parece conocer los secretos más ocultos del personaje sin que éste los haya confesado… un narrador poco fiable.

En este sentido, es importante incidir en la esencia metalingüística de la obra, donde el narrador principal, Nathan Zuckerman, que sería el alter ego del autor, se inventa la historia de “El Sueco” en función a sus propias miserias, prejuicios, a su propia mezquindad e insatisfacción, dotándolo a su vez de humanidad al desmitificarlo. Una ficción que se mezcla con la realidad haciendo desaparecer los límites en los dos conceptos.

Su uso de las subordinadas es excelso, pero logra que a su vez sea tremendamente fluido, nada moroso ni complicado en la lectura, algo francamente difícil. Me gustan alguno rasgos de estilo como esa manera de insertar una frase de concepción tangible, que transmita fisicidad, realidad, en medio de una reflexión profunda o filosófica: “Es algo que sucede cuando muere la gente: la discusión desaparece con ellos, y personas tan llenas de defectos mientras respiraban, que a veces eran casi insoportables, ahora se muestran de la manera más encantadora, y lo que menos te gustaba anteayer se convierte, en la limusina detrás del coche fúnebre, en una causa no sólo de regocijo solidario sino incluso de admiración”.

El uso del diálogo interior, con ocultos sentimientos que nunca sabemos si son propios del personaje (Levov, por ejemplo) o invención del narrador (Zuckerman), es extraordinario, del mismo modo que engarza con la idea de apariencia, que es otro de los temas indispensables en la obra, ya citado. Los estilos indirecto o indirecto libre, su ambigüedad buscada... Los sentimientos interiores contrastando con la evasión y el terreno cómodo de la apariencia exterior... Un ejemplo lo tenemos con la visita de ese misterioso y extraño personaje de la activista a la curtiduría de Levov.

Roth se deleita magistralmente, en una complejísima estructura llena de cebos y ecos, obra de orfebre que se gusta, con los juegos temporales y las elipsis, yendo del pasado al presente o a un indeterminado futuro de manera constante.

En definitiva, por si no ha quedado claro, “Pastoral americana” es una de las grandes obras de las últimas décadas, imprescindible para todos los amantes de la lectura.

Escribir te convierte en alguien que siempre se equivoca”.

Philip Roth, descanse en paz.


jueves, 23 de noviembre de 2017

AGATHA CHRISTIE: Asesinato En El Orient Express

LITERATURA










La deducción. El análisis. Rasgos distintivos de la civilización, camino para alcanzar la verdad. Suena bien, puede ser el ideal al que debemos aspirar, con sus limitaciones y defectos, porque es lo que nos ha llevado a evolucionar, pero en la actualidad estos valores aparecen diluidos, camuflados, falseados o desaparecidos. Ahora lo primero es llegar a una conclusión, lo más rápido que se pueda, anticipándose al resto, y publicarla para que todos la vean, mucho antes que los hechos, la verdad, el desarrollo concienzudo y esmerado, el estudio dedicado, que también lo hay, pero que exige mucho más esfuerzo y tiempo y es menos comercial. Pseudoanalistas con la conclusión preconcebida. Cuando más medios existen más incertidumbre sentimos, tenemos más nociones de todo y menos seguridad en nada.

Es curioso cómo a este respecto juega Agatha Christie utilizando personajes de contraste, porque ella ya veía que no era un tema del futuro, sino que se daba de lleno en su época, que siempre se ha dado, pero ahora, con las modernas aplicaciones comunicativas, donde cada uno puede pasar por periodista, estudioso o “todólogo”, el problema refulge agravado y esperpéntico. En la obra que tratamos, uno de sus clásicos absolutos, muy célebre además por las adaptaciones cinematográficas, Christie acompaña a Poirot de dos compañeros de investigación, el doctor Constantine y Monsieur Bouc, el director de la Compagnie Internationale des Wagons Lits, que pretenden dilucidar el caso tras cada pista que encuentran, con conclusiones absolutas y la ley del mínimo esfuerzo, basándose en cualquier detalle más o menos llamativo, sin un análisis exhaustivo. Por ello, en este globalizado mundo de cinismo, prepotencia e ignorancia en 140 caracteres (ahora 280, o sea, el doble de todo), hace más falta que nunca la visión de la escritora británica.

Ese es el legado eterno que deja Agatha Christie, por eso sigue actual y vigente, por eso siguen llegando adaptaciones cinematográficas y teatrales de sus obras. La atención al detalle y el matiz en diálogo continuo con el contexto concreto y general. La capacidad de discernir, de observar, de eliminar prejuicios y no dejarse llevar por ellos, renunciar al fanatismo, aplicar el desarrollo y la actividad deductiva, reflexiva, intelectual. Dejar trabajar a las “células grises”. El análisis en suma. No es de extrañar, evidentemente, que la arqueología fuera una de las grandes pasiones de la escritora. No se trata de otra cosa que de dilucidar un hecho, una época, un suceso del pasado a través de las pistas, los indicios, los rastros y restos descubiertos en el presente, como hacen Poirot, Marple o los detectives, superintendentes o inspectores de sus novelas. El mismo Poirot lo manifestará, destacando que lo verdaderamente interesante y atractivo, el gran aliciente de este caso concreto en el “Orient Express”, consiste en que para resolverlo deberá usar la pura deducción, sin más elementos, sin pruebas técnicas o científicas.

