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jueves, 22 de marzo de 2012

Crítica: GALLIPOLI (1981) -Última Parte-

PETER WEIR









Frank y Archy, como suele ser habitual para un mejor desarrollo dramático, son contrapuestos y complementarios. Archy es un idealista, desea ir a la guerra, apela a los valores y principios, en cambio Frank no quiere ir bajo ningún concepto pero cambiará de opinión por cuestiones más frívolas, superficiales, como la escasez de dinero o la influencia de un uniforme para/con las chicas.

La mentira, la ocultación, la apariencia, la representación, son ideas que siempre aparecen en el cine de Weir. La mentira en sus más variadas formas. En “El show de Truman” el protagonista vive en una mentira, en “Matrimonio de conveniencia” (1990) los protagonistas fingen una farsa para lograr unos objetivos, en “Único testigoHarrison Ford se hace pasar por quién no es en la comunidad Amish, en “El club de los poetas muertos”, las apariencias y las mentiras inundan toda la trama. Aquí en “Gallipoli” también es uno de los motores de la historia, a través de la mentira los personajes lograrán sus objetivos, ser reclutados, acceder a donde les interesa… Archy miente sobre su edad, Frank miente… sobre casi todo.


Peter Weir es uno de los mejores retratistas de la amistad, sobre todo masculina, los chicos de “El club de los poetas muertos”, la amistad (falsa) de “El show de Truman”, la del capitán y el médico en “Master and Commander” (2003), la de los protagonistas de ”Camino a la libertad” (2010), y por supuesto la de “Gallipoli”, una de las más bellas amistades que hemos visto en el cine.

El Cairo, julio de 1915.

Su estilo clásico, el soberbio uso de la fotografía, la individualidad, la camaradería… une a Weir con clásicos como John Ford o Howard Hawks de manera indiscutible.

Gallipoli” está magistralmente narrada, el conflicto que da título a la cinta es casi una excusa para contar la historia de una amistad en un momento de cambio, el proceso hacia la madurez, la pérdida de la inocencia, la visión del horror desde la perspectiva de dos chavales. Un conflicto que se va acercando… al que se van acercando, porque nadie les obliga, lo hacen en uso de su libertad.

Un nuevo conflicto en la mencionada y magistral evolución del tema hacia la guerra. Ahora un partido de rugby. En un principio fue un entrenamiento individual, luego una competición por placer, luego una competición oficial y ahora un juego por equipos, cada vez más parecido al conflicto bélico. Este partido tendrá lugar además en un decorado simbólico, ante los monumentos de muerte, las pirámides y las esfinges, un nuevo sustitutivo de la guerra ante los grandiosos monumentos levantados a la muerte, tumbas de faraones. Detalles absolutamente maravillosos para una narración ejemplar.


La narración olvida momentáneamente a Archy y se centra en las aventuras y desventuras de Frank en El Cairo.

Weir se permite momentos de humor durante todo el metraje, en las escenas del El Cairo ridiculiza a los soldados británicos, mientras recrea la vida en el ejército antes de la batalla y exprime, con su saber habitual, el retrato de la juventud, chavales que procuran pasárselo bien casi inconscientes de lo que se les vienen encima.

Frank y sus amigos vagarán por las calles de El Cairo como los mosqueteros, a los cuales homenajean. Weir se maneja excepcionalmente entre las multitudes, hace un gran retrato de la vida en las calles de la capital egipcia.


De las múltiples confrontaciones que hemos visto, competiciones, juegos, deporte… damos un paso más hacia el conflicto definitivo. Ahora serán prácticas de combate, dos bandos, un enfrentamiento bélico, pero sin muerte, el rasgo definitorio. En estas prácticas los amigos que se separaron, Archy y Frank, se reencontrarán de nuevo. La muerte aún es una broma, pero la pérdida de la inocencia se va acercando.


Weir muestra otro rasgo estilístico en ese gusto suyo por hacer un plano general y en el movimiento descriptivo de la panorámica incluir un personaje, u otro elemento, en primer plano apareciendo por un lateral del encuadre.


Una vez reunidos los amigos lo primero que harán será competir, ver quién llega antes a las simbólicas pirámides. La competición y la rivalidad son una diversión. La escena con los dos protagonistas escalando esa gigantesca tumba, dos sombras que dejan sus firmas en la cima de la pirámide al anochecer, adquiere tintes simbólicos.

