Contiene Spoilers
Steven Spielberg fue el único que parecía tener claro que “Star
Wars” sería un éxito. Todos los demás pensaban que era una cosa extrañísima,
una especie de engendro horroroso, un desastre torpe y manifiesto… Se lo
dijeron hasta los amigos… Pero para Spielberg esto no era así. Para él, la
ingenuidad, la inocencia, la pureza de la propuesta, que entroncaba con la
forma de ser de Lucas, estaba destinada a conectar con el público
irremediablemente, a convertirse en un éxito sin parangón. Acertó, como casi
siempre.
Así era. Lo que propuso Lucas no se había visto, ni siquiera
atisbado, jamás. Eso debería ser bastante. Pero por si fuera poco creaba una
mitología llena de referencias e influencias culturales que se expandía
vigorosamente y sin complejos en su pureza ante los sorprendidos ojos de los
espectadores. Los colmó de imaginación, hizo tangible lo que sólo parecía tener
cabida en los sueños (literalmente en mi caso, pero eso es otro tema), y lo
hizo desde la más absoluta inocencia ante un público que aún no se regodeaba en
el cinismo, que estaba dispuesto a dejarse llevar.
Esto ya no es así. “Los Últimos Jedi” está destinada a ser
incomprendida, la gran oculta, el film “de culto” de la saga, porque da
respuesta a todo esto con una lucidez casi descarnada. Esto despierta aún más
mi afinidad hacia esta nueva entrega. Es la respuesta a la ingenuidad que se
fue, al cambio de los tiempos, al mundo adulto, es la consciencia plena del
contexto en el que se realizó la trilogía original y en el que se gesta esta. Y
las diferencias, sobre todo en lo social, no son baladíes. Los blancos y los
negros desaparecen, la reflexión queda centrada en los grises, como en ese
público más cínico y resabiado.
El mismo inicio, esa mítica introducción (“Hace mucho
tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…"), remite a un pasado o tiempo
indeterminado, muy lejano, como la galaxia a la que se hace referencia, donde
la pureza era plenamente visible, los negros y los blancos y cómo conectar con
ellos. Ahora, aquella lejanía quizá no sea tanta, el espectador está mucho más
maleado y, por consiguiente, también los episodios de la saga irán cogiendo
otro cariz.
Esta idea fue de las que más me gustaron de “Rogue one”
(Gareth Edwards, 2016), sobre todo cuando crecí con muchos fans del “Imperio”, a
pesar de que la presentación de ambos mundos, la luz y el lado oscuro, eran
radicales, maniqueos incluso. “Rogue one” pretendía sembrar de grises las
cosas, matizarlas, con un grupo rebelde que no tiene nada de idílico, alejado de
esa bondad casi santificada; y un lado oscuro con miembros más ambiguos en
estas nuevas entregas de la saga, con Kylo Ren al frente.
Soy consciente de que pase lo que pase y se haga lo que se
haga, habrá críticas en honor al citado cinismo, que elogia al “Imperio
contraataca” (Irvin Kershner, 1980) a pesar de repetir la historia de la Estrella de la Muerte, pero
mata a “El despertar de la fuerza” (J. J. Abrams, 2015) por la misma razón. Tocar los mitos siempre
tiene su castigo.
Estamos ante la película más compleja de toda la saga,
además de ser tremendamente inteligente y ambiciosa… lo que no significa que sea
perfecta ni la mejor. El episodio donde los blancos y los negros desaparecen, convirtiendo
esta fase en la “saga gris”, la que mata a Rousseau.
Los grises, los grises. Los grises, pero no como un lugar de
tránsito hacia el obligado destino del blanco o el negro, sino como el lugar
del ser y el estar. Y Johnson estructura toda la película, casi cada secuencia,
con esa idea del equilibrio, de la mezcla del negro y el blanco, donde son esos
colores los que parecen abocados a caer en el gris, y no al revés.
La puesta en escena, los aspectos conceptuales y temáticos,
todo gira en torno a la idea de equilibrio, de grises, de matizar los extremos,
de ver aspectos necesarios en lo oscuro para entender la luz, de ver matices en
el abstracto anhelo de los bondadosos…
Los antiguos villanos, tras pasar por los grises, cayeron en
la luz, único destino posible (otros donde se buscaba desarrollar la luz
cayeron en el lado oscuro), pero ahora desde ambos lados van mezclándose,
aprendiendo unos de otros, entendiendo que para que el bien exista es necesario
el mal, que algunos valores no son negativos o positivos per se, sino que serán
de una u otra manera dependiendo de la intencionalidad, que la misma
intencionalidad positiva puede llevar al desastre… Es lo que explica Yoda a
Luke. Es necesario explicar la luz, pero también lo que no lo es.
