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lunes, 18 de junio de 2012

EL SEÑOR JOHNSON: SEXTA PARTE

ROSE BRADBURY

Atención: Este texto forma parte de una saga, no olvides leerla para poder comprenderlo mejor:
-QUINTA PARTE: MICHELLE
 

Muchos pensarán que si esta historia trata de Rose Bradbury habría que dudar de su veracidad.




Su pelo era lo más parecido a un estropajo, y no a uno cualquiera, sino a los que usan las madres para limpiar las sartenes quemadas; esta característica de su cabello era debido a que durante muchos años había sufrido múltiples transformaciones, Rose había sido rubia, morena, pelirroja, se había puesto rizos, extensiones, se había hecho incluso un tratamiento para tener el pelo liso asiático, estos cambios tenían su razón de ser en la moda seguida por los famosos de Hollywood, Bradbury quería ser una diva, una diosa, deseaba ante todo llamar la atención y lo conseguía, aunque no como ella pensaba.

Se había creído guapa, sofisticada, moderna, en definitiva, una mujer perfecta, sin embargo la gente le veía como una loca, excéntrica, con demasiados aires de superioridad. Una cutre.
Desde pequeña había querido destacar, se había apuntado (por iniciativa propia cuando apenas contaba con siete años) a todos los concursos de belleza existentes, pero nunca ganó ninguno, aunque ella siempre "olvidaba" contar ese final.




Siempre se había inventado su vida, dependiendo del caso se hacía pasar por millonaria, actriz de teatro, cantante de pop japonés, bailarina, directora de una petrolera, diseñadora de moda...desde luego no se le podía tachar de tener poca imaginación. Su intención era la de rodearse, desde muy jóven, de personas que, según ella, consideraba "exquisitas": Magnates, actores, empresarios...

Pero todo eso era ya pasado pensaba Rose mientras se miraba al espejo, ya no quedaba nada de su vanidosa imagen, únicamente su horrible cabellera como único testigo de sus cambios; pocas amistades le quedaban ya puesto que la verdad siempre salia a la luz. Había perdido muchas cosas en su camino a la fama: familia, amigos y sobre todo al amor.


Ahora, intentaba arreglar sus errores, había vuelto a hablar con sus padres y estos le habían perdonado que se llevase todos los ahorros de la familia para viajar a Los Ángeles dejando solo una nota:
"Os lo devolveré cuando triunfe." 
Lamentablemente, tanto para Rose como para su familia, eso nunca ocurrió y tuvo que regresar 8 meses después totalmente arruinada...

El timbre le sacó de sus recuerdos, eran los chicos del piano; Maurice le habia pedido que fuera a su casa para recibir al gran Weimar de roble puesto que no sabía como de tarde iba a salir de su entrevista de trabajo. La nueva Rose si hacía favores a sus amigos e intentaba recuperar y/o reconstruir su verdadera vida.
 Unos minutos más tarde, los chicos ya se encontraban izando el piano hasta el séptimo piso, Bradbury se asomaba curiosa por la ventana, no siempre se veía subir a un piano tan alto.


-¡Jack!- Dijo en voz alta cuando vio a un hombre intentando entrar por la ventana, pero éste no se dio cuenta de la llamada. El corazón de la mujer latía con fuerza, le iba a saltar del pecho, no podía respirar, después de tantos años volvía a verlo...

Rose sacó medio cuerpo por la ventana y siguió gritando:
-¡Jack, Jack! ¡Jack, soy Lucy!-


Rose era su nombre artístico, pensaba que nunca podría triunfar llamándose Lucy Fernández Fernández, demasiado común y vulgar. Un obstáculo para su camino a la fama.
Jack Valance era su amor de infancia, esos que no se olvidan nunca, pero, un día Valance cayó mal del trampolín de la piscina e hizo el ridículo delante de todos, perdiendo en el accidente además, las dos paletas. Hecho que propició que Lucy le retirara la palabra y lo ignorara completamente, ¡No trataba con mediocres!


 Durante años se había arrepentido de su actitud y había buscado a Valance, siempre había querido volver a verlo, tocarlo, saber como se encontraba, en su fuero interno estaba convencida de que si Jack no se hubiese tirado ese día del trampolín estarían casados.Y allí lo tenía, tan cerca...

