Mostrando entradas con la etiqueta Damien Chazelle. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Damien Chazelle. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de febrero de 2017

Crítica LA LA LAND (LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS) (2016) -Última Parte-

DAMIEN CHAZELLE










El musical y el Oscar.

Nueve han sido los musicales que han logrado el Oscar a la mejor película. La Melodía de Broadway” (Harry Baumont, 1929), “El gran Ziegfeld” (Robert Z. Leonard, 1936), “Un americano en París” (Vincente Minnelli, 1951), “Gigi” (Vincente Minnelli, 1958), “West side story” (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961), “My fair lady” (George Cukor, 1964), “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965), “Oliver” (Carol Reed, 1968) y “Chicago” (Rob Marshall, 2002).


Un género típicamente americano, el mayor exponente de la magia, del artificio, de la mezcolanza artística, que entusiasma o aborrece, que tuvo en los 50 su época de apogeo, pero que aunque no se hagan muchos, siempre aparecen de vez en cuando y suelen tener bastante aceptación y éxito. Son muchos los musicales que aunque no ganaran la estatuilla son clásicos imprescindibles, títulos de culto o éxitos comerciales absolutos, a los que “La la land” viene a unirse. Obviaré los clásicos y los títulos que referenciaré posteriormente en relación a la película.



Fantasia” (James Algar, Samuel Armstrong, Ford Beebe Jr., Norman Ferguson…, 1940), “Cita en San Luis” (Vincente Minnelli, 1944), “Las zapatillas rojas” (Michael Powell, Emeric  Pressburger, 1948), ”Música y lágrimas” (Anthony Mann, 1953), “Los caballeros las prefieren rubias” (Howard Hawks, 1953), “Brigadoon” (Vincente Minnelli, 1954), “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Donen, 1954),  “French cancan” (Jean Renoir, 1955),  “Ellos y ellas” (Joseph L. Mankiewicz, 1955), “El rey y yo” (Walter Lang, 1956), “My fair lady” (George Cukor, 1964), “Mary Poppins” (Robert Stevenson, 1964), “Funny girl” (William Wyler, 1968), “La leyenda de la ciudad sin nombre” (Joshua Logan, 1969), “Hello, Dolly!” (Gene Kelly, 1969), “El violinista en el tejado” (Norman Jewison, 1971), “Cabaret” (Bob Fosse, 1972), “Victor o Victoria” (Blake Edwards, 1972),  “El fantasma del paraíso” (Brian De Palma, 1974), “The Rocky horror picture show” (Jim Sharman, 1975), “New York, New York” (Martin Scorsese, 1977), “All that Jazz” (Bob Fosse, 1979), “Hair” (Milos Forman, 1979), “Granujas a todo ritmo” (John Landis, 1980), “El sentido de la vida” (Terry Jones, Terry Gilliam, 1983), “Cotton club” (Francis Ford Coppola, 1984), “Los Commitments” (Alan Parker, 1991), “On connaît la chanson” (Alan Resnais, 1997), la oscura y a la vez ligera “Bailar en la oscuridad” (Lars von Trier, 2000), “Sweeney Todd” (Tim Burton, 2007), “Los miserables” (Tom Hooper, 2012)… y ya, aunque hay muchísimos más…



Aquí, el gran cinéfilo que es Damien Chazelle, nos delita con un sinfín de homenajes, no solo a los musicales, sino también a muchas películas del cine clásico. Centrándonos en las referencias al musical que contiene la película citaremos algunas reconocidas como “Cantando bajo la lluvia”, referenciada en multitud de ocasiones y de muchas formas distintas, desde ese gesto de Gosling abrazando la farola en el Parque Griffith a elementos de puesta en escena, como ese final contando una historia en decorados, planos calcados, el recurso de los neones antes de la fiesta a la que acude Mia, las audiciones… Referencia reconocida por el director, debido a su pasión por ella.



