Shakespeare. Empiezo este análisis así porque parece obligado que en toda crítica a una película de Kenneth Branagh se mencione al bardo inglés, al genio absoluto de William. Como no tengo intención de hacerlo en el caso que nos ocupa, me curo en salud de inicio y al meollo.
Kenneth Branagh es uno de los mayores talentos en activos del cine mundial y también del teatro. Después de su sonora irrupción en el mundo cinematográfico con su Enrique V (1989), donde obtuvo una ingente cantidad de premios, fue nominado al Oscar y saludado como el nuevo Laurence Olivier u Orson Welles, la crítica empezó a mirarle con lupa, y si bien siempre ha obtenido el apoyo de una gran mayoría y de un público elevado, también otro sector le cogió una manía fuera de toda lógica. El resultado es que Branagh ha seguido regalándonos extraordinarios proyectos y más de una obra maestra pero en un ámbito más minoritario, salvo excepciones. Esta película que nos ocupa es la excepción más sonora.
Sorprende que siendo un hombre de teatro Branagh sea tan cinematográfico, tan visual, sus puestas en escena no tienen absolutamente nada de teatrales y su dominio del lenguaje cinematográfico es total, demostrando una cultura cinéfila fuera de toda duda. Y cultura a secas.
Las comparaciones con Olivier son bastante gratuitas, los dos son magníficos actores y directores, y han dominado las tablas inglesas pero donde Olivier resultaba acartonado Branagh siempre es fluido. En cambio las comparaciones con Welles sí tienen mucho más sentido. Visual e incluso conceptualmente, Kenneth Branagh es el director que más se acerca al estilo irrepetible y absolutamente personal de Orson Welles. Un discípulo aventajadísimo.
Sus espectaculares planos-secuencia, sus encuadres que transmiten la tensión y el conflicto, picados, contrapicados imposibles, encuadres oblicuos, diagonales, el uso del gran angular… Pero todo con sentido y nada gratuito, como se le ha acusado de forma injusta en alguna ocasión, todo movimiento está justificado, acierte o no, guste más o guste menos.
Como Welles, llegó a Hollywood y ha hecho sus pinitos tanto de director como de actor, un gusto por el cine negro, como mostró en su segunda película “Morir Todavía” (1991), y mezclando trabajos personales con otros más alimenticios pero necesarios. Como actor le podemos ver a menudo, como ocurría en el pasado con los actores británicos más prestigiosos, de villano para dar enjundia a proyectos de distinto nivel. Así si como actor le hemos podido ver en películas de todo tipo, como director en cambio todo va por cauces mucho más personales. Sus películas como director, sin excepción, se hacen distinguibles por su estilo visual y temático, sean estos proyectos personales o encargos que beneficien sus arcas y que le ayuden en el desarrollo de más proyectos de los primeros.
¿Dónde situamos a "Thor" en este panorama? “Thor” es la película más comercial que ha dirigido Branagh. Tras su primer paso por las superproducciones con “Frankenstein” (1994), que fue vapuleada con saña, Branagh ha tardado en repetir. Al fin se decidió por un proyecto que aunque aparentemente no sea lo que más se adecúa a sus inquietudes, en cuanto se escarba un poco comprobamos que se amolda como un guante.
“Thor” tiene todos los elementos conceptuales clásicos del cine de Kenneth Branagh, todas sus inquietudes, la manipulación, el poder, la ambición, las personalidades dobles o complejas, las apariencias, las máscaras… Todos estos temas los encontraremos en mayor o menor medida en sus películas y "Thor" no es una excepción. Evidentemente, y lo más decepcionante de la cinta, es que todo esto es tratado con una mayor superficialidad y ligereza.
Este “Thor” de Kenneth Branagh es superior a otras cintas de superhéroes que nos llegan, no por mucho, sería del mismo nivel que el primer, y tan bien recibido, “Ironman” (2008). El problema es que no logra salir de la corrección en casi ningún momento. De muy buen ritmo, un inicio deslumbrante, un look visual brillante y elegante, acaba careciendo de la profundidad que se hubiera deseado en una cinta de Branagh, de una mayor complejidad y elaboración en el desarrollo de unos personajes realmente interesantes. Branagh logra crear personajes que nos interesan pero cede a lo comercial, en líneas generales, provocando una decepción al no ver corroborado ese interés conforme avanza la película.
Toda la primera parte es espectacular, ritmo trepidante y una exposición de trama y personajes excelente, todo lo que acontece en Asgard es magnífico, especialmente en este primer tramo. Visualmente deslumbrante como he comentado. Un look soberbio el de la película. Se nos presenta a Odín, el padre de todos, el rey de Asgard, cansado y dispuesto a la sucesión. La voz over de Anthony Hopkins en todo su esplendor. En esta fase de planteamiento con la introducción en off de Hopkins vemos a Thor y Loki de niños y sus distintas formas de ser y comportarse. Nuestro protagonista, Thor, es impulsivo, guerrero, vanidoso, desmesurado, radical, presuntuoso… muchos de los defectos típicos de un villano. Loki (Tom Hiddleston) es tranquilo, inteligente, moderado, taimado, manipulador y mentiroso. A Loki lo iremos descubriendo poco a poco, un maravilloso personaje del comic.
