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lunes, 21 de mayo de 2012

Crítica: EL CÓDIGO DA VINCI (2006)

RON HOWARD









La novela “El código Da Vinci” ha sido uno de los booms literarios más grandes de los últimos años, una obra literariamente mediocre, como su autor, pero que cuenta una historia muy atractiva que se ha sabido vender muy bien. Los seguidores de las novelas de intriga, misterio, desmitificaciones, además de anticatólicos, anticristianos o simples curiosos que veían extrañados el fenómeno, cayeron seducidos por la historia sobre un supuesto linaje de Jesucristo.

La historia que cuenta Dan Brown ni siquiera es original, estas tesis e historias parecidas habían salido en varios libros anteriores, pero el autor y su editorial supieron venderlo como algo novedoso y rigurosamente histórico. Todo se fue desmontando poco a poco con otras obras y ensayos que refutaban el libro de Dan Brown, incluso documentales o polémicas con la Iglesia católica surgieron con el libro… Todo esto no era más que publicidad gratuita que aumentó exponencialmente la tirada de “El código Da Vinci”. No está bien hacer pasar algo por histórico pero en el negocio todo vale…


“El código Da Vinci” es el libro perfecto para leer en el metro o en el autobús, frases básicas y sencillas sin la mayor complejidad, no como un estilo definido sino por ser de redacción más fácil, un best seller de usar tirar que atrapará al lector haciendo atractiva la investigación sobre objetos que corresponden a la cultura cristiana, este último punto es clave, o la clave, de todo. Recordemos que el mismo “Indiana Jones” logró sus mejores resultados recurriendo a objetos míticos de la cultura judeocristiana, como el arca de la Alianza o el Santo Grial.


Robert Langdon (Tom Hanks), es un famoso profesor de iconología y simbología que es contratado para investigar un asesinato cometido en el museo de Louvre, ya que en el cuerpo y a su alrededor hay unos extraños símbolos que la policía no logra descifrar. Langdon recibirá la ayuda de Sophie Neveu (Audrey Tautou), y juntos descubrirán secretos que esconden algunos cuadros de Leonardo Da Vinci y que les llevará a descubrir sociedades que guardan aún más secretos y misterios.


La novela, por sus propias características, puede desarrollar esta investigación con detalle, con mimo, ya que tiene páginas ilimitadas para desarrollar el tema, lo que si se hace medianamente bien siempre resulta atractivo. Así los viajes a ver cuadros de Da Vinci que se examinan concienzudamente para descubrir claves secretas, viajes a catedrales o parajes que nos dan claves sobre el linaje perdido de Jesucristo etc. acaban por fascinar al lector… y lo que es peor, convencer de que todo es verdad a los más crédulos.


Esto no siempre es posible en el cine, es un medio distinto y hay que saber manejar los tempos, una buena prueba de esto lo tenemos en la adaptación que ha dirigido Ron Howard. El cine también tiene una capacidad ilimitada para fascinar al espectador con recursos mínimos y sacando partido a los detalles, pero en muchas ocasiones por la inseguridad de no estar dando espectáculo se renuncia a ello en aras de las persecuciones y los efectos. Hay que tener talento.

Ron Howard, un aceptable artesano, no lo demuestra aquí. Nos regala una película lánguida, triste, como esos abueletes que cabecean cuando notan que se van a caer despertándose de repente… Así es la película de Howard, parece que va a dormirse en sí misma y para evitarlo recurre a un abrupto arranque de acción que evite tal cosa. Una película sin nervio que aburre y nunca llega a interesar en las supuestas fascinantes investigaciones, que se hacen aprisa y corriendo, como si no interesasen… cuando se supone que es lo que hizo de “El código Da Vinci” el éxito que es.


Una película tristona, en su fotografía, en su ritmo, en sus interpretaciones, en su desarrollo, siempre tiene ese deambular de alma en pena... Uno espera algo más de vigorosidad en este tipo de películas. No se crea una ambientación que te haga interesante el relato ni consiga que te absorba la historia. En los momentos donde en teoría el misterio te debe atrapar todo es atropellado y acelerado. Es decir, todo al revés.


Ejemplo de esto lo tenemos cuando se examinan los cuadros de Da Vinci, los recursos visuales de Howard moviendo secciones del cuadro a su antojo con superposiciones, subrayado de letras o el uso de efectos especiales para estas mismas investigaciones recreando, supuestamente, lo que piensa el protagonista (la apertura del criptex) no dan tiempo a fascinarse ni a interesarse por esos misterios. Un uso similar al que hizo en “Una mente maravillosa” (2001).


Lo imperdonable de “El código Da Vinci” es que sea aburrida. El material de Dan Brown, guste o no, daba para hacer una vigorosa película de intriga, suspense, acción, fascinación por la investigación… pero el tono que da Ron Howard a su cinta no pasa de triste, anodino, lánguido, convencional, donde los sucesos que vamos descubriendo nunca nos interesan ni fascinan, yendo de uno a otro por defecto, por mera rutina.


No mantendréis ni un solo recuerdo de la cinta, cuando penséis en ella os vendrá a la cabeza cualquier día de esos que miráis por la ventana un paisaje gris y lluvioso… y quizá a Tom Hanks paseando por allí. Menudo plan.

La obra de Brown es absurda de por sí, pero entretenida, mal escrita, pero disfrutable para todo el que busque evasión en un libro. Lo que logra Ron Howard es potenciar toda su absurdidad y elementos más aburridos, esto tiene mérito pero apostaría casi todo a que no era esa la intención.


No parece interesarle mucho el tema a Howard, que da la impresión de querer acabar la película para entretenerse en lo que de verdad le aporta esta obra, contar el increíble fajo de billetes que iba a recaudar.

Ron Howard logró corregir algunos de estos aspectos en la segunda adaptación que hizo de una novela de Dan Brown, “Ángeles y demonios” (2009), anterior a “El código Da Vinci” y que tras el exitazo de ésta acabó convirtiéndose en otro pelotazo. Howard logró dotar de cierto nervio a este thriller que supera al que nos ocupa aunque también resulte mediocre.


Tanto Tom Hanks como Audrey Tautou se contagian de la apatía de una narración sin alma, el oscarizado actor parece a punto de bostezar en buena parte del film y la entrañable “Amelie” da la impresión de haberse levantado hace 10 minutos.

Por cierto, ese peinado de Tom Hanks… En fin.

Además aparecen Ian McKellen, Paul Bettany, Jean Reno… entre otros, estando correctos.

La versión extendida dura cerca de 3 horas, para los más atrevidos.