Las historias de Agatha Christie se convierten desde este sustancial punto de vista en una apología de la civilización. El crimen civilizado. Casi educado. En Christie todo lo que se relaciona con el crimen, la planificación, comisión, ejecución del propio crimen, es civilizado, un reto intelectual para el detective, una demostración de inteligencia del asesino. Hay pulcritud, civismo, dejando de lado casi todo aspecto sórdido en la medida de lo posible, como si ni siquiera encajara bien, siendo los detalles escabrosos lo que menos interesa, centrándose en los detalles, los matices, la inteligencia. Christie mira con un ligero gesto de asco, tapándose la boca con un pañuelo y mirando de reojo, la ensangrentada escena de un crimen para obviarla inmediatamente en pos de esa pista esencial y las motivaciones y psicologías de los personajes.

La escritora británica no gusta de rodeos ni subterfugios, es una narradora de lo sustancial, va al grano, directamente, sin apenas elipsis que inviten a reflexiones o elucubraciones de la autora, descripciones, muletas psicológicas, todo lo realizará a través de los diálogos o las manifestaciones explícitas del principal investigador, en este caso el sublime Poirot. Limita y reduce al máximo los supuestos tiempos muertos (alguien va a buscar a otra persona o es llamada y regresan o aparecen de inmediato, sin pausa, por ejemplo).

El gusto por el lujo y lo elitista, ese look y ademanes tan particulares de su detective de cabecera, Poirot, la exquisita educación que envuelve a casi todos los personajes de la novela (y de casi todas sus novelas en general), son aspectos y rasgos distintivos en la obra de Agatha Christie. Todo tremendamente civilizado.

Es por ello interesante el juego que hace con las distintas nacionalidades, en ese divertimento de aglutinar a personajes dispares en un recinto concreto, algo nada extraño en Christie, cómo confronta estereotipos, escenifica desprecios con algunas bromas y detalles simpáticos, como el comentario sobre la creencia de que la genuina bondad alemana es incapaz de la monstruosidad que implica un crimen. Es un aspecto que le sirve además para desarrollar otro de sus temas imprescindibles, el de la mentira como cáncer mundial.

Asesinato en el Orient Express” responde, incluso podríamos decir que es principal valedora, de esa mítica del tren como lugar de acontecimientos y tramas de todo tipo, refulgiendo las de suspense, a las que tanto partido ha sacado el cine, por ejemplo, con Hitchcock o tantos otros como exponentes de altura.

En esta ocasión el tren es el elegido para aplicar ese recurso clásico de las novelas de detectives, especialmente las de Christie, donde se utiliza un lugar cerrado con varios personajes para aumentar la tensión y la atmósfera, enfatizadas aún más con algún fenómeno atmosférico, simbólico, además de elemento narrativo, en este caso la nieve que impide el avance del tren. La célebre escritora ha utilizado esto en numerosísimas ocasiones, con grandes clásicos, no hay más que recordar “Diez negritos” y los personajes atrapados en una tormenta o “La ratonera” con los protagonistas atrapados a causa de la nieve, donde todos ellos permanecen encerrados en una casa, o “Muerte en el Nilo”, con los personajes limitados en buena parte de la trama en un barco mientras realizan un crucero donde se suceden los crímenes y se concentra la acción… Una estructura clásica.

Contemporánea de Arthur Conan Doyle, al que conoció cuando era una jovencita y prometedora escritora y del que fue amiga en los últimos años del ilustre escritor (Conan Doyle falleció en 1930 con 71 años, cuando Christie tenía 40), es fácil ver en Poirot un adelantado alumno de Sherlock Holmes, conservando cada uno sus especiales características y sus interesantes diferencias. Poirot acaba siendo una abstracción deductiva, la pura deducción, recogiendo ese elemento de Holmes pero prescindiendo casi por completo de toda acción, lo que es curioso, ya que implica que Holmes, de alguna manera, entronca más directamente, aunque siendo anterior, con lo que terminaría siendo la novela negra clásica y moderna y el hardboiled.

Poirot es uno de los clásicos y eternos detectives de la literatura universal, está en el Olimpo más selecto de los investigadores gracias a la inteligencia que le trasplantó la genial escritora británica, una de las más vendidas, influyentes y veneradas de la historia. Al contrario del altivo y ciclotímico Holmes, este belga de pintoresco look, con un bigotillo imposible, genera diversión nada más verle. Posee particulares gustos personales, de distinguida y pulcra, casi alérgica a la suciedad, presencia, casi amanerada, que en muchas ocasiones le sirve de camuflaje para pasar, en cierta medida, desapercibido, en brillante paradoja, donde lo externo haría infravalorar su brillante inteligencia, que no se le perciba como la radical amenaza que es en realidad para el criminal. Y que también oculta y a la vez muestra un ego elefantiásico.

No hay más que ver la excelente conclusión de esta novela, cuando Poirot, una vez saciado su ego deductivo, ese educadísimo y pintoresco ego, que es casi su razón de ser, demostrando que lo ha descubierto todo y no le pueden engañar, siendo generoso en detalles sin dejar cabos sueltos, admite una resolución falsa a voluntad, terminando así con una buena reflexión sobre el conflicto entre la Ley y la Justicia, sus límites, sus distinciones, su vano y eterno intento de congraciarlas.

El humor, exquisito y sutil, muy británico, filtrado casi sin que nos demos cuenta, incluso en frases cortas sueltas, no se limita al personaje protagonista, sino que puede aparecer en cualquier momento y perfectamente integrado y modulado.

