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jueves, 9 de agosto de 2012

Crítica: GRUPO SALVAJE (1969) -Última Parte-

SAM PECKINPAH








Una gran cantidad de escenas están vertebradas en tratos y negociaciones, en muchos casos donde pende la vida de un hilo. Dentro del grupo vimos la tensión por cómo estaba estipulado el reparto, se negociará para aceptar el trabajo encomendado por Mapache, también para salvar a Ángel en varias ocasiones, o entre el propio Ángel y Pike para quedarse con una caja de armas… La escena del pago es otra buena muestra de ello.




El plano del reflejo en el agua ensangrentada antes de ver el rostro de Mapache nos anticipa, de alguna forma, la desgracia.

El idealismo de Ángel (Jaime Sánchez, que está espléndido), no evita que mire con avaricia el dinero del pago recibido y que a él no le corresponde, ya que renunció por la caja de armas a su pueblo. Peckinpah está a todo, enriqueciendo a sus personajes con estos sutiles matices.




La ametralladora es otro instrumento de progreso, otro símbolo de ese nuevo mundo que no acepta ya hombres como Pike y los suyos.

Un extraño fallo estratégico, el hecho de que Ángel vaya a hacer la última entrega provoca que éste sea hecho prisionero por Mapache. Esto es excesivamente previsible en una licencia de guión poco cuidada. Dutch se verá obligado a abandonar a su suerte a Ángel, no puede hacer otra cosa sin comprometer su vida. Ángel víctima de otra traición, la de la madre de la chica que mató.

Los barridos son un recurso que Peckinpah usará en ocasiones, aquí muestran la desolación y aturdimiento ante lo que pasa de Ángel.

Enfrentamiento entre Dutch y Pike acerca de la lealtad. Pike siente un respeto y cariño indudable por Thorton, lo justifica por dar su palabra aunque vaya contra ellos, en cambio Dutch no ve en ello justificación.

Pike: ¡Es su palabra!

Dutch: ¡Eso no importa, lo que cuenta es a quién se le da!




La mala conciencia impulsa al grupo a intentar negociar por el rescate de Ángel, otra negociación, pero no lo logran. La crueldad con el joven mejicano es tremenda, lo arrastran por todo el pueblo con el automóvil ante el jolgorio de todos, especialmente de los niños.

Sykes es herido por el grupo de Thorton y parece que detenido por unos mejicanos.

Esta negativa los lleva a un nuevo ritual de purificación, una “antipurificación”, con el sexo y el alcohol como protagonistas, de la misma forma que vimos anteriormente. El grupo, de alguna manera, sabe que no hay vuelta atrás, no pueden renunciar a su decisión. Una vez aceptan la invitación de Mapache saben que se van a sacrificar por un ideal, por una misión imposible, un sacrifico mítico asumido. Se dan un último homenaje antes de asumir un destino al que se entregan ya voluntariamente. Patetismo, exotismo, erotismo…

En estas escenas Peckinpah demuestra que además de regodearse en la violencia es capaz de hacerlo en las miradas, su cine está lleno de silencios y miradas significativas, como ejemplo las miradas de Pike a la prostituta antes de irse. Ante el lloro de un niño, como no podía ser de otra forma.


Los dos hermanos, que hacen todo juntos, tienen una discusión con una prostituta, siempre discuten  por dinero o poder, un retrato magnífico. Uno de ellos juega con un pajarito y el otro (Warren Oates), aceptará el reto que les propone Pike de acompañarles al viaje final. Su aceptación será con un "¿y por qué no?" como el que dijo Pike a la invitación de Mapache poco antes.

El pajarito con el que jugaba Ben Johnson acaba agonizante en clara referencia a lo que va a acontecer. Otro uso de un animal como metáfora, al estilo Buñuel por ejemplo, como la que vimos al inicio con los escorpiones y las hormigas.



Otro juego de miradas magnífico, el de todos ellos aceptando su último viaje, sonrientes incluso, sin necesidad de decirse nada.

