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viernes, 23 de febrero de 2018

Crítica EL INSTANTE MÁS OSCURO (2017) -Última Parte-

JOE WRIGHT













ÉL.

El Churchill de Wright es firme, obstinado, visceral, arrebatado, rudo, sarcástico, borde, grosero, brillante, sensible, encantador, carismático, autoritario, engreído, seguro… un cúmulo de contradicciones que el trabajo de Gary Oldman retrata con acierto, en una interpretación tan efectiva y llamativa que le dará el Oscar con casi toda seguridad. Algunas de estas características de su carácter, especialmente sus defectos, los expondrá su propia mujer, Clemmie, encantadora y elegante Kristin Scott Thomas.

Oldman retrata con vigor el genio de Churchill, así como su humor (esa V que en vez de victoria significa “Jódete” divertirá al propio Primer Ministro).

¿Qué yo mismo debería ser hoy?

Churchill es casi un proscrito, un marginado, incluso por su propio partido, un talento incontrolable e ingobernable, un mal menor, finalmente, para los suyos. Su opción era la última, pero la única que aceptaría la oposición tras la falta de decisión y competencia de Neville Chamberlain (Ronald Pickup), por su política de “apaciguamiento” con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, buenismo, así como por sus fracasos en las campañas bélicas, que terminaron por llevarle a la dimisión (a esto se sumaron sus problemas de salud). A todo esto añadiremos la negativa (y cobardía, me atrevería a añadir) de Halifax (Stephen Dillane) para asumir la responsabilidad, también defensor del apaciguamiento.




Entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor… y tendréis la guerra”.

Los cuartos hijos no rechazan nada”.

 Aparte de por su carácter, Churchill genera dudas y rechazo por su pasado, su posición y decisiones en la Guerra Civil rusa, en la India, en Noruega y sobre el Patrón Oro, pero sobre todo por su gestión en la campaña de Gallipoli, que se le echa en cara en varias ocasiones. Sufrirá por ello los tejemanejes políticos desde su propio partido, sobre todo cuando vean que apuesta por el enfrentamiento ante el nazismo, no por una salida negociada y las concesiones al enemigo. Tampoco le mirarán con agrado los franceses…


Es británico”.

Es un actor enamorado del sonido de su propia voz”.  “Nunca debemos seguir su consejo. Tiene 100 ideas al día, 4 son buenas, las otras 96 son un auténtico peligro”. “Su padre era igual. Gran orador, pero…”. “Tenemos a un borracho al mando. Se despierta con un whisky, toma una botella de champagne para el almuerzo, otra en la cena, brandy y oporto hasta la madrugada… no le prestaría ni mi bicicleta”. “Un conservador que nos abandona por los liberales…”.

El pacto con los alemanes para una salida alternativa a la confrontación, con los italianos como mediadores, o arriesgarse a la invasión y sometimiento ante la neutralidad de los Estados Unidos de Roosevelt. Una situación extrema, que pondrá a prueba la fortaleza y decisión del Primer Ministro, obligándole a tomar decisiones duras para mantener sus ideas, sacrificando un comando de 4000 hombres en Calais buscando ganar tiempo para la evacuación de Dunkerque. Es aquí donde engancharemos con la película de Christopher Nolan, también estrenada este año y nominada al Oscar, “Dunkerque”.Una situación límite, sin tiempo ni margen, casi a merced del virtuosismo alemán, que se encuentra cerca de ganar la guerra.





Una firmeza y determinación que se tambalearán en el retrato que hace Wright, cuando veamos a Churchill, sin apoyos, accediendo a valorar o sondear los términos de los alemanes ante una supuesta rendición. Un conflicto interno entre esa posible cesión ante hechos catastróficos y su resistencia la resignación, a doblegarse ante el nazismo.

La comentada escena en el metro, es la típica escena efectiva dramáticamente, con su punto simpático, entrañable y emotivo, pero lo cierto es que, efectivamente, es algo forzada y artificial. Más allá del hecho de que nunca ocurriera, que no ocurrió, el tomar una decisión trascendental por una conversación en el metro con unos ciudadanos y amantes patriotas, ya resulta raro. Lo de incluir una relación interracial y que el chico negro conozca a los clásicos terminando el recitado que inicia Churchill (cita a Thomas Macaulay en su célebre loa a Horacio Cocles) es una rúbrica un tanto burda además.






Churchill, adalid de causas perdidas, un romántico belicoso. Esa cajita,que aparece un mechero, es el objeto que define ese romanticismo. Sí es divertido comprobar el cambio de los tiempos, el respeto en el pasado a los gobernantes, quizá ganado a pulso, mientras que ahora se prefiere hacer “escraches”.