No es perfecta la novela a pesar de ese trabajadísimo engranaje de pistas, detalles y matices que el agudo Poirot discierne y descubre con dedicación de entomólogo. Es evidente que sin ciertos trucos, algún elemento, la resolución terminaría por ser imposible. Aquí hay uno especialmente evidente. Las cartas. ¿Qué necesidad de mandar cartitas en un caso donde se toman tantas precauciones? ¡Qué absurdo descuido no asegurarse de la completa eliminación de uno de esos papeles, pieza fundamental para el desarrollo deductivo y de la investigación posterior, con todas las precauciones y detalles que se habían tomando en cuenta! ¡Qué oportuno!

Pero ese defectillo intrascendente se diluye si volvemos a lo reflexionado al inicio, la apología de la civilización, de la deducción y la inteligencia, ese juego y manera de proceder que nos permite lograr todo lo posible, sea donde sea que esté la dificultad, voluntad última de Agatha Christie, que cumple con exuberancia, holgada y brillantemente, en este clásico que ha trascendido el tiempo.


Muchos conoceréis más la historia por las películas, en especial la dirigida por Sidney Lumet en 1974. Ahora otros muchos la conocerán por la nueva versión y remake de Kenneth Branagh, que también cuenta con un reparto espectacular y que se estrena mañana, motivo más que suficiente para acudir al texto original y a una escritora que es modelo y referente esencial de la trama detectivesca.


domingo, 15 de octubre de 2017

JO NESBØ: El Muñeco De Nieve

LITERATURA










La novela negra escandinava se ha convertido en un género en sí misma, y en uno de los principales referentes de la novela negra mundial en la actualidad.

Sus gélidos contextos, que encajan a la perfección con ese clásico tono escueto y directo de la novela negra clásica, que esconden la podredumbre social en el aparente estado de bienestar, o sus detectives atormentados, solitarios y amargados, crepusculares y hastiados, son rasgos de identidad que han seducido a millones de lectores.

De entre los muchos y destacados autores que están en boga ahora dentro del género, Jo Nesbø destaca por encima de todos como punta de lanza. Sus retorcidas historias de la serie Harry Hole, de la que van ya 11 títulos (este es el séptimo), que son un éxito por todo el mundo (tiene otras exitosas series, quizá menos conocidas, como la juvenil del Doctor Proctor y la de Olav Johansen), se supone debería seguir la tradición nórdica, con ese toque más político, que vendría desde Sjöwall y Wahlöö, y que ha tenido su principal referente moderno en el gran Henning Mankell, icono del género. Pero lo cierto es que la novela negra de Nesbø, aunque enmarcada en esos entornos gélidos, algo estáticos, congelados, investigados por un detective depresivo y angustiado, remite más a la novela negra americana, tanto en ritmo como en tono. Una dureza muy de Chandler, Hammett, pero sobre todo de Jim Thompson, donde lo retorcido, lo humanamente cruel y mezquino, aparece brillantemente plasmado. Un escandinavo muy americano.

Ese ritmo incesante, trepidante narración, es lo que tenemos en esta “El muñeco de nieve”, con una prosa potente y muy cuidada, una novela muy bien escrita, que no se pierde en divagaciones y contextos políticos, ni en excesivas introspecciones, muy bien insertadas dentro de la historia principal de investigación, que siempre es lo predominante y presente.

Un soberbio entramado, un brillante puzle perfectamente elaborado que incluso se deleita en las piezas más pequeñas, repleto de magistrales paralelismos llenos de distintos matices y sentido narrativo, de cebos y ecos que van cobrando sentido de manera esencial o sutil y minimalista (a veces siniestros, otras bellos). Cada frase de la novela puede significar una clave importante, y a menudo lo es, donde el olfato y la mirada adquieren especial relevancia en muchos momentos.

Tras un caso de desaparición, el comisario Harry Hole descubre que durante años han estado desapareciendo un sorprendente número de mujeres casadas y con hijos. Tras recibir una carta, Hole relacionará los casos, donde siempre aparece un muñeco de nieve. Ya que él ha sido el único agente noruego capaz de detener a un asesino en serie, parece el adecuado para enfrentarse a este “Muñeco de Nieve”, el primero que aparece en Noruega, que tiene aterrado a todo el país con sus rebuscados, truculentos y retorcidos asesinatos.

Desde el clásico “whodunit”(¿quién lo ha hecho?) y con todas las características de la novela negra clásica, con una trama retorcida y compleja, el “hard boiled”, “El muñeco de nieve” desvela una sociedad inmoral, que soterradamente se sustenta en el engaño, la farsa y la apariencia, en la mentira y la hipocresía, desposeyendo de sentido a sus pilares básicos, o convirtiéndolos sino en ídolos con pies de barro sí en falsos ídolos, como serían el matrimonio y la familia. Un lugar pequeño donde toda la miseria y la mezquindad se guardan ocultas bajo el bello manto de la nieve, que acaba siendo metafórica en las continuas menciones y referencias que tenemos en la novela. Farsas matrimoniales, hijos ilegítimos, padres inconscientes… Una sociedad enmascarada (tampoco son baladíes las menciones a las máscaras), en pura pose y apariencia. Todos menos nuestro protagonista. El 20 por ciento de la población tendría un padre distinto del que piensan…

Y desde aquí caemos en una reflexión acerca de la paternidad, el sentido de la misma, de su pura esencia y dónde radica, con algunas bellas escenas y motivaciones en los personajes.

