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sábado, 15 de octubre de 2011

Crítica: E.T. EL EXTRATERRESTRE (1982) -Última Parte-

STEVEN SPIELBERG




La magia hace acto de presencia cuando E.T. enseña a sus nuevos amigos de donde viene. La importancia de las manos y los dedos en la película es verdaderamente hipnótica. El vínculo de Elliot y E.T. se acentúa, el dedo de E.T., que es casi un personaje más, señala al cielo, sus manos manipulan unas bolas que harán de planetas y… volarán ante el asombro de los chicos. La mano de E.T. (una vez más) procurará dar paz posándose en el hombro de Elliot ante la agitación de éste.
Entramos en la famosísima escena del colegio, primero vemos a todos los chavales esperando el autobús, ningún adulto a la vista salvo el conductor del propio autobús cuando llega, pero que aparece difuso en segundo plano, como de costumbre, para luego encontrar otra figura adulta.

El profesor. Un adulto nuevamente visto como una figura de autoridad. Se le ve de espaldas con la cámara a baja altura y sin rostro. Como de costumbre también. Aquí el primer amor, el vínculo de los dos protagonistas y demás se convierte casi en una ópera, una orgía de sensaciones, con homenaje de Spielberg a su admirado John Ford con la emisión en televisión de la escena del beso de “El hombre tranquilo” (1952). Beso que será imitado por el protagonista, que le da un buen morreo a la guapa Erika Eleniak, vista mucho más neumática en “Los vigilantes de la playa” posteriormente. Un beso que encantó a la enamorada cría además. Una escena divertidísima, repleta de humor, sensibilidad y encanto, con ese vínculo y borrachera de ambos personajes, E.T. y Elliot (Henry Thomas). Inolvidable.



Y aprendió a hablar. “Telééééééfonoooo”. Ver a Gertie diciendo “le he enseñado a hablar. Ahora ya sabe hablar”, mientras se rasca la nariz, es algo absolutamente irrepetible. “E.T… Mi casa… Teléfono.” Y la sombra del dedo de E.T. sobre el rostro de Elliot, una de las frases más míticas de la historia del cine.



En la siguiente escena Spielberg riza el rizo de la tesis mencionada, la búsqueda de la identificación con el mundo infantil, recreando el adulto como amenazante ajeno a aquel, fuera del mismo. Vemos como los científicos, en furgonetas, escuchan y espían, violan otra vez la intimidad, las figuras adultas siempre negativas, y se nos introduce en una de esas furgonetas donde vemos a varios adultos realizando dichas escuchas. En ningún momento y con una artificiosidad buscada y exagerada les vemos el rostro, que siempre se gira al enfocarlos la cámara o ya aparecen girados y ensombrecidos. En esta escena Spielberg también enfocará un dedo, una mano que manipula las máquinas, casi el reverso tenebroso de las manos de E.T. Incluso se atreve con un plano de  perfil de Peter Coyote donde éste se pone la mano en el auricular, ocultando su cara y sólo dejando visibles sus ojos. La amenaza está cada vez más cerca.

Otro momento álgido viene a continuación. La lectura de la madre a su hija de Peter Pan. Una escena ya comentada y que es de esas que dan profundidad, contenido, cultura y emotividad a una película que es exquisita sensibilidad en sí misma. La madre fuera del secreto mundo infantil con un E.T. que la espía embelesado, como si comprendiera todo lo que allí se está diciendo. Elliot le aparta pero, después de curarle mágicamente con su dedo, E.T. regresa a su fascinado observar, mientras se habla de hadas. “¿Creéis en las hadas? Si creéis decidlo…” POR SUPUESTO QUE CREEMOS. Batamos palmas.
Hermosísima escena. La familia. La misma concluye con Elliot y E.T., los dos, escuchando la historia de Peter Pan contada por la madre. Perfecto.

Helloween, calles repletas de chicos, ausencia de adultos, homenajes a Star Wars, sentido del humor a raudales. E.T. haciéndose pasar por Gertie con esos peculiares andares y una mirada, que Spielberg rueda de forma subjetiva, que como la de un niño observa con asombro todo lo que acontece a su alrededor. Incluso cree reconocer a un igual en un crío disfrazado de Yoda, antes vimos al propio E.T. como un Jedi con una túnica parecida a la de Obi-Wan Kenobi reviviendo a la famosa planta por primera vez. Star Wars, de su amigo Lucas, siempre presente. Unas calles, un mundo invadido por niños, niños por todas partes, con atardeceres hermosos y naranjas. Otra vez más.

