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martes, 10 de noviembre de 2015

Crítica: CON LAS HORAS CONTADAS (1950) -Última Parte-

RUDOLPH MATÉ










Es evidente que al pobre Frank se le irán los ojos y los pies en esa infernal pero tentadora San Francisco. Jazz, la música del demonio, rumbas, extraños fiesteros de la habitación de al lado que lían a nuestro protagonista para que se sume a la celebración, tugurios para el desenfreno y la orgía musical, esposas provocativas, maridos celosos… asesinos.


En dicho garito se presentará a otro misterioso personaje de espaldas, como se hizo con el protagonista en la primera escena, que casi compartirá espacio, espalda con espalda, precisamente, con él. Un hombre misterioso con abrigo largo y bufanda que envenenará la bebida de nuestro protagonista. El truco, la forma de hacerlo, resulta poco conseguida, algo tramposa.


El malestar con que se levanta Frank al día siguiente hará cambiar toda la historia y el tono de la cinta, que se convierte en una pesadilla nada complaciente a los 25 minutos de metraje. Malestar, sueño, inquietud, dolor, visita al médico… Los elementos intrigantes y hábiles desde la puesta en escena no cesan, generando una extrañísima ambigüedad donde no acabamos de creerlo todo real debido al tono desenfadado del inicio. Un ejemplo lo tenemos en las extrañadas miradas inquisitivas de la enfermera en el hospital que atiende a Frank, como si le conociera de algo… Le han envenenado, le queda, a lo sumo, una semana de vida. Un veneno irreversible y mortal que hizo su efecto por la tardanza en ir al médico, recordemos que se durmió tras la noche de juerga.





El segundo doctor al que visita, y que ya hace dudar de que todo sea un engaño, parece más bien un “segurata” de discoteca que otra cosa. Lo cierto es que atienden rápido los médicos en San Francisco.

“Creo que no lo entiende, señor Bigelow. Le han asesinado”.



Este viaje que entra en la pesadilla y que parece coquetear con la fábula moral, deja momentos líricos muy interesantes en su naturalidad. En su desesperada huida hacia ninguna parte tras el diagnóstico de los médicos, Frank se encontrará con una niña que juega con su pelota y la madre de ésta… Se quedará mirándola fijamente, y a una pareja de enamorados... De esta forma tan maravillosamente sutil, Maté retrata los anhelos de Frank en ese momento, como si asumiera lo verdaderamente importante en su vida, lo que de verdad desea…. Vivir para tener una hija con Paula. Los subrayados de la voz over sobran.




A partir de ese momento la película entra en el terreno del cine negro, donde Frank se convierte en un detective que rastrea el camino para averiguar cómo se ha llegado a eso, para descubrir un asesinato, con la particularidad de que es el suyo propio. Un cine negro con uno de sus elementos más clásicos tratado de forma excepcional, asfixiante y agobiante: la fatalidad. La fatalidad de un hombre que se sabe muerto y cuya única motivación es la venganza antes de la muerte.

Frank irá pasando por todos los lugares de la noche anterior interrogando gente que le irán descubriendo una turbia trama. Todos parecen haber desaparecido.

Los más cinéfilos disfrutarán de un decorado mítico en esta película, el edificio Bradbury, que aparecerá en varias ocasiones y será testigo del clímax. Es el edificio que también fue testigo de otro clímax, uno legendario de una de las mejores películas de la historia, el de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982). Un vuelo exprés a Los Ángeles.


Como un detective privado intentará sonsacar y seguir el rastro del difunto que intentó ponerse en contacto con él, ya que Frank se ocupó de algunos de sus asuntos. Reacciones extrañas como las de la secretaria de Halliday; entrevistas, como al propio Halliday (William Ching), al que veremos en plano de superioridad ante Frank; información sobre la muerte de Philips, el hombre que trató de localizarle y murió, un suicidio lanzándose por la ventana; la viuda de Philips sin respuestas y el inquisitivo hermano; un tal Renals que pretende hacer desaparecer las escrituras del trato con Philips que guardaba Frank; secretarias mentirosas y cínicas retratadas ante espejos para resaltar su falsedad, lascivas amiguitas del difunto compinchadas con el tal Renals… Frank no tendrá aparentes respuestas pero ciertos detalles le servirán de pista cuando su adorada Paula dé nuevo impulso a su investigación. Un derroche de personajes y un sucio mundo oculto que Frank irá escarbando para encontrar a su asesino. La aparente frivolidad y ligereza tornando en perversa maldad conforme avanzamos en la investigación junto a nuestro protagonista.


