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viernes, 12 de junio de 2015

Crítica: LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS (2004)

FRANK CORACI














La sensacional novela de aventuras de Julio Verne tiene un evidente potencial cinematográfico gracias a que su historia es apasionante. Por mediocre que sea la adaptación, como es el caso que nos ocupa, siempre habrá ideas y momentos disfrutables por su propia esencia, por la calidad del referente literario.

El teatro, la radio, la televisión y, por supuesto, el cine, han adaptado la obra de Verne publicada en 1871. Repasando un poco las películas que se sumergieron en las aventuras de Phileas Fogg y su ayudante Jean Passepartout tenemos títulos de todas las épocas. "Die Reise um die Erde in 80 Tagen" (Richard Oswald, 1919); “La vuelta al mundo en 80 días” (Michael Anderson, 1956); "La vuelta al mundo en ochenta días" (Lode Verstraete, 1957); "La vuelta al mundo con Bolek y Lolek" (Wladyslaw Nehrebecki, 1977); las cintas de animación “La vuelta al mundo en 80 días” (Geoff Collins, 1988), "La vuelta al mundo en 80 días" (Joe Mills, 1991) y "La vuelta al mundo en 80 días" (Henri Heidsieck, 2001)… Conste que muchas de las que cito no las he visto y ni siquiera las conocía. Esta que nos ocupa, dirigida en 2004 por Frank Coraci, es la última hasta el momento.


Además podemos añadir la miniserie para televisión protagonizada por Pierce Brosnan en 1989, “La vuelta al mundo en 80 días” (Buzz Kulik), y la mítica serie de nuestra infancia, por la que siento devoción, “La vuelta al mundo de Willy Fogg” de 1983, entre otras muchas.

También hay infinidad de series y películas inspiradas en la novela de forma más indirecta, cogiendo la idea básica, una vuelta al mundo, pero usándola de las más distintas maneras…


Esta adaptación parece querer aglutinar todo lo anterior, mezclando la esencia de los dibujos animados con la locura surrealista aventurera. El resultado es pasable para el púbico infantil menos exigente y bastante pobre para el resto. Escenas de acción abundantes, algo nada extraño siendo una cinta de aventuras que deja mucho margen para ello, y para mayor gloria de Jackie Chan, para que pueda dar rienda suelta a sus habilidades, algo más ridículo y gratuito. Al final todo queda reducido a peleas de Jackie Chan mientras el resto mira y hace comentarios de las mejores jugadas, a veces intentando ser divertidos…


La escena de presentación, con ese Passepartout delincuente, volador y ágil y el Fogg inventor y excéntrico, con humor blanco y sencillo, acción surrealista, toque de cómic y dibujos animados… define el tono, los caracteres de los personajes y lo que serán sus relaciones. Todo tiene un tono paródico, una comedia de aventuras infantil que poco tiene que ver con el original de Verne. Las perspectivas no son muy altas a la conclusión de dicha escena, hay que reconocerlo…




Licencias, como los innumerables artilugios y trucos al estilo MacGyver que saca a relucir Fogg en esta película, quiero suponer que son un guiño a Verne y su pasión por la ciencia ficción.

Más acción, planos supuestamente divertidos, como el cartel de la bombilla sobre Chan, que abusa de la sonrisa falsa durante todo el metraje, y el sonido de un timbre de bicicleta para escenificar una ocurrencia que posibilite al personaje huir de unos villanos con muy malas pulgas que lo persiguen, así él podrá exhibir sus habilidades, ya sabéis, artes marciales con el uso de objetos y todo elemento del decorado de forma divertida para deshacerse de sus enemigos e integrado con el entorno en cuestión, en este caso mientras pelean acaban dibujando cuadros...

Habrá bromas culturales constantes durante la narración, al menos durante este inicio, con menciones a Edison, Vincent van Gogh, Cassius Marcellus Coolidge y sus cuadros de perros jugando al póker, Toulouse Lautrec, el impresionismo de Degas, Monet… En una exposición conoceremos a la chica de la función, Monique La Roche (Cécile De France). Lo cierto es que la relación entre Monique y Phileas Fogg tiene su punto entrañable.

La secuencia continuará con la huida en globo, con más saltos y ocurrencias humorísticas… en teoría.



Hilarantes cameos, Schwarzenegger, su imposible peinado y la escena de la evasión, que es tan tonta como simpática, con esa estatua estilo “El pensador” de Rodin con la figura de Schwarzenegger; Luke Wilson, Owen Wilson; Kathy Bates; John Cleese





Más peleas y huidas en la India, luego en China, San Francisco y la Estatua de la Libertad… una reiteración que puede resultar tediosa si no te divierten dichas peleas.


