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sábado, 1 de octubre de 2011

Crítica: EL ÁRBOL DE LA VIDA (2011) -Última Parte-

TERRENCE MALICK





Con spoilers, aquí sí tocan, por supuesto

Malick encuadra en muchísimas ocasiones de forma distraída, para transmitir al espectador la inconsistencia de los personajes, que intentan reconstruir sus vidas, liberarse de sus problemas, expresar la búsqueda (los planos de Penn en paisajes desolados, desiertos, naturalezas muertas…)
Tras esto viene uno de los momentos que más dará que hablar en el futuro de la película. La narración cesa y Malick se recrea durante varios minutos con impresionantes imágenes de la naturaleza, de la creación, formas imposibles y bellísimas del espacio y de lugares recónditos, la espectacular música de Zbigniew Preisner  y su “Lacrimosa”, la aparición de dinosaurios etc. Esta fase, seguramente, en muchas de las críticas hará que se mencione a “2001: Una odisea del espacio”, recordando la larguísima secuencia donde el protagonista viaja a otra dimensión y Kubrick nos muestra imágenes bellas e imposibles durante muchos minutos. Algo parecido hace la infame “Blueberry” (Jan Kounen, 2004), la única película que me ha enfadado y dado ganas de patear el televisor, que hace lo mismo multiplicado por 1000 y de forma patética y bochornosa. Un sinsentido. Esta parte del film es una de las más brillantes.
Una naturaleza, como digo, indescifrable, incomprensible, hipnótica, deslumbrante, sublime, aterradora, bestial, bellísima. Una incomprensión hacia ella que no implica no poder sentirla, no la entendemos pero la sentimos. La misma incomprensión nos puede hacer sentir todo tipo de sentimientos. La naturaleza, un síntoma de Dios.
Malick muestra, ante preguntas como “¿quiénes somos para ti?”, ante la incomprensión por el hecho de perder un hijo, ante las cuestiones de una madre hablando con su Dios, que tras la brutalidad, tras el horror puede crearse la belleza, venir la belleza, el perdón, la redención. Así las imágenes de galaxias y universos deslumbrantes son seguidas por las de explosiones, fuego, erupciones, casi un Big Bang. Explosiones que crean esa belleza que vemos al inicio, explosiones que crean la vida. Una grandeza que, como dije antes, contrasta con los íntimos problemas que creemos trascendentales de cada uno de nosotros. Así la película en su segunda parte, la historia de la familia, plantea la misma situación. Una vida familiar profundamente conflictiva, incómoda, dura, repleta de rencor y malos sentimientos que tras situaciones difíciles encuentran una mayor armonía y paz.

El director usa la naturaleza para multitud de cosas, entre ellas transmitir emociones, cuando vemos a Penn trajeado rodeado de rocas o naturaleza muerta nos expresa su turbación, su desolación interior, como se siente fuera de lugar, buscando.