Lo mismo ocurre con “Los paraguas de Cherburgo” (1964), una de las películas de cabecera del director, que también es muy referenciada, por ejemplo en esos colores puros e intensos, esos fondos coloridos, ese tono amargo… Y su director en general, Jacques Demy, por ejemplo en la escena del atasco inicial, tributaria de “Las señoritas de Rochefort” (1967)...


En alas de la danza” (George Stevens, 1936) y el número de “A fine romance”, “Sombrero de copa” (Mark Sandrich, 1935), “Ritmo loco” (Mark Sandrich, 1937) y esos pasos de baile sentados, “Melodías de Broadway” (Vincente Minnelli, 1953) en varias de las coreografías o pasos que vemos (A lovely night versus Dancing in the dark). En ese baile en el Parque Griffith hay varios homenajes…

Un americano en Paris” (Vincente Minnelli, 1951) y “Un día en Nueva York” (Stanley Donen, Gene Kelly, 1949), que en la orilla del Sena tienen su homenaje, El cine de Busby Berkeley o "Vampiresas" (Mervyn LeRoy, 1933) en esas siluetas, por ejemplo; “Una cara con ángel” (Stanley Donen, 1957), también homenajeada al final con Mia haciendo de Audrey y recibiendo globos frente a un decorado del Arco del Triunfo parisino.








Todos dicen I love you” (Woody Allen, 1996) y la orilla del Sena, “Lillies of the field” (John Francis Dillon, 1927), “El mago de Oz” (Victor Fleming, 1939). Muchos de los decorados están inspirados en la época clásica, así como muchos de los vestidos, por ejemplo el que se pone Mia en su primera cita con Sebastian, que va en la línea de Judy Garland en “Ha nacido una estrella” (George Cukor, 1954). “Moulin Rouge” (Baz Luhrmann ,2001) y “La nueva melodía de Broadway” (Norman Taurog, 1949) con esos bailes de fondo estrellado… “Grease” (Randal Kleiser, 1978) con esas amigas intentando que Mia vaya de fiesta, al igual que en “West side story” (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961). “Noches en la ciudad” (Bob Fosse, 1969) con las amigas por la calle...




Creación cinéfila.

Chazelle es un gran cinéfilo, ya lo mostró en “Whiplash” (2014), donde había guiños constantes al cine (ese padre y ese hijo que no perdonan su cita para ir a ver una buena película), y aquí se despendola del todo, no sólo en referencias al musical, sino a muchas otras estrellas y títulos.

Ingrid Bergman parece el gran ídolo de Mia, por eso un enorme póster suyo decorará su habitación y le hará especial ilusión trabajar enfrente del balcón donde ella y Bogart miran París en “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942)…




Shakespeare in love” (John Madden, 1998) es mencionada en el coche de Sebastian al inicio, en referencia, según parece indicar todo, a Sandy Powell, oscarizada diseñadora de vestuario. “Satanás” (Edgar G. Ulmer, 1934) en un poster. “Forajidos” (Robert Siodmak, 1946), “El mejor caballero” (Roland West, 1927) en un poster. “Encadenados” (Alfred Hitchcock, 1946), “La fiera de mi niña” (Howard Hawks, 1938), “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942), “Radio patrol” (Edward L. Cahn, 1932), “Adiós a las armas” (Frank Borzage, 1932), “Boogie nights” (Paul Thomas Anderson, 1997), y la panorámica vertiginosa en la piscina, "Dirty dancing" (Emile Ardolino, 1987) y ciertos vestuarios… El magistral corto “El globo rojo” (Albert Lamorisse, 1956), también homenajeado a la orilla del Sena.




Además está rodada en el mismo estudio que “Cantando bajo la lluvia” (Stanley Donen, Gene Kelly, 1952) y “El mago de Oz” (Victor Fleming, 1939). Fondos con fotos o figuras pintadas de Marilyn Monroe, James Dean, Charles Chaplin, James Cagney, Humphrey Bogart… Series como “Mentes peligrosas” y “O. C.”.