“Enséñale lo que aprendiste: fuerza, dominio… pero también
la debilidad, la tontería, el fracaso… Sí, sobre todo el fracaso. El maestro
más grande el fracaso es”.
Observen cómo juegan con los personajes, donde todos giran o
se equivocan, donde los aparentes villanos se tornan en bondadosos, donde lo
que parecen errores en realidad son grandes planes (Laura Dern), donde las
decisiones de los personajes más positivos están equivocadas (Poe), así como sus
juicios, donde nada es lo que parece, donde no podemos dar nada por sentado y todo
gira de improviso.
Cuando vemos a Poe (Oscar Isaac) rebelarse ante Holdo (Laura
Dern), tomamos partido por el primero enseguida. Johnson juega con el conocimiento
y el pasado del espectador. Confiamos en Poe porque sabemos que no es un traidor,
en cambio Holdo puede serlo tranquilamente, nos lo han demostrado en infinidad
de películas y en la misma saga. Si no es una traidora será una incompetente,
nuestros héroes lo solucionarán… Pero nada de esto es así. Ni hay traición ni
incompetencia, de hecho, será el plan de Finn (John Boyega), Poe y Tico (Kelly
Marie Tran) el que se demostrará incompetente y traerá la traición a la
Rebelión. El prejuicio derruido, la bondad y la competencia sabida llevando al
fracaso y casi la desgracia, la supuesta traidora e incompetente siguiendo un
brillante plan, sacrificándose incluso por todo… Holdo no tenía ni debía contar
su plan a Poe, como he leído en algunos sitios que debía hacer, siempre que las
jerarquías se tomen en serio. Poe no tenía por qué hacer lo que hizo, aunque
todos lo apoyáramos en su momento.
Poe tuvo un conflicto anterior con Leia (Carrie Fisher) acerca de su
desobediencia e impetuosidad, en la primera secuencia del film, donde consigue
un éxito pero favorece un contexto problemático.
El personaje de Benicio del Toro viene a ser una
condensación de toda esa idea. Un tipo que de inicio es sospechoso, el típico
buscavidas sin principios que busca su beneficio, y al que nuestros héroes utilizarán
también cuando lo necesiten. Luego parecerá que traiciona, luego que en el fondo
es bueno, para terminar demostrando que no es ni una cosa ni otra, sino
exactamente lo que parecía ser, un buscavidas que va con el que le proporciona
un mayor beneficio. De nuevo los grises.
Una escena capital en este sentido, que riza el rizo, la tenemos
con la historia que vincula a Luke y Kylo Ren. Se nos contará la historia tres
veces. En primer lugar lo hará Luke, ciñéndose a lo que suponemos, una maldad
intrínseca de Kylo que se volvió contra él, que entraría en consonancia con lo
que se va viendo de ese personaje de alguna forma (prejuicio). La segunda
versión corre a cargo de Kylo, y da la vuelta a la situación, colocando como
villano al que creíamos bueno y explicando la situación del que pensábamos malo,
en consonancia con cierto rumor e idea que podría tener el espectador sobre el
cambio de Luke (prejuicio). Del blanco al negro…
Y queda la tercera, que vuelve a correr a cargo de Luke.
Aquí nuestro mítico héroe reconoce una debilidad, fugaz, efímera, pero que no
justificaría la reacción de Kylo bajo ningún concepto, que por temor, vergüenza
o debilidad, una vez es descubierto su interior, reacciona de manera excesiva y
tremebunda agarrándose a un matiz. Desde luego Kylo no habría hecho lo
que hizo, al menos en ese momento, sin esa debilidad que tuvo Luke, pero esa
debilidad tampoco le obligaba a ello. Es decir… Los grises.
Se matiza al blanco y al negro, al héroe y al villano,
podemos entender y criticar las actitudes de ambos.