La broma con el estornudo y el hombre que sale de la nariz de la Estatua de la Libertad, recuerda a una que se barajó en el clímax de “Con la muerte en los talones” (Alfred Hitchcock, 1959), donde Cary Grant e Eva Marie Saint se esconderían en la nariz del presidente Lincoln y un estornudo los delataría.





Así se llegará a un clímax volador y decepcionante donde la Reina Kathy Bates pondrá un poco de orden y declarará a Fogg vencedor de la apuesta.

Steve Coogan interpreta a Fogg, mientras que Jackie Chan interpreta a Passepartout. Ambos cumplen sin alardes. Cécile De France resulta encantadora.

No todo es malo, las relaciones son simpáticas y las infantiles ocurrencias se pueden disfrutar si uno no se pone exigente y olvida la mayor parte de la obra original. Si logras abstraerte del recuerdo del original y de adaptaciones más aceptables, así como aceptar el tono y concepción de la propuesta, la película tiene sus ocurrencias y gracias que sirven para pasar el rato, pero claro, quizá se te haya ido la fuerza intentando olvidar y aceptar demasiadas cosas como para lograr disfrutarlas finalmente…


Si no logras olvidar y abstraerte y te tomas la película en serio tu irritación puede llegar a ser incontenible, ya que ni siquiera la personalidad de los personajes tiene que ver con el original, una desvirtuación total, aunque no siempre infiel.




Al final esta cinta infantil debe verse más como una parodia que como otra cosa, y como tal, desde luego, tampoco es gran cosa. Poco queda de la novela de Verne, salvo ciertos aspectos obligados de la historia, lo demás es una sucesión de gags y peleas de Chan. Un humor blanco, simpático en ocasiones, y un buen derroche de medios para una cinta infantil que solo busca entretener. En cierta medida consigue esto último, pero evidentemente no hay mucho más, tampoco lo pretende.

El consejo es que es mejor no perder el tiempo viendo esta adaptación, salvo por mera curiosidad o vicio cinéfilo, si no eres un niño y si no has disfrutado antes de la novela original o alguna de sus adaptaciones más potables, por ejemplo la de 1956 con David Niven de protagonista, pero si lo haces ya sabes qué reglas debes cumplir para pasar el trance lo mejor posible.






lunes, 28 de noviembre de 2011

Crítica: MIDNIGHT IN PARIS (2011)

WOODY ALLEN






En la gran mayoría de las películas de Woody Allen se engloba el universo completo del cineasta, se le acusa siempre de hacer lo mismo por esta misma razón, aunque sus reflexiones tienen distintas capas y puntos de vista, centrándose en cada una de sus muy variadas obsesiones según le interese una u otra para el tema de su cinta en cuestión. Así, el sexo, el amor, las relaciones de pareja desde todos los puntos de vista posible, el matrimonio, Dios, el psicoanálisis, la neurosis, los psiquiatras, la muerte, la intelectualidad, especialmente para reírse de ella, Nueva York, el romanticismo, el humor, la nostalgia… formarán parte de la práctica totalidad de sus cintas en mayor o menor medida, con una mayor o menor profundidad. Aparte de este hecho existe otro grupo de cintas que aunque mantengan estos temas de fondo incluyen o añaden un romanticismo más acentuado si cabe, suelen ser las películas donde reflexiona sobre la naturaleza de la realidad, sobre su confrontación con la ficción o la imaginación.