Este paseo es otro momento eterno, el paseo hacía su destino. Una presentación de los cuatro amigos, William Holden, Ernest Borgnine, Ben Johnson y Warren Oates, o lo que es lo mismo, Pike, Dutch, Tector y Lyle. Un presentación, primero cogidos desde la espalda como aquel plano discreto y solidario con Pike que Peckinpah le dedicó tras caer por culpa del estribo, y luego con los cuatro caminando hacia cámara, uno al lado del otro, que ha sido imitada hasta la saciedad, por ejemplo por Tarantino. La mitología perdida del western recuperada de otra manera. Cuatro gringos contra cientos de mejicanos para realizar el rescate imposible de Ángel, otro mejicano. Todo ello con redobles de tambor. La referencia a Las Termópilas no es gratuita en esta escena final.





Cabe preguntarse por qué se sacrifican por Ángel cuando han dejado morir, incluso han matado por estar heridos, a muchos compañeros por el camino. ¿Qué les impulsa? La respuesta es ese carácter idealista del chico así como el paso por su pueblo, desde ese momento el Grupo Salvaje no será el mismo.





La pausa tras la muerte de Mapache y el impacto de la de Ángel son otros dos momentos de una lucidez magnífica.

El clímax final no puede hacer más honor a su nombre, cinco minutos de disparos, sangre, cuerpos retorciéndose, violencia extrema, sublimación de la lealtad, el sacrificio y la amistad, espectáculo, barbarie… De todo, con la original forma de rodar la violencia y la acción de Peckinpah, con sus zooms, cámaras lentas, movimientos de cámara nerviosos, un montaje trepidante y desordenado…



Los seres ”despreciables” sacrificándose y definiendo en grado sumo la lealtad, amistad y el honor. El romanticismo, la poesía de lo imposible, tras la brutalidad.








Balas por doquier, muertes a mansalva, cuatro jabatos acabando con centenares de soldados en un atroz canto del cisne. No hacen falta apenas palabras.

Pike, Pike…Pike”.

Morir junto a un amigo.

La muerte de Pike usando la ametralladora no puede ser más simbólica, muerto al lado de ese atroz artefacto, símbolo de la modernidad que los dejó fuera de lugar. Además será sorprendido por detrás por el niño que miraba fascinado a su héroe Mapache, ese niño que mamó violencia y que cierra el círculo de todos esos niños que hemos venido viendo a lo largo del metraje. Una idea soberbia.


Los buitres no tardan en aparecer para darse su banquete, nuevo uso de los animales por parte de Peckinpah para subrayar lo ocurrido, de igual forma que los cazarrecompensas se lo darán con lo que puedan robar a esos cadáveres.

El contraste sublime de esta película que supone la desmitificación de lo anterior, al menos en apariencia, y una nueva y original mitificación se manifiesta con la frase que dice uno de los cazarrecompensas cuando ve el cadáver de Pike: “Ahora no es usted gran cosa, señor Pike”.



La amistad entre Thorton y Pike, ésta mantenida en la distancia, también tendrá un cierre con ese bonito gesto de Thorton cogiendo con respeto el revólver de ese hombre al que admiraba.

Thorton tendrá la satisfacción de oír en off, pero esta vez no por respeto sino para lograr un mayor impacto, los disparos que matarán a los cazarrecompensas que lo acompañaban. Sykes y otros mejicanos del pueblo de Ángel fueron los ejecutores, con ellos Thorton alcanza su redención… Ahora toca seguir haciendo lo de siempre. No hay desgracia que no alivien unas risas con los amigos.



Los maravillosos planos finales son otros de los momentos inolvidables de la cinta. Peckinpah rindiendo homenaje a esos personajes que no sabían hacer otra cosa que robar y matar, es lo que han hecho siempre, lo único que aprendieron, pero que fueron capaces de dejar su vida de una forma sublime, mítica, donde la amistad y la lealtad serán su mensaje eterno. Planos que nos los recuerdan sonrientes y alegres, y si es al son de “La golondrina” mejor.