El papel de la mujer de Philips es interesante, aunque sale poco. Una dama negra sofisticada y elegante, pero mala actriz. Frank, que agudiza los sentidos ante la inminencia de su muerte, captará todos los matices de la perversidad que le rodea, grandes detalles de guión, como que dicha viuda no muestre curiosidad por cómo averiguó que existía una escritura.









Es comprensible la actitud chulesca de Frank, aunque a veces se excede y llega a ser un tanto desagradable. Una falta de tacto alarmante, actuando como si estuviera solo. Hay un momento al final de la cinta donde se monta en un autobús y al sentarse golpea a la señora que está a su lado sin miramientos… Tosco, falta de tacto y de clase. En su chulesco transitar, Frank siempre tendrá una última frase que llevarse a la boca, una última reflexión, justo cuando se va a ir de cada habitación que visita en sus entrevistas. Del mismo modo, varias de las mujeres con las que se entrevista tendrán reacciones que Maté nos enseña tras irse Frank: angustia en la viuda ante las dudas de nuestro aspirante a detective, y la extraña sonrisilla de la amante de Renals. Si Frank Bigelow no dice la última palabra revienta. Todo lo dicharachero que es con los demás no lo era con Paula.




Una de las escenas más brillantes desde el punto de vista visual la tenemos con el tiroteo en el almacén a la salida del fotógrafo donde Frank descubre que la foto que lleva no es de Renals, sino de un tal Rakubian, mismo apellido de la amante de Philips. Travellings, brillantes panorámicas, ruidos, juego con las alturas... una excelente y contundente escena de tiroteo con Frank persiguiendo al pistolero sin rostro que esperaba para matarle y que dejará una oportuna pista en forma de caja de cerillas.



El encuentro entre Frank y Majak descubre nuevas sorpresas: la presencia de la amiguita de Philips y que Rakubian lleva 5 meses muerto, nada más y nada menos. Sabiendo esto, Frank debe desaparecer.




La secuencia que sigue a la reunión de Frank con el mafioso Majak (Luther Adler) -la condena donde el esbirro Chester (Neville Brand), que habla en tercera persona de sí mismo y es bastante cortico, tiene el encargo de ejecutar a nuestro protagonista-, está dividida en dos partes y resulta irregular. El viaje en coche es una torpeza de puesta en escena o estupidez del asesino, con un plan bastante poco preparado donde conduce el propio Chester, con la dificultad logística para controlar a su víctima que esto plantea… Por supuesto Frank no tardará en huir y la escena en la tienda donde se resuelve este conflicto sí resulta muy notable. Chester encontrará la muerte. Es decir, uno de los momentos más mediocres de la cinta rubricado con uno de los más aceptables. Planos subjetivos, uso de las sombras, brillantes travellings… Una escena francamente bien rodada. La escena del coche está rodada en plano frontal con los dos personajes en cuadro, que pasa a primeros planos individuales separándolos cuando Chester comience su retahíla de amenazas.

El eficaz Frank Bigelow descubrirá las relaciones ocultas, la de la secretaria con Stanley (Henry Hart), el hermano de la víctima, que también ha sido envenenado como Frank pero tiene tiempo de salvarse, y al responsable de todo, Halliday (William Ching), el socio de Philips y amante de su mujer, con el que acabará en el edificio Bradbury, como Dios manda, y al que veremos con su abrigo y bufanda para que reconozcamos en él al envenenador y asesino.




Un clímax con brillantes persecuciones, como la del coche al autobús donde se refugia Frank, gran juego de segundos planos para generar suspense con los villanos y el seguimiento del coche a dicho autobús, y algún truco de guión, como la oportuna aparición del policía en la parada para salvar a nuestro protagonista.

La conclusión, de vuelta del flashback, no puede ser más fría y seca, impacta, con la muerte repentina de Frank y el informe sentenciador de la policía. “Ingresó cadáver” (como el título original: D.O.A). Se nos explicará en los títulos de crédito que el veneno utilizado en la película es real y causó víctimas.