La vida, desde el agua, se abre camino, vegetales marinos, peces…hasta llegar a otro momento que será muy comentado, el de los dinosaurios. En esa escena vemos un gesto que podría ser análogo al del primer asesinato de la historia que presenciamos en “2001”. Un dinosaurio muestra su jerarquía, su superioridad, su dominación sobre otro, que debe admitir su sumisión. Para que haya un fuerte debe haber un débil. También la piedad.
Más metáforas, las olas vistas de dentro, como reinicio vital, todo acaba y vuelve a empezar, la vida acaba y resurge, la muerte como parte de la vida. Los dinosaurios se fueron, desaparecieron, pero llegaron otras especies. Todo ello, recalcado con las frases en off, hace de la película una conversación entre el autor, sus personajes y Dios.
Los inicios de la pareja, el misterio del nacimiento. Una vez más las metáforas visuales se suceden para realzar el tema del nacimiento y la vida en esta parte, sin palabras, poesía en imágenes sin apenas narración. El color blanco, puertas que se abren, agua, árboles frondosos, gestos de bienvenida… Es casi un juego de imaginación para Malick, y un deleite si se aprecia este punto.
Más toques lynchianos, por tanto, en esas metáforas, toques surrealistas, ese chico saliendo de una sumergida habitación infantil por una puerta que se abre, nueva metáfora del nacimiento…
El crecimiento, por el que se pasa a ritmo velocísimo, con los celos entre hermanos, detalles preciosos de cotidianeidad (increíbles las escenas que logra de los niños pequeños), aprendizaje, metáforas visuales para recalcarlo, como no podía ser de otra manera (plantar un árbol, subida de una escalera…)
El plantar un árbol, con el pequeño Jack ayudando a duras penas a su padre, tendrá su eco en el trabajo conjunto de padre e hijo en el pequeño huerto familiar cuando Jack se haga mayor.
Una vez más un niño subiendo una escalera nos simboliza el crecimiento, veremos un Jack mayor. Un nuevo nacimiento, la vida que sigue, hasta que vemos a los chavales con la edad en la que Malick se centrará para desarrollar la película de una forma más narrativa.
De la inocencia y la protección de la primera infancia pasamos a los problemas, el odio, la frustración, las relaciones paterno-filiales difíciles, el rencor de un hijo hacia su padre…
Malick se centra en esa pequeña familia y la evolución, especialmente, del padre y el hijo mayor, su dificultad. La película se hace algo más narrativa y el deterioro de dicha relación está muy bien mostrado y desarrollado. Un padre, rígido, autoritario en extremo, dominante, estricto, opresivo. Un hijo que siente miedo, que vive en la confusión entre el amor y el odio que va sintiendo por él, una persona a la que no soporta pero a la que no puede dejar de querer, su rebelión, su cambio de carácter conforme madura y su consciencia aumenta. La influencia de todo esto en la familia, entre los padre, con los hermanos. Un hijo, Jack, que no puede evitar sentir celos hacia su hermano menor viendo como aquel se lleva más el aprecio e interés de su padre por tener más afinidad con él en sus gustos, por su vena artística y facilidad para la música…
En esa especie de narración fragmentada Malick logra contarlo todo con profundidad y crea unos personajes que para nada son de una pieza ni maniqueos. El padre no es un villano, pide perdón y tiene un amor sincero por sus hijos y mujer. Jack tiene todos los matices mencionados.
Oímos la voz en off de varios personajes, el padre, la madre, el hijo mayor con Dios siempre presente, pero no encarare la crítica analizando la controversia entre creacionismo y evolucionismo, ya que por ahí no van los tiros, Malick cree y lo defiende sin más.
Los primeros amores y la muerte. La película después de este paseo por el nacimiento, la vida, se centra también en la muerte, en como ronda a la familia, la muerte de un amigo en la piscina, un incendio, un paseo por el cementerio… Como afecta la muerte, mientras se desarrolla la vida familiar antes comentada. Un retrato oscuro de la vida cotidiana americana en la clase media de los años 50.
Las decepciones vitales, el perdón, el arrepentimiento, un perdón sanador pero que sólo puede llegar tras la tormenta. La redención. Preciosa la escena de la disculpa paterna al hijo.
La película, es evidente, se fundamenta en los silencios, son un pilar de la cinta.
El final, que también dará que hablar en busca de posibles significados, no es más que el paso lógico en una evolución vital, la idea de redimir pecados, de liberarse de conflictos internos y rencores, de perdonar. La idea de acercarse a Dios. El personaje de Penn lo hace al cruzar la puerta en el paisaje desértico, una puerta hacia un mundo que ya no será desierto, será una playa, la orilla, que siempre simboliza, como en Bergman, un nuevo inicio, un nuevo comienzo. Allí se producirá el perdón, una orgía de amor donde el pasado no tiene cabida y los conflictos son ya absurdos. La idea de la piedad de Dios. Allí, Penn, se encontrará con los personajes de su pasado, con los de su infancia, y ya no hay odio, ya no hay rencor, ni recriminaciones, sólo amor, cariño. A las escenas de la playa la preceden planos de resurrección, tránsito, dos cadáveres y la cámara que los enfoca sube hacia el cielo, una puerta que se abre, una escalera por la que sube, alguien que nos ayuda a subir… la playa. La paz adquirida, superado el trauma de la pérdida, de ahí la sutil última sonrisa de Penn. El último plano, con el puente, simboliza el tránsito, una vez más, la vida presente como estación solamente. Naturaleza y Dios, todo uno. No hace falta morir para lograr esa paz.