Este tema nos ha dado muchísimos títulos brillantes o reseñables donde Allen crea universos paralelos o que se funden con el supuestamente real, ya sean fantásticos o que hagan perder la noción de esa realidad cotidiana a los personajes.  “Recuerdos” (1980), con ese cineasta que se refugia en sí mismo, “Zelig” (1983), y ese hombre camaleón en un falso documental, “La rosa púrpura del Cairo” (1985), paradigma de lo comentado con los actores saliendo literalmente de la pantalla para interrelacionarse con los espectadores, “Días de radio” (1987), donde la radio ejerce de evasión de la cuestionada realidad, “Misterioso asesinato en Manhattan” (1993), donde como en otras ocasiones, un hecho inusual sirve como evasión y sustitutivo de la insulsa vida cotidiana, “Balas sobre Broadway” (1995), el mundo del teatro sirve para el contraste mencionado en esta obra maestra absoluta, “Poderosa afrodita” (1995), y los momentos y recursos narrativos que recrean las tragedias griegas, “Todos dicen I love you” (1996), y el propio artificio del musical y la película en sí, “Desmontando a Harry” (1997), y la orgía metalingüística que ejemplifica a la perfección lo comentado en otra obra maestra total, “Celebrity” (1998), y la fama como evasivo… Sin contar con las cintas donde se recrea otro entorno histórico acentuando su lado artificial.
Gil es un guionista de Hollywood que se lanza a lo que él considera la literatura de verdad, deja aparcado su trabajo para escribir un libro sobra una tienda de nostalgia. Es romántico y sueña con vivir en el París de los años 20, una época que le fascina. Una noche, paseando distraídamente por París su sueño se convertirá en realidad.
Esta “Medianoche en París” entra de lleno en este grupo que cuestiona la vigencia de la realidad, la necesidad de no perderla de vista pero a la vez asumir lo caleidoscópica que es y que, por tanto, fundiendo todo en un mismo plano asumir que su concepto, tal y como está establecido, no tiene el más mínimo sentido.

Aquí, al llegar la medianoche y estar en un lugar fijo de un París casi mágico, o mágico de hecho, el personaje logra ir al pasado, justo a la época que mitifica, para reflexionar sobre que supondría que, como a Cenicienta, se cumplieran tus deseos, en este caso la posibilidad de vivir en una época pasada que se idealiza, reflexionar sobre ese idealismo que se hace del pasado para despreciar nuestro presente, algo que más que cierto puede ser una forma de escape o justificación. De hecho uno de los mejores detalles de guión es la mágica mirada que Allen pone sobre París y que es la causa de los viajes en el tiempo, no hay máquinas raras y elaboradas teorías espacio-temporales, no hay ciencia ficción, sólo magia, un lugar concreto y una hora determinada.

Si bien esta reflexión sobre el pasado no es exactamente nueva, si lo es que se centre de forma principal una película de Allen en ella, es su novedad y que en cierta medida se aleja de los aspectos más románticos de otras ocasiones, aunque sólo de manera fingida. Pierde esta encantadora cinta, como muchas de las últimas de Allen, en que la verbalización no busca la  brillantez en la exposición sino que recurre de forma simplista, tonta, a una explicación de algo que se entiende, como si Allen sintiera la necesidad de explicar la “moraleja” de su película, en este caso en la última conversación entre el personaje de Owen Wilson y Marion Cotillard.
Por tanto Allen se centra y reflexiona sobre temas no tan manidos en su filmografía. Esto por supuesto, no supone que en la película no estén presentes la gran mayoría de sus obsesiones, que como es lógico en cualquier autor, siempre estarán presentes de una forma u otra.
Sí, efectivamente habrá una infidelidad, recurso muy manido y previsible, para hacer más sencilla la decisión final de Owen Wilson con respecto a su pareja (que es insoportable), menos traumática. Muy simplista.

En el inicio Allen se ríe, como es costumbre en él, de la pedante intelectualidad, antes neoyorkina, ahora de cualquier lado, de la pedantería en general, aunque también es cierto que el protagonista recurre a ella en ocasiones. Además acaba asumiendo de cierta manera las tesis de ese pedante profesor que los acompaña.

El genio neoyorquino ha tenido desde finales de los 70 hasta finales de los 90, dos décadas absolutamente memorables, con un número asombroso de obras maestras indiscutibles y las que no lo eran, desde luego, eran títulos más que notables. Desde 2000 si bien no puede decirse que esté en declive, ya que en su filmografía todavía salpica buenos títulos y alguno maestro, la cosa deja que desear de forma alarmante con más de una película infumable.
Las tesis de Allen con respecto al conflicto realidad-ficción son contradictorias en apariencia en sus distintas películas, entiéndase la ficción como arte, sueños, imaginación… un mundo que no es el cotidiano, así si en “Desmontando a Harry”, y muchas otras, cede al mundo de ficción, asume y defiende el carácter caleidoscópico de la realidad, en esta que nos ocupa es más conservador, pero repito, en apariencia. En “Medianoche en París”, el protagonista no cede a vivir su vida completamente en la ficción, pero Allen no lo pone por encima del personaje de Cotillard, que sí decide hacerlo, Allen por tanto defiende que esas dos opciones son viables, siempre y cuando no se ceda por completo y en exclusiva al mundo cotidiano. El personaje de Owen Wilson comprende o cree al final de la película que debe vivir en el presente, porque la nostalgia de un pasado que no es el suyo puede estar sobrevalorada, pero jamás y en ningún caso cederá a sus sueños, idealismo y principios, aunque sea en el presente, así se quedará en París y elegirá a la chica a la que le gusta andar por la ciudad bajo la lluvia sin paraguas. Allen respeta a Wilson porque se mantiene fiel a sí mismo en esencia. Un romanticismo exacerbado.