Gallipoli” es una oda a la amistad, pero la de Frank y Archy está por encima de las otras, una amistad, unos lazos y unos vínculos irrompibles. Así Frank no dudará en separarse una vez más de su grupo de amigos, Billy (Robert Grubb), Barney (Tim McKenzie) y Snowy (David Argue), para apuntarse a la caballería junto a Archy, como en un principio era su deseo. La amistad y la camaradería adquieren especial importancia en tiempos difíciles.



Archy y Frank son las dos caras de una misma moneda, iguales en esencia pero radicalmente distintos en su forma de ser, ambos atletas pero cada uno representa posiciones totalmente opuestas ante la guerra.

El oficial (Bill Hunter) tendrá un gesto humano, en la víspera del viaje a la batalla, con Archy y Frank permitiéndoles quedarse un rato en la fiesta de oficiales. Un gesto que nos recuerda de alguna forma al final de “Senderos de gloria” (1957), la obra maestra de Stanley Kubrick, en uno de los mejores finales que jamás ha dado el cine.

No acaban ahí los paralelismos con “Senderos de gloria”, una película que seguro influyó en Weir. La escena del oficial en su tienda, en la víspera a la batalla que supone el clímax de la película, oyendo música, cantando, una música que inunda el campamento entero ante la mirada de varios soldados, transmite el mismo concepto que el mencionado final de la cinta de Kubrick, un refugio donde poder sentirse humano antes del horror y el caos, agarrarse a esos momentos donde la humanidad es posible a través del arte. Un refugio iluminado con tenues dorados donde poder sentirse persona durante unas horas más.

Por último la propia secuencia que pone fin a la película, donde se obliga a los soldados a ir a una muerte segura, es muy similar, en cuanto a conceptos y trama, a la que supone el desencadenante de los acontecimientos en “Senderos de gloria”.

La marcha al frente del regimiento de caballería donde van Frank y Archy es sumamente expresionista y bella, un viaje a la pesadilla. Una vez más Weir acierta en la fusión de fondo y forma, la estética con contenido, con profundidad y significación más allá de lo bonito de los planos. Vemos como Archy se muestra entusiasta y como Frank está temeroso, más consciente de la situación. La música es muy bella en esta ocasión. Las fases más sinfónicas son excelsas (Brian May, Jean Michel Jarre, el adagio en G menor de Albinoni…).

Impresionante el nivel de la producción con unas localizaciones asombrosas y una cantidad ingente de extras manejados con mano maestra por Weir.


Otro aliciente para la época o los fans de Mel Gibson es que se le ve el culo, vamos que tiene una escena completamente desnudo y en remojo. Mel Gibson, que está verdaderamente magnífico, inició aquí su explosión (dos años antes había hecho “Mad Max” de George Miller, 1979), aunque ya era conocido su prestigio aumentó exponencialmente, con toda justicia.


Weir retrata ahora la vida en las trincheras, donde el horror sigue pareciendo ajeno aunque cada vez más cerca, como si no se hiciera patente hasta que no estás inmerso en él directamente... La vida cotidiana, juegos, intentos de evasión, de superar el aburrimiento, intercambios… críos metidos en un asunto que en realidad se les escapa, les supera, y del que no son verdaderamente conscientes.

Frank se reunirá de nuevo con su grupo de amigos en una escena donde Weir demuestra, una vez más, un uso maestro del travelling.

Como he comentado, la fotografía (Russell Boyd), en las películas de Peter Weir suele ser un punto fuerte, siempre brillantísima pero nunca esteticista, aunque muy bella. Un nuevo ejemplo de esto lo tenemos en la escena donde Frank, Archy y otros esperan el avance de la infantería en el cementerio. Un atardecer bellamente iluminado, un día que languidece ya, el crepúsculo mientras oímos la batalla en off, todos los allí presentes se alterarán y mostrarán su miedo, veremos a Frank en primer término, de perfil, como suele hacer Weir, un plano de uno de los amigos rodeado de las cruces del cementerio y todo contrastado con el sol de fondo que oscurece tanto la escena como los rostros. Escenario, sonido en off... o sea, la situación, las actuaciones y la fotografía fundidos en uno. La idea de ver el impacto de la batalla en off en los rostros de los personajes es extraordinaria.