Harry Hole se define en esta novela a través de otro personaje, calificándolo como su alma gemela: “Una relación poco saludable con el alcohol, un temperamento difícil, un lobo solitario, de moral dudosa y conducta muy censurada”. Si bien coinciden en ciertos aspectos, Hole parece ser duro consigo mismo, ya que esa breve descripción no le hace justicia, mucho más humano, donde algunos de esos aspectos no se observan o son al menos cuestionables y matizables.

Este detective tan humano, lleno de debilidades y defectos, de vuelta de todo, pero en absoluto indemne a los acontecimientos, a lo que le importa, porque aún le importan cosas más allá de su competencia en el trabajo, uno de los pilares de su existencia, es arisco, de pocas palabras (ese “Ya” con el que contesta en numerosas ocasiones), huraño, taciturno, amargado, cortante… algo que nos sonará de otros muchos detectives, pero con sus particularidades y su muy definida individualidad.

Ese trabajo, el de detective, es su impulso vital, una característica también de muchos detectives del Noir, escandinavos también. El villano llega a decirle, lúcidamente, que vive para la lucha, aunque sepa que sus victorias sólo serán provisionales. Es esa lucha continua la que lo mantiene en pie y activo, caminando paso a paso hacia delante. Sin ello su vida carecería por completo de sentido. Esto quedará simbolizado en la tentación del alcohol, al que renunciará en distintas ocasiones gracias a un nuevo impulso en la investigación, una vez que parecía dispuesto a caer en ella. Otro simbolismo, el de los hongos de su casa (también invisibles), junto a su extrema delgadez creciente, mencionada por todos los personajes, definen cómo toda esa podredumbre que le hace vivir, a la vez lo consume por dentro.

Hole era alcohólico, un solitario héroe en declive, estropeado, crepuscular, obstinado, atormentado y depresivo, de vida en apariencia casi destruida de manera permanente (a veces parece despreciarla), intentando aferrarse a los momentos luminosos que vivió y destruyó, quizá conscientemente (como ocurre aquí con su relación con Oleg y Rakel), pero de buen fondo y cierto poso romántico, que parece bloqueado, incapaz de imponerse, encarcelado en sus tormentos, complejos y dolores.

Su relación con Oleg y Rakel, sus comportamientos en algunos momentos, su melomanía, la novela está salpicada de referencias musicales directas o indirectas (no en balde Nesbø es líder del grupo de Rock noruego Di Derre), lo convierten en un personaje tan doliente como entrañable. Y es que en esta novela, aunque haya algún personaje que podamos considerar positivo, todos ocultan algo, todos mienten o engañan, menos Harry Hole, curiosamente, que como mucho oculta un dolor que no es ajeno al resto, dignificándose en absoluta autenticidad con todos sus defectos y sus principios.

La mayor parte de la novela sigue el punto de vista de Hole, lo que al experimentado lector, en ocasiones, le genera sospechas por ciertas omisiones, donde las averiguaciones de otros personajes no se exponen, en legítimo artificio (no diré nombres). Eso sí, ese punto de vista, desde la tercera persona, no es estricto, permanente ni constante. Hay capítulos donde el punto de vista varía y vemos actuar a otros personajes, incluso capítulos donde el centro será Hole, pero desde la mirada de otros, buscando lograr la sorpresa en el lector.

Es innegable que la novela no puede huir, quizá tampoco lo pretende, de ciertos tópicos del género con "asesino en serie", con sus buenas sorpresas, giros y emoción, pero también convencionalismos. Además, algunos diálogos chirrían, extrañan. Quizá se pretende eso precisamente para que recordemos, pero ya en el momento preciso de su lectura desconciertan en ocasiones, punzando al agudo lector, que se pone alerta con sus sospechas.


Ni que decir tiene que si te gusta la novela negra, esta está más que recomendada. Aprovechen, que la película que adapta la novela se ha estrenado este fin de semana con Michael Fassbender de protagonista y Tomas Alfredson en la dirección.


domingo, 15 de enero de 2017

GRAHAM GREENE: El Tercer Hombre

LITERATURA










En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas… pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor democracia y paz… ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco”.

El gran Graham Greene escribió esta novela cuando le encargaron el guión de la extraordinaria “El tercer Hombre” (1949), que dirigió Carol Reed, ya que según decía era la mejor manera de planificar y definir dicho guión. Así lo hizo, y siempre mantuvo que el guión y la película eran mucho mejores que la novela, que se publicó de todos modos, evidentemente. Estaba en lo cierto el autor. Un pequeño ejemplo lo tenemos en la frase que pongo al inicio, mítica, uno de los momentos más recordados de la película que no encontrarán en la novela.

Valoro muchos tipos de prosa, casi todos en realidad, pero tengo especial apego a aquella que además de atraparte te abriga, como en una envoltura cálida. Tanto la película como la novela logran esto, y es que Graham Greene era muy grande.

La novela tiene las mismas virtudes que el guión que escribió poco después Greene, como es lógico, aunque no tiene esos legendarios momentos que han hecho eterna la cinta que protagonizaron Orson Welles y Joseph Cotten.

La inteligencia que desprende cada frase, la adictiva prosa llena de ironía, esa mezcla de intriga, suspense y humor, en una atmósfera tan absorbente como nostálgica, son algunas de las virtudes que se disfrutan en la novela. Muchos de estos aspectos se conservan y subliman en el film, como sabrán quienes hayan disfrutado de la película.

