Quizá esta no sea la historia más original, quizá se haya
vivido y oído en muchas ocasiones, pero es la historia que me ocurrió a mí y
quizá, por eso, sea completa y radicalmente original.
De niño no tuve apenas amigos, una enfermedad me tuvo postrado
en cama durante mucho tiempo, ya no sé cuánto. No podía hacer lo que hacían los
demás chicos de mi edad, no podía hacer deporte ni jugar despreocupadamente, no
podía limitarme a vivir y dejarme llevar, tenía que soportar mi encierro y
prisión, llena de cariño y amor paternos, por lo que sólo me quedaba pensar.
Lo peor eran los veranos, escuchar los gritos festivos de
los niños y niñas de mi edad, su alegría en la playa, cuando íbamos a la casa
que teníamos en la costa en vacaciones.
Envidiaba especialmente sus juegos acuáticos, deseaba
zambullirme en el agua, chapotear, hacer aguadillas, gastar bromas, salpicar…
pero me tenía que conformar con ser espectador de la vida, verla de lejos.
Era una tortura, ciertamente. Los miraba con altivez, con
incontenible envidia, tanta que notaba cómo el vigor acudía a mis extremidades,
cómo me hacía sentir capaz de realizar todo aquello que veía, y de hacerlo
mucho mejor…
Decidí darle la espalda a eso y me sumergí en otras aguas,
las de los libros, supongo que como les ha ocurrido a muchos otros en mi
situación. Allí encontré amigos, personas de todo tipo, viles y bondadosos,
viví las aventuras que codiciaba, mucho mejores que cualquiera de las que había
pensado y soñado, y fui héroe valiente, temerario y deseado, dejé de ser aquel
al que se ignora, el bicho raro…
Muchos dicen que esos no son amigos, que no podía haber diálogo
ni interactuación, pero no era cierto. Cualquier pregunta o cuestión que a mí
se me pasaba por la cabeza, era respondida tarde o temprano surcando las páginas
de aquellos libros, y cuando no me respondían me planteaban retos que me
enriquecían. Aquellos amigos de letras me hacían cuestiones y ponían en
situaciones fascinantes que disfrutaba intentando resolver.
Fue así como llegué a los relatos marinos, donde por fin
podía entrar en el agua, hacerla mía en su superficie o bajo ella, convertirme
en el rey de los océanos.
Buceé en busca de un tesoro, pero sólo atisbé a un hombre
abrazado a una gigantesca ballena blanca y al Nautilus, así que emergí junto a
un pirata con pata de palo de nombre plateado para desenterrarlo de una isla
desierta. Con el dinero me convertí en un crío malcriado, pero un marinero en
un barco de un capitán muy intrépido me dio una lección de vida. Quise soledad
y evasión para reflexionar, por lo que me embarqué junto a un viejo en su barca
para pescar un pez espada en el abismo azul. Fui a cazar barcos junto a un
corsario negro para vengar a mi mujer, me enfrenté contra un pirata de barba
también negra, navegué y conquisté bellas damas junto al Halcón del Mar y el
Capitán Blood, fui cobarde junto a un Lord y me redimí, me hice amigo de Billy
Budd, llegué a un inhóspito destino para liberar a un náufrago…
Así viví y alivié mi soledad, rodeado de gente, de aventuras
y vivencias, mientras pasaban los días, los veranos, donde perdí algunas
experiencias pero gané una vocación.
Cuando por fin pude salir de la cama para hacer una vida
normal, como los demás, no tuve problema en adaptarme. Todo me resultaba
conocido, convencional, incluso algo aburrido. Tuve claro enseguida que nunca
viviría físicamente aquellas aventuras que gobernaron mi mente, pero a cambio
tuve el placer de vivir otras en plenitud que vinieron a compensar aquello y
colmar mis expectativas, que me hicieron consciente de todo lo que me perdí.
Antes de lanzarme al mundo, éste me resultaba amenazante,
hostil, pero aquellos amigos literarios lo tiñeron de un color distinto, menos
agresivo. Todo me parecía ordenado, sin el osado atractivo de las grandes
aventuras, sin ese salubre aroma del peligro placentero. Sabía que el mundo
real era despiadado, pero tuve que asumir que no estaba fuera de sus
convenciones, como aquellos héroes que había sido, sino plenamente integrado en
su mecanismo.
Terminar los estudios, trabajar, tener sexo por placer, sexo
por amor, formar una familia, madurar, perder de vista el niño que fui,
preguntarme por las fases que no pasé, añorar el vértigo de la emoción que
impregnó mi juventud…
Ahora, navegando lejos de aquellas costas, en un mundo híper
tecnificado lleno de ordenadores, tablets, móviles y redes wifi para alimentar
las ansias de entretenimiento, la satisfacción me llega como una suave marejada
formada por el aliento de la voz de mi hijo pidiéndome que le lea alguno de aquellos
libros de Kipling, Sabatini, Stevenson o Melville que tanto le leía cuando no
tenía más remedio que escuchar.
Y sin mucha esperanza pienso que quizá el legado avance por
el mar del tiempo y sea mi nieto el que tenga el detalle de leerme a mí cuando
no vea ni el timón de mi velero, al arrullo de una agradable noche, el mecer de
las aguas y el crujir de las maderas en cubierta.
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