Muy violenta y demás pero este final no puede ser más bello.


Es difícil alabar a uno en concreto del reparto para no despreciar a los demás. Inmensos todos, Holden, Borgnine, el magnífico Emilio Fernández como Mapache, Ryan, Oates, Johnson, O’Brien, Jaime Sánchez… Majestuoso trabajo de los actores, desde los protagonistas a los que hacen tan solo una pequeña intervención.

He escrito la palabra mítico varias veces con intención para subrayar esa idea de nueva mitología que se crea, y casi se acaba, con Peckinpah en este western. Los héroes ya no son lo que eran, los tiempos han cambiado… pero sigue habiendo sitio para la lírica.

Una obra maestra pesimista, con lealtades traicionadas y mantenidas, sobre la amistad, el orgullo y el honor… sobre tantas cosas… Una obra maestra que recoge cosas de Ford, de Ray, de Hawks, de Leone... con una violencia que vista ahora, evidentemente, no es para tanto, pero que en su día es lógico que impactase, donde los manchurrones y salpicones de sangre perturbarían al espectador poco acostumbrado a esos realismos, donde las cámaras lentas que también llamaron tanto a la atención, así como los zooms, ahora tampoco nos parecen tantos ni tan significativos, una cámara lenta de segura influencia en Kurosawa que la usó en “Los siete samuráis” (1954), otro cineasta que influyó en la generación de Peckinpah profundamente. Una obra maestra que perdura y a buen seguro perdurará en la memoria de todo buen cinéfilo.

Imprescindible para cualquier seguidor del western y para el que quiera conocer y entender la evolución del género.

Uno de los grandes western de la historia. Una de las grandes películas de la historia.


Dedicada a Kufisto y Rústico como apoteosis final.








miércoles, 8 de agosto de 2012

Crítica: GRUPO SALVAJE (1969) -Parte 3/4-

SAM PECKINPAH







Los tiempos han cambiado”.

Con un encadenado pasamos del grupo de Pike al de Thorton, y éste nos mostrará su total admiración por el personaje interpretado por William Holden. Un Holden con muchos problemas con el alcohol, que fue lo que le acabó llevando a la muerte.

El encadenado posterior une los rostros de los dos antagonistas y amigos, otro detalle magistral que anticipa al flashback donde se nos contará algún importante episodio de la amistad y relación que ambos tuvieron. Este recurso del flashback, y su forma de usarlo, es muy de Leone, un director que salpicaba sus obras con flashbacks que definían a los personajes y daban claves básicas para la película. Flashbacks y encadenados sobre los rostros para remarcar un vínculo irrompible entre estos dos personajes, condenados a enfrentarse.


Asistimos en el flashback a la detención de Thorton, Ryan, y a la huida de Pike cuando los dos disfrutaban del dinero de un golpe. Thorton tenso y desconfiado, Pike tranquilo. Sorprendidos.

Magnífica reflexión sobre el orgullo entre Dutch y Pike, una conversación que pasa de planos medios cuando hablan en general y se permiten verlo como defectos de otros, a primeros planos cuando hablan de sí mismos y aplicarse el cuento. Siempre me admira el sencillo talento de los grandes maestros.


En México tenemos un tiempo de reflexión, de pausa, de preparación, el descanso del guerrero preparándose para la gran batalla final. Pike hizo cambiar la forma de hacer las cosas a los del ferrocarril, se siente orgulloso de ello, pero ahora se enfrenta a la que quiere que sea su última aventura.




Pike verá su liderazgo cuestionado en la escena de la caída de los caballos por una duna, al romperse un estribo al montar. Pike ve como se ríen de él en ese momento y mencionan su edad. Justo antes él había reivindicado la importancia del grupo, de mantenerse unidos, cuando uno de ellos está a punto de matar al más veterano por ser el causante de la caída de los caballos. Pike se recompondrá, subirá a su caballo y tendrá toda la solidaridad de Peckinpah, primero con la admirada mirada de Dutch y luego manteniendo un plano con un zoom a su espalda mientras se aleja.