Ese halo romántico y nostálgico vienés aparece maravillosamente descrito, pero claro, palidece ante la mágica forma en la que lo mostró Carol Reed, con esas persecuciones por calles derruidas, norias y alcantarillado.

Sí se potencia el humor más hilarante en la novela, con momentos muy divertidos como la surrealista reunión literaria. En cambio, en la película prima el humor inteligente y la ironía, eliminando los demás devaneos cómicos.

Hay un algo metalingüístico en esos añadidos humorísticos con la literatura y las adaptaciones cinematográficas como protagonistas, y una despiadada crítica a la pompa literaria, sus ínfulas y sus prepotencias que resulta atractiva y se explota más en la novela.

Nuestro protagonista, Rollo Martins, (Holly Martins en la película por petición de Cotten), es un personaje atractivo y descarado, rudo y de principios sólidos, terrenal, mundano e incluso frívolo, romántico y leal, íntegro, perfectamente desarrollado por Greene con pasmosa naturalidad.

En la novela tenemos un narrador omnisciente que nos cuenta la historia en tercera persona siendo ajeno a ella en la mayor parte del relato, ya que es la voz del policía, Calloway, la que encamina y ayuda a Rollo hacia la resolución del caso. Una narración que juega con esa tercera persona que se convierte en primera cuando es menester. Por supuesto, esto se sustituiría por una voz over en la película (Cotten en la versión americana, Reed en la británica).

No tenemos en la novela el pequeño monólogo sobre el reloj de cuco; tampoco el impacto de la presentación de Henry Lime, notable en la novela, pero sublime en la película, hasta el punto de que la presentación de Orson Welles es considerada como una de las mejores en la historia del cine; ni la impecable persecución por Viena y sus alcantarillas, mucho más elaborada y brillante en celuloide; ni el final, mucho más amargo y mágico en el film con ese plano sostenido en un eterno paseo en el que gotean caducas hojas otoñales lánguidamente, en lo que es la imagen perfecta de la decepción, el crepúsculo, la nostalgia y la melancolía.

Y a pesar de ello uno se la lee sin darse de cuenta, queda hipnotizado por sus palabras, incluso más que por su historia, porque a Greene no le hacía falta escribir su mejor obra para lograr todo eso…


El tercer hombre” es una película, una historia para ser contada en imágenes. Era el destino, y seguramente Greene lo sabía, aunque se exigiese escribir primero el libro, porque una vez la has contemplado no cabe duda, “El tercer hombre” es cine, es imagen y una adaptación que mejora con creces la obra literaria.



viernes, 21 de octubre de 2016

RICHARD FORD: El Periodista Deportivo

LITERATURA










La dislexia hizo de Richard Ford un lector lento (también tardó mucho en comenzar a leer asiduamente), como ha manifestado él mismo, lo que le ha llevado a lamentar que quizá no llegue a leer todos los libros que debería haber leído al final de su vida. Exagera este talentoso escritor, pero esa supuesta lentitud sí es posible que le convirtiera en el autor que es, que le dotara de esa profundidad y detallismo psicológico del que hace gala en sus textos.

Richard Ford encuentra la humildad y la honestidad en la dignidad del fracaso, algo que se trasluce en sus declaraciones, ejemplificado con su vida y que de alguna forma se filtra en sus relatos y personajes.

El periodista deportivo” es su obra más célebre y la que le llevó al estrellato, una novela que nada tiene que ver con el periodismo deportivo ni con los deportes, sino con un hombre en crisis del que se hace un retrato psicológico extraordinario, preciso, depurado y exhaustivo.

Una novela que tiene mucho de autobiográfica, ya que Richard Ford también se dedicó al periodismo deportivo tras el fracaso comercial de su segunda novela, y algunos aspectos de la vida de su personaje coinciden con los del autor (lugar de nacimiento, huérfano, aunque Ford lo fue sólo de padre…). Con todo, Ford ha explicado que en realidad Bascombe es distinto a él, que le hace decir a menudo cosas que él jamás diría, lo que es parte de la gracia de ser escritor.

Frank Bascombe ha protagonizado una serie de novelas de Ford, aunque nunca fue su objetivo principal hacer una trilogía o serie, ni siquiera lo tenía pensado. A este libro que nos ocupa le siguió “El día de la independencia” y “Acción de Gracias” en forma de trilogía, y luego “Francamente, Frank”, un libro de relatos también con Bascombe de protagonista.

Gracias a un ladrón, Ford pudo dar rienda suelta a su vocación de escritor, cuando le robó todos los libros de derecho, carrera que estaba cursando. Un ladrón con inquietudes, se entiende. También estudió administración hostelera y literatura. Y es que la influencia de sus abuelos fue grande para el escritor, y al poseer éstos un hotel Ford dirigió sus estudios en esa dirección, aunque luego cambiara. Su abuelo además fue boxeador, con lo que los adquiridos conocimientos deportivos le ayudaron en su posterior actividad de periodista deportivo.

Richard Ford fue el primer autor en ganar el Pulitzer y el Faulkner por el mismo libro, en este caso por “El día de la independencia”, también protagonizada por esa especie de alter ego suyo llamado Frank Bascombe, y gracias al prestigio que le dio su anterior “El periodista deportivo”, el libro que le lanzó al estrellato y una de las grandes novelas del siglo pasado.