Hay mucho más. Rey (Daisy Ridley) y Kylo charlarán a distancia (incluso se verán), algo que ya vimos hacer con otros personajes de la saga, pero ambos se
dirigen hacia ese gris, un punto neutral que debe mantenerse. Aunque parezca un
calco a “El retorno del Jedi” (Richard Marquand, 1983), no lo es en realidad. Kylo usa a Rey para
terminar con Snoke, pero también para que comparta con él su visión. Y es que
Kylo es el extremismo gris. Manteniéndose en el centro, quiere terminar con
todo, el lado oscuro y la luz, y entiende que Rey, como integrante de ese
equipo gris, proveniente de una familia “vulgar”, con unos poderes que se
supone no debería tener, que no vendrían heredados, está en esa misma línea,
sobre todo porque parece comprenderle… Kylo intenta llevarse a su extremismo a
Rey, y Rey no quiere… porque incluso en los grises hay extremos. Esto lo
escenifica Johnson también desde la puesta en escena, con ese plano del sable
láser flotando entre esas dos fuerzas, la de la destrucción y la de la
concordia. Y eso que pretende Kylo tiene puntos en común con lo que pretende
Luke: cada uno desde su lado pretende eliminar esos poderes, los Jedi, los Sith…
Rey viene a armonizar, a corregir, los modos radicales. El limbo gris.
Como desde la puesta en escena se mantiene ese contraste,
esa distancia entre Kylo y Rey que desaparece hasta que los vemos en el mismo
plano, esas manos que casi se tocan, ese sentir físico de lo que ocurre en el
otro lado (agua, un disparo…)… La mezcla. Siempre dos partes divididas, dos
partes de un todo, como el colgante que tiene Tico y que tenía su hermana. Dos partes
que tienden a mezclarse.
Pero no sólo queda ahí, lo vemos en todo. Finn será un
valiente y un sospechoso de cobardía que pretende huir. Kylo quiere acabar con
todo, pero cuando intuye a su madre no puede disparar. Luke pretende terminar
con los Jedi pero terminará agrandando su leyenda…
Y es que Johnson es consciente de las latentes
contradicciones de las originales, donde la impetuosidad, incluso la temeridad,
es bien vista según qué momentos o según qué personajes (se consideran defectos
en Luke siendo mucho más moderadas, por aquello de ser una especie de
monje, como cuando interrumpe su entrenamiento con Yoda para salvar a sus
amigos, mientras que a Han Solo, por eso de no ser Jedi, se le mira con
simpatía; se considera que determinados aspectos de Luke no aparecían en
Obi-Wan cuando tiene muchos paralelismos con éste, incluso en lo que podríamos llamar
“defectos”).
La democratización de todo, que se supone busca la sociedad
actual, alejándose de elitismos injustificados… para bien o para mal.
Rian Johnson dialoga con la trilogía original, prescindiendo
de casi todo lo demás, en un juego de espejos con aquella, una auto reflexión
y un encubierto subtexto metalingüístico. Reafirma categóricamente esa ruptura
o superación del pasado, la necesidad del respeto a la idea primigenia, como
origen de todo, pero la asunción de que esto debe ser otra cosa
indispensablemente. Una idea que se representa con guiños metalingüísticos
incluso, no sólo desde los aspectos más evidentes de la trama (muerte de mitos),
sino con escenas conceptuales como la que nos dedica Johnson con la aparición
de Yoda, cuestionando el apego absurdo al pasado, un pasado que genere
inmovilismo y falta de evolución. Y eso da pereza, da miedo, sobre todo al fan
que vivió el mito en la infancia o adolescencia y ahora quiere sentir lo mismo
a los 40 o los 50 con los nuevos episodios, algo completa y necesariamente
imposible.
Cuando Snoke ridiculiza el uso la máscara a Kylo estamos
asistiendo al cambio de modelo, una máscara que muchos querían mantener (¡lo
que tuvo que aguantar Adam Driver al quitársela! Un buen actor que ha trabajado
con Spielberg, los Coen, Scorsese, Soderbergh, Jarmusch, Gilliam…), plasmando
la muerte de aquella ingenuidad, el icono, por algo más complejo, más adulto.
Curiosamente, actor y director han logrado su propósito, casi nadie se acuerda
ya de la máscara y están comprendiendo a Kylo Ren como uno de los personajes
más interesantes de esta nueva trilogía.
Además Johnson redefine la figura del héroe, manteniendo su
esencia. Ya no procede de un elitismo, de una genética, de un don divino, sino
de la elección individual. El respeto es el mismo, pero se amalgaman todas las figuras
hasta fundirse y confundirse, el antiguo Han y el antiguo Luke en un Poe una
Rey o un Finn. Donde todos buscaban paralelismos y a la nueva versión de su
héroe o personaje predilecto, tenemos una amalgama en todos ellos completamente
mezclados. Donde las virtudes y los defectos están combinados, porque es la oda
al gris. Donde apenas hay maestros o están condenados a morir.