Las referencias a Bergman no son nada gratuitas, es evidente que hay mucho de él en esta película, aparte de las metáforas mencionadas tenemos la elección de Jessica Chastain, una actriz bergmaniana al 100 por 100, al menos a nivel estético. Su interpretación es la más brillante con diferencia, ahora la podemos ver también en “La deuda” de John Madden. Los hombres están correctos, Penn aparece poco y no puede hacer más. Pitt, como comenté, hace lo que puede. Los críos magníficos, en especial Hunter McCracken. La música es bellísima y también uno de los puntos esenciales de la película, que ayuda a su comprensión. Las composiciones originales corren a cargo de Alexandre Desplat. Estas son las loas y virtudes de la cinta, pero no podemos evitar ver los defectos.

Los que vean en “El árbol de la vida”, que en ocasiones parece un documental, cierta cursilería, cierta reiteración, ritmo pausado (esto no es malo), que parezca un anuncio de compresas, como comenté, etc. también tienen su razón. Debe abstenerse todo el que espere una cinta convencional, cine de palomitas o trepidante, es un experimento personalísimo, que aunque no sea perfecta es brillantísimo, por ello le subo la nota. Es probable que pase a ser una película de culto. Ha sido ganadora de la Palma de oro en Cannes.
Malick no deja indiferente. Para poetas cinéfilos.





viernes, 30 de septiembre de 2011

Crítica: EL ÁRBOL DE LA VIDA (2011) -Parte 1/2-

TERRENCE MALICK




Terrence Malick ha sido considerado hasta hace poco, lo que no implica que siga siéndolo para muchos, un director mítico, de culto, en gran parte debido a la extrañeza de que hasta hace pocos años su filmografía constaba tan solo de 2 películas. La consideración crítica hacia las mismas ayudó sobre manera a esa opinión. La veneraron sin medida y con justicia. Tanto “Malas tierras” (1973), como “Días del cielo” (1978) son dos estupendas películas, la primera una revisión muy personal a la historia de Bonnie y Clyde, la segunda una profunda reflexión sobre la miseria y la pobreza. Cuando casi nadie contaba con ver más cintas suyas llegó, 20 años después, “La delgada línea roja”, otra profunda reflexión en esta ocasión acerca de la guerra. También fue recibida de forma entusiasta por la crítica, lo que mantuvo el estatus de director de culto del cineasta, con justicia aunque quizá con un excesiva sobrevaloración.
A partir de su acercamiento a la guerra los proyectos de Malick se están haciendo más seguidos y esa aura de intocable se ha desvanecido un tanto. Su cinta “El nuevo mundo” (2005), no fue bien recibida del todo y ahora nos llega “El árbol de la vida” que por su estilo tan personal creará polémica.
En cualquier caso no puede esconderse que Malick es un director sui generis, especial, personal y único que entusiasmará o repelerá pero que difícilmente dejará indiferente.
El árbol de la vida” va a recibir palos por muchas razones, su estilo único, su complejidad visual, el uso de las metáforas visuales y forma poética para contar una historia, exigen del espectador medio un esfuerzo al que no está acostumbrado. Otros que sí lo están no soportarán su pausa,  ensimismamiento o directamente sus tesis profundamente religiosas. Este punto, la religiosidad, le traerá un buen número de críticas negativas.
Un panteísta.
La última obra de Malick es un poema visual, se cuenta una historia pero de forma no narrativa, apenas hay narración y la que hay está tan fragmentada, es tan episódica y busca tanto la reflexión a través de la imagen que redunda aún más en la idea y concepción poética de la obra. Una cinta que es pura sugerencia e impacto emocional… como la poesía. Cine-poesía.
El cine de terror o algunos cineastas que son universos paralelos han frecuentado esto (Dreyer, Lynch, BuñuelKubrick, Tourneur, el mejor cine de terror…). Las alabanzas y las críticas que se han hecho a la película, al menos muchas de ellas, son ciertas, yo mismo me he debatido a la hora de poner nota, y finalmente he tirado por las satisfacciones más que por los defectos.
Es complejo analizar una cinta así, como es lógico, pero también muy satisfactorio. Dar sentido y explicación a las propuestas de Malick en esta cinta y desentrañar todo el meollo posible, sus virtudes así como sus defectos.
Apenas hay diálogos, hay frases categóricas, profundas, duras, de envergadura, que invitan a la reflexión, voces en off casi todo el tiempo, algo típico en Malick, lo que hace difícil el interés del espectador, que es exigido siempre. No hay frivolidad, no hay superficialidad ni humor. Complejidad e inteligencia.
¿En ocasiones parece que estás viendo un anuncio de compresas o de “te gusta conducir”? ¿Es pausada y roza o sobrepasa la cursilería en ciertos momentos? ¿Es reiterativa en algunas metáforas y partes del metraje? La respuesta a esto es sí, pero debo advertir del pecado que se comete, en ocasiones, con este tipo de propuestas o con casi cualquier otra. En muchas ocasiones sublimamos cosas excelentes que tienen defectos que nos negamos a valorar o tiramos a la basura cosas regulares pero que contienen momentos muy brillantes. “El árbol de la vida” con sus defectos es una película y una propuesta que merece atención e interés.
Malick es plenamente consciente de que su película es para públicos minoritarios, y no cede a la más mínima concesión comercial, salvo contar con Brad Pitt, si esto puede considerarse concesión. Toma todos los riesgos del mundo y muestra una total independencia y libertad creativa. Algo que es de agradecer en los tiempos que corren.

