Hooper ha apostado fuerte por un estilo muy marcado a la
hora de acometer la película, como he comentado. Una apuesta con resultado
irregular. Si bien su simbolismo, uso de decorados y otras cosas mencionadas
resultan brillantes, otros aspectos y rasgos estilísticos, muchos de ellos
servidumbres de su adscripción al musical, lastran la narración, su fluidez,
además de poder incomodar al espectador en no pocos momentos.
Uno de los grandes problemas de la cinta es un incómoda
narrativa, sus episódicos saltos con elipsis muy marcadas y constantes que
diluyen la fluidez narrativa, una historia que va a saltos, de episodio en
episodio, como “set pieces” con leves vínculos comunes que hagan mantener la
narración, como simples excusas para llevarnos de una canción a otra. Todo esto
se debe a un guión con muchas lagunas, poco elaborado, que parece buscar el
encuentro, a menudo gratuito, de personajes para poder incluir la canción
correspondiente, esa falta de fluidez mencionada. Las apariciones de personajes
en los momentos oportunos, a menudo inverosímiles, gratuitas, repletas de azar
y casualidades, restan autenticidad y sobrepasan con creces el aceptado
artificio de un musical. Por ejemplo, ese encuentro de Valjean con Fantine,
justo cuando iba a ser arrestada, que se intenta justificar con esa labor de
buen alcalde samaritano que ejerce el protagonista, visitando los lugares más
desfavorecidos, pero que se usa en plan “deus ex machina” poco creíble… como en
muchas otras ocasiones. El artificio se acepta, así como muchas elipsis debido
a la enormidad del texto adaptado, pero resulta excesivo. Curiosamente las set
pieces, esas escenas separadas, valorables en sí mismas, resultan acertadas en
muchas ocasiones, tienen una gran fuerza dramática, en gran medida al
portentoso trabajo de los actores.
Otro increíble e improbable encuentro lo tendremos entre Colette y Valjean, un Valjean que siempre
aparece en el momento adecuado. Al descubrir quién es en tiempo récord querrá llevársela
pagando por las posibles molestias ocasionadas…
Las relaciones entre personajes, en general, tampoco están
bien retratadas, se deja eso a las canciones y no siempre funciona. La
confianza inmediata que Cosette deposita en Valjean vuelve a resultar forzada.
En esta misma línea podemos mencionar el enamoramiento exprés entre Cosette, ya
de jovencita e interpretada por Amanda Seyfried, y Marius (Eddie Redmayne).
Debilidades de guión.
No sólo aparecerá Valjean justo cuando se le necesita en los
lugares más recónditos, también sucederá lo mismo con Javert, que en su
infatigable persecución estará en demasiadas ocasiones en el lugar por donde nuestro
protagonista va a pasar, como cuando viaja con Cosette justo después de haber
saldado su deuda con los avariciosos taberneros Thénardier.
El desarrollo de personajes y sus sentimientos, sus
evoluciones incluso, no están bien ejecutados. Como la trama, van a
trompicones, a saltos, sorprendiéndonos con drásticas decisiones o cambios de
opinión sin meditación alguna ni evolución. El enamoramiento entre Cosette y
Marius es un ejemplo. La decisión de Valjean de quedarse con Cosette, otro. Se
narran estas circunstancias en una canción como explicación, pero sin
desarrollo alguno que lo justifique, el espectador debe ser crédulo ante las
dos o tres pinceladas que ha visto para aceptarlo. Es decir, Valjean se queda
con Cosette porque le afectó mucho el drama de su madre… la cuestión es que
esto no se transmite ni desarrolla, salvo en una canción con superficialidad.
Se ahorra los procesos para condensar todo lo posible, lo que hace que se
resienta narrativamente la película, que presente debilidades.
Todo redunda en su esquematismo excesivo y un uso de la
elipsis no del todo acertado.
Otro de los aspectos polémicos del film han sido los
primeros planos que constantemente inundan la pantalla. Un aspecto arriesgado y
que acaba por saturar, por asfixiar en muchos momentos la puesta en escena,
limitando la grandiosidad de la historia, sus elementos y trama, la
grandiosidad que debería tener. La impresión al recordarla es de una película
que se encierra, como de cámara, que teme salir a mostrar el ajetreo de París
para cobijarse en constantes primeros planos.