La progresión dramática de Weir es impecable, el conflicto se va acercando de forma irremediable. Todo se va haciendo más oscuro, la noche cobra importancia, las consecuencias de la batalla no se hacen esperar, heridos que regresan, muertos a enterrar…


Billy, el personaje fascinado con las pirámides, volverá a hablar de la muerte, pero su fascinación ahora torna en horror. Uno de sus amigos ha muerto, Barney, y el otro está gravemente herido, Snowy. Frank quedará impactado ante la agonía de Snowy, su temor a la muerte se acerca, es cada vez más real.

Hay un claro determinismo en el personaje de Archy, parece destinado a unas cosas pero él siente que su destino es otro, como si su verdadera labor fuera el sacrificio. La convicción absoluta de que su destino está en lo que hace. Se sacrificará él, en la absurda orden que debe cumplir, y se sacrificará por su amigo Frank.

El progreso de los múltiples conflictos que hemos ido mencionando llegar a su conclusión, ahora sí es en serio. Ya no hay diversión, ni banalidad, ni posible escape. Los soldados ante la muerte que les espera recurrirán a los fetiches, los objetos queridos, lo que quedará de ellos tras la muerte. Fetiches de muerte. Esto recuerda de alguna forma a “El club de los poetas muertos” y el suicidio del protagonista.

Frank hará la carrera de su vida para intentar evitar la masacre y la muerte de su amigo. Pocas veces en el cine el sonido de un silbato ha sido tan impactante como al final de “Gallipoli”. Una muerte y un clímax seco, sin subrayados.


Una vez concluye la película, mientras presenciamos el plano final congelado, vemos como la metáfora de los corredores, de los dos amigos atletas, cobra todo el sentido. La carrera como metáfora de la vida, una carrera hacia la muerte, en la que no es preciso ir deprisa, ya que ésta nos encontrará de todas las maneras. Un plano que cierra la película de forma circular al recordar como Archy llegaba a otra meta en esa misma postura al comienzo de la película.


Archy parece tener prisa por llegar a todas las metas, incluida esa. El plano final es un homenaje, no sólo  a los que murieron allí, sino al determinismo de un personaje tan valeroso como temerario y absurdo. Su muerte duele, un plano congelado que trunca el movimiento como se truncan todas las cosas que Archy, como tantos otros, podrían haber hecho. Weir plantea que los valores que Archy representa son muy buenos, y lícitos, pero que no tienen porqué ser certeros siempre si no se gestionan bien. El heroísmo y el patriotismo a menudo están a una distancia infinita, o no tienen nada que ver, con las decisiones de generales, meras personas, en combate. Decisiones que varían de uno a otro sin más, de un general a otro, pero que influyen en la vida, y muerte, de muchas personas. Es decir, una vez más, para Weir la importancia está en el individuo. Por eso lo que Weir más respeta del personaje de Archy es su decisión, tomada en libertad.


Frank no es cuestionado por Weir jamás, ni duda de su valentía, ya que se juega el cuello en su carrera para dar el mensaje al general, respetando su libertad y fidelidad a su amigo.


La idea de la guerra que también se presenta en “Gallipoli” es que es tan horrenda como inevitable, tan trágica como irremediable para el ser humano.
 
El ejército para Weir es otro entorno opresivo, limitador de la libertad, como la sociedad en la que vive Truman, el estricto colegio de “El club de los poetas muertos” (1989), la cárcel en “Camino a  la libertad” (2010), la comunidad amish en “Único testigo” (1985), el comunismo en Indonesia en “El año que vivimos peligrosamente” (1983)…

Pocos defectos se pueden poner salvo cierto esquematismo en algunos personajes, no así en el desarrollo de la historia que es ejemplar, y ese paralelismo con “Senderos de gloria” que puede perjudicarla.


Peter Weir demuestra con “Gallipoli”, como lo hizo antes en “Picnic en Hanging Rock” (1975) o “La última ola” (1977), que es un director de un talento excepcional, y su trayectoria posterior lo sitúa entre los más grandes, que no desmerece de ninguno que se nos pase por la cabeza y que aunque es indiscutiblemente valorado seguro que lo será más con el tiempo, una vez se vea su obra con más perspectiva…o gane un Oscar.