¡Nunca!

Es curioso que el afamado discurso de Churchill tras la derrota en Dunkerque sea el clímax para las dos películas, la de Nolan y esta que nos ocupa. Un discurso que no fue recibido con el entusiasmo que aquí se muestra, por otra parte, pero son licencias dramáticas.

Aquellos que nunca cambian de opinión nunca cambiarán nada”.

La mujer y el rey.

Lo más destacable de la película son las escenas que Gary Oldman tiene con Kristin Scott Thomas, que interpreta a su mujer, sobre todo al principio, y Ben Mendelsohn, que encarna al rey Jorge VI.

La complicidad de matrimonio veterano, baqueteado, maduro, es magnífica. Un matrimonio fatigado, cansado, que se quiere por encima de todo, pero que se dicen las cosas con claridad, que se educan, controlan y apoyan mutuamente, que se comprenden y reprochan sus defectos.

Clemmie es esa mujer fuerte que había detrás de cada gran hombre, conocedora y consciente de su talento, pero también de sus defectos, que reprende y expone sin tapujos, como ocurre en la primera conversación que tienen. Lo mismo ocurre después, en la celebración familiar por su nombramiento como Primer Ministro, donde lo reciben con máscaras de gas, donde Clemmie no tiene problema en lanzar un velado reproche a su marido reivindicando el sacrificio familiar realizado por todos ellos, donde subyace una recriminación al egoísmo del genio, arrastrados tras las ambiciones de él, un sacrificio aceptado y asumido, y por el que esperan recompensa una vez logrado el objetivo. Reproches que Churchill asume porque considera que tienen razón.




Cuesta no sentir empatía hacia esa pareja viendo la autenticidad con la que hablan, donde los reproches son producto del amor, donde los defectos y las incomodidades son servidumbres del compromiso asumido y aceptado. Todas y cada una de las escenas de Scott Thomas y Oldman juntos son ejemplos perfectos. Me gusta mucho esa donde hablan de antiguos pretendientes de ella, donde discuten, bromean, se aman… Kristin Scott Thomas está maravillosa, elegante, delicada y repleta de fortaleza.



Lo mismo ocurre con la relación entre el rey Jorge VI y Churchill, pero en otro tono y con otro arco. Una relación difícil de inicio, donde el respeto e incluso miedo atenaza en cierta medida a ambos, con toques de humor, para que poco a poco la cosa vaya cambiando hasta el punto de dejar las mejores escenas de la película. La proclamación como Primer Ministro de Churchill es incómoda, fría y humorística; el almuerzo, en cambio, inicia el afecto mutuo, con una interesante conversación donde Churchill se abre un poco en lo personal, derribando las posibles barreras creadas por el prejuicio; por último, la escena en esa pequeña habitación desecha y desordenada (escenario simbólico perfectamente relacionado con lo emocional de los personajes), a la que acude el monarca para hablar con un abatido Churchill, es la rúbrica a la relación, de completa confianza y lealtad, quizá la mejor de la película. Una relación que va cogiendo peso a lo largo del film.









Dos hombres unidos por sus miedos, sus deberes, sus responsabilidades y la necesidad de apoyo, el rey pensando en el exilio, Churchill ante la disyuntiva de mantenerse firme o traicionarse…

Nos falta… el don de la templanza”.

-Rey Jorge VI: ¿Cómo se las arregla para beber durante todo el día?

-Churchill: Práctica.

En cambio, la relación de Churchill con su secretaria (Lily James) es insulsa, los juegos de miradas y demás no terminan por provocar nada, dejando el papel de ella en insustancial y poco relevante.





Me alegra que Gary Oldman, que nos está regalando unas magníficas interpretaciones en los últimos años, haya dejado de estar olvidado en las nominaciones de los grandes premios. Ignorado sistemáticamente. No me molestaré si se lo dan, aunque quizá su trabajo, excelente, no sea el mejor de todos. De hecho me alegraré… y raro será que no le den el Oscar como le dieron el Globo de Oro.