Nueva elipsis con una transición en la que una gran cruz
hará de separador. Del decidido canto a la ley de Javert saltaremos, nueve años
en el tiempo, a los cantos revolucionarios.
Es la revolución de junio, republicanos que se levantaron
contra el rey el 5 de junio de 1832. Victor Hugo vinculará el inevitable levantamiento
a la muerte del general Jean Maximilien Lamarque. Las causas de los
levantamientos se deben a multitud de circunstancias e intereses, que aquí
están contundentemente simplificados.
Aquí se nos presentarán a dos personajes importantes e
interesantes, Marius (Eddie Redmayne) y Éponine (Samantha Barks). Ella enamorada
de él, es la hija de los taberneros que cuidaban a Cosette. Las cosas han
cambiado, los lujos que le daban en contraposición a la pequeña Cosette ya no
se dan, es Cosette, una vez se la llevó Valjean, la que ahora parece más
afortunada. Él, por el contrario no se percatará del amor de Éponine y quedará
prendado de la bella Cosette nada más verla. Aquí se pondrá en peligro la
secreta identidad y paradero de Valjean de nuevo.
Del mismo modo y al ritmo de la magnífica canción “Red
And Black” se desarrollarán los deseos, el idealismo y el objetivo
colectivo de los revolucionarios, grupo al que pertenece Marius, objetivos
colectivos que deben primar por encima de los personales. La lucha por la
dignidad y los derechos de los ciudadanos por encima de los personales, el
enamoramiento de Marius, que además procede de buena familia.
“Los miserables” no es un musical al uso, su planteamiento
está más cercano a la ópera, una ópera cinematográfica. Tampoco debe entenderse
como una adaptación a la novela de Victor Hugo, sino al musical que se basó en
ella y que lleva décadas cosechando éxitos.
Éponine, el romanticismo.
El personaje de Éponine (Samantha Barks), nos deja algunos
de los momentos más emotivos y románticos, es fantástico el instante con la
canción “In my life” y la parte de Éponine y Marius, su diálogo y como cantan a
dúo cuando sus opuestos sentimientos coinciden con la letra de la canción.
Éponine es una heroína trágica, tendrá una maravillosa escena, también con un
gran primer plano larguísimo y sostenido en el que canta al desamor, su
resignación y su madurez, cantando “On my own” bajo la lluvia.
Este personaje trágico se relacionará con el del
protagonista, Jean Valjean, dos soledades, dos amores, una revolución y Javert…
todo esto nos dejará un intenso número musical donde se mezclan varios temas a
la vez, “One day more” o “Do you hear the people sing?” y donde aparecen casi
todos los personajes y tramas, Marius y el grupo revolucionario, Valjean,
Javert, Cosette, los Thénardier… contrastando sus conflictos y emociones. Un
épico y gran momento.
El personaje de Éponine tendrá su trágico final en la carga
del ejército a la pequeña resistencia, un bello sacrificio y muerte del
romántico y estupendo personaje.
Una de las escenas más épicas es la de la lucha entre
revolucionarios y el ejército del rey. Una escena donde, ahora sí, se muestran
grandes exteriores y que se inicia con un emocionantísimo himno, “Do you hear
the people sing?” cantando por todo el pueblo casi a coro. Otro gran momento.
La batalla, con Javert de topo, no se hará esperar, aunque Hooper no se muestre
especialmente virtuoso en mostrarla. Una vez descubierto el personaje que
interpreta Russell Crowe tendremos batalla nocturna.
Al igual que Javert, Valjean pasará a la resistencia y, como
aquel, con otros intereses muy distintos a los que busca el revolucionario grupo. Él, al contrario de lo que se cantaban en el tema “Red and black” buscará un
objetivo personal, aunque generoso. Proteger a Marius para que pueda reunirse
con su “hija” Cosette. Una vez más, por tanto, el vínculo y la relación entre
Valjean y Javert presente.