 
A los que lo apreciamos desde hace tiempo no nos cabe duda y en cada revisión de sus películas, como en los nuevos estrenos, vemos confirmadas todas y cada una de estas impresiones.




Dedicada a Wsmith, un tipo brillante y gran persona.





miércoles, 21 de marzo de 2012

Crítica: GALLIPOLI (1981) -Parte 1/2-

PETER WEIR







La batalla de Gallipoli tuvo lugar en 1915 durante la Primera Guerra Mundial. Los ejércitos australiano y neozelandés se unieron al del Reino Unido para enfrentarse a los turcos en Gallipoli.

La misión de los aliados era pillar por sorpresa al ejercito otomano y así atravesar sus fronteras para prestar apoyo a los rusos, que estaban escasos de armamento para enfrentarse a su enemigos (alemanes, austrohúngaros, turcos…). La idea, que los aliados desembarquen en Gallipoli y penetren en las defensas turcas.

Los ANZAC (el ejercito formado por Australia y Nueva Zelanda de forma conjunta), se formaron precisamente en esta batalla, y Peter Weir recrea concretamente en el último tercio de su película la batalla de Nek, un ataque suicida el 7 de agosto de 1915, donde varios batallones del ejército australiano fueron masacrados en una misión imposible. Curiosamente y aunque la misión fue un fracaso esta batalla es especialmente simbólica para los australianos, para los que representa los más altos valores y sublima el sentido patriótico (conmemorado en el día de los ANZAC).

En cualquier caso Peter Weir utiliza, en esta excepcional película, este conflicto sólo como marco para la historia de amistad que le interesa, y mostrar las consecuencias e influencia de la guerra en esos jóvenes, la pérdida de la inocencia, de ahí que el conflicto en sí se limite al último tercio y no haya el más mínimo interés en explicar las evoluciones del mismo en general.

Muy pocas veces Peter Weir ha pinchado en hueso, por no decir ninguna. Desde sus mismos inicios como director todas sus películas están alejadas de la mediocridad, oscilando entre lo notable y lo sublime.

Confío en que Peter Weir, aunque sea con el tiempo, adquiera el estatus que tiene un Clint Eastwood, por poner un ejemplo. Peter Weir es uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo y va siendo hora de que se le valore como tal.

Weir había llamado, y mucho, la atención con “Picnic en Hanging Rock” (1975) y “La última ola” (1977), pero “Gallipoli” (1981) supondrá el impulso definitivo a su carrera y que la industria hollywoodiense lo captase. Es una pena que se prodigue tan poco, en comparación con otros al menos, pero cada obra de Peter Weir es recibida con alborozo por todo cinéfilo que se precie. Uno de los cineastas más coherentes y de filmografía más consecuente y compacta del cine actual. Todas sus películas son brillantes.


En “Gallipoli” tenemos ya la mayor parte de las ideas que Weir irá desarrollando en sus posteriores trabajos, incluso en posteriores títulos a éste veremos las similitudes, como iré comentando. Un Peter Weir que tiene además una pasmosa facilidad para lograr la emoción sin caer en sensiblerías, una emoción universal comprensible por todo el mundo que suele dar unos finales magistrales a este respecto. El de “Gallipoli” es un buen ejemplo de ello.

Gallipoli” cuenta la historia de dos amigos, atletas además, que por distintas razones deciden alistar en el ejército para combatir en la Primera Guerra Mundial contra los turcos. Poco a poco su idealista visión del conflicto se irá resquebrajando al tiempo que pierden la inocencia de la juventud para entrar bruscamente en una madurez que quizá no lleguen a disfrutar.

Weir inicia su película en mayo de 1915. Un deportista, un corredor y su entrenador, un sobrino y su tío. Weir usará el tema del deporte como metáfora e irá desarrollando, como explicaré, la idea del conflicto de forma absolutamente magistral.