E.T. se dispone a entrar en contacto con los de su planeta para que vengan a recogerle, los chavales diseñan un plan, el mencionado de los disfraces donde E.T. se hace pasar por Gertie, y tenemos otra mítica escena cuando E.T. hace andar y volar la bicicleta de Elliot al caer ésta por un terraplén, una vez más el mundo de la magia que se hace presente, un mundo sólo al alcance de los niños, por ello  la magia surge cuando la bicicleta se mete en una espesa niebla nocturna, como si se entrara en otro mundo, el mundo que hace posible los sueños, la mencionada magia. La banda sonora del incomparable John Williams se eleva en todo su esplendor y tenemos uno de los planos más famosos de la historia del cine, la silueta de E.T. y Elliot en la bicicleta dibujándose frente a la Luna. Otro momento inolvidable más.
Spielberg no se olvida de nadie, y tendremos una breve escena de la madre (Dee Wallace) en soledad, aburrida, que hará recordar la situación de la familia con la ausencia del padre. Cuando la madre salga, los investigadores volverán a hacer acto de presencia, la amenaza ya es inminente y por supuesto aparecerán en sombras, con la cámara baja y sin que podamos ver el rostro definido de ninguno, casi siempre de espaldas. Amenaza, violación.
El vínculo de E.T. y Elliot es total, un plano de los dos rascándose la cara inicia la escena donde E.T. mandará el mensaje a su planeta, tras esto el deterioro de ambos se hace manifiesto, especialmente en E.T., que aparece pálido y en muy malas condiciones en un pequeño desagüe tras pasar la noche al raso con Elliot y perderse. E.T. acariciará, cariñoso, la cara de Elliot, una vez más la importancia de las manos.
Una de las escenas más simbólicas es la que acontece en la casa de la familia con los vigilantes pervirtiéndola. Planos de decorados vacíos, todos infantiles, donde se enfocan objetos, la calabaza de Halloween, muñecos, peluches y la luz que muestra la presencia de los invasores entrando en esas habitaciones e iluminándolos, sombras (otra vez el expresionismo y Murnau), tras las puertas, ejemplo de los miedos infantiles, los monstruos en el armario. La violación al mundo infantil casi consumada.
La lógica preocupación de la madre (Dee Wallace) por la ausencia de Elliot, que pasó la noche fuera con E.T., le lleva a llamar a la policía. En esta escena tenemos un nuevo ejemplo de aislamiento del mundo adulto, el policía, nueva figura de autoridad, aparece de espaldas o se le toma desde muy abajo y jamás le veremos el rostro ni por asomo.
Cuando Mike sale a buscar a E.T. es seguido por un amenazante coche, por supuesto. Una vez E.T. ha sido rescatado y llevado a casa, los acontecimientos se precipitan. Elliot y nuestro amigo extraterrestre se encuentran mal, lo que obliga a los niños a mostrarle la presencia de E.T. a la madre. Una enorme sombra, de Peter Coyote suponemos, invade la salida del garaje de la familia, la amenaza adulta está ya en la puerta. La madre, que en un primer momento intenta asumir lo que ve y le muestran sus hijos, ante el deteriorado aspecto de E.T., se asusta y aleja a los niños de allí. Será en ese preciso momento cuando el mundo adulto, los investigadores de la NASA, penetren ocultos tras escafandras y trajes casi espaciales. El mundo adulto irrumpe, finalmente, en el infantil, la escena transmite al espectador la sensación de violencia, de agresión, de intromisión, una escena de una violación, el mundo adulto viola, agrede, pervierte la inocencia, la ingenuidad, la magia. Todo rodado con un magnífico uso de las luces y las sombras. El mundo adulto sigue oculto en sombras, cascos o tras luces de coches de policías, hasta que Peter Coyote tiene su presentación verdadera.
Elliot siente sus sentimientos”.
Los investigadores tratan e intentan descubrir el por qué de la unión entre Elliot (Henry Thomas) y E.T. No encontrarán respuesta, evidentemente, ni para la unión, ni para la separación, ni mucho menos para la posterior resurrección. Spielberg se guarda a conciencia de dar una explicación científica, por todo lo explicado, hablamos de la infancia, de la magia, de lo imposible, algo que no se explica con un aparato.  La resurrección tiene sentido desde el punto de vista explicado. Por eso E.T. resucitará sin más, porque la inocencia resucita con cada nacimiento, no hay más explicación. Un eterno retorno.
Peter Coyote se sincera con Elliot, el también lleva a E.T. de alguna forma, “he deseado esto desde los 10 años”, por ello se le concede que vea la despedida.