Amigo de Raymond Carver, con el que su literatura tiene puntos en común, escribió “Canadá” por una apuesta con él. Un Carver que consideraba a Ford como “el mejor escritor en activo en nuestro país”.

Frank Bascombe abandonó una prometedora carrera literaria para pasarse al mundo del periodismo deportivo, un trabajo cómodo que parece satisfacerle. Ha sufrido la desgracia de perder a su hijo pequeño, lo que acabó desembocando también en el divorcio de su esposa. Seguiremos su vagar vital durante tres días, de un viernes a un domingo, contemplando su aparente tranquilidad que encubre una aguda crisis.

En este libro, que nace de la recomendación de su esposa de “escribir sobre alguien feliz”, no pasa absolutamente nada, su trama es nimia siguiendo el transitar de nuestro protagonista mientras nos adentramos en su turbulento interior, en su psicología inestable, inquieta, que lucha por salir a flote.

Lo más destacado de esta excepcional novela es su magistral progresión dramática y análisis de la psicología cambiante, en continua evolución depresiva, su delicuescencia emocional. Está anestesiado, no quiere cambios, y ese examen interior le lleva a descubrir sus mezquindades, que se nos exponen con sinceridad, y que no parecía tener en un principio. Bascombe parece un tipo comprensivo y casi intachable que va mostrando todos sus defectos y debilidades. Nos va cayendo paulatinamente peor, conforme descubrimos sus pequeñas miserias, aquello que lo hace humano, llegando a dejar momentos donde resulta especialmente desagradable e inoportuno, aunque sin aparente maldad, del mismo modo que lo comprendemos mejor.

Frank Bascombe es un agudo observador y un estúpido vividor que finge no darse cuenta de las cosas (como hacemos tantas veces) o que no se da cuenta directamente. Es un manipulador pasivo. Así, en sus sucesivas reflexiones internas, la esencia de la novela, se le van cayendo las capas de educación, comprensión y amabilidad que exhibe en el exterior, desvelando a un cínico impenitente y algo cobarde, producto de su galopante depresión. Surgen prejuicios y apresurados juicios donde antes no aparecían; contradicciones y vaivenes en sus opiniones y decisiones… La gestación de un cínico. Pura humanidad.

Es un solitario que suele mostrarse incómodo en lo social, relacionarse con una persona como máximo, si puede ser de sexo femenino. También le incomoda la profundidad, aunque haga análisis sesudos, por eso adora la frivolidad de los deportes, algo superficial con lo que evadirse o relacionarse.



El deporte como metáfora de la guerra aquí es una idea extendida a la vida en general. La vida como una competición, por eso los deportes tienen poco o nada que ver con la novela a pesar del título, más allá de apuntar ocasionalmente ejemplos o comparaciones, donde el autor hace referencia a su experiencia como periodista deportivo o a vivencias junto a los deportistas para explicar o comparar aspectos de su vida o definir mejor reflexiones existenciales.

Como en Carver, tenemos retratos de la normalidad desde la rutina, desde lo cotidiano, que a veces puede resultar terrorífico. Ahí se define la apatía vital del protagonista, que deambula sumido en una nebulosa que parece protegerle, suministrándole a la vez una apariencia o ficción de bienestar fundamentada en el conformismo, una ajenidad que le protegería del dolor de la pérdida (de su hijo, su esposa…).

Un hastío vital, una asepsia vital y emocional casi imprescindible en buena parte de la novela moderna (Desde Camus a David Foster Wallace, Don Delillo, Houllebecq, Bret Easton Ellis, Irvine Welsh, Chuck Palahniuk, J. G .Ballard…).

Su resignación vital y obligado y maduro conformismo le acaban mermando en lo que será su lucha, porque sí, hay algo de épica en este relato, épica minimalista, por supuesto.

En el periodismo deportivo alcanza cierto conocimiento vital y cierta lejanía de esa propia vida, permitiéndole enseñanzas puramente teóricas, pero sumido en la pura frivolidad que lo aleja de lo trascendente, para así acomodarse y adormecerse en su crisis existencial, en la muerte de su hijo y divorcio no superados. Un eterno presente, como se viven los deportes, al día, que le permite una apariencia de bienestar en un hastiado y apático transitar, adormilado para sobrellevar su pena y desgracia. La banalidad, la vacuidad, la futilidad, como el mejor antibiótico.

Un hombre de apariencia feliz, que parece estar en paz consigo mismo, haber asumido los golpes que le ha dado la vida, pero que acaba descubriéndose como una máscara de conformismo que oculta una crisis incipiente, una depresión latente y real. Bascombe está firmemente apegado al pasado, al cual recurre constantemente, escenificando que no ha superado ni la muerte de su hijo ni el divorcio de su mujer, a la que cita insistentemente, sirviéndole de referencia para casi todo lo que comenta.

Bascombe admira a los perdedores que fueron ganadores y sienten anhelo de aquello que fue, gusta del regodeo en el pasado, como si vivir en la nostalgia fuera el único sentido de la existencia. Es un ejemplo de comparativa deportiva, ya que lo focaliza con los deportistas, pero se refiere a él mismo, un ganador cuando tenía su feliz familia, convertido en un perdedor que añora aquello.