En una escena posterior veremos una situación con muchos paralelismos cuando, en esta ocasión, es Thorton el que ve amenazado su liderazgo por la panda de inútiles que tiene a su mando y las bromas que le hacen. Una vez más paralelismos entre los dos personajes principales en detalles brillantísimos de puesta en escena y guión.

El código de honor de esa gente sin aparentes valores es resaltado en la conversación entre el veterano Freddie Sykes, interpretado magníficamente por Edmond O’ Brien, y Pike cuando le pregunta por su nieto. Pike cae en la cuenta de que ese nieto es el psicópata, que vimos al inicio, que dejó como custodio de los rehenes, al cual casi sacrificó, sintiéndose algo mal por ello. Lo único que le importará al anciano es si su nieto se portó valerosamente y no huyó. Ahí está el código de honor y de pertenencia a un grupo, casi su única guía. Un breve flash nos mostrará a quién se refiere Sykes.


Agua Verde, el pueblo de Ángel presentado con un plano de un escuálido perro que se abre en un zoom de retroceso. Se inicia aquí una de las escenas más recordadas y míticas de la película. Allí el grupo de Holden será informado de los conflictos políticos que asolan México, con Pancho Villa como protagonista. La llegada del grupo será observada, como en tantas ocasiones durante el film, por la mirada curiosa de una niña.


Un pueblo feliz, inocente, alegre… que tiene la esperanza de luchar contra la injusticia en la revolución que tiene lugar. También veremos a Ángel como un atormentado romántico que añora a su amor, que lo traicionó en cuanto pudo. La desmitificación del romanticismo.


Ángel sueña con el amor y Mapache se come el fruto”.

Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros… tal vez los peores más que nadie”.

Peckinpah presenta al pueblo mejicano como un refugio, un lugar idílico, paradisiaco, casi onírico e irreal.

La golondrina.


El momento de la despedida de Agua Verde es el momento más recordado de la cinta. Pura poesía de un lirismo extraordinario, donde la despedida acaba significando algo más que un adiós a unos amigos. De alguna manera sentimos que nuestro grupo se va para no volver jamás, que se dirige hacia una aventura de la que no regresarán. Esa magia intangible que produce la escena sitúa por si sola a Peckinpah en el Olimpo de los grandes.






Un paseo triunfal donde nuestros rudos protagonistas reciben gestos de cariño a los que están poco acostumbrados. Ver su turbación ante ellos no tiene precio. Nacidos en la violencia, estos gestos sensibles les tocan el alma a la vez que los desconciertan. Los gestos de la chica dándole una rosa a Dutch o el de la madre dando comida a Ángel son impagables. Todo enmarcado con la canción de “La golondrina”, una neblina y un entorno verde que hace tangible la magia, lo onírico.




El plano de una madre dando el pecho con una canana puesta y un zoom de retroceso que nos muestra el nuevo entorno donde se van a desenvolver nuestros protagonistas, es un brusco contraste con la escena que acabamos de contemplar. La presencia de un automóvil, otro signo del irrefrenable progreso que ha dejado fuera del mundo a esos pistoleros, nos sitúa aún mejor en la acción.



El amor brilla por su ausencia, el único que se ve, y además es correspondido, es el de los amigos. La pasión y los celos provocarán un conflicto con el poder representado en Mapache.

Un funeral y la planificación de un robo de armas a un ferrocarril. Todo en el mismo lugar, lo grotesco muy presente. Nuestro grupo de mercenarios trabajará para México y el traidor Huertas, como lo llamó el sabio del poblado de Ángel. No hay patriotismo, ni respeto por la vida, ni generosidad, abunda el desprecio por todo ello y el egoísmo. Falta de escrúpulos, afectos, ideales y vínculos como norma… salvo entre nuestro grupo de amigos. Unos mercenarios que tras ser recibidos acogedoramente en el pueblo de Ángel se pondrán a las órdenes de los que aquellos odian. Luego jugarán a dos bandas en una amoralidad total.