El vínculo entre E.T. y Elliot empieza a romperse, toda infancia acaba, E.T. muere pero Elliot debe seguir con su vida, por eso le pide a Elliot que se quede… deberá llevarle de otra forma. “Estaré aquí mismo”, frase que primero menciona Elliot y que E.T. acabará dando su sentido definitivo. Esta escena está subrayada con otra que puede pasar desapercibida pero que es de una sensibilidad y belleza enormes, Mike, solo, en el entorno donde escondían a E.T., rodeado de peluches, ahora vació sin su presencia, abatido y casi desarraigado intentando buscar cobijo y adoptando una pose fetal.
La planta muere y con ella nuestro amigo galáctico. Por supuesto a estas alturas el mundo adulto se ha quitado las caretas y todos los rostros antes evitados ahora se hacen totalmente presentes e individualizados.

Pero si la infancia es limitada su esencia y espíritu no lo son, limitada en cada individuo, pero eterna en verdad. Por ello E.T. ante la venida de sus compañeros resucitará, no podía ser de otra forma llegados a este punto. Una resurrección que provoca un gran subidón en el espectador y da inicio a la parte final, la escapada de los chavales que ayudados por su grupo de amigos llevará a E.T. hasta su nave. “Yo creeré en ti toda mi vida”, el uso del verbo “creer”, no es baladí.
Los recursos de Spielberg son casi ilimitados, su forma que hacer que Elliot se dé cuenta de la resurrección de E.T. y a la vez avisarnos unos segundos antes a nosotros los espectadores, demuestran la maestría de un autor excepcional. Un corazón que se ilumina antes de cerrar su sofisticado “ataúd” y la planta que renace, una vez más el uso excepcional de los objetos, que al verla Elliot entenderá qué ocurre. Además del uso del humor para reducir la tensión.
La trepidante escapada deja otros grandes momentos, como la habilidad con las bicis de los chavales, y una escena inolvidable, E.T. haciendo volar, no una, sino todas las bicis del grupo en un homenaje al final de esa obra maestra del neorrealismo mágico que es “Milagro en Milán” de Vittorio De Sica (1951). Toda la escena con grandes momentos de suspense y sacando partido a las situaciones como es normal en Spielberg. Sobre las novedades de la versión actualizada no hay nada que decir.

Toda la escapada además, y ya hasta el final de la película, tendrá un protagonista esencial. John Williams.
La escena final, de emotividad sin límite y desbordada, estirada hasta la extenuación y que sirvió a los más críticos para atizar a la película y tacharla de lacrimógena, es el final lógico a todo el entramado de la cinta. Evidentemente es muy lacrimógena, pero en absoluto es un inconveniente. Una preciosa despedida, como deben ser, menos para los que nos les gusten las despedidas. Además como buen recolector, E.T., se llevará la famosa planta, que acompaña toda la película y que sirve como metáfora y elemento narrativo. Extraordinarios detalles.
Es Elliot el que en esta ocasión pide a E.T. que se quede, pero E.T. no puede quedarse, la infancia no puede quedarse, sólo conservarse. “Estaré aquí mismo”.
 “Estaré aquí mismo”. Un canto a la fe, si bien la infancia no se puede eternizar, sí que se puede llevar su esencia dentro. Ese es el legado que E.T. le dejará a Elliot, una vez más, mediante un contacto con su dedo luminoso. Siempre será un niño, conservará ese niño que siempre somos y que nunca debemos perder.

El mensaje, que como Cristo, es de un personaje, que como comenté, bajó del cielo, transmitió una idea de pureza y amor, murió y resucitó, y ese mensaje será transmitido por los que le siguieron de forma incondicional.
El corazón de E.T. remite de nuevo a la religión, al corazón de Jesús, no en balde la película también es un canto a la fe, al creer en lo imposible, a la magia.