Y curiosamente practica un ejercicio contrario a su apego al pasado, continuamente. No para de formar castillos en el aire, de hacer suposiciones sobre cosas o personas, sobre sus relaciones, proyecciones en el futuro a menudo erróneas, muchas veces depresivas o negativas, otras ilusionadas o anhelantes… Como si de apuestas deportivas se tratara. Un hombre inseguro y desorientado que necesita de esas pequeñas muletas, como casi todos, supongo.

La realidad de Frank Bascombe es que encuentra el placer o sus mejores momentos en la perspectiva, en el tránsito, la incertidumbre, en el camino hacia algo sin llegar nunca, lo que es coherente con el final de la novela.

Las familias y sus complejas relaciones son examinadas con concienzudo interés e intuitiva lucidez por Ford. Aquí tenemos muchos episodios, desde su trauma con la muerte de su hijo de nueve años (aunque a Ford no le gustan los niños), hasta la relación de Bascombe con sus otros hijos y su ex esposa, pasando por el episodio junto a la familia de su novia…

Y camina por Estados Unidos fascinado, deleitándose y confirmando el deleite que transmite ese sensacional país, del mismo modo que no oculta sus mediocridades, lo que lo hace más fascinante aún.

Ford logra extrañas atmósferas, cuasi enfermizas, dentro de lo cotidiano, como una densa amenaza de tormenta a punto de estallar, sutilmente tensas, minimalistas (la comida en casa de Vicky, la novia de Frank; su noche en el hotel de Detroit, sus encuentros con Walter…).

Nos habla de la libertad, de la dificultad de ser libre, de la inconsciencia en que vivimos habitualmente, atados sin saberlo por todo tipo de cosas (pasado, traumas, complejos, miedos…), sólo conscientes de ello cuando perdemos alguna de ellas por el camino o en un rapto de lucidez.


Un lectura más que recomendada y un libro muy bien escrito. Otro posible Nobel futuro, pero sobre esto, ¿quién sabe nada? Hoy le dan el Premio Princesa de Asturias, para abrir boca.


jueves, 29 de septiembre de 2016

MIGUEL DELIBES: El Camino

LITERATURA










Mereció ser el séptimo Nobel de la literatura española. Lamentablemente, a pesar de ser indiscutible candidato, nunca se lo concedieron.

Miguel Delibes ha sido uno de los grandes de nuestras letras, posiblemente el más grande de la historia reciente junto a Cela y, una vez obtenida la nacionalidad en 1993, Vargas Llosa. Pocos premios le quedaron por lograr, y aunque no consiguiera el Nobel, su categoría está muy por encima de tal reconocimiento.

El camino” es la tercera obra de este magistral autor, una novela a la que tiene especial cariño y que según él mismo supuso un punto de inflexión en su estilo, además de definir con claridad todos los conceptos y las constantes de su universo con maestría. Delibes ejecuta el estilo indirecto libre magistralmente ya en esta obra que nos ocupa. Su lenguaje sincero, auténtico, desnudo y preciso, lo definen.

Él mismo decía: “En El Camino me despojé por primera vez de lo postizo y salí a cuerpo limpio”.

Aunque indefinido, el pueblo que se nos retrata se supone situado en Castilla, (aunque posiblemente inspirado en Molledo, en Cantabria, localidad que nombró hijo adoptivo a Delibes en 2009, y donde paso muchísimos veranos. Es donde nació y murió su padre). Allí viviremos las aventuras de un joven, Daniel “El Mochuelo”, a través de sus recuerdos en su pueblo la noche antes de irse a estudiar a la ciudad.

La prosa de Delibes es tan sencilla como adictiva, te va envolviendo de tal forma que al poco de comenzar sus relatos estás completamente ensimismado, fascinado por lo que cuenta o expresa, como invadido por una bruma de placer, arropado por una cálida manta de letras, sea cual sea el tema…

Como bien sabéis, la mirada infantil siempre me fascina, las historias bajo su punto de vista siempre adquieren un sabor especial por esa ausencia de cinismo, esa pureza e incluso ingenuidad, que permite depurar, verlo todo con más claridad. A ello apuesta Delibes con “El Camino” y su personaje Daniel “El Mochuelo”.



El camino” es a la vez un viaje iniciático y crepuscular, una historia de descubrimiento y a la vez sobre el fin de una etapa, la infancia. La amistad, las travesuras y aventuras, la mezquindad adulta, el amor y el sexo, la muerte… van siendo descubiertas y expuestas en la rutina feliz y diaria de Daniel en su pueblo.

El descubrimiento y el amor por la naturaleza, la caza, las plantas y los animales, no sólo son temas básicos de la obra de Delibes, es que sentía verdadera pasión por ellos. La amistad de Daniel con Germán ”El Tiñoso” y Roque “El Moñigo” es la forma ideal de tratar todos esos temas, además del de la propia amistad, también clave en la novela.

La naturaleza, la caza, los animales, las plantas, son el vínculo que usa Delibes para desarrollar las relaciones en la novela, especialmente entre los amigos, pero también se sirve de esa amistad para ir retratando la vida cotidiana y costumbrista en el pueblo. En la naturaleza será donde los amigos descubrirán los secretos de la vida, el sexo, el nacimiento, la muerte…

El retrato rural, siempre preciso y sin efectismos, es otra de las constantes de la obra de Delibes, tanto que dan ganas de visitar los lugares que retrata, de vivir esas experiencias que en la vorágine urbanita parecen olvidadas. Delibes logra imbuir de vida a sus entornos y personajes, hace que estalle haciendo de lo rural el contenedor de la mejor experiencia vital. Los trabajos clásicos (taberneros, el zapatero, el herrero, el cura, el padre de Daniel es quesero…), las beatas, los prejuicios y cotilleos, el machismo, la pulsión erótica que los niños aún no aciertan a descifrar… Pura vida, puro descubrimiento, puro ambiente rural…

La muerte es otro tema vertebral de la novela. Habrá varias muertes de distinto tipo, suicidios, enfermedades, accidentes, que ayudarán a Daniel “El Mochuelo” a comprenderla mejor.