-¡Jack, estoy aquí, soy Lucy!- fue lo último que dijo justo antes de que el hombre que manejaba los cables de los contrapesos para subir el piano se tropezara con el pie de la mujer, lo que hizo que los soltara provocando que los demás cedieran por el peso y se terminaran rompiendo.


Escribiéndose así el triste final del Weimar de roble, que no era otro que terminar estrellándose contra el suelo sin importarle que entre su destino y el cemento de la calle se interpusiera el Señor Johnson.

Entrada dedicada a MrSambo por hacerlo esperar tanto y por ver posteado algo que empezó como un juego privado.





sábado, 17 de septiembre de 2011

EL SEÑOR JOHNSON: QUINTA PARTE

MICHELLE



Es casi una ninfómana, una dominadora absoluta del arte sexual, interesada, inteligente, manipuladora, fiel, cariñosa, decidida, romántica, implacable, contradictoria, y salta de una cualidad a otra de las mencionadas y de otras muchas no nombradas según crea conveniente o le dé un pronto.
Pues sí, entre tanta cualidad a nadie se le habrá escapado, y con seguridad será lo que más interés le haya creado, que Michelle domina el arte sexual como jamás se ha visto y quizá verá. El tema del tantra a su lado es basura sobrevalorada. Todo se lo debe a una experiencia desorbitada, una inteligencia mayúscula, estudio y talento natural.
Michelle era capaz de provocar el orgasmo masculino del espécimen más dotado en menos de dos minutos, así era el casi mágico dominio y uso de sus músculos vaginales. Entre otros.
Cuenta la leyenda que Michelle se benefició al médico que la alumbró. No creo, como narrador omnisciente que soy, que la realidad esté muy lejana.

Os preguntaréis cómo es posible que semejante chica, que además es de un atractivo desbordante, unas medidas de escándalo y un rostro casi perfecto, pudiera pasar 3 años con Valance, que si bien era guapo estaba a medio cocer en temas sexuales. Pues sencillo, porque hizo de él un semental descomunal, una bestia parda, discreta pero eficaz de resistencia casi eterna. Un vigoroso espécimen que, tras tanto fracaso fornicatorio, con Michelle explotó todas sus cualidades, tanto es así que saciaba con creces todas las ansias sexuales de ésta, que eran una auténtica barbaridad… No, no penséis queridos lectores que vosotros lo lograrías también, es un ejercicio vano de ego. Si Valance llega a hacer el amor sin condón hubiera preñado de trillizos en cada polvo a su víctima, tal era la potencia acumulada de nuestro rehabilitado semental.