Todos los aspectos técnicos son impagables, dirección, guión (de Melissa Mathison), montaje, fotografía pero destacaremos a John Williams, uno de los compositores más reconocidos e indiscutibles, oscarizado en 5 ocasiones y nominado en, nada más y nada menos, que 45 (y lo que te rondaré morena). Esta es una de sus obras más conocidas, y eso que tiene muchísimas obras que los amantes y los no amantes al cine son capaces de tararear. Por supuesto uno de sus 5 Óscar fue en “E.T.”.
E.T.” es, sin duda, la película más personal de su autor, lo dejó todo de él en ella, la más sentida y emotiva, y que logró conectar con millones de espectadores de forma verdaderamente intensa. El divorcio de los padres del director y la búsqueda de una evasión en un amigo imaginario la inspiraron, una evasión que también intenta Elliot. Como curiosidad mencionaremos que el nombre de Elliot contiene en su primera y última letra el de E.T.

Hay pocas cosas más bonitas que la inocencia de un niño, que una infancia feliz, que podamos recordar esa infancia con cariño y poder reconocernos muchas veces en aquel niño que fuimos. “E.T.” habla de todo esto y de muchas otras cosas, como he comentado. Una película matriz que alberga otras muchas que vinieron después, muchas de ellas míticas (“Los Goonies”, “Cuenta conmigo”, la reciente “Super 8”…), pero ninguna a su altura. “E.T.” es la más profunda, abstracta, cohesionada, la que mejor expone sus ideas y une el entretenimiento con un profundo mensaje de fondo. La madre de todas las pelis para niños grandes y pequeños y de niños grandes y pequeños.
Guste  “E.T.” o no guste, espero que la mayoría de vosotros conservéis el niño que todos tenemos dentro.


Dedicada, una vez más, a Rikku, la crítica más especial.


Lee aquí la 1ª Parte del análisis.

Lee aquí la 2ª Parte del análisis.


viernes, 14 de octubre de 2011

Crítica: E.T. EL EXTRATERRESTRE (1982) -Parte 2/3-

STEVEN SPIELBERG






Los primeros minutos de la cinta son de estudio en las academias de cine, un ejemplo perfecto de narración cinematográfica, repleta de ritmo, intensidad y desarrollo de la historia, personajes y ambiente. Algo asombroso y perfecto.
Sin palabras, Spielberg, logra introducirnos, interesarnos, fascinarnos y envolvernos en la historia y los personajes, que nos identifiquemos con la situación del desamparado extraterrestre y con la amistad que empieza a surgir entre el niño y él.
Un plano del cielo, la cámara hace una panorámica vertical hacia abajo y se encadena con un plano de una nave especial, sin más divagaciones. Ahí tenemos a unos extraterrestres y ya nos tiene enganchados sin remisión. ¿Qué hacen?, ¿qué buscan?, ¿cómo son?... Uno de ellos, distraído, se pierde. Spielberg no se reserva nada, la estética del film es una maravilla, la fotografía, los sinuosos movimientos de cámara que acentúan esa fascinación del espectador, la neblina que envuelve la nave… Todo te engancha y no te suelta, como el que espía con interés algún mágico secreto. Además que todo esto ocurra de noche, con esa aura especial, mágica y misteriosa que tiene la noche, especialmente para un niño, hace que todo resulte aún más intenso. Esa forma de rodar repleta de misterio, cercana al cine de suspense o terror es la más adecuada para sugerir esa fascinación que tanto nombro y que suelen sentir los niños, especialmente, y no pocos adultos.
La noche, las luces de la nave contrastando con ésta, la neblina, el viento meciendo los árboles, extraterrestres recolectores y exploradores, el interior de la nave y su trabajo recopilando plantas, uno de ellos especialmente curioso, distraído y travieso, el mundo adulto que irrumpe amenazante o quizá salvador, no lo sabemos aún, su sentido está por definir aunque la forma de presentarlo resulta amenazante sin duda, una persecución y una huida apresurada. Un abandono. El espectador se siente enseguida solidario con ese ser que se queda solo y desamparado, que no parece amenazador pero sí amenazado. El grupo de humanos perseguidores es rodado, como se puede apreciar en la mayoría de planos, desde una altura baja, la de E.T., la de un niño, numerosos planos de la cintura y las llaves de Peter Coyote, que casi recuerdan a Campanilla, y un grupo sumido en sombras sin personalidad definida, sin rostros identificables, siempre ocultos, una masa colectiva sin individualidad. Siempre de espaldas, o en sombras. Spielberg nos muestra algunos de sus planos preferidos, muy imitados y que tienen su fuente en Welles, ese plano vacio en el que entra un objeto o persona, en estas primeras escenas los coches por ejemplo, algo eficacísimo, muy estético que crea esa tensión y ese sentido de amenaza, de violencia, de perversión a la tranquilidad, de los primeros minutos.
Entramos en la vida cotidiana de la clase media americana, un matrimonio separado y lo que ello puede afectar a los hijos que se evaden como buenamente pueden. Su retrato conciso y eficaz es otro ejemplo de narración ejemplar, retratando a los personajes, planteando las circunstancias con absoluta naturalidad y los conflictos. Como curiosidad la aparición de un nuevo adulto (en apariencia, ya que apenas se le ve) en forma de pizzero, una vez más de espaldas y en sombras que llega a traer la pizza que han pedido los chavales. Es en ese momento cuando se produce el primer acercamiento de E.T. a la familia, con un suspense y un juego expresionista de luces, como en la anterior escena, francamente maravillosos. Es en esta escena cuando Spielberg nos deja claro que sí hay un adulto que mostrará sin reservas. La madre. Los chavales y su juego, su petición de una pizza y demás vuelven a mostrar la facilidad con la que Spielberg se maneja con los chicos, su habilidad para retratarlos. El expresionismo comentado vuelve a mostrar el gusto y estilo clásico de Spielberg, que si ya hemos mencionado a Welles, podemos mencionar a Murnau y su Nosferatu, esa mano que se asoma en el cobertizo… Son muchísimos los momentos en los que Spielberg juega con las sombras y las luces. Una gozada visual.