Y referencias musicales. Hoagy Carmichael, Miles Davis, Charlie Parker, Louis Armstrong, Kenny G., Count Basie, Chick Webb, Kenny Clarke, Thelonious Monk...

Catorce nominaciones ha conseguido “La la land”, récord histórico empatado con “Titanic” (James Cameron, 1996) y “Eva al desnudo” (J. L Mankiewicz, 1954), por lo que obligadamente le van a salir odiadores por todos lados. Un clásico: películas muy bien recibidas que cuando gustan a la mayoría pasan a ser despreciadas por determinados snobs (generalizando, claro). Pero lo cierto es que no sobra ni una sola de esas nominaciones, y, aunque resulte vergonzoso por evidente, debo explicar a los protestones y fans de las comparativas, que “La la land” no compite contra las películas de otros años, ni contra los musicales históricos, de hecho, en su planteamiento deja claro que ni lo pretende, mirando a aquellos con veneración, compite con las películas estrenadas en 2016.




Y esa mezcla de ligereza, como buen musical clásico, de frivolidad, de energía desbocada, de locura, alegría y entusiasmo, con la amargura, la nostalgia, la pérdida, la melancolía, el adiós, también del musical clásico, el denominado "serio", es un completo triunfo, que en los que han logrado traspasar la fina capa de superficialidad de su sencilla historia, dejándose embriagar por las sensaciones y emociones, verán como fermenta a paso lento en su interior. A los que se queden atrapados en esa fina capa sólo les quedará el pataleo…

Bonita, romántica, enérgica, alegre, nostálgica, profunda, amarga, encantadora, ligera, melancólica, lujosa, exuberante, inferior a “Whiplash” y a la mayoría de los grandes clásicos (como musical), pero especial y particular, espléndida en sí misma. Así que dejen chorradas a parte, olviden prejuicios, comentarios y nominaciones, quítense la cera de los oídos y zambúllanse en una orgía visual y auditiva. Merece la pena.








martes, 31 de enero de 2017

Crítica LA LA LAND (LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS) (2016) -Parte 4/5-

DAMIEN CHAZELLE









Impulsivos y contradictorios.

Mia y Sebastian son dos redomados románticos que creen en la magia. Sus proyectos son alocados, pero prueban suerte, aunque sepan que es difícil. En ese camino dudarán, titubearán, parecerán rendirse y caerán en profundas contradicciones, pero finalmente triunfarán, porque alguien debe hacerlo…



Sebastian tiene algo de mentor, de guía, para Mia. Sus opiniones, la pasión con la que transmite sus principios, acaban por obnubilar e influir en Mia, que lo cree y sigue con convencimiento. Dejará su trabajo y apostará por su obra personal siguiendo el influjo e ideas de Sebastian, volverá a intentarlo cuando lo daba todo por perdido (divertida la escena donde ella aparece con cafés cuando Sebastian está a punto de irse)… Depositó en él toda su confianza, definiendo en él sus propios principios. Es por ello que cuando lo vea traicionarse a sí mismo se decepcionará y alejará.




Del alguna forma, ambos transitan caminos opuestos que debían confluir, con una Mia que acaba asumiendo las ideas de Sebastian y un Sebastian que acaba traicionándolas, hasta que encuentran el camino.



A Mia no le gusta el Jazz, algo que ofende a Sebastian, por lo que se pondrá manos a la obra para subsanar ese defectillo. Le explicará su sentido, la pasión que expresa, el conflicto que subyace en su interpretación, en la improvisación de los distintos instrumentos, la libertad que transmite, el sentimiento, desmontando el prejuicio de Mia, que la consideraba música de ascensor, de mero acompañamiento, poniendo a Kenny G. de referente… Finalmente, Sebastian logrará su objetivo y conseguirá que a Mia le guste el Jazz. Un trabajo que acontece en el “The Lighthouse café”, que parece el club de las buenas noticias, porque allí son felices, se produce el vínculo y una oferta de trabajo.