Podría resultar extraño al lector que una persona tan abierta, en todos los sentidos e incluso orificios, sea una persona fiel y capaz de una relación estable, pero lo cierto es que así era. Con Valance encontró todo lo que quería y necesitaba, alguien a quien cuidar y que la quisiera incondicionalmente.
Con 14 años fue violada y con 15 dio a luz al fruto de aquel encuentro. Ese era su único punto débil, su secreto, su vergüenza. Tuvo al niño aunque no pudo quedarse con él. Este secreto fue la verdadera causa de que Michelle se viese obligada a dejar a Valance. Tenía que hacerle daño para proteger su secreto, su vergüenza y tener fe en que cuando solucionase la papeleta pudiera arreglar las cosas con su amor. No ocultaba nada de su pasado, menos eso, no podía soportar que Valance supiera que abandonó a su hijo, aunque no pudiera hacer otra cosa. Tuvo que hacerle daño, no había otra forma, tenía que ser clara y fría, creía que no costaría, lo había sido y lo había hecho muchas veces en su vida. Pero sí le costó. Demasiado.
La violación en sí no le supuso ningún trauma, de hecho en ella dio muestras de esa frialdad y sangre fría, allí perdió la virginidad pero nunca los nervios. Michelle tiene un instinto especial para el sexo y cuando estaba siendo sometida salió a relucir. Como si de una amante totalmente experimentada y virtuosa se tratara entendió que la mejor manera de no sufrir daño sería lograr que aquello acabase pronto. Un minuto y 37 segundos para ser exactos.
Cuenta la leyenda que por mucho que lo intentó Michelle jamás ha visto un pene flácido. Puro sex appeal.
Un hijo que abandonó y un hijo que volvía a aparecer en su vida. El señor Johnson, que tuvo una breve relación con Michelle, nunca perdonó que ésta le abandonase. Se sintió engañado, utilizado, y lo fue. Johnson fue una víctima de la Michelle manipuladora que cuando consiguió ciertos lujos que buscaba se las ingenió para escaquearse. Pero hay personajes algo peligrosos.
Al encontrar al hijo de Michelle, de 23 años, Johnson no lo dudó, lo cameló haciéndose pasar por gay. Sabía que el chico era acomplejado, un friki que estuvo orinándose en la cama hasta los 21 años, que no daba para pañales, sin la más mínima experiencia en relaciones y homosexual latente. Investigó todo lo investigable. Lograría conquistarle y una vez logrado presionaría a Michelle para que volviera con él, aunque sólo para humillarla. Trabajo conseguido.
La mañana en la que se dirigía a encontrarse con William Harper por primera vez quería hacer un reportaje con cámara oculta para mostrárselo a Michelle, tras haberle enseñado otras muchas cosas aunque menos impactantes.Con ello esperaba hacerla entender que no había salida, aunque ella se estaba mostrando sumisa. La noche anterior tuvieron sexo, tres veces, todas breves, dos ellas muy breves. Él estaba contento, Michelle no mostró remilgos como de costumbre, con una mirada estaba casi listo. Después de tres cabalgadas y media en el séptimo cielo.
Johnson lo tenía todo previsto, todo menos la capacidad de Michelle. Ávida lectora, de gran cultura y muy cultivada, Michelle era una inteligencia superior, también lo tenía todo pensado. De sus lecturas más exóticas sacó el nombre de un veneno de efecto retardado, no dejaba rastro y funcionaba varias horas después de su consumo. En su café mañanero vertió la dosis adecuada, se sentía como un personaje de Hamlet, se excitaba sólo de pensarlo y orgasmizó al ejecutarlo. Por la tarde, cuando Johnson estuviera con su hijo, aunque ella no lo supiera, caería tras padecer unos sudores y unos mareos extraños, como si la cena le hubiera sentado mal.

Cuando estaba sonriendo en su cama pensando en cómo plantear a Valance su intención de volver con él, unos gritos la levantaron de la cama. Se puso la bata que dejaba entrever todo pero en esta ocasión se la abrochó. Se asomó a la ventana y vio un piano de cola sobre un cuerpo del que tan sólo se veían unos carísimos zapatos que conocía bien. Con la boca abierta giró la cabeza encontrando su mirada la sonrisa satisfecha de su amado Valance. Cuando éste la vio se quedó petrificado y con un gesto  arrepentido intentaba explicar con los ojos que él no había sido. Cuando empezaban a salir las primera y titubeantes palabras de sus labios, Michelle cerró la ventana.
En su habitación, sentada en la cama sostenía su cabeza con las manos mientras apoyaba los codos en sus rodillas.



domingo, 11 de septiembre de 2011

EL SEÑOR JOHNSON: CUARTA PARTE

WILLIAM HARPER
Por decimonovena vez en el día abrió el correo electrónico.
Teniendo en cuenta que eran las 05.30 de la mañana cualquier persona de inteligencia media deduciría que esperaba algo.

¡¡Maldita sea!! Se dijo para sí mientras se levantaba del sillón al ver que no tenía ningún email. William Harper era catalogado como un buen vecino, pero teniendo en cuenta que su presencia en su casa se asemejaba a la de un fantasma, no podría considerarse como un halago; se llevaba todo el día enganchado al ordenador, era el paradigma del frikismo, participaba en decenas de juegos online, era asiduo de las salas del chat y visitaba páginas webs que harían saltar el servicio de CANGURO NET de haberlo tenido activado.
Por otro lado, sus amigos podrían haber dicho de él que era un buen chico, sin embargo éstos no tenían nombre, sino nicks, y nunca habían visto a Harper personalmente.
William había dejado de relacionarse con la gente cuando comenzó la universidad, aunque ya en el instituto había mostrado indicios de cierta antisocialidad prendiéndole fuego a varias mochilas de sus compañeros (harto de las burlas de éstos), lo que hizo que se ganara la desconfianza tanto del alumnado como del profesorado. Aunque no existía causa aparente, en su interior William lo achacaba a su físico y su incipiente introversión, que lejos de desaparecer con los años, se había apoderado de él totalmente.