El instante más oscuro” no es una gran película, si bien al lado de “Churchill” (Jonathan Teplitzky, 2017), también estrenada este año, podría considerársela una obra de arte. Desde luego tiene virtudes, sobre todo en las interpretaciones, así como en el aspecto estético, que es también gratuito y puramente esteticista en muchos momentos, pero que da al conjunto un estilo visual brillante. Al menos sirve para sumergirnos en unos interesantes momentos de la historia moderna y en un personaje ya legendario.









jueves, 22 de febrero de 2018

Crítica EL INSTANTE MÁS OSCURO (2017) -Parte 1/2-

JOE WRIGHT 











Cuando les da por algo no paran. Ha tocado este año el tema Churchill y Dunkerque. Así, desde distintos puntos de vista, o los mismos con sus matices, han venido “Dunkerque” (2017) de Christopher Nolan, “Su mejor historia” (Lone Scherfig, 2017), “Churchill” (Jonathan Teplitzky, 2017) y esta que nos ocupa. Ahí tienen, para elegir…

El instante más oscuro” es la otra cara de la moneda con respecto a “Dunkerque”. Si la película de Nolan se centraba en el conflicto y la batalla y retrataba el suceso en la playa, la acción, aquí Wright pone su mira en la trastienda, la táctica, en los movimientos políticos que luego tendrían sus consecuencias en la batalla que narra Nolan, las decisiones y los tejemanejes políticos en interiores.


Hay que aclarar que esto no es un biopic de Churchill, sino que nos cuenta la historia de lo ocurrido en aquellas semanas en las que el Reino Unido estuvo a punto de perder a su ejército en la playa francesa de Dunkerque.

Comenzamos el 9 de mayo, con Hitler en Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca y Noruega, sometiendo a Francia poco a poco… El siguiente paso era el Reino Unido… Pesimismo, miedo, falta de confianza en un líder débil, Chamberlain...




Lo que todos veían con cierta simpatía, indiferencia o comprensión, Churchill lo vio como un peligro mortal, una catástrofe apocalíptica que se acercaba. Su lúcida visión retrató a todos, especialmente a esos que intentaron torpedearle incluso en los instantes más oscuros.

Es loable que se pretendan hacer paralelismos entre las cintas históricas y la actualidad, y aquí la intención parece evidente referida al tema de moda, el señor Trump. La intención de Wright parece clara, marcar las radicales diferencias entre un estadista como Churchill y un loco fanático como Trump, que se identificaría más con lo que Churchill combatía. El caso es que al director le sale regular ensalzando de la forma en que lo hace al genio de Churchill, que no daña, precisamente, al presidente estadounidense, que de hecho ha manifestado lo mucho que se identifica con el Premio Nobel inglés. Es decir, en sus propósitos, la película tiene más de apoyo que de condena a la figura de Trump. Y es que cuando se quieren forzar esas comparativas de una manera arbitraria, sin análisis, te puede ocurrir esto, que se terminen mostrando tus propias contradicciones y costuras.

De historia y estética.

Joe Wright es un buen director, pero su trabajo aquí me ha desconcertado por esteticista e inseguro. La película tiene una gran factura estética, un estilo visual cuidado, aunque algo excesivo y efectista en un relato que no lo necesitaba, es decir, esteticista.



Estuve buena parte del metraje esperando confirmar el sentido a sus múltiples planos cenitales, picados extremos que son un rasgo de estilo que aparece constantemente durante la película. Pensé que tendrían alguna justificación, pero al final tuve que rendirme porque no encontré ninguna, eran pura ampulosidad estilística para dar espectacularidad visual, amenizar un relato en el que Wright parece no confiar demasiado.









Cenitales para la confrontación en la Cámara de los Comunes, cenital para el desayuno y el periódico planchado que le preparan a Churchill, picado para un brindis familiar, picado en unas escaleras de caracol, picado aéreo en la zona de combate y la desesperada huida de la población, picado sobre los bombardeos nocturnos, cenital sobre Churchill (Gary Oldman) con su periódico en el baño, cenital para el sacrificio de Calais, cenital sobre Churchill en una azotea sentado con su paraguas… Encontrar coherencia a todo esto, en planos cotidianos o de la vida personal, mezclados con otros épicos o significativos en relación a la historia… está complicado.




Y lo cierto es que la historia termina por ser insustancial y superficial, más allá del componente histórico. Todo queda reducido al típico retrato de un personaje, histórico o no, firme en sus principios y convicciones, que se sobrepone a las dudas, las circunstancias, las presiones y los opositores para terminar victorioso. No hay más arco, y todo con un fondo que nunca llega a ser impactante, épico o capital.

Se describen bien los entornos, desde los domicilios de Churchill hasta el búnker con el Gabinete de Guerra donde todo está vetado para las mujeres… Y se iluminan también muy bien.