La planificación en esta escena es corta, con primeros planos y planos detalle antes de la carrera que Archy Hamilton (Mark Lee) se prepara para hacer. Se enfocan sus pies, el cronómetro de su tío, los rostros… Una planificación corta que sólo se rompe para un plano general que nos muestra la distancia que Archy recorrerá. El sprint y su buena marca será rodada con un travelling. Weir logra así dar un carácter simbólico al hecho de correr, al deporte. Esa actividad será la pura libertad, de los planos cortos opresivos, como si contuvieran al personaje, pasamos a la explosión de actividad en la carrera con ese travelling. El travelling además se inicia tarde, la carrera de Archy parece cogerle de improviso, hasta el punto que luego la cámara debe acelerar para ponerse a su nivel, una idea perfecta para mostrar la velocidad del chico. Esta misma concepción del travelling la veremos en alguna escena de “El show de Truman” (1998).

Peter Weir es un director eminentemente clásico, su dirección es tan elegante, precisa y personal, que quizá sea una de las causas de la poca valoración que se le da. El hecho es que si ves una película de Peter Weir sabrás que es de él si prestas un poco de atención al detalle.

Además las carreras, el deporte al que se dedican Archy y Frank, son metáfora de la misma juventud, de la misma vida. La vida como una carrera hacia la muerte, pero en la que no es necesario llegar primero. Archy tiene prisa, Frank ninguna, por llegar a esa meta.

La elegancia de Weir no sólo está en su puesta en escena y sus movimientos de cámara seguros y precisos, está en el mismo look. Una cinta repleta de marrones y tonos ocres.

Peter Weir usará el zoom en algunas ocasiones a la manera de Stanley Kubrick en “Barry Lyndon” (1975), cogiendo a un personaje y luego abriendo el cuadro para ir incluyendo su entorno, incluso incluir otro personaje en primer plano cuando el zoom cese su retroceso. La importancia básica del individuo sobre el entorno, y a la vez como éste puede aplastarle.

La competición.

Es brillantísima la idea de usar el deporte, la competición, en una cinta bélica. La competición como sustitutivo de la guerra, algo intrínsecamente humano. Así vemos a Archy competir primero contra sí mismo, solo, intentando superar sus marcas. Luego competirá contra Les (Harold Hopkins) y su caballo. Esta progresión será continua y vertebrará la narración de forma magistral.


En la carrera contra el caballo la música del sintetizador (Jean Michel Jarre) ha quedado algo antigua. Weir demuestra su talento en lo épico y en lo sutil, enfocará los sufridos pies de Archy, desnudos para la carrera, y los descansados de su rival a lomos de su caballo. También los mostrará en la siguiente escena, los pies heridos.

La conversación entre Archy y su tío Jack (Bill Kerr), acerca de la intención del chaval de ir a la guerra tiene una planificación perfecta. Weir encuadra a la altura del tío mientras sitúa de espaldas al timorato chico que quiere sacar el tema, luego se volverá buscando el vínculo con Jack, situándolos en el mismo plano, para posteriormente dar a cada uno un plano individual. Con ello, moviendo simplemente a sus personajes y con un leve montaje, muestra la tensión, diferencias de opinión y relación de ambos ante esa situación.

La referencia a “El libro de la selva” (Rudyard Kipling), con la escena donde Mowgli se enfrenta y ahuyenta a los lobos, se vincula con la idea de Archy de ir a la guerra. Una referencia que acaba convenciendo al tío Jack y que se refiere al combate, al crecimiento y a la madurez. Al hecho irremediable del crecimiento, de hacerse un hombre, que en realidad no tiene porque ir ligado a la madurez. Una vez más una referencia a un enfrentamiento, el de Mowgli y los lobos. Archy coge como figura paterna a su tío antes que a su padre, algo que es bastante recurrente al cine de Weir, una figura paterna que es o problemática o ajena al hijo. Así tenemos “La costa de los mosquitos” (1986) o “El club de los poetas muertos” (1989)… Aquí la figura del padre no es negativa pero es casi invisible, resaltándose significativamente por la importancia del tío.

Weir planifica de forma distinta a la clásica la presentación de Mel Gibson (Frank), iniciará la escena con primeros planos, o planos medios, para ir posteriormente al general de situación que muestra el entorno en el que están los personajes. Posteriormente vuelve a los primeros planos, o medios.

En la presentación de Frank ya tenemos el contraste de los dos protagonistas, uno deseoso de alistarse, Archy, el otro no quiere ni por asomo, Frank.