Desde que terminó sus estudios a los 21 años, su único contacto con gente de carne y hueso era en su trabajo como ingeniero informático, pero se pasaba todo el día metido en su oficina y no dejaba entrar a nadie, en realidad, aunque lo hubiese permitido seguramente nadie se hubiera animado a hacerlo.
Pero todo esto cambiaba cuando llegaba a casa y se conectaba a Internet. Su yo virtual era un chico encantador, divertido, extrovertido e incluso atractivo, no físicamente, pero de la manera en la se expresaba y se refería a los demás resultaba altamente atrayente para el resto de internautas. Se sentía seguro detrás de una pantalla, cómodo por el anonimato que le ofrecía la red.

Hacía más de un año que de casualidad en una sala de chat había conocido a Sky, desde ese día, se habían contado secretos inconfesables, habían chateado días y noches e incluso habían realizado actividades que cualquier otro individuo hubiese preferido hacerlas en la realidad (y en una cama). Sabía que Sky tenía pareja, alguien con quien no podía competir William, al menos físicamente, teniendo en cuenta los 125 kilos de Harper, y su acné, que pese a ser todo un hombre (o al menos así se consideraba él) seguía en su cara como cuando cumplió los catorce.
Pese a ello, Sky le había confesado su atracción por él, le decía que sentía algo diferente que no había experimentado con nadie, un mezcla entre curiosidad, sexo y amor, aunque sobre todo perversión y morbo ante la situación que vivían y que le hacía dedicarle desde los poemas más románticos, hasta los piropos más soeces, que hubiesen escandalizado a una cuadrilla de albañiles.
Un día decidió armarse de valor y pese a su nula capacidad para las relaciones personales, le propuso a Sky quedar y verse personalmente. Cuando Sky aceptó, Harper sintió un enorme placer, le zumbaban los oídos sólo de pensar que por fin rozaría esos labios que tanto había deseado.
El plan era sencillo, habían quedado por la mañana en el pequeño Parque Margaret, debajo del sauce llorón. Un sitio escondido, perfecto para un encuentro romántico.


 Cada vez que William recordaba las cinco horas que esperó a que Sky llegara se sentía avergonzado, se había marchado de aquel lugar derrotado y con lágrimas en los ojos.
Sky no apareció, le había engañado, se sentía sucio, traicionado. Intimidado ante la idea de haberse desnudado tanto por fuera como por dentro delante de la persona que le hacía sentir vivo y que ahora resultaba ser su peor pesadilla, un ser ruin que había demostrado lo poco que le importaba. Se sentía vulnerable.
Pese a ello, volvió a mirar por vigésima vez el correo, como siempre desde hacía tres días. Ninguna noticia. Tragó con fuerza y se enjuagó las lágrimas que amenazaban con hacer acto de presencia.
Decidió mirar sus páginas webs de cabecera como hacía siempre para quitarse a Sky de la cabeza.

Echó un vistazo a la edición digital del periódico local y se detuvo ante un titular que rezaba “FALLECE TRAS CAERLE UN PIANO SOBRE LA CABEZA."  "K. Johnson de 41 años perdió la vida la mañana del 3 de marzo cuando…”





William se quedó paralizado, no pudo seguir leyendo, ahora comprendía porque Sky no había acudido a su cita con él. Era porque tuvo que atender a su inesperada cita con la muerte.