Un excelente thriller que maneja muy bien sus elementos, sublima sus virtudes y sorprende siempre, con una narración trepidante y sin concesiones una vez termina la fase de planteamiento a los 25 minutos. Muy recomendable.







sábado, 19 de mayo de 2012

Crítica: CAZADOR DE FORAJIDOS (1957) -Última Parte-

ANTHONY MANN










El doctor (John McIntire), es el representante de la bondad y la sensatez. Tendrá una escena con la pareja de novios enfadados, Perkins y Mary Webster, que interpreta a Millie Parker, donde veremos un ejemplo de lo mencionado. Una sutil y perfecta dirección donde se usarán los planos medios cogiendo a dos personajes, los primeros planos para resaltar un sentimiento o mostrar la importancia preponderante de un personaje sobre el resto, según de lo que se hable, o bien planos generales cuando el tema vincule a los tres. Todo en tono de comedia y mostrando una sutileza extraordinaria, como en ese momento donde el médico recordará un mordisco que Ben le dio cuando era un niño y ella sonreirá un momento, con un termómetro en la boca, de forma casi inapreciable en un plano general donde se incluye a los tres personajes. Ejemplo perfecto de maestría en el encuadre, el lenguaje cinematográfico y la dirección de actores.


La responsabilidad, la vocación, la obligación… son temas presentes en el desarrollo de la historia y la evolución de los personajes de Morgan y Ben, uno se mantendrá firme en su deber y responsabilidad aprendiendo todo lo que no sabe, y el otro enseñará todo lo que pueda dejando de huir y de esconderse, asumiendo la responsabilidad y el deber como le muestra su alumno.

Otro rasgo estilístico muy presente en la cinta son los encuadres dentro de encuadres que realiza Mann para retratar la llegada de un personaje a un recinto concreto. Veremos el marco de la ventana con el personaje dirigiéndose a nosotros o sin apreciarse el marco, para luego hacer un travelling de retroceso y mostrarnos el lugar donde se desarrollará la escena. Así crea tensión y expectativa ante lo que va a acontecer, tomando el punto de vista de alguien más del pueblo, como en el mencionado plano inicial.


De hecho, comentado esto, hay que reseñar la cantidad de planos que rueda Mann donde alguien llega o viene hacia nosotros o la cámara. Otro ejemplo lo tendremos en el plano de una espuela mientras vemos como se acerca el carromato del doctor, la espuela de nada más y nada menos que Lee Van Cleef. Mann sólo moverá la cámara cuando sea preciso.

La mirada es otro elemento importante de la cinta. Fonda mira constantemente y enseñará a observar a su alumno, como cuando le impide intervenir en una pelea porque los contendientes no llevan armas.


La película abandona a nuestros protagonistas para seguir durante un tiempo al doctor, que cobra todo el protagonismo. Mann jugará una vez más con los contrastes, de un parto y el nacimiento de un bebé el médico pasará a tratar a un herido de muerte por un disparo. De dirigirse a su fiesta de cumpleaños a encontrarse con la muerte por el camino en una magistral escena. Una de las más brillantes de la película.




Llegados a este suceso la acción se desboca, persecuciones, tiroteos, peleas… Desde pequeño, cuando veía alguna película del oeste, siempre me fascinaron los tiroteos entre las rocas, cómo se escondían los contendientes, el sonido de las balas al rebotar con las piedras, los trucos para coger desprevenido al oponente, el polvo, la arena, el arrastrarse por el suelo, la puntería, los rifles, las pistolas, el vencedor, el vencido… Aquí tenemos un gran tiroteo de este tipo.


Los temas se suceden con naturalidad, la ingenuidad, el idealismo, la ley... la forma de confrontar todos estos aspectos de la manera más adecuada se muestra con las decisiones y actos de los personajes, especialmente el del sheriff interpretado por Anthony Perkins.


Anthony Mann siempre da más. Cuando parece que nos va a ofrecer un western notable sobre el aprendizaje, la ingenuidad, la responsabilidad, el maestro que aprende y el alumno que enseña, sobre la madurez, abandonar y superar los miedos, los complejos y los prejuicios, sobre la vida y la muerte, la relación de mentor y alumno… la película torna en la parte final a una aguda reflexión sobre el conflicto entre Ley y Justicia. Sobre este tema siempre recomendaré “Sed de mal” (Orson Welles, 1958).