Odio el Jazz”.

-Sebastian: ¿Qué vas a hacer ahora?

-Mia: Nada.

Curiosamente, Mia, como si viviera en Hamelin, se siente atraída por la música, por la música de Sebastian. Se parará en plena calle y entrará en un local para escucharle. Volverá a acercarse al oír el "Take on me" en una fiesta para volver a descubrirle, y saldrá corriendo hacia el cine cuando vuelva a escuchar las notas de su tema. Siempre la música.


Los dos buscan cumplir sus sueños, dos sueños distintos en forma y fondo, pero absolutamente lícitos ambos. Esto lo digo porque algunos han cuestionado la visión que se da de los actores en el film para criticar a la película, algo francamente absurdo porque sería poner la misma crítica a obras incontestables como “Cantando bajo la lluvia” (Stanley Donen, Gene Kelly, 1952), por poner un ejemplo. Sebastian busca la absoluta integridad artística, simbolizada en ese garito que quiere recuperar para su causa, la del Jazz clásico. Mia quiere convertirse en actriz, entrar en el mundillo y ganarse la vida con ello.




Podemos coincidir más con uno o con otro, admirar más a uno o a otro, pero no hay nada censurable, cuestionable ni corrupto en ninguno, ambos son íntegros y honestos en sus planteamientos y en los medios por los que logran su sueño. Y quién crea que una gran estrella no tiene acceso a los mejores proyectos o a lanzar los suyos propios… es que vive en Marte… Porque la película es calculadamente ambigua para que todo lo que nos planteemos tenga dos interpretaciones distintas, sobre las motivaciones de los personajes, sus decisiones, el final, para que cada uno se quede y reflexione acorde a su propia personalidad.



No hay nada mejor para fundamentar una relación, para que una pareja de cine funcione, que encontronazos, malentendidos y la apariencia de llevarse mal, de chocar. Esto es lo que tendremos inicialmente. Y entre estas cosas, pequeños cebos, como cuando Sebastian, teclado en forma de guitarra en mano y con su ridículo look ochentero, le dice a Miate veré en el cine”. Exacto. Allí la verá de todas las formas posibles.





Entre “borderíos”, vaciles y burlas, esos dos perdedores encontrarán la afinidad en Mulholland drive. Es en esta escena donde más explícitamente se expone la idea de destino, definiendo cierto aspecto del carácter de los dos protagonistas. Sebastian mencionará lo extraño que resultan sus encuentros fortuitos, las coincidencias que los llevan a encontrarse, preguntándose si significará algo, pero Mia desecha esa idea enseguida, con lo que Sebastian le dará la razón. En ese diálogo parece insinuarse un carácter más romántico en Sebastian que en Mia, más práctica, pero el diálogo posterior, despreciando la belleza de las vistas en Mulholland drive, lo que de verdad manifiesta es el miedo a entregarse a ese romanticismo que bulle en su interior, que sin duda sienten, encubriéndolo en cinismo ambos.




Da cáncer, pero encuentras el coche más rápido”.

Gosling y su punto cómico, el toque hilarante del personaje.


Su relación, como suelen ser tantas que funcionan a la perfección en la ficción, comenzará con encontronazos. Quejas y desplantes en el atasco del inicio, un feo gesto de Sebastian cuando le despiden en ese mágico momento en el local de J. K. Simmons, y otras escenas más de burlas y bromas de uno a otro, como en la fiesta donde Sebastian toca el “Take on me” de a-ha. Todo cambiará en Mulholland drive y sus caracteres se matizarán.