Estéticamente es deslumbrante, de una belleza inusitada, donde el encuadre, la fotografía, los paisajes elegidos pretenden realzar a la naturaleza, que siempre en las cintas de Malick tiene una importancia principal. Malick la mira y la muestra como la demostración de la existencia de Dios, casi siempre desde un punto de vista positivo, el lado bueno de la naturaleza. Una concepción bastante romántica en esa importancia de la naturaleza y la búsqueda de la libertad, que engarza con el romanticismo paisajista, un Caspar David Friedrich por ejemplo.

La dirección recuerda ocasionalmente a David Lynch, la poesía, el uso de las metáforas visuales (esa puerta que el personaje de Sean Penn cruza al final de la cinta por ejemplo), el uso de los efectos sonoros en determinados momentos (nadie los usa como Lynch). Un Malick muy lynchiano que busca en el interior de sus personajes aunque con miradas distintas. Su ritmo parsimonioso desesperará al espectador medio que no sepa muy bien lo que va a ver, debe estar avisado. Lo cierto es que no es una cinta lenta, en el sentido de que no es narrativa, pero su ritmo es parsimonioso, pausado siempre. El uso del montaje es variado y también pausado recurriendo de forma habitual a algo por lo que tengo cierta repulsa, los cortes sucesivos en un mismo plano, el montaje dentro de un mismo plano (es decir coloco la cámara y voy a ver como alguien se baja del coche, pasea unos metros para llegar al sitio al que se dirige y entra, el montaje al que me refiero mantendrá la cámara, no la moverá pero en el montaje cortará ese paseo en pedazos, viendo como para el coche, al personaje ya bajado del mismo y saltándose varios metros de paseo. Una reminiscencia de lo que se hacía en la Nouvelle Vague y que desde hace un tiempo se debe considerar el colmo de la modernidad). Sobra.
El conflicto entre lo divino y la naturaleza se plantea de inicio y sobre él irá toda la reflexión de la película. Muchos la han entendido como atea, supongo que interesadamente, ya que desde el comienzo toma partido por lo divino defendiendo su postura no sólo desde la fe. Desde el inicio el personaje de Jessica Chastain, dice que “no importa lo que le suceda”, y lo que le sucede nada menos es la pérdida de un hijo, hecho este que no la hará cambiar un ápice en su elección.
Desde el comienzo el uso de las metáforas visuales con las que se desarrollan los conceptos del film inundan la pantalla, especialmente al principio donde la película prácticamente sólo se fundamenta en esas metáforas y breves frases de los personajes. Son tal cantidad que casi son inabarcables, un deleite visual y poético, ciertamente.
Un hecho, la muerte de un hijo en la guerra, trastoca la vida de una familia de clase media en los años 50. Este hecho es el inicio para la reflexión de Malick, que abarcará de lo más, los inicios de la creación, a lo menos, las intimidades de una familia cualquiera y sus cuitas.
Las frases, que como ya he mencionado no son diálogos en su mayoría, que se dicen en la película, son rezos, plegarias a Dios, conversaciones con él. Brad Pitt, que tiene aquí algunos de los planos más auténticos de toda su filmografía y que pensé podría hacer su interpretación más notable, no logra salir a pesar de todo de sus tics y limitaciones.