La misión que emprende Rian Johnson y Disney es compleja,
porque no va (ni puede ir) destinada solamente a su público potencial, el
infantil y adolescente, sino también a aquellos que fueron niños y adolescentes
hace 40 años y que siguen atrapados en “La Fuerza”. Pero, ¿cómo manejar a
estos? ¿Dándoles más de lo mismo, como se criticó a la primera entrega de la
nueva trilogía (El despertar de la Fuerza)? ¿Entregándoles algo que les hizo
disfrutar cuando eran adolescentes? ¿Dando un tono más acorde a su edad sin
perder el vínculo con aquello que fue? ¿Cómo se hace eso? Si cedes al público
cuarentón, te arriesgas a perder al más joven, que está en una onda completamente
distinta que la que había hace 40 años, ¿es eso conveniente? ¿Los adolescentes
de hoy valoran lo mismo que los de hace 40 años, verían Star Wars como algo
nunca visto o tras el universo Marvel y el auge de la era digital hay que
engancharlos de otra forma, ofreciendo algo distinto?
Valorar o querer sentir lo mismo que te transmite una
película con 12 años a los 40 es absurdo. ¿Cómo vas a sentir lo mismo? ¡Y si
sientes lo mismo no será por las mismas cosas! Preguntad a los chavales qué les
parece, no os lo preguntéis a vosotros mismos.
Johnson ha apostado por un cambio radical, que será
tremendamente criticado como lo fue la anterior, que básicamente repetía ideas
de la trilogía original, puede que aún más, ya que los cambios son peor recibidos casi
siempre, pero su valentía resulta satisfactoria porque hace evolucionar a un
mito hacia algo que se venía atisbando largo tiempo, que da cosas a las nuevas
generaciones para que la llama de la Fuerza siga con la misma energía.
Son absurdas las críticas a la evolución de Luke, así como
llegar a pensar que se convierte en un ser perfecto sin debilidades. Ni Yoda ni
Obi-Wan coincidían en todo. Luke sigue el mismo camino, cada uno con sus motivos
(no tan diferentes en sus alumnos díscolos), que su maestro Obi-Wan, al que
conocimos también como un ermitaño apartado del mundo. Son absurdas las críticas
a Leia ejerciendo la Fuerza, algo que muchos pedían, que se intuía, de hecho
era algo casi necesario en alguien que no ha practicado esas virtudes, y me
parece absolutamente lógico que la manifestación de su poder llegue en un
momento extremo, no para levantar unas piedras… Me parecen absurdas y poco
concluyentes la mayoría de críticas leídas, basadas más en la propia obsesión y
amor hacia el mito que los impulsa a “su” idea personal, que nunca será
saciada o complacida, para los que no tocar la saga hubiera sido lo mejor. Y quizá tengan razón, pero el hecho es que todos hemos aceptado los nuevos capítulos, así que
hay que limpiar la mente.
Aunque se han procurado dar ciertas explicaciones a defectos
e incongruencias de la anterior, son poco concluyentes, y además se sigue sin
dar respuesta al contexto genérico de la situación de la galaxia, el por qué se
está en esta situación, qué ocurrió tras derrumbar al Imperio…
No se preocupen los odiadores, aunque la mayor parte de la
crítica ha elogiado la película, muchos fans están disgustados con la vertiente
oscura que se le ha dado a Luke Skywalker, aspecto que el propio Mark Hamill
comparte y con el que estaba (y está), poco conforme. Claro, es lo que tiene
cumplir años, lo que vemos de una forma a los 15 suele haber cambiado a los 50,
lo que ves de una forma como alumna da una vuelta completa cuando toda ser
maestro, lo que parece cuando eres hijo no es cuando eres padre…
Y claro que hay defectos. El más evidente es que toda la
trama que tiene que ver con Benicio del Toro, el descenso a Canto Bright, no
aporta absolutamente nada (más allá de los citados subrayados), pudiendo
prescindirse de ella de pleno sin que la historia se resintiera, y además tiene
ciertas insinuaciones políticas, ideológicas, que sobran completamente en la
saga. Además Disney va a hacer su agosto con la cantidad de bichejos
entrañables y “¡tan ricos!” que ha incluido en la película, y que son legión, sin
mucho sentido (esos pingüinos gritones, los animalicos de cristal, los que usan
de caballos de carreras… Porgs, Vulptex, Faithiers, para los que quieran los
nombres oficiales). Todos tienen caras achuchables y son tan encantadores como
intrascendentes.
Por lo demás, me deja perplejo el tipo de “errores” o “defectos”
que buscan a la película para denigrarla o tirarla, la mayoría insertados de
lleno en el mero gusto personal.
En definitiva, la película más compleja y arriesgada del
toda la saga, que con el tiempo, si todo va bien, debería ser reivindicada.




