Sebastian es un talentoso músico de rígidos principios y un sueño muy definido. Comprar un antiguo y prestigioso local de Jazz que se ha convertido en un garito de Samba y Tapas, y llamarlo como él quiere (al final renunciará a ese nombre en honor a Mia y lo bautizará como ella dijo, “Seb’s”). Un romántico idealista e ingenuo, que piensa que su oportunidad llegará, que se niega a renunciar a sus principios. Ingenuidad que le llevará a ser estafado. Vive en una casa sin decorar, poco cuidada, a la que su hermana Laura (Rosemarie DeWitt) intenta poner remedio además de buscarle pareja. Está sin un duro y endeudado. Lo único importante para él son sus fetiches, sus discos, sus fotos de Jazz y su taburete de Hoagy Carmichael.



Es profundamente idealista, casi fantasioso, tiende a inventarse la realidad o sublimarla, un optimista empedernido. Así lo comprobamos cuando su jefe lo despide, corrigiendo lo que dice, interpretando a su arbitrio lo que en realidad quiere decir. Lo mismo ocurre cuando Mia le cuenta su historia, de donde viene su pasión por la interpretación, calificándola de "niña prodigio dramaturga" (hilarante), o cuando escucha la conversación de Mia con su madre e interpreta que ella quiere que abandone su sueño y se estabilice, cuando jamás Mia insinúa tal cosa.

"Oigo lo que dices, pero no dices lo que quieres decir".

-Sebastian: Tú misma lo has dicho. Eres una niña prodigio dramaturga.

-Mia: Eso no es lo que yo he dicho.

-Sebastian: Ya, porque eres muy humilde, pero es la verdad.





Es impulsivo, hace cosas contra toda lógica. Se verá obligado a ciertas concesiones ante las que se rebelará de inicio, pero que luego le provocarán contradicciones. Primero suplicará ser readmitido por su jefe, interpretado por J. K Simmons, para ganar un poco de dinero, pero renunciando a sus principios y su música, para tocar música de fondo, villancicos y canciones populares. El detalle donde él mismo pone dinero en la urna para que no esté vacío es genial y real. Luego, en un inesperado arrebato, dejará de tocar villancicos para deleitar con una de sus composiciones, desaprovechando otra oportunidad y siendo despedido… Esa impulsividad lo lanzará a esa simpática escena donde aparece en la cafetería del estudio de la Warner para citarse con Mia.


Posteriormente, se meterá en un grupo Pop tocando éxitos ochenteros que repudia por unos cuantos dólares, lo que despertará las burlas de Mia. Mia tendrá su venganza tras el desplante sufrido, y tras verle tocar “Take on me” de a- ha pedirá “I ran” de A flock of seagulls. Hilarante momento.

No es baladí esta escena, ya que denota un profundo conocimiento de lo que le ocurre a Sebastian por parte de Mia. Después de esto será la primera vez que hablen.




Se rebela ante la posible muerte del Jazz clásico, quiere ser el “salvador del Jazz”, pero en contradicción cederá a participar en la banda comercial de su amigo, que le reportará gran éxito. Ese amigo ante el que se muestra reticente porque lo ve como un mal ejemplo, una peligrosa tentación mefistofélica.

Y es curioso, muy acorde con la personalidad contradictoria de Sebastian, tan fascinante. Un objetivo tan ambicioso como salvar el Jazz contrastado con uno tan minimalista en su forma de conseguirlo: abrir un club de Jazz. No quiere ni busca fama, ni dinero, es puro romanticismo ejecutado de forma minimalista para llegar a todo el universo. Esto lo entendemos bien los románticos, solitarios y reflexivos.

 “¿Cómo vas a ser revolucionario si eres tan conservador?” “Te aferras al pasado, pero el Jazz es futuro”.



Cederá para complacer a Mia, sin que ella le pida nada, al oír una comprensiva conversación que ella mantiene con su madre, para que no tenga que sufrir una incertidumbre materna, ya que Mia jamás le reprocha nada.