La forma fragmentada que comenté en que Malick cuenta su historia, una historia mínima, exige al espectador, da todos los detalles pero el espectador debe poner atención, un esfuerzo por su parte. Así una vez se recibe la noticia de la muerte del hijo de la familia, veremos en el montaje pinceles, utensilios de pintura, material artístico, una guitarra en una habitación, veremos a un chaval usándola, es decir el hijo que ha muerto, un hijo que tenía talento artístico. Hasta muchos minutos después no vuelve a aparecer, lo que al espectador que no esté atento y recuerde le puede complicar la comprensión en algún momento, aunque Malick siempre va dejando detalles para que nadie se pierda. Nada es gratuito, todo está por algo.
La pérdida se recalca con las consabidas metáforas visuales, la sombra de un chaval, árboles secos, sin hojas… que remiten a la muerte y a la desolación interior de los personajes tras la pérdida. El sentimiento de culpa que crece, especialmente si falta la fe, el replanteamiento de las cosas importantes y las grandes pérdidas de tiempo en nimiedades…

Jack, el personaje que interpreta Sean Penn, el hermano mayor de la familia, al que vemos en la edad adulta e infantil, vive en una lujosa casa con su pareja, en ella hace un homenaje a su hermano fallecido el día del aniversario de su muerte, una única vela, un homenaje minimalista en su propia cocina. Su personaje, como casi todos los de la cinta, aparece agigantado, siempre enfocado por un gran angular, a menudo desde abajo, la cámara algo más baja que el rostro, realzando al hombre, al ser humano, enfatizándolo. El ser humano como pilar de la existencia. Pero esto es por la consideración que nosotros tenemos de nosotros mismos, no porque sea lo verdadero o lo que Malick piensa. Malick de hecho piensa lo contrario, que nuestras circunstancias son una mínima parte de la existencia, sin despreciar la importancia del ser humano, al que presta toda su atención e interés.
En esta escena de presentación del personaje de Penn la puesta en escena marca el distanciamiento entre él y su pareja, que hay problemas, de una forma también expuesta en retazos, minimalista. Una casa amplia, no se comunican, aparecen separados por espacios amplios… Esto mantiene la tesis anterior, nuestros problemas se empequeñecen con otros problemas y estos a su vez se empequeñecen con la existencia en su totalidad. Esa cámara baja recalca el abatimiento de los personajes. Se intercalan planos de momentos felices en el pasado, en la playa, jugando, riendo, en entornos naturales, que contrastan con los de la claustrofobia que transmite el entorno de Penn (en el trabajo, por ejemplo), en el que además parece sentirse atrapado, incómodo, descentrado, distraído (afectado por el aniversario de la muerte de su hermano). Esos planos intercalados son el anhelo del personaje de escapar, de liberarse. El recuerdo idealizado de un pasado que en muchas ocasiones  no tenía nada de ideal, como mostrará Malick en la segunda parte de la cinta.