martes, 30 de agosto de 2011

EL SEÑOR JOHNSON: TERCERA PARTE

EL SEÑOR JACK VALANCE





Llevaba una camiseta sucia que usaba para estar en casa llena de manchas recién hechas, existe un placer irrefrenable entre los mediocres cuando ven a alguien guapo y atractivo perder la dignidad por la causa más mínima, una simple mancha por ejemplo. Ver a Valance con su camiseta llena de lámparas tenía que ser una situación casi orgásmica para cualquier mindundi patético. Podríamos definir a Valance, en aquel momento, como una “orgía para mediocres”. Además las manchas eran de batido de chocolate, algo con una falta de glamour escandalosa. Batido Puleva.  Parecía borracho desde luego, pero el alcohol le sentaba mal, en seguida perdía el control, por eso él era más de batidos y cosas de éstas. Esto lo sabía bien el camarero del estupendo CHORI-PUB, su sitio predilecto (pulsad en el nombre y veréis que el Pub existe verdaderamente), que siempre había visto a Valance como un hombre extremadamente sano, algo que contrastaba con la mayoría de su clientela habitual. Llevaba también un pantalón corto de deporte y tenía una postura deshilachada, como rumiando lo que acontecería el día próximo. Un día que recordaría siempre. Al día siguiente intentaría cumplir una venganza, desproporcionada, sí, pero era lo que le pedía el cuerpo. Estaba convencido de que no lo lograría, que algo pasaría, porque se consideraba el hombre más desafortunado del mundo, nunca nada le salía bien, nunca nada le había salido bien. Estaba maldito. Pero incluso convencido de ello una fuerza  invisible le impulsaba a continuar.
No tenía pocos motivos Jack Valance para sentirse maldito, su vida había sido un cúmulo de desgracias cada vez más surrealistas que hasta a la persona más racionalista le haría dudar y plantearse alguna extraña maldición.
Cuando era pequeño Valance había destacado en salto de trampolín, una especialidad no muy común entre los chavales, pero que por presumir delante de las chicas y tener la piscina que frecuentaba un trampolín, se había aficionado. Era un chico guapo, muy apuesto, incluso ahora a pesar de ese aspecto desarrapado mientras se toma su batido Puleva es un hombre muy atractivo, así que tenía la atención de quién quería tenerla. Ella se llamaba Lucy, la chica favorita de todo chaval entre los 7 y los 13 años, pederastas aparte. Había prometido a todos, especialmente a ella, que haría un salto especial, que no habían visto nunca, en el concurso que habían organizado en su barrio.

Era por la mañana, lo había ensayado sólo con la vigilancia de sus padres muchas veces, era un gran salto, espectacular para su edad. Se sentía seguro, era su gran día. Todo el mundo le miraba, casi dispuestos a aplaudir ya, el resto de competidores ni se acercaban a él. Haciendo un salto 40 veces menos complicado ganaría por aplastamiento, pero Jack Valance se sentía por aquellas fechas el rey del mundo. Empezó a botar en la barra flexible del trampolín. Cada vez más alto. En un último impulso alcanzó una gran altura que iba a usar como salida hacia el agua, dio una voltereta en el aire y empezó el descenso, su joven figura se veía elástica y se dirigía hacia un éxito del que se hablaría largo tiempo. Una sonrisa escapó de sus labios mientras pensaba todo esto en el aire, cuando sin aviso, sin cita previa, el mismo trampolín que antes le había impulsado se interpuso entre él y el agua. Su cabeza remató en picado la tabla y ésta le expulsó hacia el agua con violencia, su caída no era muy elegante, parecía más la de un pajarillo abatido por un cazador.
-“Esto no debería haber estado ahí…” se decía a sí mismo en fugaces y poco lúcidos pensamientos.
Adiós Lucy. Hola mediocridad.
Todos achacaron al fracaso el hecho de que Lucy pasara de él, pero Valance opinaba que la cosa se debía más a la ausencia de las dos paletas de su dentadura, bajas irremediables del accidente, que le hacía una sonrisa indigna de su conocido glamour. Ya se sabe como son las chicas a esas edades. Muy suyas.