Su obsesión, su empecinamiento, su respeto a sus propios principios e ideas, creará problemas, dificultades e incomodidad con casi todos los que no tienen su visión, con este amigo, con su jefe J. K. Simmons y con la propia Mia, que al principio queda extrañada pero acabará entendiéndolo plenamente.

Aunque también es impulsivo, perderá este rasgo de carácter en cierto momento de la narración, cuando renuncia a ver la obra de su chica y se somete a las mieles del éxito. No tardará en redimirse.

Ryan Gosling hace un magnífico trabajo que le ha valido una merecida nominación al Oscar y el Globo de Oro, donde canta, baila y toca el piano él mismo, sin truco, como podemos comprobar en esos planos sin corte, algo para lo que ha trabajado mucho. Os parecerá una tontería, pero tiene un mérito enorme que se ha llevado todos mis respetos. También es cierto que no tiene el peso dramático de otros papeles de este año ni el de su compañera de reparto.

Aquí nos deja varias marcas de la casa, como esa especie de autismo ensimismado en un rostro hierático. Lo cierto es que deja algunos momentos hilarantes, como esos gestos frustrados tocando villancicos que no le llenan o complaciendo al cantante del grupo Pop. O esos sustos, hasta tres se pega en la película, que remiten al cine mudo.

Emma Stone parece haberse abonado a cintas con largos planos secuencia, sólo hay que recordar la oscarizada “Birdman” (Alejandro González Iñárritu, 2014).



Aquí interpreta a Mia, una aspirante a actriz, soñadora y romántica, aunque se niega y encubre tales características a duras penas. Es tenaz y positiva, así como muy impulsiva. Verá como su ilusión merma cuando nada le salga como espera, la madurez irá eliminando en ella los prejuicios y el snobismo, por ejemplo cuando menosprecia el papel en una serie del tipo “Mentes peligrosas” y “O.C.” para luego verla de otra manera una vez la llamen para una segunda audición.



Como digo, es muy impulsiva, se guía por instintos, un sensor romántico que intuye las pistas del destino. Hasta en tres ocasiones se marchará de una cena o dejará plantados a sus acompañantes. Primero cuando va a la fiesta con sus amigas tras haber declinado inicialmente la invitación; luego dejando a su novio, práctico y poco soñador, en la cena con su hermano donde se dedica a criticar el cine, ir al cine, corriendo a los brazos de su “rebelde sin causa”; luego se irá de casa del propio Sebastian al sentirse traicionada. Un chica que actúa por arrebatos, como ese que la llevó a entrar en el garito donde tocaba Sebastian o el que la lleva a pedir a su marido que se desvíe para terminar encontrando el ansiado local de su ex pareja, Seb’s.




Aunque es positiva, tiene algo de pose. Es más bien realista, intenta mantenerse en pie con ánimo, pero es una positividad que no es tan optimista como la de Sebastian. Cuando se entregue ella misma, abandone el amparo de las audiciones para otros, leyendo textos ajenos, y fracase, se hundirá y su realismo la sepultará un tiempo, hasta que venga su novio al rescate.


Emma Stone hace un trabajo maravilloso, y sólo por disfrutar de su frenillo cantando ya merecía la candidatura, pero raro será que no conquiste la estatuilla.



Dos actores que es la tercera vez que coinciden juntos, demostrando una química excelente. “Crazy, stupid, love” (Glenn Ficarra, John Requa, 2011) y “Gangster Squad” (Ruben Fleischer, 2013) son las anteriores.

Habrá vínculos visuales para los dos, ese destino juguetón en la ciudad de las estrellas y los sueños. He comentado el asunto del neón rojo que acaba guiando a Mia hasta el local donde Sebastian se rebela y está a punto de ser despedido, pero también habrá ecos visuales, como ese fugaz plano picado sobre una taza de café que vemos en la cafetería de Mia y en la casa de Sebastian.