En la idea del viaje a la ciudad para estudiar, como su padre quiere que haga, hay un evidente tono nostálgico. Es el fin de una época, lo que convierte ese retrato iniciático de recuerdos, en uno crepuscular, ya que Daniel no quiere irse y Delibes se hace cómplice de él. Hay algo reivindicador en la mirada rural de Delibes, reivindicador de lo humano y el individualismo, de las raíces. Se contrasta ese mundo rural con el urbano que amenaza con exterminarlo. Se desnuda así una reflexión nostálgica, el recuerdo feliz.


Una exquisita novela costumbrista, tan entrañable como poco complaciente, que escenifica sin un orden determinado los recuerdos de un niño, de tantos que fueron. Una obra que deberíais leer para empezar a conocer a uno de los grandes de nuestras letras.


lunes, 19 de septiembre de 2016

SUSANNA TAMARO: Donde El Corazón Te Lleve

LITERATURA











Hace tiempo que leí este libro y mis recuerdos siguen siendo muy positivos, el mismo poso que cuando lo concluí en su día.

Este pequeño libro de la italiana Susanna Tamaro es puro sentimiento desnudo y crepuscular, una petición de comprensión y un perdón encubierto en su gesto que emociona porque transmite autenticidad, sentimientos sinceros y desgarro.

Es muy posible que a algunos lectores, sobre todo masculinos, el libro les parezca ñoño o sensiblero (o un simple libro de autoayuda, que no es en absoluto), entre otras cosas porque de lo que habla es de emociones, con una narración muy vaga, en la que una abuela deja escrito a su nieta su experiencia vital para explicar los motivos de sus comportamientos y de su carácter, para dar sentido a sus gestos o los problemas que han tenido. En ello se trasluce un amor y la idea de legado a través de la propia experiencia, de la responsabilidad de elegir y de las virtudes de moverse por el corazón en vez de por los convencionalismos.

El libro sería la carta que Olga, la abuela, escribe a su nieta, Marta, que vive en los Estados Unidos, y a la que cree que ya no verá más. Una carta que aspira al perdón y la comprensión tras muchos encontronazos entre ambas y que además sirva de guía a su nieta en una declaración de amor verdadero. Cuando Olga ve que su vida se apaga, siente la necesidad de quitarse máscaras sociales y mostrarse y mostrarle todo a su nieta.

Esta vaga narración, con los momentos decisivos en la vida de Olga que le sirve a la anciana para describir dolorosos sentimientos, es el mayor éxito de Susanna Tamaro, que ha vendido cerca de tres millones de libros con este título, traducido a más de 35 idiomas.

Sabedor de lo que estaba leyendo, pensé que me encontraría con un libro blando, sensiblero, de fórmula romántica o emociones impostadas que de alguna forma conectase con la masa. Aunque desde luego conectó, me encontré un relato sincero, auténtico y desgarrado que me conmovió en muchos momentos. Genuino.

Un relato sobre la pérdida, sobre el secreto, sobre emociones fingidas que duelen por dentro, sobre la sumisión a un orden preestablecido que nos impide ser como somos, que nos elimina y anula, de cómo nace el arrepentimiento de esas decisiones que no tomamos aunque las sintamos…

Donde el corazón te lleve” no es complaciente, no es amable ni finge sentimientos, es triste, incluso dura, en aquella que fue la vida de Olga. Un dolor que en su último aliento aspira y confía en servir de guía a una nieta, un relato poderoso que pretende marcarse a fuego en ella para que llegado el momento actúe en consecuencia… Ya sabe, escuchando con calma al corazón.

El tono que logra Tamaro con esta pequeña novela epistolar, es íntimo y muy humano, clave en esa autenticidad que transmite. Una abuela que expresa con extrema naturalidad sus sentimientos sin minimizar los hechos, de tú a tú con su nieta en la distancia, logrando que su mensaje llegue y nos llegue con toda su contundencia.

La autenticidad del desgarro que nunca cae en excesos dramáticos, consiguiendo un perfecto equilibrio y emociones genuinas. Una catarsis de sentimientos liberadora.

Literariamente no es brillante, pero tampoco pretende serlo. Quedaría muy impostado que en este relato donde se desvelan secretos y no nos vamos a dejar nada dentro, se sustituya emoción y sinceridad por estilo. No sé si esa falta de estilo se debe a una voluntad expresa o a pura incapacidad, pero el hecho es que funciona perfectamente.

Si vas sin prejuicios es muy posible que te guste, siendo consciente de que es un libro eminentemente triste y desolado, melancólico y nostálgico. Y hermoso. En el peor de los casos, si te resulta ñoño, sólo puedo decir que el suplicio es breve, porque se trata de un libro corto.

Yo me arriesgo a recomendarlo.


En 1996 se hizo una adaptación cinematográfica dirigida por Cristina Comencini.