Gavroche, el niño que siempre supone el apoyo adecuado al
grupo revolucionario, símbolo de su pureza idealista, nos llevará a la
fatalidad, al final (o inicio) del viaje del levantamiento con su muerte. Es la única
trinchera que queda y no hay salida, pero tampoco rendición.
El sacrificio.
Hay muchos temas en la cinta, pero uno que reluce de forma
especial es el del sacrificio. Se sacrificará Valjean por Cosette; también por
Marius, rescatándolo de la batalla; lo hará Éponine por Marius; los
revolucionarios por su causa, incluido Marius que está dispuesto a morir por
ella; lo hará Valjean por el acusado que fue confundido con él; de alguna forma
también lo hace Gavroche, lo que lo transformará en símbolo. Lo hará Valjean al
renunciar a Cosette para que viva su vida feliz junto a Marius; lo hará Fantine por su hija... El sacrificio
como forma de lograr los objetivos, de cambiar las cosas, una idea profundamente
cristiana.
Una idea que queda muy bien plasmada en ese viaje por las
cloacas, tocando fondo, lo más bajo, de Valjean transportando a Marius para
protegerle, que terminará con una definitiva resurrección. De hecho cuando
Marius despierte lo primero que verá será una pintura con ángeles, perfecta
idea.
La batalla, la muerte, el reguero de sangre… la catarsis
final que transformará a Javert de forma definitiva, una transformación que no podrá
superar.
Valjean huirá, a un convento, no hacía falta ya que todo
estaba resuelto. Le pedirá a Marius que guarde su secreto, pero un intento de
chantaje por parte de los hosteleros ladrones, que se descubren en todo
momentos como inconscientes personajes bisagra que van abriendo puertas y
descubrimientos al resto de personajes, son ellos con su actuación los que hacen
arrancar en muchas ocasiones la acción de nuevo, hará que Marius y su joven y
reciente esposa, Cosette, lo busquen y encuentren para poder despedirse antes de
su muerte.
La muerte de Valjean es un bello momento poético en ese
reencuentro con los vivos y luego con los muertos (Fantine y el religioso que
le redimió). Muy emotivo también. La última escena será para el himno de los
miserables, todos los personajes muertos, como espíritus reivindicativos tras las
barricadas, personajes inolvidables cantando “Do you hear the people sing?”.
Todo lo que vemos en “Los miserables” parece tener un
interesante paralelismo con la actualidad y esta tremenda época de crisis que
vivimos, lo que la dota de mucha vigencia, que por otra parte jamás ha perdido.
He comentado que “Los miserables” ha sido adaptada varias
veces al cine, aunque nunca de esta forma, y generalmente y gracias al
excepcional texto, no se las ha valorado mal, en ocasiones incluso muy bien.
Desde las versiones mudas de Frank Lloyd (1917) y sobre todo la larguísima de
Henri Fescourt (1925) a los valorados trabajos de Raymond Bernard “Los
miserables" (1934) o Jean-Paul Le Chanois en “Los miserables” (1958). En Estados
Unidos, además de la mencionada de Lloyd también se rodó otra versión dirigida
por Richard Boleslawski en 1935, sin contar la más reciente que dirigió Bille
August en 1998 protagonizada por Liam Neeson y Uma “Kill Bill” Thurman.
Además se han realizado varias adaptaciones para televisión.
Es evidente que el musical ha sido un éxito allí donde se ha
estrenado, como seguramente lo será la película, que no es raro que guste y
conmueva a un buen número de personas, aunque no sea del todo acertada. Un
éxito conseguido gracias a las bellas canciones así como al extraordinario
soporte literario, el texto de Victor Hugo, de primera calidad, pero también es
cierto que el adelgazamiento de dicho texto no deja de ser importante y afecta
con fuerza a la trama, por ello, y aunque se disfrute del musical y de la
película lo que sí recomendaré es que lean la monumental obra literaria base de
todo esto.




































