Vínculos estilísticos, como esos recursos lumínicos expresionistas que los aíslan con un foco en sus momentos de gloria: el solo de piano de Sebastian, la audición de Mia. O los movimientos de cámara, travellings circulares o que parecen abrazarlos cariñosamente por el cuello en sus momentos de esplendor, como los citados anteriormente. O esa iluminación expresionista que los aísla en la escena final…


¿Y ese final?

La amargura del final, algo matizada con la última mirada, ha frustrado, desconcertado e incomodado a muchos aficionados, que hubieran preferido un final feliz en honor a los musicales clásicos, que no hubiera dudado en rubricar su vitalidad con una conclusión satisfactoria que sumar a su ligereza, energía, jovialidad e, incluso, superficialidad aparente, que no real, como ocurre también en esta “La la land”.

Un final que parece surgido de la teta de “Cantando bajo la lluvia” y que contiene a su vez una numerosa cantidad de homenajes. Esos decorados, esa forma de contar la historia escenográficamente, y con beso hitchcockiano incluido para el comienzo de ese idílico epílogo. Al pasado, lo que pudo ser, lo que debió ser, lo que hubiera gustado que fuese...



Ese epílogo es la vida idealizada de ambos, la felicidad extrema sin dificultades ni contratiempos, donde la obra de Mia es un éxito y el local está abarrotado, donde Sebastian consigue su local en París siguiendo a la estrella Mia, llamándolo “Pincho de pollo”, como él quería, con hijos y una vida feliz. Constantes guiños a escenas de la película, pero con otros resultados (el puente, la audición, París, el local de Sebastian…), en una gozosa orgía del artificio, como ocurría en la obra maestra de Stanley Donen.





Es una bonita historia de irrealidad y ficción, coherente con ese constante juego que propone la película, donde esa realidad y esa ficción se funden en una ciudad mágica y real a la vez. Una idealización donde todo sale a la perfección, donde la realidad es laxa y las posibles lagunas se obvian, como en toda buena ficción, para llegar a un buen final feliz, pero que aquí choca con esa realidad que nos lleva a veces por otros caminos, aunque el destino sea el mismo en ciertos aspectos.



¿Y por qué demonios no quedan juntos como queríamos todos? ¡Pues porque esto es la vida! Me gusta que no haya un motivo concreto, que simplemente la vida los separase, porque en esa última mirada está un vínculo más férreo y eterno que cualquier otro. No nos engañemos, un final feliz en el Parque Griffith, por ejemplo, restaría enjundia, impacto dramático y emoción, haría que posiblemente la película se olvidara antes y esa fusión de realidad y ficción se diluyera, pero con el epílogo, ¡ay, amigo!, con ese epílogo no resulta indiferente en absoluto, porque lo que vemos no es otra cosa que la vida misma. Su alegría y su tristeza. Un lapso de cinco años, la vida pasó. La vida.

Y porque ellos juntos sólo tienen sentido en el camino, en el tránsito hacia ese sueño, que de no haberse encontrado (recuerden, el destino), no habrían conseguido. Una vez realizado no tienen sentido juntos.




Y sean sinceros, ¿cambiarían la feliz historia de Mia con su marido por la que han visto con Sebastian? Saben que no, ¿y por qué lo sé yo? Pues porque me pasa lo mismo, porque yo también deseé que terminaran juntos, porque su historia y su relación me llegó y me emocionó.




Esa última mirada, eco del cebo de aquella otra en el cine, con los roles cambiados, donde Mia busca en lo alto de la platea a Sebastian en la grada de la sala, mientras que aquí es él el que está subido a un escenario y despide a su chica con una sonrisa.`Fue el inicio, ahora es el final.



Una mirada de despedida, de sueños cumplidos y amores rotos.

Hay hasta tres miradas que traspasan la pantalla. La final, en el cine para ver "Rebelde sin causa" (Nicholas Ray, 1955) y en su segundo encuentro cuando Sebastian es despedido.