Weir remarca los valores que son importantes para los jóvenes y luego los irá resquebrajando poco a poco. Heroísmo, valentía… idealismo… Guerra.

A la negativa de Gibson de alistarse le seguirá el plano de un tren, símbolo del destino.

Harry Lasalles es el ídolo de Archy, su foto estará presente cuando pide ayuda a su tío para que convenza a su padre para que le deje alistarse. Un ídolo siempre presente del que se despedirá para cumplir un destino que le llama.

Otro de los rasgos estilísticos de Peter Weir son los primeros planos, suelen ser primerísimos planos, a menudo tan cercanos que no muestran toda la cabeza, y suelen ser de perfil en muchas ocasiones, de perfil, hacia un lateral del encuadre y en ligero contrapicado.

El tema de la competición sigue su curso y desarrollo, aumentando su importancia. Si en un principio Archy corría solo, entrenando e intentando superar sus marcas y luego compite por placer contra Les, ahora lo hará en una competición oficial y contra nuestro otro protagonista, Frank. Un posee un talento entrenado, también natural, y el otro es puro talento natural.


Weir dirige como los ángeles, su dominio clásico de la puesta en escena y la narración es ejemplar. Tendremos un buen ejemplo en la escena en la que tío y sobrino se preparan para la competición. Los sigue con un travelling mientras se preparan y dicen sus consignas, en plano corto, cuando se separan veremos la parrilla de salida en plano general y todo sin un corte.

Jack: ¿Qué son tus piernas?

Archy: Muelles de acero.

Jack: ¿Y qué van a hacer?

Archy: Llevarme a toda velocidad.

Jack: ¿A qué velocidad puedes correr?

Archy: A la de un leopardo.

Jack: ¿A qué velocidad vas a correr?

Archy: A la de un leopardo.

Jack: ¡Muy bien! Pues veamos si eres capaz de hacerlo.

Archy triunfa en la carrera al tiempo que aparecen los reclutadores de la caballería. Una vez más Archy se ve enfrentado a un caballo, esta vez de madera, símbolo de la caballería. Se produce el contraste deporte-guerra, así como carrera a pie- carrera a caballo.

La decisión que Archy confiesa a su tío es mostrada con los primerísimos planos típicos de Weir sobre ambos.

Un nuevo tren, y un nuevo paso hacia el destino, ahora con los dos protagonistas unidos. Un destino que sigue su curso. Una nueva amistad weiriana.


Otro aspecto típicamente weiriano, en este caso concerniente a sus tramas, es el elemento del tránsito, el viaje, ya sea metafórico o físico, en la mayoría de las ocasiones a través de la naturaleza que en el cine de Peter Weir es el lugar simbólico donde el hombre es él mismo, donde se encuentra consigo mismo. Truman hará un viaje marítimo para escapar de su prisión, los chicos de “El club de los poetas muertos” peregrinarán por el bosque hasta su secreta cueva para dar rienda suelta a su creatividad, los protagonistas de “Camino a la libertad” (2010), viajarán huyendo de la prisión en Siberia por paisajes desérticos, nevados y de todo tipo, todo el tránsito de “Master and Commander” (2003), el que acomete Harrison Ford huyendo de la civilización en “La costa de los mosquitos” (1986)… todos los ejemplos que quieras. En “GallipoliFrank y Archy cruzarán 50 millas de desierto, lo que les ayudará a conocerse y unirse de forma definitiva. Cuando tengan diferencias Weir lo mostrará físicamente con uno andando a mucha distancia del otro. Su relación se va desarrollando, su amistad también.

En ese viaje Weir usará elipsis en un solo plano para acentuar el tremendo esfuerzo de su peregrinar. También usará picados que minimizarán a los personajes en la inmensidad del desierto. El tono adecuado, personajes y la naturaleza desnuda.

Un reloj (circular) y unas huellas de camello (circulares), así como el sol (circular también), les ayudarán a salir.

La ignorancia del hombre del camello, ajeno a todo lo que acontece fuera de su micro universo, retrata el idealismo de Archy, que desconoce el porqué de la guerra y ni siquiera se lo plantea. Retrata la absurdidad de su ilusión.




Dedicada a Wsmith, que espero la disfrute como merece y haya visto recompensada su paciencia.