También hay mucha nostalgia yendo de la mano con cintas como “Días de radio” o “La rosa púrpura del Cairo”.
Por tanto hay que concluir que lo que no admite bajo ningún concepto Allen es la elección “realista” de forma radical, defiende y comprende la de ficción pero desprecia la que renuncia al arte, la imaginación, los sueños, porque entiende que renunciar a ella es vivir limitado, estar perdiéndose más de la mitad de lo que ofrece la vida. No olvidemos el cruel final que le dio a la protagonista de “La rosa púrpura del Cairo” por renunciar al personaje a favor del actor…
Woody Allen es un auténtico romántico vestido de cínico que en “Medianoche en París” se quedó desnudo.
En las películas de Allen sus personajes tiene una verborrea incontrolada, no paran de hablar y este rasgo de autor, tan característico y apreciado por los seguidores del director neoyorkino, era uno de los más brillante porque sus diálogos eran sublimes, ágiles, divertidos, ingeniosos. De alguna forma aunque sus personajes siguen hablando como locos Allen parece sumido en cierta inseguridad, dando la sensación de que tiene que explicar las películas a niños pequeños por si acaso no pillan la moraleja, a este respecto valen como ejemplos muchos de sus diálogos en las últimas cintas o la última conversación que mantienen el personaje de Owen Wilson y Marion Cotillard, como comenté, que acaba resultando de un simplismo que te hace negar con la cabeza con gesto de circunstancias. Por otro lado es un buen detalle que uno de los personajes no asuma las tesis realistas de forma radical, como es el de Marion Cotillard.

El estilo de la dirección mantiene la línea depurada de la última década recuperando los diálogos en off al pasar los personajes a una habitación distinta de donde Allen mantiene la cámara y demás rasgos definitorios de su estilo. Planos-secuencia sublimes que son un caramelo para sus intérpretes.

El tema de los viajes en el tiempo ha dado numerosísimas películas. “Regreso al futuro” de Robert Zemeckis, "Peggy Sue se casó" de Coppola (1986), Los “Terminator”, la reciente “Código Fuente” de Duncan Jones (2011), “12 monos” de Terry Gilliam (1995), “Donnie Darko” de Richard Kelly (2001), las obsesiones de J. J Abrams… e infinidad más desde múltiples puntos de vista.
Desde luego Allen no puede evitar dejar su puya política, un impulso incontrolable que da cierta risa al mezclar al romántico protagonista con sus ideas progres.

Por supuesto con sus defectos y sus virtudes lo que es innegable es que la película, como la mayoría de Woody Allen, nos deja una gran cantidad de cosas interesantes, y es que en ese encantador y fascinante viaje al pasado tenemos referencias, y la presencia, de Hemingway, Picasso, Dalí, Buñuel (estupenda y simpática la broma sobre “El ángel exterminador”), Cole Porter, F. Scott  y Zelda Fitzgerald, Belmonte, Man Ray, T. S Eliot, Paul Gauguin, Touluose-Lautrec, Degas … Una película que ofrece todo eso cierto interés cuanto menos tendrá.

Además tenemos la estupenda música de jazz de todas las cintas de Allen una bellísima fotografía de París (soberbios los planos del inicio con un hermoso paseo a lo largo del día por la ciudad representado en bellísimas estampas), especialmente lluvioso, el imprescindible puente de Alejandro III, la temática característica del Allen, conflictos de pareja, muy light, y todo lo mencionado con anterioridad. Un fino humor muy agradable y un reparto magnífico con un más que aceptable Owen Wilson de protagonista, la breve (y absurda) aparición de Carla Bruni, la belleza clásica de Marion Cotillard. También Rachel Adams, Michael Sheen, Kathy Bates, Adrien Brody
Maravillosa fotografía que resalta con tonos ocre y anaranjados los momentos en el pasado.

Todo esto da como resultado una de las más aceptables cintas del grandioso cineasta neoyorkino de la última década, sin que ello signifique que sea nada sublime. Una película que parece recuperar en cierta medida al Allen más inspirado, al que tanto nos gusta a sus seguidores.