Los culpables del asesinato del doctor deben cumplir una pena, un castigo, pero la jauría social quiere saltarse cualquier tipo de derecho en aras de esa justicia a lo que se opondrá el sheriff que quiere defender la Ley. La ley y la justicia no tienen por qué coincidir, y a menudo no coinciden, pero Mann nos muestra la importancia de las reglas, de lo normativo para un mejor proceder y buscar el segundo y más importante de los conceptos, la justicia. Sin el mínimo procedimiento la justicia queda al libre albedrío y expuesta al abuso, lo gratuito y la manipulación, eso sin contar con derechos humanos imprescindibles. Los asesinos son culpables, nadie lo duda, pero es pasando por el filtro de las reglas que nosotros mismos nos damos, aunque parezcan algo meramente burocrático, cuando se da el verdadero valor a la justicia y sobre todo a la vida de las personas. Un respeto necesario a las instituciones por la sociedad, unas instituciones que deben cumplir su función aunque contradigan a la variable mayoría. La defensa de la ley que hará el personaje de Perkins será lo que haga rectificar su postura al que interpreta Fonda. Cuando ve que Ben va a enfrentarse a todo el pueblo, Morgan se pondrá la estrella de sheriff que ha estado rechazando continuamente ante la insistencia del joven.



Los héroes solitarios son personajes comunes en las películas de Mann, aquí la soledad también es un tema importante, la soledad voluntaria, provocada por los tormentos pasados, los miedos, prejuicios, complejos… pero también la soledad sobrevenida por la defensa de tus principios, de tu responsabilidad, por tu propia valentía ante lo injusto, por defender la ley… Son las soledades de Ben y Morgan en distintos momentos de la película.




El silencio de la espera. La mirada.

El destino impulsa al personaje de Fonda, siempre que se va a ir sucede algo que se lo impide o le llama la atención. El destino y esa esperanza oculta e interna, comentada, que le hace ayudar al sheriff en su cruzada a favor de la ley. Cuando se va a ir, una vez a cobrado lo que le corresponde, llegará un carromato con un muerto que le frenará en seco.





En la escena que sucede a la tensa espera silenciosa mencionada, Ben se enfrentará a Bart y todo el pueblo que lo acompaña, es en ese momento cuando Morgan aparecerá con su estrella de sheriff al pecho (a la que hace referencia el título original). Cuando Ben mate a Bart, Morgan se mirará, con una sonrisa, precisamente esa estrella que tanto rechazó. El viaje de madurez de los dos protagonistas ha concluido.

“Lo único necesario para que el mal triunfe es que los hombre buenos no hagan nada”. Edmund Burke.

Es ahora, una vez finalizado todo este proceso de madurez, cuando Kip, el niño, liberará a las palomas, que acaban siendo el símbolo de libertad mencionado con anterioridad.

Los personajes son en muchos casos estereotipos, pero estereotipos muy bien desarrollados y matizados, hasta el punto de que en algunos casos los trascienden. En este sentido ya hemos mencionado lo que representa Ben Owens, en cambio Morgan es un personaje mucho más complejo y matizado.

Al final de la cinta se han forjado familias, no sólo Ben se ha reconciliado, de manera algo apresurada ya que no se nos muestra cómo sucedió, con su novia, sino que Morgan se irá con esa madre y su hijo que le acogieron en su casa.


Aquí, en el plano final, Mann vuelve a demostrar su maestría cerrando de forma circular su película, haciendo un plano exacto al inicial pero de forma invertida. Ahora el travelling no sale curioso de un porche para ver la llegada de un forastero, sino que abandona a ese forastero que llegó al comienzo para refugiarse en el porche del cual salió como un ciudadano relajado y satisfecho con la situación en la que han quedado las cosas.

Un plano que vuelve a jugar con los contrastes, no sólo por la contraria dirección y sentido mencionado del travelling, sino por los elementos que lo componen, de la inquietud a la relajación, del solitario que llega a la familia que se va…

Dudley Nichols, habitual de John Ford, es el guionista.

Otra excepcional película de Mann, que nos habla de la integridad moral, la ley, la justicia y todos los temas mencionados de forma maestra, sencilla, como si no costara, con una dirección depurada y precisa, como el maestro que es, y que merece todo el reconocimiento que se le pueda dar.



Dedicada a Rojo4, con el que siempre es un placer hablar y que además tiene un blog extraordinario, aprovechad y pinchad. http://rojo4.wordpress.com/