Ahí empezó una serie de catástrofes vitales que le habían ido acomplejando, un hombre guapo sin ninguna confianza en sí mismo. La siguió perdiendo cuando dirigiéndose a una importante y vital entrevista de trabajo fue atropellado por un autobús al cruzar una calle mientras pensaba en sus cosas. El efecto Gaudí. Un año postrado en cama y fuera la posibilidad de trabajo.
 Cuando no consiguió acostarse con su primera novia porque no lograba tener una erección consistente. Tampoco lo logró con la segunda. Ambas le dejaron por ello. Con la tercera, más preocupada, y con tratamiento, lo logró por fin, aunque la eyaculación precoz fue otro elemento de acomplejamiento a tener en cuenta.
Cuando fue despedido del trabajo por algo que no había hecho, por encontrarse en el sitio más inadecuado en el momento más inoportuno, cuando encontró a la mujer de su jefe en una situación muy comprometida y, al salir el acompañante de ésta a toda prisa, ser él la víctima del malentendido con su jefe, que entró poco después.
Su confianza, su vida, se perdía como la parte de arriba de un reloj de arena pierde su carga.
Por fin parecía haber encontrado la paz con Michelle, llevaba 3 años con ella, había logrado reponerse de la gran mayoría de complejos y pensaba que por fin le pasaba algo bueno… Hasta que apareció el señor Johnson.
Ese ser despreciable, con esa rechoncha cabeza siempre rezumando sudor, le daban ganas de vomitar… Ese tipejo, millonario eso sí, le había robado a su chica, esa zorra.
Se fue con él porque tenía mucho dinero y sin dar mayores explicaciones. Eso le había hundido. Después de mucho llorar y compadecerse, siguió llorando y compadeciéndose, pero maquinando algo en su cabeza. Quería acabar con ese tipo, el que le había hundido del todo. Había tocado fondo le daba todo igual. Perdió su trabajo, se aisló por completo pero al menos ahora tenía un objetivo. Gracias a un amigo que tenía una empresa de mudanzas, a ciertos contactos y a mucha planificación ingenió una venganza. Entrar en la casa cuando hubiera que llevar el piano que había encargado un pianista vecino del señor Johnson. Una vez allí, en la casa de su víctima envenenaría su botella de leche, por ejemplo. Limpio, si se hacía bien.
Y allí estaba, en la ventana colgado de arneses con el piano de cola de roble macizo junto a él, abriendo la ventana y evitando que el señor Johnson le viera cuando salía de su casa. Desde arriba veía ahora su calva y dura cabeza, pequeñita. A esa distancia no parecía tan asqueroso ni su cabeza tan rechoncha. Pensó que si el piano cayese lo mismo hacía blanco, pero que con su suerte se movería justo cuando lo soltara, además alguien podría estar viéndolo. Era el momento de entrar y hacer lo que había ido a hacer. Moviéndose entre las cuerdas del arnés algo se soltó. Miró alarmado y vio que las cuerdas y alambres que sujetaban el piano estaban a punto de romperse. Intentó hacer algo, pero era absurdo que pudiera sostener esos alambres si estaban destinados a romperse. El piano cayó. Y cayó. Extrañamente Valance gritó para avisar a su odiado hurtador de novias, algo que posteriormente la haría pensar. Todo fue en balde. La calva cabeza de Johnson parecía tener pintados círculos rojos y blancos como una vulgar diana y el piano impacto de lleno aplastando al sudoroso millonario. En esa ocasión Valance había tenido la suerte de cara, se iba ahorrar entrar y envenenar botellas de leche. Una suerte, ya que aunque él no lo sepa, yo sí, ya que como narrador omnisciente sé lo que hubiera pasado de no haberse roto el cable que sujetaba el piano y Valance haber entrado a envenenar la botella.
Johnson, de noche, se abría dirigido al frigorífico a darle un buen trago a la famosa botella pero en el momento mismo de llevarse la misma a los labios habría aparecido Michelle, apenas vestida con un levísimo camisón de seda sin abrochar que dejaba entrever absolutamente todo. Michelle le diría: “Ya estás tardando mucho…” de la forma más sugerente que sabía, y ella sabía ser muy sugerente, porque aunque Johnson no le atraía lo más mínimo, sabía cómo tenerlo contento.
Él quedaría con la boca abierta y la botella se deslizaría sin querer de su mano, cayendo al suelo, rompiéndose en miles de cristales y desperdigando la blanca leche por todo el suelo.
Ironías de la vida, una caída, la de la botella, salvaría al señor Johnson, y otra, la del piano, le aplastó la cabeza. De no ser por un piano, Johnson habría vivido una noche tremenda de sexo semiacrobático. Una gran noche.
 Esta situación dejó pasmado en lo alto del arnés a Valance que poco a poco fue dejando traslucir una leve sonrisa. Lo que había pasado era aún mejor que lo planeado… La suerte le había dado la cara, todo había salido mejor de lo que podía haber pensado. Así era. Así era de no ser porque en la esquina, abajo, un músico llamado Maurice había visto toda la escena. Le pareció ver que Valance miraba a la desafortunada cabeza que acabaría aplastada antes de empezar a manipular el piano y que éste cayera. Así estaba dispuesto a decirlo a la policía… Además,  si sus ojos no le engañaban le parecía que en ese mismo momento, desde lo alto, miraba la escena con una sonrisa en los labios…