Thor, contrariado por las decisiones de su padre y animado por su carácter rebelde y el impulso de su hermano, que sabe manipularle, se lanza, desobedeciendo las ordenes de Odín, a una lucha contra los Gigantes de Hielo en el reino de aquellos (Jotunheim), ya que éstos intentaron recuperar el Cofre de los Antiguos Inviernos, que los asgardianos se llevaron al derrotarles en la guerra que mantuvieron. Esa mini invasión es la que revoluciona a nuestro protagonista, que por desobedecer será desterrado cuando estaba a punto de ser proclamado rey, el sucesor de Odín.
Se plantea así la evolución que deberá llevar nuestro protagonista, típica, nada original, cosa que no es mala de por sí, si se plantea con profundidad, pero no es el caso. Este es uno de los mayores defectos de la película, la regeneración de Thor, su evolución, maduración, su redención casi, está tratada con apresuramiento, como si no hubiera tiempo, con suma ligereza, brusquedad y sin desarrollo, lo que hubiera subido la categoría de la cinta de haberse ejecutado mejor. Loki está mejor llevado pero también con excesiva superficialidad. Suele ocurrir en estas películas, que parecen tener prisa en ocasiones por llegar a los puntos fuertes de acción, los más efectistas.
El comienzo, con la guapísima Natalie Portman, que cumple sin complicaciones, recuerda al inicio de la también reciente “Capitán América”. Un suceso misterioso del que posteriormente tendremos explicación. La película, desde luego, engancha desde el comienzo.
Los dioses son tratados como humanos, con defectos y miserias, es más, el protagonista alcanza la “sabiduría” en la Tierra, con los humanos, especialmente con Jane (Portman).
La primera media hora es espectacular y crea muchas expectativas, luego, aunque el ritmo se mantiene, la intensidad desciende. Las partes en la Tierra, siendo entretenidas y salpicadas con un eficaz sentido del humor, no están a la misma altura que las que podemos disfrutar en el reino de Asgard.
Branagh nos deleita con alguno de sus famosos planos-secuencia, breves, sus espectaculares grúas, picados y contrapicados, espléndidos movimientos de cámara y recursos visuales (en la escena donde Thor escapa del hospital, se encadena una foto donde se ve una silueta con su posición en la camilla del hospital. Allí veremos un sutil paso en su madurez, un gran detalle, cuando viendo que la fuerza bruta, que siempre le resultaba eficaz, en esta ocasión no le sirve de nada, la sustituye por la maña).
Todos estos recursos mencionados más la multitud de planos oblicuos, encuadres en diagonal, desestabilizados, que se multiplican en las escenas donde Thor es detenido, vuelven a entroncar a Branagh con Welles, a recordar su estilo y potencia visual. Siempre con sentido, reseñando así el conflicto interior del personaje, la amenaza que se cierne o el derrumbamiento interior. Esa es la escena donde se fundamenta toda la evolución del personaje de Thor, la noticia que le da su propio hermanastro Loki de la muerte de su padre, transforma de manera radical, y poco elaborada, la personalidad de nuestro protagonista.
El personaje de Loki, que bien podría estar más desarrollado, es el que alberga muchas de las constantes mencionadas del cine de Branagh, tiene una cara oculta, es inteligente y usa su talento para la manipulación y la mentira, no tanto la fuerza bruta. Es ambicioso y envidioso, escondiéndose en una máscara de apariencia de corrección y moderación que es falsa.
Tengo que mencionar que si bien Branagh usa muy a menudo en su cine los picados y contrapicados, en esta cinta no es una excepción y encuentra con ello un excelente recurso formal para crear el vínculo, a la par que la diferencia, y la distancia entre los dos universos que se muestran en la película.
El paralelismo entre Excalibur y Mjolnir está muy bien mostrado, de forma divertida y que además sirve para el cameo de Stan Lee. El uso del martillo está muy logrado sin abusar ni resultar cargante, buenas escenas de acción y coreografías, sin regodearse, y una parte final que, sin llegar a los niveles del comienzo, es también muy emocionante.
El final es bonito con respecto a la historia de amor, una historia que tampoco está desarrollada con excesivo esmero, ella fascinada desde el principio y él que se ensimisma con ella de la noche a la mañana en ese proceso express de transformación que sufre el híper musculado Hemsworth.
Debemos entroncar a “Thor” más con las películas estilo “Spiderman”, “X-MEN”, el último “Superman”, aunque superior a las mismas, que con las más reflexivas y profundas de la onda de “Hulk” de Ang Lee, que resultó sumamente aburrida y fallida, o los Batman de Nolan.
Con todo, ese nivel superior hace de ella un sano entretenimiento para los fans del género.
Chris Hemsworth interpreta de forma convincente al mito nórdico, muy bien dirigido, a pesar de algunas injustas críticas. Hopkins sólo con su presencia ya satisface aunque tenga un papel muy corto, desde luego es Odín. Rene Russo tiene una presencia casi testimonial, Natalie Portman correcta, como ya comenté, y Stellan Skarsgard cumple sin alardes.
Como de costumbre es recomendable no abandonar la sala o dar al stop hasta que pasen todos los títulos de crédito, ya que hay una escena extra al final.
Los efectos especiales son muy espectaculares y vuelvo a destacar el look impresionante de la película en sus escenas en Asgard. Patrick Doyle, como de costumbre, da en la diana, la partitura es preciosa en todos los aspectos y situaciones, ya sean momentos dramáticos, líricos o de acción. Foo Fighter nos deja un buen tema (“Walk”) en los títulos de crédito además.
Hay una segunda parte prevista para 2013.
