Elliot a pesar del supuesto miedo ante lo desconocido, ante la posibilidad de que sea un coyote, se lanza a la aventura, como niño que es, algo le impulsa a ello. Su propio ser. Como no podía ser de otra forma el vínculo entre E.T. y Elliot (Henry Thomas) queda sellado, mediante M&Ms, casi un bautismo. Redundando en el aspecto, varias veces comentado, de la cámara situada de forma constante a la altura de los chavales introduciendo al espectador e identificándolo con el mundo infantil, cabe mencionar detalles de puesta en escena como la numerosa cantidad de planos donde los personajes, especialmente los chavales que se pasan casi la película entera en pantalla, miran hacia arriba. Un detalle más para mostrar la fascinación que se pretende transmitir y retratar, la sensación de estar inmerso en ese mundo infantil de cara asombrada y mirada alzada.
El encuentro en el maizal, el primer encuentro visual entre E.T. y Elliot, tiene un plano curioso. Elliot se asusta y con la mirada sigue el recorrido de E.T., esa mirada Spielberg no la sigue con un travelling o una panorámica sino con una sucesión de planos consecutivos con distintos posicionamientos de cámara, lo que logra magnificar la sorpresa y el encuentro en sí.
Más detalles de la maestría de Spielberg y su saber cinematográfico mamado de lo clásico está en el uso de objetos para crear suspense y sensaciones, una pelota que sale sola del cobertizo, unos columpios que se mueven tras el paso de E.T., al que no hemos visto, cubos de basura que caen, M&Ms… Sugerir en vez de mostrar. Todo sin apenas palabras.
El juego que se le saca a las bicicletas es excelente en todo momento, símbolo de la independencia juvenil que los niños de ciudad ven limitada pero que en pueblos y zonas residenciales en todo tiempo y lugar ha sido así. Retomaremos el tema. La primera aparición de la bicicleta nos deja otro plano muy querido de Spielberg, Elliot en su bicicleta desapareciendo poco a poco de plano en una cuesta. Habrá más parecidos a éste, por ejemplo la llegada de los científicos será presentada con ellos apareciendo poco a poco subiendo de una cuesta haciéndose visible la cabeza primero y luego el resto del cuerpo.
En una nueva reunión en la misma mesa de la cocina, esta vez con la familia únicamente presente y donde se desarrollan los conflictos familiares, nos enteramos de la separación y como afecta a la madre. También vemos y nos derretimos con las primeras apariciones de Drew Barrymore, seguramente la niña más rica que ha dado el cine. Quizá las drogas que se tomó, al gastarse el sueldo íntegro de esta película en ellas, la inspirase, pero no estoy seguro de si se las había tomado ya. En cualquier caso sólo por ella ya merecería la pena ver la cinta, y eso que hablamos de una obra maestra a todos los niveles, conceptuales, estéticos, de dirección…
Tras esta escena toca recoger los frutos de la recolección y el haber llenado de M&Ms las cercanías en su excursión en bicicleta. Como en el flautista de Hamelin o en Pulgarcito, E.T. se atreverá a hacer contacto con Elliot (Henry Thomas). De forma sutil nos queda claro que las anteriores escenas eran en fin de semana. E.T. siguiendo a Elliot, despacio, a ras de suelo casi, con más planos de los queridos por Spielberg como ese travelling hacia Elliot cuando ve a E.T. de frente. Una vez tenemos a E.T. en la habitación de Elliot, y como antecedente del vínculo que tendrán, el extraterrestre comienza a imitar todo lo que hace el chaval, nos damos cuenta que han pasado 