Todo se redimirá en un final majestuoso.

Ángel, como es lógico, y ya vimos de su pasional romanticismo, será el único que mantenga un idealismo y logre convencer al grupo para que ayude a su pueblo en su lucha.

En casa de Mapache el grupo se purifica en un ritual de vino y sexo, pero también de agua y sauna, así comenzará su redención, aceptando ayudar a Ángel dándole una de las cajas de armas que piensan robar.


Ryan se las ve y se las desea para lograr un grupo competente que logre capturar al de Pike. También conoceremos un poco del pasado de Pike, de cómo fue disparado por un marido celoso.

Durante toda la película hay referencias al retiro, son veteranos que siempre ven en el último golpe el definitivo… pero nunca llega.

La escena del asalto al ferrocarril es simple y llanamente puro cine. Sin apenas palabras, con una dirección soberbia, perfectamente estructurada y regulada, no perdemos detalle de nada, se sabe perfectamente dónde está cada personaje en cada momento en ese tren, construyendo un suspense de primer nivel. Un asalto que es puro ingenio e imaginación en todos los sentidos, con una puesta en escena asombrosa. Se le saca buen partido a la acción, a la tensión que produce el sonido del tren. Eso sí, podían haber dejado corriendo el tren hacia delante para despistar en vez de volverlo por donde vinieron, hubieran ganado tiempo. La pasión por la destrucción del ferrocarril podía más.


Son asombrosas las perrerías que se les hacían a los caballos antes, aquí no hay más que ver la escena de la explosión en el puente.


Sensibilidad peckinpahniana, el mismo que se rió de Pike por caerse al montar su caballo, justo después de que, dolorido, su jefe vuelva a montar, se acercará para ofrecerle un trago, una botella que sirve como comunión al grupo, relajar las preocupaciones y celebrar el éxito. Risas catárticas. Por el contrario Thorton se muestra impotente por la incompetencia de su grupo.


Otro momento excelente, eliminado por la censura en su momento, como tantos otros en la película, lo tenemos en la batalla que los hombres de Mapache tienen contra los villistas.

Peckinpah demuestra un absoluto desprecio por los cazarrecompensas y por los del ferrocarril, no tiene el más mínimo gesto positivo hacia ellos, en cambio lo tendrá hasta con los traidores a la revolución, representados en Mapache. Una soberbia escena donde el general heroico demuestra su valor y esa hombría que tanto gustaba en el western y a Peckinpah, ante la mirada admirada de un niño, otra vez un niño y éste de especial importancia en la trama. Dibuja así a un personaje despreciable con rasgos admirables.

El anticapitalismo de Peckinpah es evidente en su mirada a la gente del ferrocarril, especialmente al personaje de Harrigan, interpretado por Albert Dekker. No tiene compasión con ellos.

Un barrido y unos prismáticos que actúan de zoom, veremos lo que ven y luego a quién los usa. Pike y los suyos vigilan los pasos de Thorton, multitud de líneas narrativas abiertas.



La desconfianza siempre está presente en la película, nadie se fía de nadie y sólo vemos lealtades en el “grupo salvaje”, y eso que hay múltiples tensiones dentro de él. La lealtad entre Dutch y Pike es innegociable. Curiosamente el mostrarse leales a alguien les llevará a la perdición, asumida y buscada, es por ello que esa actitud de desconfianza constante está justificada. Basándose en ello Pike planificará la entrega de las armas a Mapache de tal forma que puedan asegurarse el pago del general. Una escena, la del pago, con gran tensión y multitud de recursos para lograrla.

Ángel también se mostrará honesto con sus compañeros pudiendo apoderarse de todas las armas con la ayuda de los de su pueblo.

La fotografía y el partido a los exteriores son magníficos.


Dedicada a Kufisto y Rústico que seguro se emocionan con la escena de la golondrina.