Sí es destacable la fotografía (es una de las nominaciones que tiene la película, que suma un total de seis, película, actor principal, fotografía, diseño de producción, maquillaje, vestuario). Y destaca porque además de dotar de una brillante estética al film, aporta sentido a los momentos, profundidad, conceptos, resultando encuadres simbólicos, que exponen más ideas de las evidentes. Un buen ejemplo lo tenemos en la excelente presentación de Churchill, con esa cerilla que ilumina su rostro y desvela su presencia ante la secretaria. Una presentación espectacular, no ya por la propia presentación de Gary Oldman y su naturalidad en la cama para el desayuno, sino en la preparación de la misma, con los criados amaneciendo y preparándolo todo, su humor y el avance sugerido por ellos de la apabullante personalidad de nuestro protagonista. Es su renacimiento, la chispa que resurge, un talento adormilado que pasará a primer plano.





Otro gran momento con la iluminación como protagonista lo tenemos en la solemne llegada de Churchill a palacio para ser nombrado Primer Ministro por el rey Jorge VI (el que encarnó Colin Firth tan brillantemente en “El discurso del rey”, la oscarizada película dirigida en 2010 por Tom Hooper), bien interpretado por Ben Mendelsohn. Llegará entre sombras, que se irán haciendo intermitentes hasta caer en la luz frente al monarca en su nombramiento. Es su definitiva salida a la luz.







Bajo una luz roja, Churchill decidirá mentir a la nación para conservar su moral y esperanza, un tono adecuado para esa alarma que se pretende evitar, pero que se avecina inexorable. Además, simbólicamente le veremos ascender de las “catacumbas”, del búnker donde está el Gabinete de Guerra, como si fuera un lugar infernal, destinado a la ocultación y lo moralmente cuestionable.


-Churchill: Durante los últimos diez años he sido el único que les dijo la verdad… Hasta esta noche.

-Clemmie (Kristin Scott Thomas): Hay tiempo suficiente para la verdad.




Con la iluminación, Wright irá creando la idea de figura mítica, de leyenda, en Churchill. Lo veremos convertido en silueta en su momento más bajo, con todas las dudas encima de la mesa y una vez caigan los hombres en Calais. Al final, volveremos a verlo convertido en una silueta, idealizada, con su éxito en el parlamento. Eso y los primeros planos de su rostro con sus características gafas.








¿Cuándo aprenderemos la lección?” “¿Cuántos dictadores más deben aparecer?” “¡No puedes ni debes negociar con un tigre cuando tu cabeza está en su boca!

También es interesante la iluminación que se dedica a Halifax (Stephen Dillane), con un punto tétrico, casi vampírico. Así es en el Gabinete de Guerra, apartado al fondo, con un entorno oscurecido mientras un foco resalta su rostro entre tinieblas. Esto se mantendrá en su confrontación con Churchill cuando amenaza con renunciar al Gabinete de Guerra y le recuerda Gallipoli. Iluminación adecuada al personaje, un tanto “tocahuevos”.




Europa está perdida”.

Además, Wright exhibe una buena gama de movimientos de cámara, panorámicas descriptivas y travellings que se mueven por interiores especialmente (por ejemplo ese largo plano por el interior del 10 de Downing Street con la llegada de Churchill y su familia). Algunos de estos últimos son significativos, concretamente tres de ellos. Son tres travellings similares en una concepción que plasma una evolución. El primero es un gran travelling sobre la tranquila vida cotidiana británica, ajena a la guerra, observada por Churchill desde el interior de su coche, a parte…




Los otros dos son como ecos de este primero. Un travelling aéreo en el que vemos la desesperada huida de los franceses buscando refugio ante la atenta mirada de Churchill de nuevo desde una ventana, en este caso de un avión, devuelta por un niño. En el contraste tenemos la realidad de la guerra, de la que el pueblo británico se muestra muy ajeno. La paz y la guerra que se avecina.







El tercero y último es idéntico al primero, con Churchill observando desde su coche a la gente de su país, pero con un elemento añadido, la lluvia, que es simbólica, obligando a resguardarse de ella, y unos niños con caretas de Hitler (recordemos que el anterior travelling concluía con otro niño que huía), en la perfecta escenificación de una amenaza abstracta, que no se siente como tal, una parodia… Será aquí cuando Churchill decida salir de su burbuja en forma de coche para codearse con el pueblo, palpar su sentir, en una secuencia que ha sido muy cuestionada.




Wright usa la fragmentación narrativa en el discurso de presentación que da Churchill en la Cámara de los Comunes, algo muy del gusto del director. El pasado, con la creación del discurso, y el presente, con su ejecución parlamentaria… Es divertido el juego con el pañuelo de Chamberlain (Ronald Pickup) y las mezquindades políticas con sus luchas de poder.







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