20 magistrales minutos de puro cine. La forma en que Spielberg va preparando al espectador para presentar a E.T. definitivamente es también de estudio en escuelas cinematográficas. Poco a poco, creando todo el misterio y suspense del mundo, haciendo que deseemos verlo de una vez. Elliot se queda dormido, casi hipnotizado por el extraterrestre y Spielberg nos deja una vez más un ejemplo soberbio de dirección, cambiando el tono y haciéndonos sentir el sopor de ambos, la tranquilidad y la relajación, con planos aparentemente descuidados donde la cámara parece no poder sostenerse detrás de Elliot y nos deja ver cada vez menos de nuestro galáctico protagonista.
Por supuesto ocasionalmente no se nos hará olvidar la amenaza adulta, con más planos en tinieblas, abstractos, de esa masa de personas y de la cintura de Peter Coyote.
Momentos aparentemente intrascendentes pero que son la base de todo lo que comento. Chavales inflando la temperatura del termómetro para faltar a clase, ya pasó el fin de semana, chavales conduciendo el coche brevemente para que la madre salga hacia su trabajo. Chavales guardando un secreto.
A nivel estético ya hemos destacado el juego de sombras y luces, una vez más mostrados en la habitación de Elliot con esas luces que entran a través de las ventanas medio cerradas, pero también es obligado destacar el partido que le saca al sol, a los atardeceres y a los colores anaranjados.
En la escena mencionada en la soledad de la habitación de Elliot la magia resurge, la transmisión de conocimiento, la necesidad de conectar con el otro, el atiborramiento de información (con homenajes a Star Wars en los muñecos de Elliot), el interés de E.T. aunque se entere de poco, la esencia de la cultura que está en la curiosidad.
Henry Thomas en esa escena, como durante toda la película, está asombroso, es impresionante la calidad interpretativa de los niños USA. Viendo lo que se cuece por aquí más aún. Todos están magníficos.
Cuando Elliot va a traer comida Spielberg sigue introduciendo de manera paulatina el vínculo entre los dos personajes, con el susto de E.T. al abrir el paraguas, manteniendo además su rigor en la puesta en escena enseñándonos con objetos, el paraguas que se mueve, peluches revueltos, las consecuencias del mencionado susto.
La llegada de Mike (Robert MacNaughton) es un nuevo ejemplo de cómo Spielberg omite el mundo adulto, una cámara baja lo enfoca según llega a casa y en medio vemos pasar a multitud de chavales jugueteando. Ni rastro de adultos. Michael será introducido de inmediato en el secreto de Elliot. Como Gertie (Drew Barrymore).
Varios planos subrayan el aislamiento de ese mundo adulto. En el descubrimiento de E.T. por parte de Michael y Gertie, la madre aparece tras el armario enrejado, dentro, repleto de peluches, los hermanos de Elliot contemplan fascinados al extraterrestre. Un extraterrestre que varias veces aparece fundido con los peluches, como uno de ellos, en ese universo infantil.

Los mayores no pueden verlo. Sólo los niños pequeños pueden verlo.”
Con el avance de la acción vemos a los investigadores, un foco entra en plano, la cámara a baja altura y las llaves de Peter Coyote, otro magistral uso de los objetos, con presencia preeminente.
La planta, que acabará siendo simbólica, es otro objeto que adquiere personalidad propia. Ella simbolizará el estado de E.T., de la infancia y la pureza. No en balde E.T. es como un agricultor galáctico.




Dedicada a Rikku, a la que espero le guste tanto o más que la primera.